miércoles, 3 de diciembre de 2014

Razones por las que el fútbol europeo no se verá libre de los ultras.

En los años 90, sucedió un pequeño incidente en el campo de San Mamés. El Athletic de Bilbao jugaba contra el Atletico de Madrid. Un jugador de origen iberoamericano llamado Simeone aprovechó un ataque contra la portería del equipo vizcaíno para clavarle los tacos en el muslo al capitán del Athletic de Bilbao, Julen Guerrero.
Lo peor vino unos días más tarde. El principal directivo del Atlético de Madrid, Jesús Gil, decía que la agresividad de este tipo era la normal entre hombres y machos alfa, como por ejemplo, los jugadores de fútbol, y que la principal fuente de frustración y reclamaciones para el equipo bilbaíno era "que hemos hecho pupa a su niña bonita".
¿Que a qué viene recordar esto ahora? Bueno; hace unos días unos ultras se pegaron en Madrid y uno de ellos, del Deportivo de la Coruña, fue tirado al río Manzanares con una contusión en la cabeza. La Policía Nacional logró sacarlo de las frías aguas, pero la sangre perdida,el agua tragada y la hipotermia, mataron a este ultra al cabo de unas horas. Tenía la friolera de 40 años y a esa respetable edad se dedicaba a quedar con los colegas para celebrar una pelea multitudinaria con la excusa del fútbol. Como los adolescentes, pero sin la coartada de las hormonas. ¿Me explico?
Supongo que un ultra ve la televisión y ve a tipos como el difunto Jesús Gil haciendo declaraciones como citadas arriba, y se sienten identificados. Su violencia no esta desadaptada, sino todo lo contrario. El fútbol es un sucedáneo de la guerra, muy ritualizado, y ese ritualismo lo comprenden. Quizá no comprendan nada más, pero saben de qué va el tema.
Este mundo tiene la imagen distorsinada del futbolista profesional como de una especie de macho alfa superviril al que todo se le debe permitir. Desde morder en el cuello al rival, como hizo Luís Suarez en el último mundial, hasta las entradas más violentas. Nunca son vistos como trabajadores. Y ahi radica la madre del cordero.
Luego está la actitud de los directivos, que pertenecen a las élites sociales. Como aparecen mucho en televisión y ganan grandes cantidades de dinero con esto - o lo intentan-, y algunos han jugueteado con la política, con todo lo que ellos supone, tratan de jugar al juego del fútbol con las mismas reglas. Lopera dice: "Nos han robado un partido" o el entrenador Mourinho le mete el dedo en el ojo a un entrenador rival y las consecuencias nunca son definitivas. Al menos así lo veo yo.
Ahora se está tratando de echar a los ultras de los graderíos, pero esta fiebre justiciera terminará pronto. Porque el ultra no quiere verse despojado del mundo en que su inadaptación social esta secundada y legitimada, y porque el directivo es un político, y los políticos exigen lealtades caninas ante los que consideran sus rivales del momento. Cuando Joan Laporta dejó de jugar a la política desde los despachos del Barcelona, y expulsó de las gradas a los Boixos Nois, una barra brava catalanista y anticentralista, los ultras le mandaron unas amenazas de muerte que se hicieron extensivas a toda su familia.
Porque el macho alfa, ya sea jugador, entrenador o directivo, puede desafíar y luchar pero no renunciar a esto, como hizo Joan Laporta, con una decisión revocada posteriormente por su sucesor Rousell.

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