El caso del Palacio de Linares es probablemente el más famoso de Madrid. La leyenda gira en torno a los marqueses que lo habitaron en el siglo XIX y a una historia bastante oscura: se decía que el matrimonio descubrió después de casarse que eran hermanos, hijos del mismo padre, y que aun así siguieron juntos, teniendo una hija a la que, según el relato, habrían matado y enterrado en el palacio.
A partir de ahí nace el mito: el espíritu de esa niña —a veces llamada Raimundita— vagaría por las estancias. Durante las obras de rehabilitación en 1990, obreros y vigilantes afirmaron oír pasos, puertas que se abrían solas y lamentos nocturnos.
Ese mismo año se hicieron famosas unas supuestas psicofonías en las que se escuchaban voces infantiles, lo que disparó el fenómeno mediático. Sin embargo, investigaciones posteriores concluyeron que aquellas grabaciones probablemente eran un montaje, aunque la leyenda ya había echado raíces y sigue viva hoy en día.
Muy distinto, pero igual de inquietante, es el caso de Belchite. Aquí el “fantasma” no es una figura concreta, sino casi todo el pueblo. Belchite viejo quedó destruido en la batalla de 1937 durante la Guerra Civil y nunca se reconstruyó; sus ruinas permanecen como un escenario congelado en el tiempo.
A partir de los años 80 empezaron a popularizarse las psicofonías grabadas allí: voces, explosiones, disparos… como si la batalla siguiera repitiéndose.
Algunos investigadores aseguraban captar incluso voces de niños o personas pidiendo ayuda, y surgieron relatos de sombras que se mueven entre las ruinas o campanas que suenan sin existir ya.
Más allá de lo paranormal, muchos estudios interpretan estas historias como una forma simbólica de recordar a los muertos de la guerra, especialmente a aquellos que quedaron sin identificar o sin sepultura digna.
Es decir, en Belchite los “fantasmas” también son memoria histórica.
En el Museo Reina Sofía la cosa cambia otra vez. Aquí la leyenda nace del propio edificio, que antes fue hospital durante siglos. En sus sótanos y alrededores se enterraban enfermos, y durante reformas en el siglo XX aparecieron restos humanos, lo que alimentó las historias de apariciones.
El fantasma más famoso es “Ataúlfo”, supuestamente identificado en una sesión de ouija por trabajadores del museo. Se decía que se aparecía en salas como la del Guernica, avisando de desgracias o provocando fenómenos extraños como ascensores que funcionaban solos o ruidos inexplicables.
También hay relatos de monjas fantasmales, sombras en los pasillos o incluso la idea de que el propio Pablo Picasso estaría “molesto” por el traslado de su obra.
Aun así, desde el propio museo y muchos investigadores se ha insistido en que todo esto forma parte más del folclore urbano que de hechos comprobados.
Y luego está el caso de “Pedrito”, ligado a la periodista y criminóloga Margarita Landi, una figura muy popular de la crónica negra en España. En sus relatos y en programas relacionados con misterio se hablaba de un supuesto espíritu infantil que se comunicaba o aparecía en determinados contextos vinculados a sus investigaciones o narraciones.
Este tipo de historias, más que asociadas a un lugar concreto, forman parte de la tradición oral del misterio en España, muy alimentada por programas de radio y televisión. En el caso de Landi, su figura contribuía a dar verosimilitud a relatos que mezclaban crónica real con elementos sobrenaturales, algo bastante habitual en el periodismo de sucesos de la época.
Si te fijas, hay un patrón curioso:
en el Palacio de Linares domina la tragedia familiar, en Belchite el trauma colectivo de la guerra, en el Reina Sofía el pasado hospitalario y en el caso de Pedrito, el mundo del relato mediático del misterio.
Al final, más que pruebas de fantasmas, lo que aparece en todos estos casos es otra cosa: la necesidad de dar forma —aunque sea con historias inquietantes— a hechos que dejaron una huella muy profunda.