Periodista: Señor Mel Brooks, usted es conocido por hacer reír al mundo, pero antes vivió algo muy distinto: la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo recuerda esa etapa?
Mel Brooks: Mire, tenía poco más de dieciocho años. Era un chico de Brooklyn y, de repente, estaba en el Ejército. Serví en Europa como ingeniero de combate. Mi trabajo consistía en tareas peligrosas: retirar minas, construir puentes improvisados y ayudar a que las tropas pudieran avanzar. No era precisamente un club de vacaciones. Cuando estás desactivando una mina, descubres que el sentido del humor puede ser una magnífica forma de no perder la cabeza.
Periodista: Incluso ha contado que tuvo un enfrentamiento con un soldado antisemita.
Mel Brooks: Sí. Había un tipo que no perdía oportunidad para hacer comentarios contra los judíos. Yo soy judío, hijo de inmigrantes, así que un día me cansé. Terminamos peleándonos a puñetazos. No fue un momento glorioso, pero tampoco iba a quedarme callado mientras insultaban a mi familia y a mi gente. Después de eso, curiosamente, el respeto apareció. A veces los matones solo entienden un idioma.
Periodista: ¿El humor ya estaba presente durante la guerra?
Mel Brooks: Siempre. En una ocasión utilicé un altavoz militar para transmitir canciones y bromas hacia las líneas alemanas. Si puedes hacer reír a alguien en medio de una guerra, aunque sea durante treinta segundos, ya has conseguido una pequeña victoria contra la locura.
Periodista: Cuando regresó a Estados Unidos, ¿cómo empezó su carrera?
Mel Brooks: Empecé donde empiezan muchos cómicos: en clubes, teatros y cualquier sitio donde hubiera un micrófono y un público dispuesto a escuchar. Escribía chistes, hacía imitaciones y poco a poco fui entrando en la televisión. Escribí para programas de variedades y trabajé con gente extraordinariamente divertida. Allí aprendí el ritmo de la comedia: cuándo hablar, cuándo callar y cuándo dejar que una mirada hiciera el trabajo.
Periodista: Después llegó el cine.
Mel Brooks: Sí, y descubrí que podía convertir cualquier género en una comedia. Si alguien hacía una película seria, yo pensaba: "Perfecto, ya sé cuál será mi próxima parodia". Me encanta desmontar los grandes mitos con una sonrisa.
Periodista: Una de sus películas más recordadas es La loca historia del mundo.
Mel Brooks: ¡Claro! Era una excusa maravillosa para burlarme de miles de años de civilización. Romanos, reyes, filósofos... nadie estaba a salvo. La historia es demasiado importante para dejarla sin sentido del humor.
Periodista: Y otra muy querida por el público es Las locas aventuras de Robin Hood.
Mel Brooks: ¡Ah, Robin Hood! Todos conocían al héroe noble que robaba a los ricos para dar a los pobres. Yo pensé: "¿Y si además baila?". Así nació aquel número musical.
Periodista: ¿El famoso "Men in Tights"?
Mel Brooks: Exactamente. Un grupo de héroes vestidos con leotardos verdes cantando con absoluta seriedad que son "hombres en leotardos". Cuanto más convencidos estaban los actores, más gracioso resultaba. Ese es el secreto de la comedia: nunca hacerle un guiño al chiste. Si los personajes creen en lo que hacen, el público se parte de risa.
Periodista: Después de tantas décadas haciendo reír, ¿qué cree que ha aprendido?
Mel Brooks: Que el humor no elimina el dolor, pero lo hace soportable. Sobreviví a una guerra, conocí el odio y también la pérdida. Reír no significa olvidar esas cosas; significa que no dejas que ellas ganen. Mientras alguien siga riéndose en una sala de cine o frente a un escenario, siento que he hecho bien mi trabajo.
Periodista: Señor Brooks, muchas gracias.
Mel Brooks: Gracias a usted. Y recuerde: si alguna vez ve a un grupo de hombres cantando orgullosos en leotardos... no pregunte por qué. ¡Únase al coro!

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