domingo, 14 de octubre de 2018

Microadicciones.

El otro día mi amigo Andoni, un profe de Secundaria, y yo, estuvimos charlando de la publicidad en televisión de las casas de apuestas deportivas y del papel que está teniendo en formar una nueva generación de adolescentes ludópatas.

Las microadicciones no son tan graves como lo que describía antes pero pueden dar al traste con un trabajo bien renumerado o con la salubridad de la pareja. Las microadicciones son actos obsesivos que nos hurtan espacio a otras actividades que fueron, y bien podrían volver a ser, altamente gratificantes para nuestro ocio.

Por ejemplo, yo me tupo a comer chocolate. No lo como a todas horas, desde luego, ni lo paso especialmente mal si el chocolate no está presente, pero lo prefiero ante otras chuches como los cacahuetes salados, o cosas más saludables como la fruta. Así que sí, es una microadicción. Si se tratase de una adicción como la ludopatía, llegaría el momento en que ir a apostar a lo que fuese ni siquiera me gustaría. Que incluso la culpa por ir a apostar resultase tan excitante como devastadora emocionalmente.

En 1996, el investigador Danielle Piomelli redactó un trabajo donde decía que el chocolate contenía anandamina, entre otras sustancias, que provocan una reacción del cerebro muy similar a cuando se consume cannabis. Pero el Instituto de Quimica Molecular de Nápoles lo desmintió enseguida. Había que tomarse 15 kilos de chocolate para que la anandamina tuviese un efecto nocivos. Un día tras otro. Que según lo expuesto por Piomelli hasta la leche sería adictiva porque contiene anandamina en bajas concentraciones.

¿Ver la tele es adictivo? Nos quejamos de la mala programación, pero lo cierto es que vemos lo que nos echen y al día siguiente nos quejamos porque la programación no nos gustó. Además zapeamos en cuanto hay anuncios solo para descubrir que en los otros canales también hay publicidad.

Tim Douchel demandó a una compañía de televisión por cable estadounidense de Wisconsin (EE UU) a la que culpaba que su hijo fuese un vago televidente y que su esposa hubiese engordado 23 kilos frente al televisor. Para variar, la programación debería ser buen,  espero.

Y por último hablaremos de las pipas saladas. Dicen los psicólogos que si son un vicio está porque aunan la frustración de tener que pelarlas con la satisfacción de comérselas cuando por fin están listas. Es como la fijación de los obsesivos compulsivos de no pisar las baldosas. Por una parte está el temor " a eso tan horrible" que sucedería si pisaran la raya o no se frotaran las manos antes de subir a un autobús y luego la dopamina, la neurosustancia de la recompensa, cuando recorres un largo trecho sin "infringir tus normas".

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