sábado, 4 de julio de 2026

Rasputín y su legado.

 

Rasputín: el hombre que hipnotizó al Imperio ruso

Del campesino siberiano al confidente de los zares, la vida de Grigori Rasputín sigue envuelta en una mezcla de hechos comprobados, propaganda y leyenda. ¿Fue un visionario, un impostor o simplemente el chivo expiatorio del derrumbe de una dinastía?

San Petersburgo, diciembre de 1916. En un palacio junto al río Neva, un grupo de aristócratas espera a un invitado incómodo. Han preparado vino, pasteles y un plan para librar al Imperio ruso del hombre al que consideran responsable de todos sus males. Aquella noche, Grigori Rasputín entra confiado en el palacio del príncipe Félix Yusúpov. Horas después, su cadáver aparece bajo el hielo del río. Nace entonces una de las leyendas más resistentes del siglo XX.

Durante décadas se repitió que había sobrevivido al veneno, que resistió varios disparos y que terminó muriendo ahogado tras intentar escapar de sus asesinos. La realidad, como suele ocurrir, resulta bastante menos novelesca, aunque igualmente fascinante.

Un campesino convertido en "hombre santo"

Grigori Yefímovich Rasputín nació en 1869 en la pequeña localidad siberiana de Pokróvskoye. Era hijo de campesinos y apenas recibió educación. Durante su juventud adquirió fama de bebedor, pendenciero y mujeriego, una reputación que más tarde sería utilizada por sus enemigos para desacreditar cualquier aspecto de su vida.

Tras una profunda crisis espiritual emprendió largas peregrinaciones por monasterios rusos. Nunca fue monje ni sacerdote. Tampoco llegó a ser un auténtico stárets, esos ancianos venerados por su sabiduría espiritual dentro de la tradición ortodoxa. Sin embargo, aprendió a proyectar la imagen de un hombre inspirado por Dios, con una extraordinaria capacidad para escuchar, aconsejar y ejercer una poderosa influencia psicológica sobre quienes acudían a él.

Su magnetismo personal impresionaba incluso a quienes desconfiaban de sus maneras. Alto, desaliñado, con una espesa barba y unos ojos claros de mirada penetrante, Rasputín sabía crear una atmósfera de misterio a su alrededor. Sus conversaciones mezclaban religión, fatalismo, intuiciones y un conocimiento sorprendente del carácter humano.

El milagro llamado Alexéi

El destino del Imperio ruso cambió cuando Rasputín conoció a la familia imperial.

El heredero al trono, el zarevich Alexéi, sufría hemofilia, una enfermedad hereditaria que impedía la correcta coagulación de la sangre. Cualquier golpe podía provocar hemorragias internas potencialmente mortales. La enfermedad era un secreto de Estado, ya que comprometía la estabilidad de la dinastía.

La zarina Alejandra vivía obsesionada con salvar a su hijo. Los médicos poco podían hacer. En varias ocasiones, sin embargo, Rasputín logró calmar al muchacho durante crisis especialmente graves. Aún hoy nadie sabe exactamente cómo lo consiguió.

Algunos historiadores creen que simplemente tranquilizaba a la madre, reduciendo el estrés que rodeaba al niño. Otros apuntan que recomendó suspender determinados tratamientos médicos, como la administración de aspirina, cuyo efecto anticoagulante agravaba las hemorragias. También pudo influir su capacidad para inducir estados de relajación similares a la hipnosis.

Fuera cual fuera la explicación, para Alejandra aquello solo podía interpretarse como un milagro.

Desde entonces, la confianza de la emperatriz fue absoluta.

El consejero que nunca gobernó

La imagen tradicional presenta a Rasputín manejando el Imperio ruso como un titiritero. La realidad es bastante más compleja.

Nunca ocupó un cargo oficial ni dirigió ministerios. Sin embargo, aprovechó la confianza que la familia imperial depositó en él para recomendar nombramientos, interceder por determinadas personas y opinar sobre cuestiones políticas.

Su influencia aumentó especialmente durante la Primera Guerra Mundial. En 1915, el zar Nicolás II decidió ponerse personalmente al frente del ejército y marchó al cuartel general, dejando a Alejandra al frente de muchos asuntos internos.

Aquella decisión fue desastrosa.

La emperatriz dependía cada vez más del criterio de Rasputín. Muchos ministros acudían antes a él que al propio Gobierno. En la corte comenzaron a circular rumores de corrupción, favoritismos y tráfico de influencias.

Buena parte de esas acusaciones estaban exageradas. Otras respondían a luchas de poder entre facciones aristocráticas. Pero la percepción pública ya era irreversible: para millones de rusos, el Imperio estaba siendo gobernado por un campesino iluminado.

¿Un seductor irresistible?

Pocas figuras históricas han acumulado una fama sexual comparable a la de Rasputín.

Las caricaturas de la época lo mostraban rodeado de damas desnudas. Sus enemigos lo describían como un depravado que utilizaba la religión para seducir mujeres de todas las clases sociales, especialmente aristócratas.

¿Qué hay de verdad?

Los testimonios coinciden en que mantenía una intensa actividad sexual y que disfrutaba provocando a la alta sociedad con un comportamiento impropio de un supuesto hombre santo. Varias mujeres reconocieron haber mantenido relaciones con él, convencidas de que el contacto físico formaba parte de una purificación espiritual.

Sin embargo, muchas de las historias más escandalosas proceden de panfletos políticos, memorias publicadas años después o rumores nunca demostrados. La propaganda antibolchevique, la propaganda revolucionaria e incluso la prensa extranjera contribuyeron a agrandar una figura que ya era profundamente polémica.

Su fama de conquistador existió, pero probablemente fue magnificada hasta convertirlo en un personaje casi mitológico.

El hombre que quería acabar la guerra

Paradójicamente, una de las posiciones políticas más constantes de Rasputín apenas suele mencionarse.

Desde antes del estallido de la Primera Guerra Mundial insistió en que Rusia no debía enfrentarse a Alemania. Consideraba que el conflicto destruiría el Imperio y acabaría provocando una revolución.

En esto, el tiempo terminó dándole la razón.

A medida que aumentaban las bajas y el descontento popular, Rasputín insistía en la necesidad de buscar una paz negociada. Sus consejos eran escuchados por Alejandra, de origen alemán, lo que alimentó las sospechas de que ambos trabajaban para favorecer los intereses de Berlín.

Nunca apareció una prueba que demostrara semejante acusación.

La conspiración

A finales de 1916, parte de la aristocracia había llegado a una conclusión: mientras Rasputín siguiera vivo, la monarquía no podría salvarse.

El príncipe Félix Yusúpov, uno de los hombres más ricos de Rusia; el gran duque Dmitri Pávlovich y el diputado ultramonárquico Vladímir Purishkévich organizaron un complot para asesinarlo.

La noche del 29 al 30 de diciembre de 1916 lo citaron en el palacio Yusúpov con el pretexto de presentarle a la esposa del príncipe.

Según el relato publicado años después por Yusúpov, Rasputín sobrevivió a grandes cantidades de cianuro, recibió varios disparos, intentó huir por el patio y solo murió tras ser arrojado al río.

Sin embargo, las investigaciones posteriores desmontan buena parte de esa narración.

La autopsia no halló pruebas concluyentes de envenenamiento y tampoco confirmó que falleciera ahogado. Lo más probable es que muriera a consecuencia de los disparos recibidos. Muchos historiadores consideran que Yusúpov exageró deliberadamente los hechos para convertir el asesinato en una epopeya.

¿Hubo una mano británica?

Es uno de los grandes enigmas históricos.

Diversos investigadores han planteado que agentes del servicio secreto británico pudieron conocer el complot o incluso colaborar en él. El nombre que aparece con más frecuencia es el del oficial Oswald Rayner, amigo personal de Yusúpov desde sus años de estudios en Oxford.

¿Por qué habría querido intervenir Londres?

La respuesta se encuentra en la guerra. Si Rusia abandonaba el conflicto mediante una paz separada con Alemania, cientos de miles de soldados alemanes podrían ser trasladados inmediatamente al frente occidental contra Francia y el Reino Unido.

Desde esa perspectiva estratégica, eliminar a Rasputín podía impedir que siguiera influyendo sobre la zarina en favor de una retirada rusa.

La hipótesis resulta sugerente, pero las pruebas siguen siendo insuficientes. Existen testimonios contradictorios, documentos ambiguos e indicios circunstanciales, pero ningún documento definitivo demuestra que el Gobierno británico ordenara el asesinato.

Por ello, la mayoría de especialistas considera que la conspiración fue esencialmente rusa, aunque no descarta que agentes británicos conocieran los planes o simpatizaran con ellos.

Un crimen inútil

Los conspiradores creían haber salvado la monarquía.

Ocurrió exactamente lo contrario.

La desaparición de Rasputín dejó aún más aislada a la familia imperial. Apenas tres meses después estalló la Revolución de Febrero. Nicolás II abdicó, la dinastía Romanov desapareció y, un año más tarde, toda la familia sería ejecutada por los bolcheviques en Ekaterimburgo.

La famosa profecía atribuida a Rasputín —según la cual, si era asesinado por nobles, la familia imperial no sobreviviría mucho tiempo— pudo haber sido adornada posteriormente. Sin embargo, el desenlace terminó pareciendo una inquietante confirmación de aquellas palabras.

Entre el mito y la historia

Más de un siglo después, Rasputín continúa siendo un personaje difícil de clasificar.

No fue el demonio que describían sus enemigos, pero tampoco el santo que veneraban algunos seguidores. Fue un hombre extraordinariamente carismático que comprendió como pocos el poder de la sugestión y la necesidad desesperada de esperanza que dominaba a una familia imperial condenada por la historia.

El derrumbe del zarismo obedeció a causas mucho más profundas: una guerra devastadora, un sistema político incapaz de reformarse, enormes desigualdades sociales y una economía colapsada. Culpar únicamente a Rasputín era una explicación sencilla para una tragedia infinitamente más compleja.

Sin embargo, pocos personajes simbolizan mejor el final de una época. Con él murió también la ilusión de que un solo hombre pudiera sostener un imperio que ya se desmoronaba desde sus cimientos.




Rasputín: el asesinato que no pudo salvar a los Romanov

San Petersburgo, madrugada del 30 de diciembre de 1916.

El cuerpo tardó horas en aparecer bajo el hielo del Pequeño Neva. La noticia corrió por la capital con la velocidad de un incendio: Grigori Rasputín, el campesino siberiano convertido en confidente de la familia imperial, había sido asesinado.

Para muchos aristócratas fue un alivio. Para buena parte del Ejército, una necesidad. En los salones de la nobleza se brindó discretamente. Habían eliminado al hombre al que consideraban el responsable de la descomposición del régimen. Si desaparecía Rasputín, pensaban, la Corona recuperaría el prestigio perdido y Rusia podría continuar la guerra sin la influencia de aquel inquietante predicador.

Se equivocaban.

Menos de tres meses después, el zar Nicolás II abdicaba. Un año y medio más tarde, él, la zarina Alejandra y sus cinco hijos eran ejecutados en un sótano de Ekaterimburgo. La desaparición de Rasputín no salvó a la dinastía Romanov; fue el último acto desesperado de una aristocracia incapaz de comprender que el edificio imperial ya se estaba derrumbando desde sus cimientos.

Durante más de un siglo, la figura de Rasputín ha quedado sepultada bajo una montaña de leyendas. Se dijo que dominaba la voluntad de la zarina, que gobernaba Rusia desde la sombra, que poseía poderes sobrenaturales, que era un libertino insaciable y que sobrevivió al veneno, a varios disparos y a una paliza antes de morir ahogado bajo el hielo.

Hoy sabemos que casi ninguna de esas historias resiste un examen crítico.

Las investigaciones de historiadores como Douglas Smith, Orlando Figes o el ruso Vladímir Jrustaliov muestran una realidad mucho más compleja. Rasputín nunca dirigió el Gobierno ruso ni decidió la estrategia militar del Imperio. Su influencia política fue, en el mejor de los casos, indirecta y dependía casi exclusivamente de la confianza que la emperatriz Alejandra depositaba en él. Tampoco existen pruebas de que poseyera facultades sobrenaturales. Su capacidad para aliviar las crisis del zarevich Alexéi probablemente estuvo relacionada con factores psicológicos, con el reposo que imponía al niño o con la interrupción de tratamientos médicos que entonces agravaban la hemofilia.

Incluso su fama de depredador sexual fue amplificada por una maquinaria de rumores que encontró en él al enemigo perfecto. Rasputín mantenía relaciones con algunas de sus seguidoras, pero la imagen del monje depravado que seducía compulsivamente a las damas de la aristocracia pertenece, en gran medida, a la propaganda política de los últimos años del Imperio.

Entonces, si no era el amo de Rusia ni un hechicero capaz de controlar a la familia imperial, ¿por qué hubo quienes decidieron eliminarlo?

La respuesta no se encuentra en el dormitorio de la zarina ni en supuestos rituales místicos, sino en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

A finales de 1916 Rusia sufría millones de bajas, la economía estaba al borde del colapso y el descontento crecía en las ciudades. Rasputín llevaba tiempo defendiendo que continuar la guerra conduciría al desastre y aconsejaba buscar una paz negociada con Alemania. Sus advertencias eran conocidas por Alejandra, que seguía confiando ciegamente en él.

Para los sectores más nacionalistas de la corte aquello equivalía a una traición. Para algunos estrategas británicos, una retirada rusa habría supuesto además una catástrofe militar, ya que permitiría a Alemania trasladar cientos de miles de soldados al frente occidental. En ese clima de miedo nació una conspiración cuyos contornos aún hoy siguen siendo objeto de debate.

La cuestión ya no es quién era realmente Rasputín. La pregunta que continúa fascinando a los historiadores es otra mucho más inquietante: ¿quién decidió que debía morir y por qué su muerte aceleró el final de la monarquía que pretendía salvar?

Lo que dicen los historiadores

Douglas Smith (Estados Unidos)

Autor de Rasputin: Faith, Power, and the Twilight of the Romanovs, considerada hoy la biografía de referencia.

La imagen del "monje loco" fue el resultado de un siglo de exageraciones, rumores y propaganda. Smith sostiene que Rasputín tuvo una influencia real sobre la familia imperial, pero mucho menor sobre la política de lo que afirmaban sus contemporáneos. También desmonta buena parte de los mitos sobre su vida sexual y considera muy poco convincente la hipótesis de una participación directa del MI6 en su asesinato.

Orlando Figes (Reino Unido)

Especialista en la Rusia revolucionaria y autor de La Revolución rusa.

Figes subraya que el problema no era únicamente Rasputín, sino el efecto devastador de los rumores sobre él. En una sociedad desgastada por la guerra, la percepción de que el Imperio estaba dominado por "fuerzas oscuras" terminó erosionando la legitimidad de la monarquía mucho más que las acciones reales del propio Rasputín.

Edvard Radzinsky (Rusia)

Dramaturgo e historiador, autor de The Rasputin File.

Radzinsky fue uno de los primeros investigadores rusos en utilizar los expedientes abiertos tras la caída de la Unión Soviética. Aunque acepta algunos aspectos de la leyenda, concede más importancia que otros historiadores a los indicios sobre una posible participación británica en el asesinato. Sus conclusiones, sin embargo, siguen siendo objeto de debate.

Oleg Shishkin (Rusia)

Periodista e investigador ruso.

Shishkin es uno de los principales defensores de la tesis según la cual agentes británicos, especialmente Oswald Rayner, colaboraron con los conspiradores rusos. Su reconstrucción ha tenido una enorme difusión, aunque la mayor parte de los especialistas considera que las pruebas documentales son insuficientes para darla por demostrada.


¿Participó realmente el MI6?

La teoría ganó notoriedad a comienzos del siglo XXI gracias a investigaciones periodísticas británicas y a un documental de la BBC. El principal argumento es estratégico: si Rusia firmaba una paz separada con Alemania, cientos de miles de soldados alemanes podrían ser enviados al frente occidental, alterando el equilibrio de la guerra.

Los defensores de esta hipótesis señalan la presencia en Petrogrado del agente británico Oswald Rayner, antiguo compañero de estudios de Yusúpov en Oxford, y las estrechas relaciones entre ambos. Sin embargo, la documentación conocida no demuestra que recibiera órdenes para eliminar a Rasputín ni que disparara el tiro mortal. Historiadores como Douglas Smith consideran que los indicios no bastan para sostener esa conclusión, mientras que otros investigadores creen que el papel británico pudo consistir, como mucho, en prestar apoyo o conocer de antemano la conspiración.


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