martes, 3 de noviembre de 2015

Dictatomachos. Un artículo de opinión.

Eran dos adolescentes, un chico y una chica. Él gritaba: "No creas que por ser tan guapa te vas a librar de unas hostias". De hecho, al llegar a la marquesina donde yo estaba esperando el autobús un 1 de enero, la zarandeó.
Por aquella época no existía el número 016, para denunciar aquellas demostraciones de lo que yo llamo ser un dictatomacho en toda regla. Pensé en llamar a la Policía, pero en cuanto llegaran la agresión se habría consumado, o todo habría terminado, y yo tendría que demostrar que no era uno de esos tipos que hacen frente al vacío de sus vidas con denuncias falsas a la Policía.
No hice nada hasta 48 horas después, que informé en comisaría que se había producido la agresión y que yo la había presenciado. No debió ser tan grave la cosa porque no he vuelto a saber del asunto. Se supone que los policías autonómicos estás mas que saciados de los horrores enquistados en las costuras de nuestra sociedad.

El dictatomacho es un ser competitivo. Todos los hombres son adversarios ante los que tiene que aguantar el tipo. Ellos tienen que ser capaces de salir de cada situación, pero el problema es que les falta las suficientes destrezas sociales para ello, y eso es bastante de lo que está detrás de sus estallidos. Como no saben negociar, ni renunciar a nada, gritan.
Todos ellos buscan pareja, porque un hombre soltero es un hombre incompleto para ellos. El modelo que buscan no es el de una compañera, sino una prolongación de su madre, cosa que nunca obtienen, porque no se pueden fabricar ciertos vínculos emocionales de la nada.
Por supuesto, cuando por fin han matado a su esposa, o han recibido una orden de alejamiento, agachan la cabeza. Saben la diferencia entre el bien y el mal, lo deseable y lo pernicioso, y se suicidan o rompen las reglas, porque la Ley no es suficiente para contenerles. Un juez solo les reprenderá o los encarcelará, y eso es de débiles. Un auténtico hombre que disfruta del poder, para ellos, tiene que aniquilar a sus adversarios. Las leyes no significan nada para el maltratador, pero las porras de los antidisturbios, sí.

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