viernes, 19 de marzo de 2010

Ecología (Bien y mal entendida)


Münster, Alemania. Nos encontramos en el mayor centro de investigación con primates de Europa, donde unos desaprensivos trasladan a los monos con rudeza, les gritan, usan palabras malsonantes para referirse a ellos y les obligan a bailar ante el estímulo de música pop. Lo que esos bárbaros no saben es que están siendo filmados por el cámara Fiedrich Mülln. Las imágenes darán la vuelta al mundo. Tras verlas, la primatóloga Jane Goodall declaró que eran horrendas.

"Un mono solo en una jaula, sin poder hacer nada, se volverá loco por aburrimiento y tristeza", declararía apenada.

No obstante, la medicina ha avanzado mucho gracias a la experimentación con animales. Louis Pasteur demostró en 1881 la existencia de los gérmenes patógenos si no hubiera inoculado el antrax a 50 ovejas y vacunado únicamente a 25. En el desarrollo de la vacuna contra la polio murieron 100.000 monos - por cada uno de los sacrificados se obtuvieron 65 dosis-. La eficacia de los medicamentos contra el SIDA han sido probados en macacos, así como han servido para conseguir información acerca de la transmisión del retrovirus a través de las madres embarazadas al feto.

Hasta ahí todo bien. Todos los animales ejercen un impacto sobre las demás poblaciones. Correcto. Pero, ¿dónde está el límite? En los años 70, el psicólogo Harry Harlow, de la Universidad de Wisconsin encerraba macacos en una jaula vertical de paredes resbaladizas llamada por el propio Harlow como el "Agujero de la Desesperación de Harlow", ya que los macacos recién nacidos se acurrucaban en el fondo. Cuando pasaban 6 meses, terminaba la tortura por fin, los macacos mostraban inadaptación social y un comportamiento violento; la mayoría no se recuperaba jamás.

¿Cómo deben ser nuestras relaciones con los animales que tratamos a diario? El neurocientífico Stuart Zola declara:


"No creo que debamos hacer distinciones a la hora de tratar humanitariamente a ninguna especie, sean ratas o monos. Por más que lo deseemos, los chimpancés no son humanos"


El psicólogo británico Richard D. Ryder bautizó ese punto de vista como especismo, una palabra nueva "para criticar la extendida discriminación que practica el ser humano con otras especies".

Aquí, en España, la lacra que conlleva el especifismo pone en discusión las prácticas de las corridas de toros. Especialistas en la vida de los toros de lidia como el ganadero Domeneck afirman que, tras siglos de cruces entre los ejemplares más agresivos, los toros de lidia "son unos psicópatas que sólo buscan la muerte del humano".

Dejando claro que no se trata de simpáticas vaquitas de color negro, ¿por qué convertimos su muerte en un espectáculo? Quizá porque, en un pasado no tan remoto como nos gustaría reconocer, estos espectáculos tenían un mensaje implícito. El mismo que tenían los combates de gladiadores en Roma.

Los toros embolados - eso sí que es maltratar a un animal- y las corridas de toros proporcionan la adrenalina necesaria, y canalizan las tensiones de los lugareños. En un mundo donde hay que desollar conejos o retorcer el cuello a una gallina, porque esa es la clave de la supervivencia, matar un toro de forma solemne nos preparaba para reconocer que el mundo no era un lugar seguro.

Ahora la mayor parte de las personas no conocen a los animales más que como mascotas. Si enferman el veterinario les pone una inyección. No tienen que hacerlo con sus propias manos. NO SABEMOS HACERLO. Y en este caldo de cultivo, surgen los grupos antitaurinos. O los ecologistas que sueltan, sin el menor respeto al ecosistema, 5.000 visones americanos - que además, son una plaga invasora-, por ahí.

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