miércoles, 26 de noviembre de 2014

El Tango de la Guardia Vieja.(2012)

Max siempre trató de sobrevivir lo mejor que pudo, sin hacerse demasiadas ilusiones sobre el futuro. Bailarín de transatlántico, ladrón de guante blanco al estilo de Rocambole, experto en fingir pertenecer a una clase social alta y snob, que le fascina por sus absurdos ritos sociales así como por la capacidad que tiene para destruir al bueno de Max Costa si algo sale mal. Y del otro lado Mecha Inzunza, esposa de un compositor.
Se forma durante una travesía en el transatlántico Cap Polonio, allá por 1928, y la posterior escala de placer en Buenos Aires, un trío amoroso y sexual. Es curioso porque Reverte nunca ha dedicado tanto tiempo en ninguna de sus novelas al sexo. Será que en esta obra de tamaño mediano está obligado a hablar de tango, y esa es la música del amor libre, mercenario y un poquitín cutre y casposo. El matrimonio paga a Max para que le lleve a los garitos de mala fama de Buenos Aires para escuchar tangos.
El segundo compás de la novela es la agonía del mundo de la alta sociedad del periodo de entreguerras, allá por 1937. Los fascismos ya son una preocupación seria y Max se está quedando sin opciones para seguir con su estilo de vida. Segundo encuentro con Mecha en la Riviera Francesa en medio de una trama de espionaje en la que nada es lo que parece.
El tercero es el de la definitiva decadencia. Mecha y Max se reencuentran en Sorrento con motivo de un torneo de ajedrez entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en pleno 1966. Max sobrevive como chofer de un solterón suizo y descubre que tiene un hijo, que su vida  no ha sido tan esteril, después de todo. Y Mecha le pide que robe algo a los ajedrecistas rusos, algo que catapultará para siempre a las tinieblas a Max. Es duro no tener derecho ni a tener una vida propia cuando has vivido de fingir otras.

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