domingo, 15 de diciembre de 2013

Herida por un meteorito.

1954. Un pueblecito de Alabama llamado Sylacauga. Ann Hodges estaba durmiendo la siesta en el sofá de su salón cuando un meteorito, del tamaño de una pelota de sofball entró atravesando el techo y le golpeó en un muslo. Le dejó un precioso hematoma.
Los vecinos se arracimaron en la puerta y empezaron a rumorear. Se trataba de un arma secreta de los rusos, No. Eran los restos de un avión que había explotado en el aire. Y en esto llegó del trabajo el marido de la señora Hodges, Eugene.
El sheriff de la población confiscó el meteorito. Cuando se demostró que la roca no tenía un origen terrestre, el público insistió en que se la devolvieran a Ann. Paro hay un problema con los meteoritos. Cuestan una fortuna. Y despiertan la codicia.
La casera de los Hodges reclamó la piedra espacial por vía judicial aduciendo que se había precipitado contra su propiedad. Al final, se llegó a un acuerdo extrajudicial. La viuda Guy renunciaba a los derechos sobre el meteorito a cambio de la modesta cantidad de 500 dólares.
Eugene Hodges vendió el meteorito por una sabrosa cantidad a un Museo de Historia Natural local, aunque rechazó una oferta del Museo del Aire y del Espacio, el Smithsonian.
Ann y Eugene se divorciaron. "Era lógico", explica el conservador del Museo. "Eran una pareja sencilla y tanta atención, contra lo que nadie les había preparado nunca, se crobró su precio".
Ann murió en 1972, a los 51 años, en un asilo de ancianos de su localidad de Alabama. Hasta ahora a nadie más le ha caído una roca espacial encima.

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