viernes, 11 de febrero de 2011

Las pirañas.


Theodore Rooselvelt, el presidente aventurero de los Estados Unidos, se dedicó, tras dejar el cargo, a viajar por todos los lugares donde se pudiera cazar buenas piezas. Unos campesinos brasileños decidieron que podían ganarse unos dólares a costa de aquel gringo bigotudo con la ayuda de las pirañas.


Pusieron una vaca muerta en un tramo bajo del río Amazonas y esperaron a que estos peces, los carroñeros fluviales de la selva, la devoraran en medio de un frenesí alimenticio. Rooselvelt escribiría en su libro sobre sus aventuras en Brasil que "las pirañas son los peces más feroces del mundo". Lo único bueno que tenían era, que del mismo modo que devoraban todo lo que encontraban a su paso, ellas mismas eran suculentas como plato, aunque con demasiadas espinas.


En favor de estos legendarios peces puedo decir que si atacan en grupo es porque sólo así se defienden de sus depredadores: los caimanes y los delfines boto. Nunca atacan, a menos que esté sangrando, a un animal más grande que ellos.


Respecto a los peligros reales de la fauna piscícola del Amazonas puedo citar a un pez minúsculo al que le excita la orina humana. Se introduce dentro del meato urinario y se engancha allí con sus aletas. Pisar un gimnoto eléctrico también tiene su miga.


24 estados de la Unión han prohíbido comercializar pirañas para los acuarios. Casi todos del sur de los Estados Unidos. Se preve que un aficionado se canse de su piraña de panza roja y la tire a las marismas de Florida o al río Mississippi con la consabidas amenazas para los peces locales. En los estados del Norte no hay mayor problema con las pirañas porque tirarlas a las aguas del río Potomac o Culumbia es una segura sentencia de muerte para ellas. Algunos usuarios desaprensivos compran otros peces, a ser posible tan grandes como la piraña del acuario, y observan arrobados como el pez del Amazonas destroza al otro. !Bonitos hijos de...!


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