sábado, 2 de abril de 2011

Una semblanza acerca del crimen organizado en Japón.

Fueron los primeros en hacer algo respecto a las propiedades dannificadas por el terremoto del 12 de marzo de 2011, aunque sus razones no eran precisamente filantrópicas. Los Yakuza se desplazaron hacia el epicentro del terremoto con mantas, comida liofilizada, linternas y cunas para bebés...

Han gastado más recursos en la maltratada zona de Tohoku que el gobierno y las Fuerzas de Autodefensa, pero ningún japonés duda que más tarde o más temprano se lo cobraran a través de los contratos de reconstrucción. Jake Adelstein, un periodista norteamericano experto en el mundo del crimen organizado, me lo explica así: "Los Yakuza controlan entre el 3 y el 4 por ciento del negocio de la construcción en Japón".

Pero, ¿quiénes son estos personajes, mitificados por las películas de acción, a las que proporcionan un toque, mezcla de exotismo y sofisticación? Los Yakuza no son equiparables a los grupos mafiosos italoamericanos como la Cosa Nostra, de Sicilia. O la Camorra napolitana. En el siglo XVII, Japón estaba dividida en clanes que se disputaban el poder siguiendo unas reglas muy estrictas de comportamiento entre jefes y subordinados, tanto propios como rivales. Ese código perdura en el mundo empresarial - las llamadas guerras de keiretsus por los mercados y los clientes- y en el mundo del crimen organizado. En la Yakuza el Oyabun representa la figura paterna y el Kobun es su ahijado.

La policía especializada en estos grupos de Japón estima que hay 25 clanes en todo el país. Nunca pelean ni tienen disputas importantes entre ellos. De los 86.000 Yakuzas existentes en el archipiélago, 40.000 están en Kanto, cuya capital es Tokyo.
Hay expertos que opinan que el nombre de Yakuza deriva de un juego de naypes similar al black Jack occidental. Ya (8)-ku(9)-za(3) es la combinación perdedora en el juego del Oicho- kabu.
Los primeros Yakuza aparecen durante el periodo Tokugawa. Eran una mezcla de samurais ronin (soldados de caballería sin un señor feudal o daymio al que servir), actores, matarifes de ganado, timadores, o "eta", y carceleros. Todas estas profesiones eran muy precarias y estaban en los límites de la consideración social.

Los matarifes eran muy perjudicados, puesto que la religión sintoista prohíbe matar cualquier criatura animal. De ahí que todos los vídeos que nos muestran los amiguetes de su viaje a Tokyo, además de las mensajeras otaku, nos muestren personas paseándose con mascarilla, para no absorber insectos.
"Nosotros nunca nos escondemos", me explica Nagumo, uno de estos hombres. He visto que le falta una falange, seguramente cortada por orden de su Oyabun por una falta contra el código interno. "Y tuve suerte", dice Nagumo al respecto. "Si la ofensa hubiese sido más grave me habrían expulsado del clan mediante una carta, la "Hamonjyo".
"Aparte de las drogas y de la trata de blancas - no doy más pistas- amañamos combates de sumo y de puroresu".- trata de explicarme Nagumo.
"¿Qué es el puroresu?- pregunto. "Una lucha tradicional. No es tan vistosa ni conocida como el sumo.
Nagumo también me explica que cobran un impuesto de protección a los comerciantes, un atavismo de cuando los samurais de rango inferior obtenían ingresos para sus daymio con las mismas técnicas.

Aparte de esto, los keiretsus recurren a ellos como vendedores de "armonía" en sus juntas de accionistas. La sola presencia de uno de estos hampones, con sus camisas hawaianas, sus trajes de Armani negro y su gesto adusto, hace que los líderes empresariales puedan prevenir las intrigas de sus subordinados antes de que intentes ponerlas en práctica. La banca Fuji, tercer banco de Japón, saltó a la prensa porque pagó a un clan Yakuza 200 millones de yenes para controlar los esquemas de poder entre los altos ejecutivos.

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