miércoles, 14 de julio de 2010

Españoles en la Antártida.


La verdad es que en España nunca ha existido gran interés por las instituciones públicas por la ciencia. Los políticos acuden ante los triunfos a sacarse la foto de turno y rapiñar unos canapés de la bandeja, pero no les interesan esas cuestiones. Yo creo, personalmente, que ni siquiera se permiten pensar en el mes que viene seriamente. Esto lo demostraron con el caso de nuestra base polar antártica, la Juan Carlos I.

Los oceanógrafos españoles, antre los que ocupa un lugar destacado Josefina Castellví, insistieron durante mas de una década ante el Comité Superios de Investigaciones Científicas (el CSIC) de la necesidad de disponer de unas instalaciones y recursos que hicieran efectiva nuestra presencia en la Antártida. Ante las reiteradas negativas, Antoni Ballester, Marta Estrada y ella misma, se ofrecieron a colaborar con otros países que si estaban interesados en el continente helado. En 1984, fueron invitados a colaborar en una campaña a bordo del rompehielos argentino Almirante Irizar.

A su regreso de esta expedición, la prensa se hizo eco de que tres científicos españoles hubiesen trabajado en el Polo Sur, pero vendidos los periódicos, a los españoles se les paso la fiebre de la investigación antártica.

Ballester colabora entonces con la Academia de Ciencias de Polonia, propietaria de la base Henry Artowsky, en la isla Jorge. Los científicos invitados son Antoni Ballester, Agustí Juliá, Joan Rovira y Josefina Castellví. A diferencia de la campaña argentina de 1984, los españoles pueden trabajar en tierra firme.

El eminente profesor polaco Rakusa- Suczcsewski, jefe de la base, ofrece a los españoles el buque oceanográfico Koral para buscar un lugar adecuado para poder instalar una base española. El lugar del emplazamiento elegido son las islas Livingston, en las islas Sethland del Sur. Se supone, entre las muchas tradiciones cargadas de simbolismo que se llevan a cabo por las personas que trabajan en la Antártida, que el jefe de la expedición es el primero que pisa tierra y el último que la abandona. Rakusa cedió este derecho al profesor Ballester. Esto sucedió en 1986.

Los españoles y los polacos reconocieron arroyos de agua dulce, hicieron previsiones de riesgo de aludes y optaron por una llanura protegida de los vientos, a 80 metros de la línea de costa y 14 sobre el nivel del mar. Una bandera española aportada por la tripulación del Koral fue la primera que ondeó en la Antártida.

Se dio mucho bombo en la prensa nacional a este acontecimiento, pero el Ministerio de Asuntos Exteriores no le dio importancia hasta 1987, a raíz de una renovación del Tratado Antártico. España se había adherido al Tratado, pero los gobernantes no tenían ni voz ni voto a menos que ya hubiera una base en la Antártida. Se solicitó el consejo de Ballester para instalar un laboratorio en la isla Livingston en el otoño de 1987. Fue el germen de la base Juan Carlos I.

En 1988, España es elegida como miembro consultivo del Tratado Antártico, y el Ministerio de Asuntos Exteriores pierde el interés por la base y las expediciones polares.

En 1990 España entra en el Comié Científico de Investigaciones Antárticas. La Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología toma las riendas y patrocina los proyectos con fondos de los presupuestos generales del Estado.

Ese mismo año, el buque oceanográfico Hespérides es botado por la Empresa Nacional Bazán, y empieza ese mismo año su primera campaña.

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