lunes, 10 de abril de 2017

Los elefantes africanos.

Los elefantes tienen una forma que los humanos todavía no hemos desentrañado de transmitirse conocimientos entre ellos. Los masais se dedican a atacar de cuando en cuando a los paquidermos con lanzas. De manera que los etólogos decidieron hacer en experimento. Mostraron a los elefantes dos clases de maniquíes distintos: uno de ellos vestía ropas de pastor masai. Los restantes iban vestidos con ropa normal de agricultor tanzano.
Los elefantes guardaron las distancias con los maniquíes masais, pero se permitieron solo acercarse un poco más a los maniquíes no tribales. Incluso los ejemplares que nunca habían sido molestados por los masais guardaron las distancias con sus maniquíes.
Joyce Poole es una zoóloga que trabaja en Kenya con la organización Elephant Voices. Se hizo amiga de un elefante macho salvaje muy curioso llamado Vladimir. Este permitía a Joyce tocarle los colmillos y hacerle caricias en la trompa. Tras una ausencia de 12 años, Joyce llamó a Vladimir, que se acercó presuroso a recibir la ración de caricias del día. "Yo sabia que me recordaba porque era la única humana que había interactuado con él de aquella forma", me explica Joyce.
Los elefantes consumen cientos de kilos de hojas y vegetación y deben beber 200 litros de agua diarios. En África oriental la comida no está disponible todo el tiempo y recordar dónde esta una lejana poza de agua puede significar la diferencia entre la vida o la muerte.
George Wyttemnyer trabaja para Save The Elephants. Un día colocaron un radiocollar a una elefanta. La hembra se levantó del suelo tras haber sido sedada. Se tambaleaba, por lo que sus compañeras pensaron que estaba enferma. Las demás elefantas pensaron que estaba herida y trataron de mantenerla en pie mientras estuvo bajo los efectos de los dardos tranquilizantes.
Wittemyer fue testigo de como un grupo estuvo visitando y ayudando a una joven hembra que se había troto una pata. Wittemyer cree que la elefante herida habría muerto sin el apoyo de las demás.
Generalmente, los animales no reaccionan al ver los restos de un congénere muerto. No es el caso de los elefantes, que incluso pasan una fase de duelo. Una elefanta había perdido a su cachorro a causa de una enfermedad; la hembra se quedó en el lugar donde se había desplomado su hijo durante tres meses. A veces los zoólogos la vieron arrancar matojos y corres desesperada a la madre mientras barritaba de desesperación. Terminada la fase de duelo, se reincorporó a su manada, como si no le hubiera sucedido nada en especial.
Cuando una manada de elefantes pasan por delante de una osamenta de elefante, el grupo se queda muy callado y olfatean delicadamente los huesos. "Creo que son capaces de relacionar esos huesos tan grandes con lo que tuvo que ser un elefante vivo-opina la zoóloga Joyce Poole- y que tienen un sentido muy claro de su propia mortalidad",

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