Entrevista realizada en 2002 a James Carter, veterano ficticio inspirado en testimonios reales de los Tuskegee Airmen
Periodista: Señor Carter, han pasado casi sesenta años desde la guerra. ¿Cómo nació la idea de entrenar pilotos negros en las Fuerzas Aéreas estadounidenses?
James Carter: No nació porque el Ejército creyera en nosotros. Nació porque la presión política se volvió imposible de ignorar. Durante años se decía que los afroamericanos no teníamos la inteligencia, la disciplina o los reflejos necesarios para pilotar aviones modernos. Era una mentira racista convertida en doctrina militar. Organizaciones civiles, periódicos negros y líderes de derechos civiles presionaron a Washington hasta que el gobierno aceptó hacer una especie de experimento. Lo llamaban el "experimento Tuskegee". Muchos oficiales esperaban que fracasáramos para demostrar sus prejuicios.
Periodista: ¿Y dónde fueron destinados?
Carter: Primero al norte de África, en 1943. Luego a Sicilia y a Italia. Al principio volábamos cazas P-40 bastante gastados. Más tarde llegaron aviones mejores, especialmente los Mustang P-51 con la cola pintada de rojo. Por eso nos llamaban los "Red Tails". Nuestra misión principal era escoltar bombarderos estadounidenses que atacaban objetivos en Alemania, Austria, Hungría y otros territorios controlados por el Eje. También realizábamos ataques al suelo y misiones de patrulla.
Periodista: Se habla mucho de la eficacia de los Tuskegee Airmen.
Carter: Porque teníamos que ser mejores que los demás para recibir la mitad del reconocimiento. Si un piloto blanco cometía un error, era un error. Si uno de nosotros cometía un error, era una supuesta prueba de que toda nuestra raza no servía para volar. Esa presión te acompañaba cada vez que despegabas. Volamos miles de misiones y demostramos que podíamos cumplir exactamente las mismas tareas que cualquier otra unidad.
Periodista: ¿Cómo los trataban los oficiales blancos?
Carter: Dependía de la persona. Algunos nos respetaban cuando veían cómo volábamos. Otros jamás aceptaron que lleváramos alas de piloto. Había oficiales que ni siquiera querían compartir un comedor con nosotros. En muchos lugares teníamos instalaciones separadas, peores y más pequeñas. El mensaje era claro: podías arriesgar tu vida por tu país, pero seguías siendo un ciudadano de segunda.
Periodista: ¿Y los pilotos blancos de los bombarderos que ustedes escoltaban?
Carter: Algunos desconfiaban al principio. Habían oído los mismos prejuicios que todos. Pero cuando regresaban de una misión difícil y nos veían aparecer junto a ellos al aterrizar, las opiniones cambiaban. El respeto en combate se gana. No todos nos aceptaron, pero muchos terminaron juzgándonos por nuestro trabajo y no por el color de nuestra piel.
Periodista: Hay una historia muy dura relacionada con los prisioneros alemanes en Estados Unidos.
Carter: Sí. Y no es una exageración. En varias bases del país, oficiales y soldados alemanes capturados podían entrar en instalaciones reservadas para blancos mientras los soldados negros estadounidenses no podíamos hacerlo. Algunos prisioneros de guerra alemanes tenían acceso a cafeterías, clubes o zonas que nos estaban prohibidas. Imagínese lo que significaba eso. Nosotros jurábamos defender la Constitución. Ellos habían combatido contra nuestro país. Y aun así, en algunos lugares, ellos eran tratados con más dignidad que nosotros.
Periodista: ¿Qué sentían ustedes al verlo?
Carter: Rabia. Humillación. Incredulidad. Yo recuerdo preguntarme: "¿Qué tengo que hacer para que mi propio país me considere un hombre?" Estábamos dispuestos a morir sobre Europa luchando contra el racismo nazi mientras sufríamos racismo estadounidense al volver a casa. Era una contradicción imposible de ignorar. Muchos compañeros decían que luchábamos en dos guerras: una contra Hitler y otra contra los prejuicios de nuestro propio país.
Periodista: Después de la guerra, ¿cambió algo?
Carter: Lentamente. Muy lentamente. Pero nuestros resultados hicieron imposible mantener ciertas mentiras. Cuando la guerra terminó, el país tuvo que enfrentarse a una realidad incómoda: los hombres a los que había considerado inferiores habían demostrado valor, disciplina y capacidad técnica en algunos de los aviones más avanzados del mundo. Años después, la segregación oficial en las Fuerzas Armadas desapareció. No ocurrió sólo por nosotros, pero ayudamos a empujar la puerta.
Periodista: Si pudiera enviar un mensaje a las nuevas generaciones, ¿cuál sería?
Carter: Que recuerden que el prejuicio puede disfrazarse de ciencia, de tradición o de sentido común. Nosotros fuimos la prueba de que una sociedad puede equivocarse durante décadas sobre las capacidades de millones de personas. No queríamos ser héroes. Queríamos una oportunidad justa. Lo extraordinario no fue que los Tuskegee Airmen supieran volar. Lo extraordinario fue que tuvieran que demostrarlo una y otra vez para que alguien les creyera.
Periodista: Gracias por su tiempo, señor Carter.
Carter: Gracias a usted. Mientras alguien siga contando esta historia, aquellos hombres seguirán volando.

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