domingo, 10 de octubre de 2021

El infierno de la depresión.

 Una vizcaína relata cómo la enfermedad de un miembro de su familia impactó en el grupo y cómo lo afrontaron juntos.


2009. En una carretera de Bizkaia, un coche se salió de su carril e impactó en otro que iba en sentido contrario. Era la hora de ir al trabajo y resultó demoledor. En el interior del vehículo simiestrado viajaba una muchacha que sufrió unas lesiones que pusieron en grave peligro su vida.

Un helicóptero medicalizado traslado a la paciente al hospital cercano de Galdakao, en cuya unidad de cuidados intensivos fue internada durante varias semanas. Cuando despertó del coma inducido ya no era la misma persona. Yolanda Aliende, su hermana, dice que la chica estaba presa de la más negra enfermedad de nuestra época: la depresión.

La depresión suele definirse como una tristeza profunda pero su realidad es más bien como si una pila se descargara y sintiera que jamás volviera a estar plena, a ser útil, a sentirse con un propósito, con la capacidad de ser feliz. Ya solo hay espacio para la culpa, la tristeza más profunda, el miedo y el deseo de escapar para siempre aunque sea de la mano de la muerte. La depresión chupa cualquier emoción positiva.

"Tenía 46 años y era una mujer independiente, con ganas de vivir, era la alegría de la huerta. De la noche a la mañana todo cambió", recuerda Yolanda. El primer reto para las dos hermanas fue superar las secuelas del accidente. "Fue terrible, pero lo conseguimos". Luego hubo que lucha contra la Administración, que se negaba a concederle la incapacidad. "Se logró también: prueba superada." El último combate que se libra, con futuro incierto, es el de la propia depresión.

"Es increíble que nos hayamos organizado para poner coto a una pandemia pero que seamos incapaces de afrontar las enfermedades mentales, que llevan más tiempo entre nosotros.", dice Yolanda, que también dice que a veces los cuidadores de personas con afecciones psiquiatricas tienen que bregar con los problemas de esas personas, con sus empleos y con sus propios compromisos.

Cuando una persona cae víctima de una depresión es importante consultar con un especialista. Todos tenemos buenas intenciones pero estas pueden ser contraproducentes. Si estás conviviendo con una persona con depresión mayor es importante no presionarle para que sonría y finja algo que no puede sentir. Es como ordenar a una persona con la gripe que no tenga fiebre. La tristeza es un síntoma de la depresión y no puede desaparecer por mera voluntad del enfermo. Hay que comunicar a los niños, con un vocabulario acorde a su edad, que es lo qué le pasa al tío Blas, por qué ya no le gusta jugar con ellos, o parece que se canse antes de todo.

El cuidador de enfermos con depresión mayor se va a desbordar. Es preciso tenerlo en cuenta y reservar un poco de espacio para uno mismo en la medida que esto sea posible.

El depresivo mayor dirá cosas muy crueles que no siente en realidad. No se las tenga en cuenta. Busca cómo escapar del pozo y no sabe cómo. A veces busca un culpable concreto porque así cree que se sentirá mejor. Tenga paciencia con él/ ella.

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