lunes, 5 de octubre de 2026

Las reliquias de Juana de Arco en realidad pertenecían a una momia egipcia,

 


Hay una historia bastante interesante detrás de esas supuestas reliquias, y conviene precisar una cosa: en 2006 no se identificaron definitivamente como “una momia femenina ptolemaica”. Ese año comenzó el estudio científico; los resultados se publicaron en 2007 y posteriormente se publicaron con mayor detalle en un artículo forense. La evidencia apunta a restos de una o varias momias egipcias, pero la identificación concreta de sexo y persona no pudo establecerse mediante ADN.

¿Qué eran las supuestas reliquias?

Se trataba de un pequeño conjunto conservado en un recipiente de vidrio conocido como el “bocal de Chinon”:

  • una costilla humana ennegrecida;
  • un fragmento de tejido de lino de unos 15 cm;
  • restos que parecían ser madera carbonizada;
  • y un fémur de gato.

El recipiente había aparecido en 1867, en el desván de una farmacia de París, con una inscripción que afirmaba que contenía restos encontrados bajo la hoguera de Juana de Arco, ejecutada en Ruan en 1431. Las piezas acabaron bajo custodia eclesiástica y se conservaron en Chinon.

¿Qué ocurrió en 2006?

El forense francés Philippe Charlier, del Hospital Raymond-Poincaré de Garches, consiguió en 2006 autorización para estudiar científicamente los objetos. El trabajo duró aproximadamente seis meses e incluyó análisis microscópicos, químicos, radiológicos, espectrométricos, de polen y carbono-14.

Uno de los aspectos más curiosos fue la participación de dos especialistas en perfumes, Sylvaine Delacourte y Jean-Michel Duriez. Detectaron en los restos olores descritos como vainilla y yeso quemado. La presencia de compuestos asociados al olor a vainilla resultaba especialmente problemática para la hipótesis de una cremación: la vanilina se produce durante determinados procesos de descomposición, mientras que los investigadores no esperaban encontrarla en restos humanos completamente quemados.

La evidencia que apuntaba a Egipto

Los análisis físicos y químicos fueron mucho más importantes que el curioso examen olfativo.

La superficie negra de la costilla no presentaba las características de un hueso quemado. En cambio, estaba impregnada de una matriz de materiales vegetales y minerales compatible con sustancias empleadas en la momificación egipcia, entre ellas resinas y otros componentes. Tampoco aparecían restos de tejido blando carbonizado que permitieran interpretar el objeto como una costilla procedente de una cremación.

El lino también presentaba características compatibles con material utilizado en envolturas funerarias de momias. Además, se encontró abundante polen de pino; las resinas de pino se utilizaron en procedimientos de embalsamamiento egipcios.

Y llegó la prueba cronológica decisiva: el carbono-14 situó los restos humanos en la Antigüedad, aproximadamente entre los siglos VII y III a. C. según las distintas muestras y análisis divulgados, en todo caso varios siglos antes de Juana de Arco. El estudio científico publicado posteriormente confirma que la datación y la composición de los materiales son incompatibles con restos de una persona del siglo XV.

¿Y lo de “época ptolemaica”?

Aquí hay que ser un poco cuidadoso.

La época ptolemaica suele situarse aproximadamente entre 305 y 30 a. C.. Algunas de las dataciones comunicadas para estos restos encajan en ese periodo, pero no se puede afirmar sencillamente que fueran “los restos de una mujer ptolemaica”.

De hecho, las pruebas genéticas no consiguieron recuperar ADN utilizable, probablemente debido al estado de conservación y a los productos empleados durante el embalsamamiento. Por ello no pudieron determinar de manera genética ni siquiera el sexo de la persona.

El artículo científico concluye más prudentemente que los materiales son compatibles con restos procedentes de momias egipcias y que no son restos de una cremación humana medieval. Incluso sus referencias incluyen estudios previos sobre una momia egipcia del período ptolemaico, pero eso no significa que se haya identificado a esa persona concreta.

Entonces, ¿cómo pudieron convertirse en “reliquias de Juana”?

Ahí empieza la parte detectivesca.

El recipiente apareció en 1867, precisamente en una época en la que Juana de Arco estaba siendo recuperada como figura histórica y símbolo nacional francés. Charlier planteó como posibilidad que alguien hubiera utilizado restos de momia egipcia disponibles en una farmacia o botica y los hubiera presentado como reliquias de Juana.

Hay un dato histórico que hace plausible esa hipótesis: durante la Edad Media y la Edad Moderna circulaban por Europa productos denominados mummia o mumia, preparados a partir de restos de momias y empleados en determinadas prácticas medicinales. Por tanto, restos humanos egipcios podían terminar en colecciones de boticarios europeos.

Pero no se ha demostrado quién fabricó la falsificación ni exactamente cuándo. Es importante separar lo demostrado de la reconstrucción hipotética.

Una peculiaridad: el hueso de gato

Inicialmente podría parecer que el fémur de gato apoyaba la historia de una hoguera medieval. Se llegó a sugerir la asociación con relatos sobre gatos negros arrojados a hogueras.

Pero los análisis también indicaron que el hueso del gato tenía características de momificación, y su cronología era igualmente antigua. Eso encaja mucho mejor con material funerario egipcio que con un animal medieval que hubiera acabado casualmente en la pira de Juana.

En resumen

CuestiónResultado
¿Eran restos de Juana de Arco?No, la evidencia científica lo descarta.
¿Se investigaron en 2006?Sí; los resultados se publicaron en 2007.
¿Eran restos quemados?No; la apariencia ennegrecida procedía de materiales de embalsamamiento.
¿Eran egipcios?La evidencia química, microscópica y cronológica apunta claramente a ello.
¿De qué época?Aproximadamente siglos VII–III a. C., dependiendo de la muestra/análisis.
¿Eran necesariamente ptolemaicos?No puede afirmarse con seguridad para todas las piezas.
¿Era una mujer?No pudo determinarse mediante ADN.
¿Se sabe quién era?No.
¿Se sabe quién creó la falsa reliquia?No.

La publicación científica definitiva es especialmente interesante porque permite ir más allá de las noticias de 2007: el estudio multidisciplinar concluyó que las piezas no eran compatibles con huesos humanos o animales quemados y sí con productos de embalsamamiento egipcios, confirmándolo mediante la datación por carbono-14.

Si te interesa, también puedo reconstruir la historia completa del “bocal de Chinon” desde su aparición en 1867 hasta el estudio de Charlier, incluyendo quién pudo haberlo falsificado, por qué apareció precisamente en una farmacia y qué relación tiene con el comercio europeo de momias egipcias.

Me interesa las circunstancias de la ejecución de Juana de Arco en Rouen en 1429 contadas en una dramatización por un campesino francés contrario a sus verdugos borgoñones, incidiendo en las medidas que tomaron los invasores británicos en que se recogieran cenizas o restos corporales para hacer reliquias.

Sí. Y hay una precisión histórica importante para la dramatización: Juana no fue ejecutada en 1429, sino el 30 de mayo de 1431, en Ruan (Rouen). En 1429 había triunfado en Orleans y llevado a Carlos VII a la coronación de Reims; fue capturada por los borgoñones en 1430, entregada a los ingleses y trasladada a Ruan, centro de su poder en Normandía.

También conviene matizar la cuestión de los restos. Sí hay testimonios de que los ingleses hicieron quemar repetidamente el cadáver y después arrojaron las cenizas al Sena precisamente para impedir que sus partidarios pudieran convertirlas en reliquias. Pero no tenemos una orden inglesa conservada que diga literalmente «recoged/impedid las reliquias» en esos términos; esa intención se reconstruye a partir de los testimonios y del procedimiento seguido.

Las cenizas de la Pucela — Ruan, 30 de mayo de 1431

Yo estaba allí.

No en primera fila. Un hombre como yo no se acerca demasiado cuando los ingleses levantan una hoguera y ponen en ella a una muchacha. Pero estaba allí, entre la gente del Vieux-Marché, con el corazón encogido y las manos metidas en las mangas para que nadie viera cómo me temblaban.

Y no era una muchacha cualquiera.

Era la Pucela.

Juana.

Dos años antes, cuando todavía se hablaba de ella como de una niña llegada de Lorena, nuestros soldados franceses habían vuelto a creer que podían vencer. Orleans se había salvado. El Delfín había ido a Reims y allí había recibido la corona. Muchos decían que aquella muchacha había sido enviada por Dios.

Los ingleses decían otra cosa.

Para ellos era una enemiga, una impostora, una hereje.

Y los borgoñones, que habían combatido contra los nuestros y que la habían hecho prisionera en Compiègne, terminaron entregándola a los ingleses. De allí la trajeron a Ruan, donde tenían su gobierno y sus soldados.

Yo no entendía de teología ni de leyes.

Entendía de campos.

Sabía reconocer el olor de la tierra después de la lluvia, el sonido de una carreta mal engrasada y el precio de un saco de trigo.

Pero aquel día comprendí algo que tampoco hacía falta aprender en los libros: los vencedores querían que aquella muerte fuese vista por todos.

La llevaron al Mercado Viejo.

Habían preparado un poste alto. La sentencia ya estaba decidida. El tribunal de Ruan había declarado que Juana había recaído en la herejía después de haber abjurado unos días antes. La mañana de su muerte fue entregada al brazo secular y conducida a la hoguera.

La vi acercarse.

No parecía la terrible hechicera de la que hablaban los hombres de armas.

Era una joven.

Pidió un crucifijo.

Un soldado inglés hizo para ella una pequeña cruz con dos trozos de madera. Ella la tomó y la puso junto a su pecho. Después le llevaron un crucifijo de la iglesia de Saint-Sauveur, y pidió que lo mantuvieran delante de sus ojos. Los frailes Martin Ladvenu e Isambart de la Pierre estuvieron con ella.

Entonces comenzaron las llamas.

No os contaré que permanecí valiente.

No lo fui.

Aparté la mirada.

Pero volví a mirar.

Y cuando la hoguera terminó, pensé que aquello había acabado.

Me equivocaba.

Los ingleses no querían dejar siquiera un hueso.

Había demasiada gente que creía en ella. Demasiados franceses podían guardar un pedazo de carbón, un fragmento de hueso, una ceniza; llevarlo escondido a una iglesia o a una casa y decir:

«Esto perteneció a Juana».

Y entonces la muchacha que los ingleses habían querido presentar como hereje podía convertirse, precisamente por su muerte, en una santa para el pueblo.

Así que hicieron algo más.

Apartaron las brasas para que todos pudiéramos ver el cuerpo ennegrecido y quedara claro que estaba muerta. Después volvieron a quemar los restos. Y otra vez.

Querían reducirla a cenizas.

Querían que no quedara nada que pudiera recogerse como reliquia.

No bastaba con matar a Juana. Había que impedir que sobreviviera en un pedazo de ella. Los testimonios posteriores describieron precisamente esta reiteración de la cremación como una manera de impedir que sus restos fueran recogidos y venerados.

Yo vi cómo el fuego seguía trabajando sobre lo que quedaba.

Y pensé:

«¿Qué clase de miedo puede tener un ejército ante los huesos de una muchacha?»

Mucho, al parecer.

Porque finalmente reunieron lo que quedaba y lo llevaron al Sena.

No querían sepultura.

No querían tumba.

No querían lugar de peregrinación.

Querían agua.

Que el río se llevara las cenizas.

Desde el puente, los restos fueron arrojados al Sena. La tradición local de Ruan conserva precisamente este lugar como el punto desde el que fueron dispersadas las cenizas de Juana.

Entonces comprendí por qué habían sido tan cuidadosos.

Un cadáver puede enterrarse.

Una tumba puede convertirse en un santuario.

Un hueso puede guardarse.

Una ceniza puede convertirse en reliquia.

Pero si se quema el cuerpo hasta hacerlo ceniza y después se arroja al río, ¿qué queda?

Eso debieron de pensar.

Pero se equivocaron.

Porque mientras el Sena se llevaba las cenizas, nosotros nos llevábamos otra cosa.

La memoria.

Podían quemar el cuerpo.

Podían arrojar los restos al agua.

Podían escribir cartas diciendo que la Pucela había sido una embaucadora y una hereje. El poder inglés hizo precisamente eso después de su muerte, intentando presentar su condena como justa.

Pero no podían arrojar su historia al Sena.

Yo era un campesino.

No sabía entonces que, muchos años después, volverían a abrirse los documentos, que hombres de Iglesia escucharían a los testigos y que aquella condena sería revisada. Tampoco sabía que la memoria de aquella muchacha acabaría sobreviviendo a quienes habían ordenado su muerte.

Solo sabía que aquella tarde el río llevaba las cenizas de una joven francesa.

Y que, aunque ellos habían querido que no quedara nada,

había quedado Juana.

La escena central —la exposición del cuerpo después de la primera combustión, las cremaciones sucesivas y la dispersión final en el Sena— es especialmente adecuada para una dramatización porque aparece en los testimonios relacionados con la ejecución, aunque la frase interior del campesino, naturalmente, es una reconstrucción literaria.

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