Don Antonio, su obra suele leerse como un espejo de España. ¿Qué país encontró usted al empezar a escribir?
—Un país cansado de sí mismo, detenido en viejas inercias. Yo vi una España de campos pobres y conciencias adormecidas, donde el caciquismo era una costumbre más que un escándalo. El poder local, arbitrario, tejía redes que ahogaban la vida pública. Y junto a eso, un atraso material y educativo que dolía: escuelas escasas, maestros mal pagados, una cultura que no llegaba a todos. Esa España pedía, más que retórica, una regeneración moral.
—¿Ese diagnóstico se refleja en libros como Campos de Castilla?
—Sin duda. En Campos de Castilla hay paisaje, sí, pero también conciencia. Castilla no es solo geografía: es símbolo de una nación que debe mirarse con honestidad. Quise que el verso fuese sobrio, como la tierra, y que dijera lo que duele sin adornos superfluos.
—¿Y su evolución desde Soledades?
—Soledades es más íntimo, más simbolista; ahí me ocupan el tiempo, la memoria, el sueño. Con los años, el yo se abre al nosotros. La poesía deja de ser solo introspección para hacerse también mirada ética sobre la realidad.
—Hablando de su vida, su relación con Leonor Izquierdo ha sido muy comentada. ¿Cómo la recuerda?
—Con una mezcla de ternura y herida que no cierra. Leonor fue mi compañera en Soria, muy joven, sí; trece años cuando empezó nuestro trato. Aquello hoy se juzga con otros ojos, y es natural. Para mí fue un amor limpio dentro de su tiempo y de nuestras circunstancias. Su muerte temprana por tuberculosis me dejó desolado. Muchos de mis versos nacen de esa ausencia.
—¿Esa pérdida marcó su poesía?
—La atravesó. Hay en mi obra una conciencia del tiempo que pasa y de la vida que se quiebra. La elegía no es un género: es una respiración.
—Años después aparece la figura de Guiomar.
—Guiomar es un nombre velado. Una ilusión, una compañía espiritual en tiempos difíciles. No fue una vida compartida como la que tuve con Leonor, sino un espacio de diálogo íntimo, casi secreto, donde la palabra encontraba consuelo.
—Más allá de lo personal, usted defendió la educación con insistencia.
—Porque sin educación no hay ciudadanía. Admiré la labor de la Institución Libre de Enseñanza y de maestros que creían en formar personas libres, críticas. La cultura no es adorno: es herramienta de dignidad. España necesitaba escuelas abiertas, no conciencias cerradas.
—¿Ese compromiso le llevó a posicionarse políticamente?
—Me llevó a comprometerme con una idea de país más justo. Durante la Segunda República Española vi una oportunidad para modernizar España: educación, laicidad, derechos. No era una fe ciega, pero sí una esperanza razonada.
—La guerra lo cambió todo.
—La guerra lo deshace todo. El dolor colectivo supera al individual. Yo, como tantos, tuve que marchar.
—Su final en el exilio, en Colliure, se ha vuelto casi simbólico.
—Morí en Collioure, lejos de mi tierra. No es un final que uno elija, pero sí el que impone la historia. Me consuela pensar que mis palabras, si valen algo, siguen dialogando con España, esa que duele y que también espera.
—Si tuviera que resumir su legado en una idea…
—Que la poesía no se desentienda del hombre. Que mire dentro y fuera. Y que, frente al atraso y la injusticia, la palabra sea conciencia y camino.

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