lunes, 29 de junio de 2026

Herculano: la cuidad que despertó bajo la tierra.

 

HERCULANO: LA CIUDAD QUE DESPERTÓ BAJO LA TIERRA

Primera parte

Del olvido durante dieciséis siglos al inicio de las excavaciones borbónicas

Pocas ciudades del mundo han permanecido tanto tiempo intactas como Herculano. Mientras Roma siguió habitada durante casi tres mil años y otras ciudades antiguas fueron reconstruyéndose una y otra vez, Herculano desapareció literalmente del mapa. Durante más de mil seiscientos años nadie supo dónde estaba exactamente.

No era simplemente una ciudad enterrada.

Era una ciudad borrada.

Los campesinos cultivaban sobre ella sin imaginar que, bajo apenas veinte metros de roca volcánica, permanecían intactos teatros, villas decoradas con mármoles griegos, calles empedradas, templos, almacenes, tabernas e incluso muebles de madera que habían sobrevivido gracias a unas condiciones geológicas absolutamente excepcionales.

Paradójicamente, la misma erupción que destruyó la ciudad fue la responsable de su extraordinaria conservación.


Una ciudad privilegiada

Herculano era mucho más pequeña que Pompeya.

Los arqueólogos calculan que ocupaba aproximadamente una quinta parte de la superficie de Pompeya y que su población oscilaba entre 4.000 y 5.000 habitantes.

Sin embargo, poseía una riqueza extraordinaria.

Su posición sobre un acantilado con vistas al golfo de Nápoles la convirtió desde época republicana en un lugar de descanso para la aristocracia romana.

Mientras Pompeya era una ciudad eminentemente comercial y agrícola, Herculano era una ciudad residencial.

Allí construyeron sus villas numerosos miembros del Senado, caballeros romanos y familias vinculadas al poder imperial.

Las fachadas de muchas casas estaban revestidas con mármoles importados de Grecia, Asia Menor y Egipto.

Los suelos lucían mosaicos extraordinarios.

Las paredes aparecían completamente pintadas.

Las fuentes funcionaban de manera permanente gracias al acueducto.

Y el puerto permitía navegar rápidamente hacia Nápoles, Miseno o la isla de Capri.

Era una ciudad cómoda, refinada y silenciosa.

Nadie podía imaginar que aquella tranquilidad desaparecería en apenas unas horas.


El Vesubio: una montaña aparentemente inofensiva

Cuando los habitantes de Herculano observaban el Vesubio desde sus terrazas, contemplaban una montaña cubierta de bosques.

No expulsaba humo.

No emitía lava.

No producía explosiones.

Durante siglos había permanecido inactivo.

La memoria colectiva había olvidado completamente que era un volcán.

Los romanos conocían volcanes activos como el Etna o el Stromboli, pero el Vesubio parecía simplemente una montaña fértil.

En sus laderas crecían viñedos famosos por la calidad de su vino.

Los agricultores apreciaban precisamente la fertilidad de aquellas tierras.

Nadie sospechaba que bajo ellas seguía acumulándose un enorme depósito de magma.


La desaparición completa de la ciudad

Tras la erupción del año 79 d.C., Herculano quedó sepultada por sucesivas oleadas piroclásticas.

Estas corrientes no eran simples ríos de lava.

Eran auténticos huracanes de gases volcánicos, cenizas y fragmentos de roca que descendían por las laderas del volcán a velocidades superiores a los 100 kilómetros por hora y con temperaturas que probablemente oscilaron entre los 300 y más de 500 °C, según la fase de la erupción.

Cada nueva oleada añadía más material.

Cuando todo terminó, la ciudad se encontraba bajo una masa compacta de roca volcánica de entre quince y más de veinte metros de espesor.

No era ceniza suelta como en gran parte de Pompeya.

Era una especie de cemento natural.

Aquello tuvo dos consecuencias fundamentales.

La primera fue que la ciudad desapareció por completo.

La segunda, mucho más importante para la arqueología moderna, fue que el oxígeno dejó de circular por muchos edificios.

Gracias a ello sobrevivieron elementos orgánicos prácticamente únicos en el mundo romano: puertas, vigas, camas, muebles, alimentos carbonizados, tejidos e incluso rollos de papiro.


El largo olvido

Con el paso de los siglos comenzaron a levantarse nuevas poblaciones sobre el antiguo terreno volcánico.

Finalmente nació la localidad de Resina (la actual Ercolano).

Nadie sospechaba que bajo sus casas permanecía una ciudad romana completa.

Las únicas referencias procedían de autores clásicos.

Sabían que Herculano había existido.

Sabían que había sido destruida.

Pero nadie conocía su ubicación exacta.

Durante la Edad Media aparecieron ocasionalmente esculturas o fragmentos arquitectónicos al excavar pozos.

Aquellos hallazgos eran interpretados simplemente como restos romanos aislados.

Nadie imaginaba la magnitud de lo que había debajo.


1709: un pozo cambia la historia

Todo comenzó casi por casualidad.

En 1709 el príncipe Emanuele Maurizio di Lorena, príncipe de Elboeuf decidió construir una villa en Resina.

Necesitaba piedra.

Los obreros comenzaron a excavar un pozo profundo para obtener materiales de construcción.

A unos veinte metros de profundidad encontraron algo inesperado.

No era roca.

Era un muro perfectamente construido.

Poco después aparecieron columnas.

Después surgieron mármoles.

Más tarde enormes esculturas.

Sin saberlo, habían perforado directamente la gradería del antiguo teatro romano.

Aquello constituyó uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de toda la historia.

Aunque en ese momento nadie lo comprendió.


El descubrimiento del teatro

Las galerías excavadas por aquellos trabajadores comenzaron a extenderse como una mina.

Los obreros no trabajaban al aire libre.

Excavaban túneles.

Se iluminaban con antorchas.

Avanzaban lentamente entre la roca volcánica.

Cada pocos metros aparecían nuevos elementos arquitectónicos.

Asientos.

Escaleras.

Columnas.

Inscripciones.

Decoraciones.

Finalmente quedó claro que estaban dentro de un enorme edificio público.

Era el teatro de Herculano.

Uno de los teatros romanos mejor conservados jamás encontrados.

Sin embargo, el objetivo no era estudiarlo.

El objetivo era sacar todo aquello que pudiera venderse o decorar palacios.


La mentalidad del siglo XVIII

Hoy puede parecer escandaloso.

Pero en aquella época todavía no existía la arqueología científica.

Ni siquiera existía la idea de conservar un yacimiento completo.

Las antigüedades eran consideradas obras de arte.

No documentos históricos.

Por tanto, si una estatua podía decorar el jardín de un noble, se extraía.

Si un mármol podía reutilizarse en un palacio, se arrancaba.

Si una inscripción resultaba interesante, se llevaba a una colección privada.

Nadie dibujaba cuidadosamente el lugar.

Nadie registraba la posición exacta.

Nadie describía el contexto arqueológico.

El edificio era visto casi como una cantera llena de tesoros.

Aquello provocó pérdidas irreparables para el conocimiento histórico.


El interés de la monarquía borbónica

La llegada al trono de Carlos VII de Nápoles cambió parcialmente la situación.

El monarca comprendió enseguida el enorme prestigio político que proporcionaban aquellos descubrimientos.

Ordenó continuar las excavaciones de forma sistemática.

Pero el objetivo seguía siendo recuperar las mejores obras de arte.

No descubrir la ciudad.

El rey competía con otras cortes europeas.

Francia.

Austria.

Prusia.

Inglaterra.

Todos los grandes monarcas coleccionaban esculturas clásicas.

Poseer originales romanos era una demostración de poder.

Las excavaciones de Herculano ofrecían una oportunidad única.

Cada nueva estatua reforzaba el prestigio de la monarquía napolitana.


El ingeniero español que organizó las excavaciones

Para dirigir los trabajos fue nombrado el ingeniero militar español Roque Joaquín de Alcubierre.

Su formación no era arqueológica.

Era un experto en fortificaciones.

Aplicó métodos propios de la minería.

Mandó abrir kilómetros de galerías subterráneas.

Los obreros avanzaban perforando la roca volcánica.

Cuando encontraban una sala interesante, la vaciaban parcialmente.

Extraían esculturas.

Mármoles.

Objetos valiosos.

Después continuaban excavando otro túnel.

Gracias a este sistema se recuperaron centenares de piezas extraordinarias.

Pero también se destruyó muchísima información arqueológica que hoy habría sido invaluable.


Un descubrimiento que cambió Europa

A pesar de todas sus limitaciones, las excavaciones de Herculano tuvieron un impacto inmenso.

Los artistas europeos quedaron fascinados.

Arquitectos.

Escultores.

Pintores.

Grabadores.

Intelectuales.

Por primera vez desde la Antigüedad era posible contemplar edificios romanos prácticamente intactos.

No ruinas medievalizadas.

No templos reutilizados.

Sino una auténtica ciudad congelada en el tiempo.

Aquello revolucionó el gusto artístico europeo.

El neoclasicismo no puede entenderse sin Herculano y sin los descubrimientos que comenzaron bajo las calles de Resina.


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