Tras 59 años de películas sobre el super espía con licencia para matar James Bond podemos decir que la saga ha terminado. Con él muerto. Se ha movido en contextos históricos diferentes como la nolstalgía del colonialismo británico, el ascenso de los Estados Unidos como principal potencia, la Guerra Fría, el colapso de la Unión Soviética y el empoderamiento de las mujeres. Tuvo detractores desde el principio. Cínico, desconfiado, por encima del bien y del mal, bebiendo de más sin que le pasase factura, metiendo mujeres en su cama en todas las películas y olvidándolas en la siguiente...Era Bond. Era el espejo en que queríamos mirarnos. Pero ya no.
Bond se enamora gracias al actor Daniel Craig, primero de Vesper Lynd, y luego de Madeleine. Tiene una hija. Lo vemos retirarse del Servicio activo. Presencia como muere su amigo de la CIA Felix Leiter. Presencia como muere su enemigo Blofeld. Comtempla como un pirado consigue en unos minutos lo que a él le ha costado toda una vida de sangre - propia y ajena- y de esfuerzos conseguir: acabar con la organización SPECTRA. Es un nuevo mundo. El espía de a pie tiene poco o nada que decir al respecto.
El espectador se queda huérfano en este nuevo mundo. Bond no era de fiar pero le queríamos. Todos los de mi generación nos hemos criado en su mundo y hemos terminado en otro donde las mujeres portan y disparan las armas en lugar de correr en silencio junto al héroe asustadas. Bond es impotente ante las amenazas de nuestra época, es por eso que se va para siempre. Podría tener lo que siempre quiso aunque jamás lo hizo ver: un lugar propio en ese mundo que salvó de los villanos y una familia, pero el director ha respetado la volundad del difunto escritos Ian Fleming: Bond se sacrifica por todos nosotros una última vez, aunque le importemos una pija.

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