sábado, 4 de julio de 2026

El naufragio de la Santa María (24 de diciembre de 1492).

 

l grumete del timón

Me llamo Juan. Tenía trece años la noche en que la Santa María se perdió para siempre. Muchos años después he oído a escribanos, frailes y cortesanos contar lo ocurrido como si hubieran estado allí. Dicen que fue la voluntad de Dios, la mala suerte o el cansancio del mar. Yo no sé de teologías ni de crónicas oficiales. Solo sé lo que vi con mis propios ojos desde el timón.

Era la noche del 24 de diciembre de 1492. El mar estaba tan manso que parecía un estanque. Hacía días que navegábamos entre aquellas islas verdes cuyos habitantes nos recibían sin armas de hierro ni fortalezas de piedra. El almirante, don Cristóbal Colón, confiado por la calma, se retiró a descansar. El maestre hizo lo mismo. Y a mí, un muchacho que apenas empezaba a aprender el oficio, me dejaron gobernando la nao mientras los hombres de experiencia dormían.

No era costumbre hacerlo. Nunca debió hacerse.

Al principio todo parecía sencillo. El viento apenas empujaba y la corriente era tan suave que costaba creer que pudiera vencernos. Pero el mar engaña. Mientras sostenía la caña del timón, sentí que la nao obedecía menos de lo normal. Quise llamar a los marineros antes, pero un hombre me dijo que no despertara a nadie por una simple sospecha.

Cuando quisimos reaccionar ya era tarde.

La Santa María rozó el fondo con un crujido que aún escucho en sueños. Luego vino un golpe seco. Después otro. El casco quedó clavado sobre un banco de arena y coral. La corriente empezó a empujar la popa mientras la proa permanecía inmóvil. Cada ola abría un poco más las costuras del casco.

Entonces empezó el verdadero desastre.

Muchos cuentan que toda la tripulación trabajó unida para salvar la nave. Ojalá hubiera sido así.

Hubo hombres valientes que intentaron aligerar peso, echar anclas y llevar cabos hasta tierra. Pero también hubo otros que perdieron el juicio. Aprovechando la confusión, algunos embarcaron en el batel con la excusa de llevar un ancla mar adentro. En realidad remaron desesperadamente hacia la Niña, la otra carabela, buscando ponerse a salvo antes que nadie.

Aquella fuga nos robó un tiempo precioso.

Éramos demasiados pocos para mover las vergas, descargar la artillería, sacar los toneles y reforzar el casco al mismo tiempo. Si todos hubieran permanecido en la nao quizá habríamos podido aligerarla antes de que la marea descendiera del todo. Nunca sabré si habría bastado para liberarla, pero sí sé que cada brazo que huyó hizo más difícil el trabajo de quienes se quedaron.

Cuando la gente de la Niña comprendió lo sucedido regresaron con su capitán para ayudarnos. Trabajaron con decisión y sin mirar quién pertenecía a una nave u otra. Pero para entonces el casco ya estaba vencido. Las maderas crujían como si fueran ramas secas.

Habíamos perdido la carrera contra el mar.

Los cronistas escribirán que Dios quiso que de la desgracia naciera una oportunidad.

Con la madera de la Santa María levantamos un pequeño fuerte en tierra. Lo llamaron Navidad por la fecha del naufragio. Allí quedaron cuarenta españoles mientras la Niña regresaba a Castilla llevando la noticia del descubrimiento.

Todos celebraban aquella decisión como el comienzo de una nueva era.

Yo no podía compartir aquel entusiasmo.

Antes de embarcarme había conocido en Palos a un viejo piloto portugués que había navegado mucho más allá de Guinea y de las islas atlánticas. No era hombre de fantasías. Una noche, mientras remendábamos cabos, me habló de Cathay, de Cipango y de las costas descritas por viajeros orientales. Me dijo que, si alguna vez llegábamos allí, encontraríamos ciudades inmensas, puertos llenos de juncos, mercaderes vestidos de seda, monedas de oro, escritura desconocida y gobernantes poderosos.

Nada de eso había visto yo.

Aquellas islas eran hermosas, sí. Sus habitantes eran generosos. Pero no conocían el hierro, ni los caballos, ni las grandes ciudades. No hablaban como los mercaderes de Oriente que describían los portugueses. Ni había palacios del Gran Kan.

Mientras el almirante aseguraba que habíamos alcanzado las cercanías de Asia, yo recordaba las palabras de aquel piloto y pensaba que nos encontrábamos en un mundo distinto, uno que ningún europeo parecía haber imaginado todavía.

Jamás me habría atrevido a discutir con don Cristóbal. Yo era solo un grumete.

Pero el mar enseña a desconfiar incluso de los hombres más seguros de sí mismos.

Con el tiempo comprendí otra cosa.

Sin el naufragio, quizá la historia habría sido diferente. Si la Santa María hubiera regresado intacta, no habría existido el fuerte de Navidad. Si no hubiera cuarenta hombres esperando ser socorridos al otro lado del océano, tal vez los Reyes Católicos habrían pensado mucho antes de gastar otra fortuna en una segunda expedición.

En cambio, aquellos hombres quedaron allí como una promesa y también como una obligación. Había que volver por ellos. Había que abastecerlos. Había que demostrar que el asentamiento podía prosperar.

El naufragio, que para nosotros fue una desgracia, terminó convirtiéndose en el mejor argumento para conseguir nuevos barcos, más hombres y más dinero.

Yo sigo creyendo que aquella noche comenzó la verdadera historia, no porque encontráramos Cathay, sino porque perdimos una nao.

Y a veces me pregunto si el destino del mundo cambió por culpa de un muchacho de trece años al que jamás debieron dejar solo al timón.

Quevedo y las mujeres.

 

Las hermanas Mitford. Las Kardashian británicas de mediados del siglo XX.

 Las hermanas Mitford forman una de las sagas familiares más fascinantes y contradictorias del siglo XX británico. Hijas de David Freeman-Mitford y de Sydney Bowles, crecieron en el seno de la aristocracia inglesa y acabaron representando casi todo el espectro ideológico de su tiempo: del fascismo al comunismo, pasando por el liberalismo y la literatura satírica.

Entre las seis hermanas, tres tuvieron una relevancia política extraordinaria: Nancy Mitford, Diana Mitford y Jessica Mitford. También destaca Unity Mitford por su cercanía al nazismo. Y el único hermano varón, Tom Mitford, murió en Birmania durante la Segunda Guerra Mundial.

Las hermanas Mitford: un reportaje histórico

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Nancy Mitford: la cronista irónica de su clase

1904–1973
Escritora

La mayor de las hermanas, Nancy Mitford, alcanzó fama como novelista y ensayista. Aunque no militó en partidos políticos, su obra retrató con mordacidad a la aristocracia británica y dejó un testimonio privilegiado del mundo social del periodo de entreguerras.

Novelas como The Pursuit of Love y Love in a Cold Climate están inspiradas en su propia familia y convirtieron a las Mitford en personajes casi míticos de la cultura británica.

Diana Mitford: de belleza aristocrática a figura del fascismo británico

1910–2003
Fascismo británico

Diana Mitford fue probablemente la hermana más controvertida. Tras divorciarse del heredero de la cerveza Guinness, se casó con Oswald Mosley, convirtiéndose en una de las figuras emblemáticas del fascismo británico.

Su boda, celebrada en 1936 en la casa de Joseph Goebbels, tuvo como invitado de honor a Adolf Hitler.

Durante la guerra

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, el gobierno británico consideró a Diana y a Mosley un riesgo para la seguridad nacional.

  • Fueron internados sin juicio bajo el Reglamento 18B.

  • Permanecieron varios años detenidos.

  • Tras la guerra, Diana nunca renegó completamente de sus simpatías fascistas.

Unity Mitford: la inglesa que fascinó a Hitler

1914–1948
Nazismo

Si Diana fue la fascista británica, Unity Mitford fue directamente una entusiasta del nazismo alemán.

Se trasladó a Múnich en los años treinta y logró entrar en el círculo cercano de Hitler, quien la recibía con frecuencia.

El dramático final

Cuando Reino Unido declaró la guerra a Alemania en septiembre de 1939, Unity intentó suicidarse de un disparo en la cabeza en un parque de Múnich.

Sobrevivió con graves secuelas neurológicas y regresó a Inglaterra, donde vivió apartada hasta su muerte en 1948.

Jessica Mitford: la "oveja roja" de la familia

1917–1996
Comunismo y derechos civiles

Frente a Diana y Unity, Jessica Mitford representó el extremo opuesto.

Se fugó con un primo simpatizante comunista y terminó instalándose en Estados Unidos.

Su legado

  • Militó en causas de izquierda.

  • Participó en el movimiento por los derechos civiles.

  • Se hizo famosa por su libro The American Way of Death, una investigación demoledora sobre la industria funeraria estadounidense.

Deborah y Pamela: las menos políticas

Hermana

Perfil

Pamela Mitford

Vida rural y discreta.

Deborah Mitford

Duquesa de Devonshire y gran gestora de Chatsworth House.

El hermano: Tom Mitford, muerto en Birmania

1909–1945
Caído en Birmania

El único hijo varón de la familia fue Tom Mitford.

Educado en Eton y cercano a algunos círculos conservadores, sirvió como oficial del ejército británico durante la guerra.

La campaña de Birmania

Tom combatió en el frente del Sudeste Asiático contra Japón y murió en marzo de 1945 en Birmania (actual Myanmar), pocos meses antes del final de la guerra.

Su muerte afectó profundamente a todas las hermanas, incluso a aquellas divididas por ideologías irreconciliables.

Una familia que resumió el siglo XX

Lo extraordinario de las Mitford es que una sola familia aristocrática llegó a encarnar las grandes corrientes políticas de la época:

Miembro

Tendencia

Nancy Mitford

Liberal y satírica

Diana Mitford

Fascismo británico

Unity Mitford

Nazismo

Jessica Mitford

Comunismo y derechos civiles

Tom Mitford

Oficial del ejército británico

El gran contraste

Curiosidad histórica

Mientras Diana asistía a recepciones con Hitler y Mosley, Jessica marchaba con activistas de izquierdas en Estados Unidos. Pocas familias ilustran de forma tan dramática la polarización ideológica de los años treinta y cuarenta.

Para profundizar

  • The Mitfords: Letters Between Six Sisters

  • Hons and Rebels

  • The Pursuit of Love

Rasputín y su legado.

 

Rasputín: el hombre que hipnotizó al Imperio ruso

Del campesino siberiano al confidente de los zares, la vida de Grigori Rasputín sigue envuelta en una mezcla de hechos comprobados, propaganda y leyenda. ¿Fue un visionario, un impostor o simplemente el chivo expiatorio del derrumbe de una dinastía?

San Petersburgo, diciembre de 1916. En un palacio junto al río Neva, un grupo de aristócratas espera a un invitado incómodo. Han preparado vino, pasteles y un plan para librar al Imperio ruso del hombre al que consideran responsable de todos sus males. Aquella noche, Grigori Rasputín entra confiado en el palacio del príncipe Félix Yusúpov. Horas después, su cadáver aparece bajo el hielo del río. Nace entonces una de las leyendas más resistentes del siglo XX.

Durante décadas se repitió que había sobrevivido al veneno, que resistió varios disparos y que terminó muriendo ahogado tras intentar escapar de sus asesinos. La realidad, como suele ocurrir, resulta bastante menos novelesca, aunque igualmente fascinante.

Un campesino convertido en "hombre santo"

Grigori Yefímovich Rasputín nació en 1869 en la pequeña localidad siberiana de Pokróvskoye. Era hijo de campesinos y apenas recibió educación. Durante su juventud adquirió fama de bebedor, pendenciero y mujeriego, una reputación que más tarde sería utilizada por sus enemigos para desacreditar cualquier aspecto de su vida.

Tras una profunda crisis espiritual emprendió largas peregrinaciones por monasterios rusos. Nunca fue monje ni sacerdote. Tampoco llegó a ser un auténtico stárets, esos ancianos venerados por su sabiduría espiritual dentro de la tradición ortodoxa. Sin embargo, aprendió a proyectar la imagen de un hombre inspirado por Dios, con una extraordinaria capacidad para escuchar, aconsejar y ejercer una poderosa influencia psicológica sobre quienes acudían a él.

Su magnetismo personal impresionaba incluso a quienes desconfiaban de sus maneras. Alto, desaliñado, con una espesa barba y unos ojos claros de mirada penetrante, Rasputín sabía crear una atmósfera de misterio a su alrededor. Sus conversaciones mezclaban religión, fatalismo, intuiciones y un conocimiento sorprendente del carácter humano.

El milagro llamado Alexéi

El destino del Imperio ruso cambió cuando Rasputín conoció a la familia imperial.

El heredero al trono, el zarevich Alexéi, sufría hemofilia, una enfermedad hereditaria que impedía la correcta coagulación de la sangre. Cualquier golpe podía provocar hemorragias internas potencialmente mortales. La enfermedad era un secreto de Estado, ya que comprometía la estabilidad de la dinastía.

La zarina Alejandra vivía obsesionada con salvar a su hijo. Los médicos poco podían hacer. En varias ocasiones, sin embargo, Rasputín logró calmar al muchacho durante crisis especialmente graves. Aún hoy nadie sabe exactamente cómo lo consiguió.

Algunos historiadores creen que simplemente tranquilizaba a la madre, reduciendo el estrés que rodeaba al niño. Otros apuntan que recomendó suspender determinados tratamientos médicos, como la administración de aspirina, cuyo efecto anticoagulante agravaba las hemorragias. También pudo influir su capacidad para inducir estados de relajación similares a la hipnosis.

Fuera cual fuera la explicación, para Alejandra aquello solo podía interpretarse como un milagro.

Desde entonces, la confianza de la emperatriz fue absoluta.

El consejero que nunca gobernó

La imagen tradicional presenta a Rasputín manejando el Imperio ruso como un titiritero. La realidad es bastante más compleja.

Nunca ocupó un cargo oficial ni dirigió ministerios. Sin embargo, aprovechó la confianza que la familia imperial depositó en él para recomendar nombramientos, interceder por determinadas personas y opinar sobre cuestiones políticas.

Su influencia aumentó especialmente durante la Primera Guerra Mundial. En 1915, el zar Nicolás II decidió ponerse personalmente al frente del ejército y marchó al cuartel general, dejando a Alejandra al frente de muchos asuntos internos.

Aquella decisión fue desastrosa.

La emperatriz dependía cada vez más del criterio de Rasputín. Muchos ministros acudían antes a él que al propio Gobierno. En la corte comenzaron a circular rumores de corrupción, favoritismos y tráfico de influencias.

Buena parte de esas acusaciones estaban exageradas. Otras respondían a luchas de poder entre facciones aristocráticas. Pero la percepción pública ya era irreversible: para millones de rusos, el Imperio estaba siendo gobernado por un campesino iluminado.

¿Un seductor irresistible?

Pocas figuras históricas han acumulado una fama sexual comparable a la de Rasputín.

Las caricaturas de la época lo mostraban rodeado de damas desnudas. Sus enemigos lo describían como un depravado que utilizaba la religión para seducir mujeres de todas las clases sociales, especialmente aristócratas.

¿Qué hay de verdad?

Los testimonios coinciden en que mantenía una intensa actividad sexual y que disfrutaba provocando a la alta sociedad con un comportamiento impropio de un supuesto hombre santo. Varias mujeres reconocieron haber mantenido relaciones con él, convencidas de que el contacto físico formaba parte de una purificación espiritual.

Sin embargo, muchas de las historias más escandalosas proceden de panfletos políticos, memorias publicadas años después o rumores nunca demostrados. La propaganda antibolchevique, la propaganda revolucionaria e incluso la prensa extranjera contribuyeron a agrandar una figura que ya era profundamente polémica.

Su fama de conquistador existió, pero probablemente fue magnificada hasta convertirlo en un personaje casi mitológico.

El hombre que quería acabar la guerra

Paradójicamente, una de las posiciones políticas más constantes de Rasputín apenas suele mencionarse.

Desde antes del estallido de la Primera Guerra Mundial insistió en que Rusia no debía enfrentarse a Alemania. Consideraba que el conflicto destruiría el Imperio y acabaría provocando una revolución.

En esto, el tiempo terminó dándole la razón.

A medida que aumentaban las bajas y el descontento popular, Rasputín insistía en la necesidad de buscar una paz negociada. Sus consejos eran escuchados por Alejandra, de origen alemán, lo que alimentó las sospechas de que ambos trabajaban para favorecer los intereses de Berlín.

Nunca apareció una prueba que demostrara semejante acusación.

La conspiración

A finales de 1916, parte de la aristocracia había llegado a una conclusión: mientras Rasputín siguiera vivo, la monarquía no podría salvarse.

El príncipe Félix Yusúpov, uno de los hombres más ricos de Rusia; el gran duque Dmitri Pávlovich y el diputado ultramonárquico Vladímir Purishkévich organizaron un complot para asesinarlo.

La noche del 29 al 30 de diciembre de 1916 lo citaron en el palacio Yusúpov con el pretexto de presentarle a la esposa del príncipe.

Según el relato publicado años después por Yusúpov, Rasputín sobrevivió a grandes cantidades de cianuro, recibió varios disparos, intentó huir por el patio y solo murió tras ser arrojado al río.

Sin embargo, las investigaciones posteriores desmontan buena parte de esa narración.

La autopsia no halló pruebas concluyentes de envenenamiento y tampoco confirmó que falleciera ahogado. Lo más probable es que muriera a consecuencia de los disparos recibidos. Muchos historiadores consideran que Yusúpov exageró deliberadamente los hechos para convertir el asesinato en una epopeya.

¿Hubo una mano británica?

Es uno de los grandes enigmas históricos.

Diversos investigadores han planteado que agentes del servicio secreto británico pudieron conocer el complot o incluso colaborar en él. El nombre que aparece con más frecuencia es el del oficial Oswald Rayner, amigo personal de Yusúpov desde sus años de estudios en Oxford.

¿Por qué habría querido intervenir Londres?

La respuesta se encuentra en la guerra. Si Rusia abandonaba el conflicto mediante una paz separada con Alemania, cientos de miles de soldados alemanes podrían ser trasladados inmediatamente al frente occidental contra Francia y el Reino Unido.

Desde esa perspectiva estratégica, eliminar a Rasputín podía impedir que siguiera influyendo sobre la zarina en favor de una retirada rusa.

La hipótesis resulta sugerente, pero las pruebas siguen siendo insuficientes. Existen testimonios contradictorios, documentos ambiguos e indicios circunstanciales, pero ningún documento definitivo demuestra que el Gobierno británico ordenara el asesinato.

Por ello, la mayoría de especialistas considera que la conspiración fue esencialmente rusa, aunque no descarta que agentes británicos conocieran los planes o simpatizaran con ellos.

Un crimen inútil

Los conspiradores creían haber salvado la monarquía.

Ocurrió exactamente lo contrario.

La desaparición de Rasputín dejó aún más aislada a la familia imperial. Apenas tres meses después estalló la Revolución de Febrero. Nicolás II abdicó, la dinastía Romanov desapareció y, un año más tarde, toda la familia sería ejecutada por los bolcheviques en Ekaterimburgo.

La famosa profecía atribuida a Rasputín —según la cual, si era asesinado por nobles, la familia imperial no sobreviviría mucho tiempo— pudo haber sido adornada posteriormente. Sin embargo, el desenlace terminó pareciendo una inquietante confirmación de aquellas palabras.

Entre el mito y la historia

Más de un siglo después, Rasputín continúa siendo un personaje difícil de clasificar.

No fue el demonio que describían sus enemigos, pero tampoco el santo que veneraban algunos seguidores. Fue un hombre extraordinariamente carismático que comprendió como pocos el poder de la sugestión y la necesidad desesperada de esperanza que dominaba a una familia imperial condenada por la historia.

El derrumbe del zarismo obedeció a causas mucho más profundas: una guerra devastadora, un sistema político incapaz de reformarse, enormes desigualdades sociales y una economía colapsada. Culpar únicamente a Rasputín era una explicación sencilla para una tragedia infinitamente más compleja.

Sin embargo, pocos personajes simbolizan mejor el final de una época. Con él murió también la ilusión de que un solo hombre pudiera sostener un imperio que ya se desmoronaba desde sus cimientos.




Rasputín: el asesinato que no pudo salvar a los Romanov

San Petersburgo, madrugada del 30 de diciembre de 1916.

El cuerpo tardó horas en aparecer bajo el hielo del Pequeño Neva. La noticia corrió por la capital con la velocidad de un incendio: Grigori Rasputín, el campesino siberiano convertido en confidente de la familia imperial, había sido asesinado.

Para muchos aristócratas fue un alivio. Para buena parte del Ejército, una necesidad. En los salones de la nobleza se brindó discretamente. Habían eliminado al hombre al que consideraban el responsable de la descomposición del régimen. Si desaparecía Rasputín, pensaban, la Corona recuperaría el prestigio perdido y Rusia podría continuar la guerra sin la influencia de aquel inquietante predicador.

Se equivocaban.

Menos de tres meses después, el zar Nicolás II abdicaba. Un año y medio más tarde, él, la zarina Alejandra y sus cinco hijos eran ejecutados en un sótano de Ekaterimburgo. La desaparición de Rasputín no salvó a la dinastía Romanov; fue el último acto desesperado de una aristocracia incapaz de comprender que el edificio imperial ya se estaba derrumbando desde sus cimientos.

Durante más de un siglo, la figura de Rasputín ha quedado sepultada bajo una montaña de leyendas. Se dijo que dominaba la voluntad de la zarina, que gobernaba Rusia desde la sombra, que poseía poderes sobrenaturales, que era un libertino insaciable y que sobrevivió al veneno, a varios disparos y a una paliza antes de morir ahogado bajo el hielo.

Hoy sabemos que casi ninguna de esas historias resiste un examen crítico.

Las investigaciones de historiadores como Douglas Smith, Orlando Figes o el ruso Vladímir Jrustaliov muestran una realidad mucho más compleja. Rasputín nunca dirigió el Gobierno ruso ni decidió la estrategia militar del Imperio. Su influencia política fue, en el mejor de los casos, indirecta y dependía casi exclusivamente de la confianza que la emperatriz Alejandra depositaba en él. Tampoco existen pruebas de que poseyera facultades sobrenaturales. Su capacidad para aliviar las crisis del zarevich Alexéi probablemente estuvo relacionada con factores psicológicos, con el reposo que imponía al niño o con la interrupción de tratamientos médicos que entonces agravaban la hemofilia.

Incluso su fama de depredador sexual fue amplificada por una maquinaria de rumores que encontró en él al enemigo perfecto. Rasputín mantenía relaciones con algunas de sus seguidoras, pero la imagen del monje depravado que seducía compulsivamente a las damas de la aristocracia pertenece, en gran medida, a la propaganda política de los últimos años del Imperio.

Entonces, si no era el amo de Rusia ni un hechicero capaz de controlar a la familia imperial, ¿por qué hubo quienes decidieron eliminarlo?

La respuesta no se encuentra en el dormitorio de la zarina ni en supuestos rituales místicos, sino en las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

A finales de 1916 Rusia sufría millones de bajas, la economía estaba al borde del colapso y el descontento crecía en las ciudades. Rasputín llevaba tiempo defendiendo que continuar la guerra conduciría al desastre y aconsejaba buscar una paz negociada con Alemania. Sus advertencias eran conocidas por Alejandra, que seguía confiando ciegamente en él.

Para los sectores más nacionalistas de la corte aquello equivalía a una traición. Para algunos estrategas británicos, una retirada rusa habría supuesto además una catástrofe militar, ya que permitiría a Alemania trasladar cientos de miles de soldados al frente occidental. En ese clima de miedo nació una conspiración cuyos contornos aún hoy siguen siendo objeto de debate.

La cuestión ya no es quién era realmente Rasputín. La pregunta que continúa fascinando a los historiadores es otra mucho más inquietante: ¿quién decidió que debía morir y por qué su muerte aceleró el final de la monarquía que pretendía salvar?

Lo que dicen los historiadores

Douglas Smith (Estados Unidos)

Autor de Rasputin: Faith, Power, and the Twilight of the Romanovs, considerada hoy la biografía de referencia.

La imagen del "monje loco" fue el resultado de un siglo de exageraciones, rumores y propaganda. Smith sostiene que Rasputín tuvo una influencia real sobre la familia imperial, pero mucho menor sobre la política de lo que afirmaban sus contemporáneos. También desmonta buena parte de los mitos sobre su vida sexual y considera muy poco convincente la hipótesis de una participación directa del MI6 en su asesinato.

Orlando Figes (Reino Unido)

Especialista en la Rusia revolucionaria y autor de La Revolución rusa.

Figes subraya que el problema no era únicamente Rasputín, sino el efecto devastador de los rumores sobre él. En una sociedad desgastada por la guerra, la percepción de que el Imperio estaba dominado por "fuerzas oscuras" terminó erosionando la legitimidad de la monarquía mucho más que las acciones reales del propio Rasputín.

Edvard Radzinsky (Rusia)

Dramaturgo e historiador, autor de The Rasputin File.

Radzinsky fue uno de los primeros investigadores rusos en utilizar los expedientes abiertos tras la caída de la Unión Soviética. Aunque acepta algunos aspectos de la leyenda, concede más importancia que otros historiadores a los indicios sobre una posible participación británica en el asesinato. Sus conclusiones, sin embargo, siguen siendo objeto de debate.

Oleg Shishkin (Rusia)

Periodista e investigador ruso.

Shishkin es uno de los principales defensores de la tesis según la cual agentes británicos, especialmente Oswald Rayner, colaboraron con los conspiradores rusos. Su reconstrucción ha tenido una enorme difusión, aunque la mayor parte de los especialistas considera que las pruebas documentales son insuficientes para darla por demostrada.


¿Participó realmente el MI6?

La teoría ganó notoriedad a comienzos del siglo XXI gracias a investigaciones periodísticas británicas y a un documental de la BBC. El principal argumento es estratégico: si Rusia firmaba una paz separada con Alemania, cientos de miles de soldados alemanes podrían ser enviados al frente occidental, alterando el equilibrio de la guerra.

Los defensores de esta hipótesis señalan la presencia en Petrogrado del agente británico Oswald Rayner, antiguo compañero de estudios de Yusúpov en Oxford, y las estrechas relaciones entre ambos. Sin embargo, la documentación conocida no demuestra que recibiera órdenes para eliminar a Rasputín ni que disparara el tiro mortal. Historiadores como Douglas Smith consideran que los indicios no bastan para sostener esa conclusión, mientras que otros investigadores creen que el papel británico pudo consistir, como mucho, en prestar apoyo o conocer de antemano la conspiración.


La biblioteca de tablillas diplomáticas de Tell-el-Amarna.

 Información sobre las 3.800 tablillas encontradas en Amarma por la asirióloga Selena Wisdon y su contenido. Información sobre la correspondencia de los estados vasallos egipscios así como de los hititas y los asirios con Egipto durante los reinados de Amenofis III, IV y Tutankamón. ¿Se puede identificar a los hititas por su estilo al redactar correspondencia diplomática desde Tiro y Jerusalén durante esta etapa de la edad de Bronce?


La pregunta reúne varios aspectos de uno de los archivos diplomáticos más importantes de la Edad del Bronce. Antes de entrar en materia, conviene hacer una pequeña corrección histórica:

  • El yacimiento es Amarna (Tell el-Amarna), no "Amarma".
  • La colección no fue descubierta por una asirióloga llamada "Selena Wisdon". No existe una investigadora conocida con ese nombre vinculada al hallazgo. Las tablillas fueron descubiertas en 1887 por campesinas egipcias que extraían sebaj (tierra fértil), y posteriormente estudiadas por numerosos egiptólogos y asiriólogos como Jørgen Alexander Knudtzon, William L. Moran y Anson F. Rainey.

Las aproximadamente 380 tablillas de Amarna

Se conocen unas 382 tablillas (el número varía ligeramente según la clasificación). Constituyen el archivo diplomático de la corte egipcia durante los reinados de:

  • Amenhotep III
  • Akhenaten

Algunas podrían extenderse muy al inicio del reinado de Tutankhamun, aunque el grueso pertenece claramente al período de Akhenatón.

Las cartas están escritas casi todas en acadio, la lengua diplomática internacional del Próximo Oriente, utilizando escritura cuneiforme, incluso cuando el remitente hablaba egipcio, cananeo, hitita o hurrita.

El archivo contiene aproximadamente:

  • unas 40 cartas entre "Grandes Reyes"
  • unas 300 cartas de gobernadores y príncipes vasallos de Canaán y Siria
  • documentos administrativos
  • inventarios
  • listas de regalos y tributos

La correspondencia de los "Grandes Reyes"

Entre Egipto y las demás grandes potencias existía una diplomacia muy formal.

Los principales corresponsales eran:

  • Imperio Hitita
  • Mitanni
  • Babilonia Casita
  • Asiria Media

Todos emplean fórmulas casi idénticas:

"Así habla el Gran Rey... a mi hermano..."

La palabra "hermano" tenía un significado diplomático: implicaba igualdad de rango.

Las cartas hablan principalmente de:

  • matrimonios reales
  • intercambio de princesas
  • oro egipcio
  • caballos
  • carros
  • lapislázuli
  • problemas fronterizos
  • reconocimiento mutuo

No suelen hablar de campañas militares.


La correspondencia de los estados vasallos egipcios

Aquí cambia completamente el tono.

Los gobernadores de:

  • Jerusalén
  • Tiro
  • Biblos
  • Gaza
  • Megido
  • Siquem

no eran iguales al faraón.

Se presentan como:

"tu siervo"

y utilizan fórmulas extraordinariamente repetitivas.

Por ejemplo:

"A los pies de mi señor, mi Sol, siete veces y siete veces me postro."

Esta expresión aparece decenas de veces.


Jerusalén

El gobernador era Abdi-Heba.

Sus cartas (EA 285-290) muestran una situación desesperada.

Solicita continuamente:

  • arqueros egipcios
  • tropas
  • protección

Denuncia ataques de:

  • gobernantes vecinos
  • mercenarios
  • grupos llamados Habiru.

Durante mucho tiempo se identificó automáticamente a los Habiru con los hebreos, pero hoy la mayoría de especialistas considera que el término designaba grupos sociales marginales, mercenarios o desplazados, no necesariamente un pueblo concreto.


Tiro

Las cartas proceden principalmente del rey Abi-Milku.

El tono también es de constante preocupación.

Describe:

  • amenazas desde tierra
  • dificultades para abastecer la ciudad
  • conflictos con Sidón
  • necesidad urgente de ayuda egipcia

Como Tiro dependía del mar, insiste repetidamente en la llegada de suministros.


¿Y los hititas?

Aquí llegamos a la parte más interesante de tu pregunta.

¿Puede identificarse una "mano hitita" detrás de ciertas cartas de Canaán?

La respuesta actual sería:

No de manera directa, aunque sí existen indicios de influencia política.

Hay que distinguir dos cosas:

1. Correspondencia enviada DESDE Hatti

Las cartas hititas poseen rasgos bastante definidos:

  • enorme formalismo
  • precisión jurídica
  • negociación muy detallada
  • referencias frecuentes a tratados
  • equilibrio diplomático entre iguales

Son textos relativamente sobrios.


2. Correspondencia de Jerusalén o Tiro

No presenta esas características.

Los gobernadores escriben como vasallos egipcios.

Su lenguaje está lleno de:

  • súplicas
  • fórmulas rituales
  • exageraciones
  • peticiones militares

No escriben como escribas hititas.


Entonces, ¿hay influencia hitita?

Sí, pero sobre todo en el contenido político.

Durante el reinado de Akhenatón el Imperio hitita, bajo Šuppiluliuma I, estaba expandiéndose rápidamente.

Muchas cartas hablan indirectamente de:

  • pérdida de ciudades
  • cambios de alianzas
  • presión sobre Siria
  • miedo a abandonar la órbita egipcia

Los gobernadores rara vez mencionan directamente a los hititas, pero sí describen un escenario compatible con el avance hitita hacia el sur.


¿Puede hacerse un análisis estilístico?

Sí, y de hecho se ha hecho.

Los especialistas analizan:

  • vocabulario acadio
  • errores gramaticales
  • influencia cananea
  • ortografía
  • fórmulas diplomáticas
  • orden de las frases

El resultado muestra que las cartas de Jerusalén y Tiro presentan un acadio periférico, fuertemente influido por las lenguas cananeas. Este fenómeno se conoce como "acadio cananeo". Su estilo refleja la formación local de los escribas y no permite atribuirlas a escribas hititas.

En cambio, las cartas procedentes de Hatti muestran un acadio mucho más cercano al estándar diplomático internacional y una tradición administrativa diferente.

Conclusión

Las Cartas de Amarna ofrecen una imagen excepcional del equilibrio internacional hacia 1350 a. C. Mientras los grandes reyes intercambiaban regalos y se trataban como "hermanos", los gobernadores de Canaán escribían al faraón desde una posición de dependencia, suplicando ayuda ante una situación política cada vez más inestable. Aunque el ascenso hitita bajo Šuppiluliuma I transformó el contexto geopolítico de Siria y Canaán, el estilo de las cartas procedentes de Jerusalén o Tiro no permite identificar una autoría o una escuela hitita: reflejan la tradición epistolar de escribas cananeos formados en el acadio diplomático, con una fuerte impronta lingüística local.

Si te interesa el aspecto filológico, puedo hacer una comparación línea por línea entre una carta de Abdi-Heba, una de Abi-Milku y una carta auténtica de Šuppiluliuma I para mostrar cómo se distinguen sus estilos diplomáticos y qué revelan sobre las diferentes tradiciones de escritura.

- También se quejan de la desaparición de una princesa casita enviada por reyes babilonios para casarse con un príncipe o faraón egipcio y un rey de Arzawa exige que la correspondencia que recibe desde Egipto sea redactada en hitita porque no se fie de los escribas acadios ni de los correos que se las llevan.

Sí, esos dos episodios son especialmente reveladores porque muestran que las Cartas de Amarna no son simples intercambios ceremoniales, sino que dejan entrever problemas muy prácticos de la diplomacia internacional.

La princesa casita (babilonia)

El episodio aparece en la correspondencia entre Burna-Buriaš II y el faraón egipcio (probablemente Akhenaten).

Burna-Buriaš se muestra extraordinariamente molesto por varios motivos:

  • Egipto envía muy poco oro en comparación con lo prometido.
  • Los embajadores egipcios inspeccionan los regalos con desconfianza.
  • Las princesas enviadas desde Babilonia parecen "desaparecer" una vez llegan a Egipto.

En una de las cartas llega a decir, en esencia:

«¿Quién puede asegurarme que la mujer de la que decís que es mi hermana sigue viva? Nadie de mis enviados puede verla.»

Es importante precisar un matiz histórico. No habla necesariamente de una princesa "desaparecida" físicamente, sino de que la corte egipcia aislaba completamente a las princesas extranjeras una vez ingresaban en el harén real. Los reyes babilonios interpretaban esa falta de contacto como una grave falta de transparencia e incluso insinuaban que quizá la princesa había muerto o nunca había sido tratada como una verdadera reina.

Este asunto se convierte en una auténtica disputa diplomática.


La desconfianza hacia los mensajeros

Este aspecto suele pasar desapercibido, pero es fascinante.

Las cartas dejan claro que los mensajeros:

  • podían retrasar los envíos;
  • resumir verbalmente el contenido;
  • alterar el orden de entrega;
  • transportar también instrucciones orales.

La diplomacia del siglo XIV a. C. dependía enormemente de la honestidad del correo.

Por eso algunos reyes insisten continuamente en enviar a "sus propios hombres" y no confiar en mensajeros ajenos.


El rey de Arzawa

Aquí hay un detalle muy interesante.

Se trata del rey Tarḫundaradu, gobernante de un poderoso reino del oeste de Anatolia.

En una famosa carta dirigida a Amenhotep III ocurre algo excepcional.

Tarḫundaradu pide que la correspondencia pueda hacerse en su propia lengua, porque no domina el acadio diplomático. La carta es famosa porque constituye uno de los testimonios más antiguos de la lengua de Arzawa (probablemente una variedad del luvita).

Sin embargo, el detalle de que exija específicamente que se escriba "en hitita" requiere una matización. Lo que se desprende del texto conservado es que no desea depender exclusivamente del acadio internacional y prefiere utilizar una lengua que su administración pueda comprender directamente. Dado que el reino de Arzawa no era hitita y, de hecho, fue durante mucho tiempo rival de Hatti, la interpretación más aceptada es que solicitaba el uso de su propia lengua anatolia, no del hitita propiamente dicho.


¿Por qué es tan importante este episodio?

Porque rompe una norma diplomática casi universal.

Durante más de tres siglos, el acadio había funcionado como el equivalente del francés en la Europa del siglo XVIII o del inglés en la diplomacia actual.

Todos lo utilizaban, incluso:

  • Egipto;
  • Babilonia;
  • Mitanni;
  • Hatti;
  • Asiria.

Que un rey dijera, en esencia,

«No quiero depender de escribas que traduzcan mis cartas.»

era algo muy poco habitual.

Eso demuestra que incluso entonces existía un problema clásico de la diplomacia: la traducción es poder. Quien controla al escriba controla, en parte, el mensaje.


En conjunto, las Cartas de Amarna transmiten una imagen sorprendentemente moderna. Los grandes reyes discuten sobre regalos insuficientes, retrasos en los envíos, sospechas de espionaje, matrimonios dinásticos, fiabilidad de los embajadores y calidad de las traducciones. Lejos de ser una colección de documentos solemnes, muestran una red diplomática compleja en la que la confianza era frágil y donde un escriba o un mensajero podían influir tanto como un ejército.

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