viernes, 15 de julio de 2016

Un niño de 14 años construye en reactor nuclear.

El escritor y periodista Tom Clynes no es un tipo optimista. Sus contribuciones a Popular Science tratan acerca de epidemias de Ébola o eco-mercenarios. Pero cuando se encontró buscando algo que le distrajera de su crisis matrimonial y su posterior divorcio, se encontró con Taylor Wilson, un adolescente, la persona más joven que ha construído un reacotr nuclear.
Contagiado por el optimismo del joven genio y sus esfuerzos por hacer de este mundo un lugar mejor, Clynes se decidió a contar la historia de Taylor en el libro "El chico que jugaba con la fisión"

Empiezas tu libro acompañando a Taylor y a su padre a na mina abandonada para buscar "rocas calientes". Cuéntanos la experiencia.

Fuímos a una mina de uranio abandonada en las Montañas Virginia, en Nevada, justo al norte de Reno, donde Taylor vive. Estuvo hablando de todos sus descubrimientos con el material radioactivo durante todo el trayecto en coche. Taylor es un excelente divulgador.
Íbamos equipados con un pico, una pala y cascos de minero. Recorrimos varias galerías. Yo procuraba no pensar, mientras Taylor recogía sus muestras, que el agua que se deslizaba por los túneles era radioactiva.
Cuando salimos Taylor pasó un contador Geiger por su ropa y dictaminó que sus pantalones eran radioactivos, por lo que se los quitó, y volvió a casa en calzoncillos. "Puede creer que mis pantalones no son así cuando me los pongo por las mañanas, Mr Clynes", me dijo con una sonrisa.

¿Cómo se cruzó tu camino con el de Taylor Wilson?

Yo estaba escribiendo en Popular Science un artículo sobre gente que hacía cosas locas relacionadas con la ciencia en sus garages como aceleradores de partículas caseros. Alguien mecionó a un chico de 14 años de Texarkana, Arkansas, que no es precisamente un semillero de científicos ni de personas con acceso a una cultura cientifica. Pero se había convertido en una de las escasas 32 pesonas que habian construído un reactor nuclear en suelo estadounidense usando el garage familiar como laboratorio. Así que me olí una buena historia.

Sus descibrimientos científicos comenzaron con una experiencia dolorosa. ¿Nos puedes hablar de ella?

Sí; en este caso el detonante fue la muerte por cáncer de la abuela de Taylor. Estaban muy unidos. Ella fue su gran apoyo, y le permitió usar su garage como laboratorio.
Taylor llevaba un año experimentando con materiales radiactivos, cuando se le ocurrio pedirle a su abuela una muestra de orina y empezó a experimentar con ella. También estudió en sus ratos libres protocolos médicos de radiología y medicina nuclear.
Examinó tumores con una placa de Petri. Entonces meditó que esa medicina y esas máquinas eran muy caras incluso para los bolsillos de la gente del mundo desarrollado, y le preocupaban como la gente de los países subdesarrollados podrían conseguir esos tratamientos. Los simplificó y abarató.

¿Cómo se lo toman sus padres, lo del interés de su hijo por lo nuclear, quiero decir?

Están aterrorizados. Ninguno de los dos es científico. Su padre embotella Coca-Colas y su madre es maestra de yoga. No duermen pensando que su hijo tiene en el garage materiales que pueden hacerle enfermar de gravedad o hacer saltar el barrio por los aires.
Pero le buscaron tutores y educadores apropiados, incluso cruzaron el país buscando un centro escolar que respondiara a la demanda educacional de su hijo.
Por supuesto, hubo problemas. Cuando tu hijo gana más que tú con sus patentes, y todo el mundo le halaga y dice que es un genio, puede volverse narcisista. Taylor pasó esa etapa, y la superó. Pero fue duro para la gente que le quería.

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