domingo, 24 de marzo de 2013

Exploradores del Oeste.


 Edward Driker Cooper, paleontólogo perdedor de la Guerra de los Huesos.





"Ye estamos listos para empezar a descender el Gran Desconocido. Los botes, amarrados, chocan entre sí sacudidos por un río inquieto"


John Wesley Powell.

No salen en las películas. Estoy seguro de que ni siquiera los estadounidenses saben quiénes eran. Pero alí estaban con sus teodolitos. Powell fue el tipo que cartografió y recorrió el Gran Cañón del Colorado - que por cierto está en Arizona-.
Cargaban en mulas las provisiones, se rapaban el pelo para que los indios apaches y navajos encontraran menos apetecible arrancarles la cabellera y se lanzaban a la aventura. Como anécdota de las exploraciones de Powell diré que calculó, gracias al acidente de su propia montura de carga, como de alta tiene que ser una montaña para que una mula la baje rodando sin matarse: 150 metros, aproximadamente. "Por ahí bajan los restos mortales de Croppy, la mula que subió a la cima del moste Shasta, pero que murió en un cañón desolado, por decisión propia en un ataque deliberado de locura." diría uno de los topógrafos de la expedición.
Los picos de acero lo mismo servían para hacer montañismo y encaramarse a los riscos como para matar a golpes a las serpientes de cascabel.
Mención aparte les daré a los paleontólogos Edward Drinker Cooper y Charles Othniel Marsh. Su rivalidad académica lleno los museos del este de huesos de dinosaurio. De hecho, Othniel Marsh tenía su campamento a una distacia relativamente escasa del campo de batalla de Little Big Horn. Mientras el Septimo de Caballería era mascrado por una coalición de tribus indias cinco veces superior, Mash contaba incluso con rastreadores sioux entre su personal.
Recibió abundantes visitas curiosas de nativos americanos, a las que respondía quitándose la dentadura postiza y volviéndosela a colocar en la boca. Los indios decían que los huesos que, entre disputas y descalificaciones, Cooper y Mash desenterraban pertenecían a los caballos del trueno, unos seres mitológicos que galopaban por los cielos y producían las tormentas. Nadie los había visto y por eso colaboraban con esos blancos, para averiguar de una vez por todas qué aspecto tenían.

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