miércoles, 1 de julio de 2026

En recuerdo de Malalai Kakar, la única oficial de policía afgana, asesinada por los talibanes en 2008.

 


Malala Kakar: la policía que desafió a los talibanes y pagó con su vida

A las siete de la mañana del 28 de septiembre de 2008, las calles de Kandahar apenas comenzaban a despertar. Como hacía casi todos los días, la teniente coronel Malalai Kakar, conocida en muchos medios como Malala Kakar, salió de su casa para dirigirse al trabajo. No llegó muy lejos. Dos hombres armados interceptaron su vehículo y abrieron fuego. Ella murió prácticamente en el acto. Su hijo, que viajaba con ella, resultó gravemente herido. Horas después, los talibanes reivindicaron el atentado con un mensaje tan breve como revelador: «Era nuestro objetivo».

Su asesinato no fue un crimen aislado. Fue un mensaje dirigido a todas las mujeres afganas que aspiraban a ocupar un espacio público en un país donde los extremistas consideraban que ese simple hecho constituía un desafío.

Una pionera en un mundo de hombres

Nacida en 1967 en Kandahar, Malalai Kakar provenía de una familia de policías. Siguiendo los pasos de su padre y de sus hermanos, ingresó en la policía en 1982, cuando todavía era una profesión prácticamente vedada para las mujeres. Fue la primera mujer en graduarse en la academia policial de Kandahar y la primera investigadora de la policía provincial.

Con la llegada al poder de los talibanes en la década de 1990, su carrera quedó interrumpida. El régimen prohibió a las mujeres trabajar fuera del hogar y Kakar huyó con su familia a Pakistán. Solo pudo regresar tras la caída del gobierno talibán en 2001, cuando retomó inmediatamente su uniforme.

Su ascenso fue rápido. Alcanzó el rango de teniente coronel y quedó al frente del departamento encargado de investigar los delitos contra las mujeres en Kandahar, una de las provincias más conservadoras y peligrosas del país.

La policía que escuchaba a las mujeres

El trabajo de Kakar iba mucho más allá de perseguir delincuentes.

En una sociedad donde muchas víctimas apenas podían hablar con hombres ajenos a su familia, ella representaba una puerta de acceso a la justicia. Investigaba casos de violencia doméstica, matrimonios forzados, secuestros, violaciones y asesinatos llamados "de honor". También dirigía registros domiciliarios en los que la presencia de una agente femenina era indispensable para poder inspeccionar habitaciones ocupadas por mujeres sin vulnerar las estrictas normas culturales afganas.

Su trabajo la convirtió en una figura conocida dentro y fuera de Afganistán. Los medios internacionales la presentaban como el rostro de una nueva generación de mujeres policías que intentaban reconstruir un país devastado por décadas de guerra.

Pero esa notoriedad tenía un precio.

Amenazas constantes

Los talibanes llevaban años siguiéndola.

Recibía amenazas de muerte con frecuencia. Dormía con un fusil cerca de la cama y rara vez se desplazaba sin ir acompañada por algún familiar masculino, una medida tanto de seguridad como de aceptación social en una región profundamente conservadora. Aun así, seguía investigando delitos y participando en operaciones policiales.

Según informes posteriores de la misión de las Naciones Unidas en Afganistán, Kakar había informado poco antes de su muerte de que las amenazas contra ella eran constantes. Su asesinato formó parte de una campaña de intimidación dirigida contra funcionarios, policías y, especialmente, mujeres que ocupaban cargos públicos.

¿Por qué la asesinaron?

La razón principal fue política e ideológica.

Para los talibanes, Kakar simbolizaba todo aquello que combatían: una mujer con autoridad, armada, responsable de hacer cumplir la ley y comprometida con la protección de otras mujeres.

Además, dirigía investigaciones que afectaban directamente a intereses de grupos insurgentes y participaba en operaciones contra redes criminales y combatientes talibanes en Kandahar. Su labor demostraba que las mujeres podían desempeñar funciones de mando dentro de las fuerzas de seguridad, una idea incompatible con la visión extremista del movimiento.

Su muerte buscaba sembrar miedo entre las pocas mujeres que comenzaban a incorporarse a la policía afgana.

¿Quién la mató?

El atentado fue ejecutado por hombres armados que la esperaban frente a su domicilio cuando se dirigía al trabajo.

Pocas horas después, un portavoz talibán, Qari Yousuf Ahmadi, asumió públicamente la autoría del asesinato y declaró que Kakar había sido un objetivo deliberado de la organización. No existen constancias de que los responsables materiales fueran detenidos o juzgados.

Un símbolo que sobrevivió a su muerte

Cuando murió tenía alrededor de cuarenta años y era madre de seis hijos.

Su asesinato provocó condenas del gobierno afgano, de organismos internacionales y de organizaciones defensoras de los derechos humanos. Sin embargo, también evidenció la extrema vulnerabilidad de las mujeres que trabajaban en la policía.

En los años posteriores, otras agentes afganas fueron igualmente asesinadas en ataques reivindicados o atribuidos a los talibanes, lo que dificultó aún más el reclutamiento femenino en las fuerzas de seguridad.

La historia de Malalai Kakar permanece como uno de los ejemplos más conocidos del coste personal que muchas mujeres afganas asumieron al intentar abrir espacios de igualdad en un contexto marcado por el conflicto armado y el extremismo. Su labor no solo consistía en perseguir delincuentes: representaba la posibilidad de que otras mujeres encontraran protección en un sistema que, durante décadas, apenas les había ofrecido voz.

Al final todo fuen en vano. Los talibanes regresaron en 2021.

Sí. Para muchas personas que habían dedicado dos décadas a construir instituciones en Afganistán, el regreso de los talibanes en agosto de 2021 supuso una sensación devastadora de que gran parte de lo conseguido se desmoronaba en cuestión de días.

En el caso de Malalai Kakar, la tragedia adquiere una dimensión aún mayor. Ella murió en 2008 precisamente porque representaba un Afganistán distinto: uno en el que una mujer podía vestir uniforme, dirigir investigaciones criminales y proteger a otras mujeres de la violencia. Trece años después, el movimiento que ordenó su asesinato volvió al poder.

Tras la toma de Kabul, las autoridades talibanes impusieron restricciones cada vez más severas a los derechos de las mujeres. Las adolescentes quedaron excluidas de la educación secundaria y universitaria; muchas mujeres fueron apartadas de la administración pública y de numerosas profesiones; se limitaron su libertad de movimiento y su presencia en espacios públicos. Diversos organismos internacionales han descrito estas políticas como una forma de discriminación sistemática basada en el género.

Sin embargo, decir que "todo fue en vano" quizá simplifica una realidad más compleja. El régimen cambió, pero durante esos veinte años millones de niñas fueron a la escuela, cientos de miles de mujeres estudiaron en universidades, miles ejercieron como médicas, juezas, periodistas, profesoras o policías. Esa experiencia no desaparece de la memoria de quienes la vivieron, aunque hoy no puedan ejercer esos derechos.

Malalai Kakar tampoco cayó en el olvido. Su historia sigue siendo un símbolo del riesgo que asumieron muchas afganas por defender un modelo de sociedad diferente. Su asesinato buscaba intimidar a otras mujeres para que abandonaran la vida pública; el hecho de que muchas continuaran durante años indica que, al menos durante un tiempo, ese objetivo no se cumplió plenamente.

Lo que sí es cierto es que el regreso de los talibanes convirtió su muerte en un recordatorio especialmente doloroso: la lucha por los derechos y las libertades no siempre avanza de forma lineal. En Afganistán, muchas conquistas logradas entre 2001 y 2021 fueron revertidas con rapidez, y quienes, como Malalai Kakar, arriesgaron o perdieron la vida por defenderlas, pasaron a simbolizar tanto la esperanza de aquel período como el alto coste de su desaparición.

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