viernes, 17 de abril de 2009

Cómo migran las aves

En la fotografía vemos la espectacular migración de unos pelícanos sobre Senegal, como si hiciésemos el gran viaje con ellos.

Aprovecho la enorme cantidad de tiempo libre que me proporciona el viaje de Amama a Turquía para poder explicar algunas cosas acerca de un comportamiento propio de las aves tan extraordinario como la migración.
En principio, el primer hombre que habló sobre esta cuestión fue Aristóteles, un filósofo griego, discípulo de Platón y tutor de Alejandro Magno, hace 2300 años. Por aquella época la navegación no estaba plenamente desarrollada, a pesar de que Grecia era una civilización con un numeroso número de pescadores y marineros. Europa Occidental y África se conocían menos que Oriente Medio. Quizá por esta razón Aristóteles afirmó que si algunas especies de aves desaparecían de Grecia era porque hibernaban.
En 1899, un ornitólogo danés apellidado Mortensen empezó a anillar las aves. No se hacía demasiadas ilusiones con respecto a los resultados. Con el tiempo, empezó a recibir las anillas procedentes de los lugares más apartados de Europa y de las colonias africanas. Con esta información, Mortensen pudo empezar a trazar, a grandes rasgos pero con mucha precisión, las rutas.
Para las aves no es un juego migrar. Quizás piense que en invierno hay pocos alimentos, porque la vida de los insecto es infinitamente más corta y está más condicionada por las estaciones que la de las aves. Tiene razón. Pero la genética también juega un papel importante.
Una ave hereda de sus padres la intuición de cuándo debe partir, cuánto tiempo debe invertir en volar en cada dirección y cuándo se supone que ha llegado. El 50 por ciento de la actividad del hígado y el 20 por ciento de la del corazón y los músculos de las patas y el pecho se convierten en la energía necesaria para llegar al destino.
Una misma especie puede albergar diferentes constumbres de migración. Tomemos como ejemplo las cigüeñas blancas. Las cigüeñas de España y Francia emigran hasta Senegal, Benín o Nigeria, mientras que los ejemplares de Croacia, Hungría y Alemania cruzan el estrecho de los Dardanelos, atraviesan Israel y Egipto e invernan en Sudán.
Claro que esta cultura puede variar con el entorno que las aves encuentran durante el viaje. Algunas currucas han cambiado como lugar de invernada África Central por Inglaterra. La ventaja es evidente. El viaje es más corto y permite llegar a los puntos de anidada en la Europa continental antes que los que han hecho la ruta tradicional. Acaparan los mejores lugares, se alimentan mejor porque hay menos competencia por los mismos alimentos, y el número de sus polluelos es más numeroso.
De hecho, la cultura migratoria de las cigüeñas del este de Europa está cambiando. Algunas de estas aves ya no van más allá de Israel.

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