domingo, 12 de enero de 2014

Los dragones de Komodo.

Estos reptiles, los lagartos de la especie de los varanidos más grandes del mundo, están en el mundo desde hace cinco millones de años, aunque hay lagartos varanos desde hace 40 millones. En realidad, la vida normal de un dragón de Komodo no difiere mucho de la de los lagartos. Como son de sangre fría tienen que ponerse al sol para calentar sus cuerpos y estar en condiciones de caminar hasta una rica carroña y cazar.
Desgraciadamente para estos varanos sólo viven en unas escasas islas de Indonesia, y los campesinos acaban de cambiar recientemente su actitud hacia ellos. No los persiguen todavía pero no se esconden para decir que están hartos de las molestias que causan con el ganado. Y eso que corren solo a 19 kilómetros por hora.
Cuando atacan a una cabra la muerden. No tienen que hacer nada más. Su saliva es venenosa y impide la coagulación dela sangre. Si la presa intenta huir, es posible que la herida se infecte. De un modo u otro el ganadero perderá la cabra y los dragones de Komodo comerán.
A pesar de todo, una leyenda popular dice que un príncipe quiso matar a un dragón de Komodo. Entonces, su madre, la Princesa Dragona, se le aparece y le anuncia que es su hermano gemelo, Orah.
Los ataques a personas no son frecuentes, pero haberlos, haylos. Un dragón de Komodo entró en una caseta del KNP y mordíó en las piernas a dos guardabosques. Los dos fueron al hospital para recibir tratamiento contra la infección y sobrevivieron. Una anciana de 83 años expulsó de su cocina con una escoba a otro varano de dos metros. El dragón le mordió la mano, que tuvo que ser suturada. En 2007 un dragón mató un niño que se había apartado del camino para orinar.
Algunos encuentros con los dragones de Komodo son amistosos. Walter Affemberg es un naturalista que acampó con su familia en la isla de Komodo para observar a estos imprevisibles reptiles.
"Otros tendrán quejas, pero yo no. Los dragones de Komodo se acercaban a nuestro campamento para ver qué hacía. Uno lamió mi cámara, mi navaja y mis pies. En ningún momento temí que me mordiera. Le invité a marcharse dándole golpecitos en la cabeza", me dice Affemberg.

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