jueves, 6 de octubre de 2016

Rodrigo Duterte "lucha" contra las drogas.

"A todos los que estaís metidos en las drogas, hijos de puta, os voy a matar a todos". ¿Estas palabras las dice un borracho en un antro de mala muerte? No. Las dice el presidente de Filipinas a sus votantes.
Y lo cierto es que sus palabras tiene un poso de amenaza. Porque desde que llegara al poder en la primavera de 2016, la Policía y los paramilitares - que se rigen bajo el mismo código pero visten de civil- han muerto asesinados 2000 camellos, narcotraficantes y consumidores.
En realidad las medidas draconianas contra el narcotráfico son una herramienta frecuente en Vietnam, Tailandia y Singapur ara poner el foco en cosas que no sean las desigualdades sociales o la creciente brecha entre ricos y pobres. Pero es que Duterte las lleva a un nuevo campo. 712 personas han caído a manos de la Policía, mientras intentaban disparar contra los agentes del orden. Otras 1067 han muerto a manos de paramilitares equipados con motos y pasamontañas. Los motociclistas llegan, disparan una ráfaga y dejan sobre los cadáveres una nota especificando los presuntos delitos contra el Estado de Filipinas de los ajusticiados.
Las clínicas de desintoxicación de las drogas no dan abasto. Los consumidores se gastan su sueldo en unos tratamientos que superan con mucho las economías familiares. Si dejan de ir a una sesión de terapia se los considera reincidentes, y lo siguiente que pueden saber de las instituciones del Estado es una bala por parte de los paramilitares.
Duterte es conocido por su mala educación su lenguaje soez - que los filipinos parecen adorar- y sus exabruptos contra todos los que le molestan, entre ellos Goldberg, el embajador de los Estados Unidos, y su superior directo, el presidente Obama. También insultó al Papa Francisco por provocar durante una visita oficial atascos en Manila. Obama lo considera un payaso al que la fuerza se le va por la boca y que solamente es una amenaza para sus votantes.
La senadora Leila de Lima es su principal opositora. El dictador Duterte la ha tomado con ella. Ha detenido a sus sobrinos por "narcotráfico", la ha acusado de recibir dinero de gente implicada en este negocio y de mantener relaciones con su chofer, un reconocido "drogadicto". De hecho, Duterte ha realizado una lista de políticos opositores a los que acusa de delitos. No lo puede probar, pero insiste a los filipinos que su palabra es suficiente. Los integrantes de la lista saben que son un blanco para la gente desesperada que quiera cobrar las recompensas por sus vidas.
También es polígamo. Como en Filipinas no existe el divorcio, convive con su ex mujer y su nueva pareja, además de mantener relaciones sentimentales con dos empleadas de unos grandes almacenes de Manila. Los filipinos también le admiran por ello. Los mandatos presidenciales duran seis años en ese archipiélago. Me pregunto cuánto le querrán para 2022.

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