Primavera de 1937. Juliet Tuttle desciende de su limusina en Eastchester, un pueblo del estado de Nueva York, y se acerca a dos perros que juegan en el parque. Todos sabemos que algunos perros no rechazan la comida así que no ponen reparos en aceptar lo que Juliet les da. Mientras tanto, el perro de Juliet, un terrier, observa lo que pasa desde el coche.
Una mujer lo observa todo desde el otro lado de la calle, en una parada de autobús. Horas después, uno de esos perros está muerto y el otro está gravemente enfermo. Y el propio setter irlandés de la señora de la parada de autobús ha muerto. La testigo avisa a la Policía. Tiene miedo, con razón, de que una persona capaz de realizar con semejante tranquilidad semejante goyería con los perros del pueblo se pase un poco más al lado oscuro y empiece a envenenar niños.
La Policía identifica la limusina y habla con el chófer de la señora Tuttle. Este dice que acompaña a su señora todas las semanas en raids donde ella se dedica a dar de comer a perros extraños. Los policías tenían informes de 75 perros de todas las razas y alzadas muertos en el trayecto de la señora Tuttle. Y en uno de los parques frecuentados por la "buena" señora se encontró una cápsula de cianuro. La carreta criminal de la señora Tuttle había llegado a su final.
Pero lo más curoso de todo esto es que en 1930 la prensa local ensalzaba a Tuttle como una defensora de los derechos de los animales. Una fotografía la mostraba con un loro enjaulado en su apartamento de Park Avenue defendiendo a las aves de compañía frente a los rumores de sacrificio en masa a causa de una gripe aviar, "la fiebre del loro".
Tuttle, miembro destacada de la Liga de Mujeres por los Animales empezó matando gatos. Ante notocias periodísticas de una plaga de gatos callejeros se jactó públicamente de haber inventado un soistema más humanitario para capturar a los felinos y ejecutarlos que el de los laceros municipales.
Tuttle admitía que usaba cloroformo para "cazarlos" y luego los liquidaba en un hospital de animales de la ciudad que, aunque ciertamente curaba a algunos animales, a otros los gaseaba...
Pero hay que entender el contexto de las mascotas estadounidenses en el periodo de entreguerras. Es cierto que Nueva York contaba con una de las legislaciones más avanzadas en el terreno de la protección animal pero estaba lejos de hablarse de derechos de los animales. Estaba prohibido que los "perreros" matasen a golpes a los perros no deseados o ahogasen camadas enteras en el río Hudson. Ante el incremento de gatos y perros abandonados por sus duños, los laceros los capturaban y eliminaban mediante electrocución, envenenamiento o cámara de gas.
Nadie dijo nada ni detecto a la señora Tuttle mientras sus víctimas fueron perros y gatos callejeros pero cuando empezó a rondar los parque y los jardines de las mansiones de los ricos, en Westchester, las cosas cambiaron. Ahora sus víctimas eran perros collies y pasrtores de raza.
En junio de 1937 fue juzgada. Se presentó ante el juez con su vestido negro de viuda, collar de perlas y guantes blancos cosidos por su modista personal. Admitió haber comprado cápsulas de cianuro pero era porque los perros estaban "enfermos" y necesitaban atención médica.
Dos de los chóferes de Tuttle declararon que habían renunciado a su puesto bien renumerado porque no querían colaborar con los raids mortíferos de su patrona. Un chófer dijo que la había visto secuestrar gatos sanos y con amo para llevarlos al hospital de animales y gasearlos allí.
El juez multó a Tuttle con la multa más alta de la época por crueldad con los animales:500 dólares, que al cambio actual, son 10.000 dólares.
¿Por qué una mujer viuda, de clase alta, cometería esos crímenes? "Precisamente porque era una mujer viuda que había perdido relevancia en el terreno social. Pasearía por los barrios residenciales de la clase alta y vería a los niños correr y jugar con sus perros, a los jóvenes jugar al tenis, una felicidad que le estaba vedada al no tener hijos propios; y de ahí a pensar que echar una cápsula de cianuro al otro lado de la valla, que los niños vieran al perro familiar morir entre convulsiones y el vecindario empezara a temerla a ella, de la que no siquiera sospechaban su existencia...", explica un criminólogo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario