jueves, 21 de octubre de 2010

Un viaje en el Transiberiano.


Este camino de hierro une la ciudad de Moscú, capital de la Rusia, con la estratégica ciudad y acantonamiento militar de Vladivostok, en la costa del Pacífico. Entre uno y otro punto se halla Siberia, una de las regiones más extensas y despobladas del planeta. Una línea de ferrocarril que une 9289 kilómetros, convirtiéndose en la más extensa del mundo.

En su construcción trabajaron presos y albañiles italianos. El zar Nicolás II ordenó que se avanzase de prisa, por lo que se levantaron puentes de madera, y se desdeñaron los de piedra o acero. Los raíles estaban hechos de un acero de la categoría más inferior.

Al principio había que cruzar el lago Baikal helado con la ayuda de unas troikas, pero las dificultades del terreno y los imprevistos, tendentes a echar a perder la mejor de las logísticas, provocaron que se tendíera un ramal de la vía en Manchuria.

Durante la revolución Rusa fueron los trenes los que ocuparon un papel importante en los combates como transporta de tropas y fortalezas rodantes. El general blanco Kolchak equipó su tren con blindaje e instaló en uno de los vagones de carga una torreta antiaerea. Vladivostok se convirtió en una base de operaciones por la que los japoneses, los estadounidenses, los británicos y los franceses suministraban armas a los contrarrevolucionarios blancos.

Los señores de la guerra surgieron como las setas en aquel revuelto panorama político y militar. El general Semenov levantó un ejército de soldados cosacos con dinero japonés. El señor de la guerra Ugern Von Sternberg levantó un ejército de cosacos y jinetes mongoles y liberó Mongolia de las garras de los chinos. Él solo.

Una bruja profetizó que Sternberg lograría grandes victorias pero que no conseguiría imponer el chamanismo y su bandera con un Sol Rojo frente a la hoz y el martillo bolcheviques. Esto podéis encontrarlo en el comic "Corto Maltés en Siberia".

Para viajar en el Transiberiano hay que comprar el billete con 45 días de antelación. Cuesta entre 300 y 800 euros. No se pueden adquirir actualmente billetes abiertos, así que el viajero tendrá que tener en cuenta qué tramo del recorrido quiere hacer, y especificarlo así en la oficina de viajes. La compra de billetes en la ventanilla es una opción perfecta para quien ya hable ruso, porque no se enseña a los empleados inglés.

Los turistas suelen optar por la primera clase (con dos literas) y la segunda (con cuatro). Los pasajeros sueles ser buhoneros, viajantes de comercio, soldados de permiso (o volviendo de uno) y granjeros.
En todas las paradas de la ruta las babhuskas (madrecitas) suben a los vagones para vender licores, conservas de pescado y otros productos por el estilo.

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