martes, 12 de julio de 2016

Ciencia y guerra.

María Roach ha publicado ya una serie de libros con una divertida onomatopeya como título: GULP ( la ciencia y el aparato digestivo) y BONK (la ciencia del sexo). Su último libro se titula HOARSE:LACIENCIA CURIOSA DE LOS SERES HUMANOS EN LA GUERRA,  que nos lleva a los héroes anónimos de la ciencia militar que se ocupan desde fabricar ropa de diseño de alta tecnología para el campo de batalla hasta trasplantar penes, todo en nombre del bienestar de los soldados.

¿Cómo te interesaste por este campo tan desconocido de la ciencia?

Para empezar quiero hacer una aclaración sobre lo que el lector encontrará en mi libro. No hablo de diseño de armamento ni de estrategia y tácticas adaptadas a las nuevas tecnologías. Hablo de científicos civiles, que lo único que pretenden es mitigar los horrores de la guerra con sus ocurrencias.
Yo estaba visitando un laboratorio militar en La India para saber como convertir los chiles picantes en un arma cuando me hablaron cortésmente de otro proyecto en marcha: se trataba de un repelente de sanguijuelas. También hay otro Departamento científico en el Ministerio de Defensa que está experimentando con algo muy parecido a la telepatía. Ví que la ciencia era algo más que conseguir submarinos mejores o rifles de asalto más eficaces, y quise compartirlo con ustedes.

Comienzas tu viaje con una visita a los laboratorios de Natick. Expícanos qué se cuece allí y por que los botones son un problema para los francotiradores.

Estos laboratorios están en Massachussets. Los técnicos fabrican todo aquello qué comen, sobre lo que duermen o visten los marines. Una técnica de vestuario llamada Annette LaFleur ha diseñado un chaleco sin botones para los francotiradores. Es gente que tiene que permanecer en posiciones muy incómodas, sin moverse, durante horas. Si están tumbados boca abajo y los botones les molestan en la tripa o el pecho pueden desconcentrarse. La camisa y la chaqueta tampoco tienen cremallera, sino un velcro lateral.

También estuviste en Camp Pendleton, donde estudian los problemas de sordera en los marines y los SEALS y su incidencia en la letalidad de los combates y en la capacidad de comunicación de los comandos.

Los técnicos hicieron ejercicios de atrapar la bandera en un campo de paintball bajo una grabación de ruidos de combate con armas largas. Las posibilidades de acertar a un enemigo o de sobrevivir se reducían un 50 por ciento bajo ruido intenso.
Allí se probaron los PACTS (Sistema de Comunicación y Protección Tácticos). Se trata de un pinganillo que se coloca encima de la oreja, con un auricular. Bloquea los ruidos fuertes, al mismo tiempo que las voces tranquilas se amplifican. Pedes escuchar las órdenes, si hay que cambiar de planes o retirarse, mientras que las explosiones o los disparos quedan mitigados.
La  guerra es muy, muy ruidosa. Un rofle de tiro M16 produce 160 decibelios. Un minuto de combate con estas armas puede producir problemas de audición. También los carristas de combate deberían usar los PACTS. El ruido del motor de un tanque Bradley sobre el asfalto y el traqueteo de las orugas producen problemas auditivos. Pero por ahora solo tienen PACTS las tropas de los Cuerpos Especiales. Como los SEALS.

Durante las campañas del ejército británico contra el Afrika Korp en la frontera egipcia las moscas mataron más oficiales que las balas, ¿Estoy exagerando?

No, en absoluto. Las moscas se sentían atraídas por el sudor, y la cal con la que se intentaba mitigar el olor de las heces en las letrinas. Luego volaban a su otra fuente de alimentación predilecta: las provisiones de los soldados. Eso produjo bajas por enfermedad, tanto entre los alemanes como entre los aliados. Se pagó a los ordenanzas y las tropas subalternas para que fumigasen a diario.
Este problema ya lo observó el periodista y corresponsal de guerra Walter Reed durante la guerra hispano- estadounidense de Cuba en 1898. Se distribuyen unos pasquines muy cachondos con moscas con casco militar y apuñalando a un soldado en la tripa con una bayoneta. (Ríe). No, en serio. Esto no tiene gracia.

También dices en tu libro que los cirujanos militares están tratando de reconstruir y transplantar penes.

Durante la Segunda Guerra Mundial si pisabas una mina te quedabas sin pie. Hoy te quedas sin pierna y con esquirlas de metralla pesada en las ingles. Generalmente se supone que no sobrevivirías a eso. Pero en Estados Unidos contamos con los medios sanitarios de batalla mas eficaces, por lo que muchos de estos chicos están sobreviviendo.
El primer trasplante de pene ha ocurrido hace escasas semanas con exito. Se preguntará: ¿No es suficiente con salvarles la vida?¿Por qué tenemos que hacernos cargo de su vida sexual? Los cirujanos del Hospital Walter Reed a los que pregunté me dijeron que sí, que estos chicos tienen en muchos casos parejas e hijos, una vida de civil a la que regresar, y que un transplante de pene es lo menos que se puede hacer.
Otro campo es el hecho de gente que pierde las dos manos y un pie a causa de una mina o un proyectil de artillería. ¿Cómo regresarán estos chicos al mundo de los civiles?¿Qué trabajos pueden desempeñar? Muchos toman analgésicos para reducir las molestias y los dolores de las amputaciones, lo que se traduce en un handicap para los penes. Muchas mujeres se divorcian de sus maridos por esta razón. Ellos lo han dado todo por nosotros. No les quitemos lo que es suyo.

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