martes, 14 de abril de 2015

Cirilo López, mi vecino, y Abu; una historia de amor por los animales.

Mi amiga bruja, Kler Ojembarrena, me aseguró una vez que no debía preocuparme por el infierno tras la vida. "La vida misma, con sus ansiedades y apetitos no saciados, con sus injusticias, es un pequeño infierno". No me convenció mucho, y por eso, cuando pienso en personas como el primer amo de Abu sueño con un infierno de llamas rugientes para él.
Abu debió ser durante sus primeros años de vida - es una especulación- un pero de caza mestizo, un cobrador de piezas. Pero cumplió 9 años, empezó a envejecer y ese vesánico hijo de mala madre que debió ser el humano aquel, lo llevó al río, cerca de Burgos, le metió 14 perdigones en el cuerpo y lo tiró al río Arlanza.
El heroíco Apu salió del cauce, subió el talud y recorrió los metros que le separaban de una gasolinera, donde se hizo cargo de él el hijo de un vecino mío, Cirilo. El perro fue operado en cinco ocasiones, se le retiraron los balines aunque no todos. Quedó inválido de una pata delantera. En la quinta operación se le implantaron unos hierros, pero fue una mala solución.
El hijo de Cirilo se enteró de que existía una empresa norteamericana en Bozeman, Montana, que hacía protesis con ruedas para los perros heridos en las patas delanteras e hizo un pedido.
"Ahora Apu es la sensación de Basauri, donde vivimos los dos. Antes tenía que pasearlo en brazos durante 30 minutos al día, y con su prótesis puede jugar en el parque hasta una hora. Sin duda la vida ha mejorado para Apu estos cuatro meses", contesta un Cirilo emocionado a la prensa del País Vasco.

2 comentarios:

  1. Muy bonito el artículo Jose Félix...seguro que Cirilo y Abu te lo agradecen !

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