lunes, 16 de marzo de 2026

Arcimboldo.

 


Alegoría del Verano. Arcimboldo (1573).

domingo, 15 de marzo de 2026

Nostradamus.

 


Nostradamus cuyo nombre real era Michel de Nostredamenació el 14 de diciembre de 1503 en la pequeña localidad provenzal de Saint-Rémy-de-Provence, en el sur de Francia. Vivió en pleno Renacimiento europeo, una época en la que la medicina, la astrología, la religión y la filosofía natural estaban mucho más entrelazadas de lo que hoy imaginaríamos. Su fama posterior como profeta ha eclipsado a menudo una parte importante de su vida: durante décadas fue ante todo médico, boticario y autor de almanaques.

Su familia tenía raíces judías. Sus abuelos se habían convertido al cristianismo generaciones antes para evitar persecuciones, algo relativamente frecuente en la Francia de finales del siglo XV. El ambiente familiar era culto; su abuelo materno, Jean de Saint-Rémy, parece haber influido bastante en su educación temprana y le transmitió interés por las matemáticas, la astronomía y la astrología, disciplinas que en aquella época se consideraban estrechamente relacionadas.

Cuando era joven fue enviado a estudiar a la University of Avignon, pero la universidad cerró poco después debido a una epidemia de peste. La peste bubónica era entonces una amenaza recurrente en Europa y marcaría profundamente la vida de Nostradamus. Durante varios años recorrió distintas regiones de Francia como boticario itinerante, preparando remedios y ayudando a combatir brotes epidémicos. Más tarde intentó obtener un doctorado en medicina en la University of Montpellier, una de las facultades médicas más prestigiosas de Europa. Sin embargo, según documentos conservados, fue expulsado cuando se descubrió que había trabajado previamente como boticario, actividad considerada demasiado manual y poco digna para un médico universitario según las normas académicas de la época.

A pesar de ese episodio, siguió practicando la medicina. Durante varias epidemias de peste trató a enfermos con métodos que, para su tiempo, resultaban relativamente innovadores. Recomendaba higiene, ventilación de las casas, agua limpia y retirar rápidamente los cadáveres de las zonas habitadas, medidas que hoy sabemos que ayudaban a reducir contagios. También preparaba remedios herbales, entre ellos unas famosas “píldoras de rosa” hechas con escaramujo y otras plantas ricas en vitamina C. Aunque no curaban la peste —nadie podía hacerlo entonces— reflejaban una actitud más empírica que muchas prácticas médicas medievales.

Su vida personal estuvo marcada por la tragedia. Su primera esposa y sus dos hijos murieron probablemente durante un brote de peste. Tras ese golpe pasó varios años viajando por Francia e Italia. Con el tiempo volvió a establecerse, se casó de nuevo —esta vez con Anne Ponsarde— y finalmente se instaló en la ciudad provenzal de Salon-de-Provence, donde viviría el resto de su vida.

Fue allí donde comenzó la actividad que lo haría famoso. A partir de la década de 1550 empezó a publicar almanaques anuales, un género muy popular en la época que mezclaba calendario, predicciones astrológicas, consejos agrícolas y observaciones meteorológicas. Estos almanaques tuvieron un éxito enorme. Animado por esa popularidad, en 1555 publicó su obra más conocida, Les Prophéties, una colección de centenares de cuartetas —poemas de cuatro versos— agrupadas en secciones llamadas “Centurias”.

El estilo de estas profecías era deliberadamente oscuro. Nostradamus mezclaba francés antiguo con palabras latinas, griegas y provenzales, usaba anagramas y metáforas y evitaba mencionar nombres o fechas claras. En parte lo hacía por prudencia: el siglo XVI no era un momento seguro para quien afirmara ver el futuro, y el lenguaje ambiguo lo protegía de acusaciones religiosas o políticas. Pero también contribuía a que los versos pudieran interpretarse de muchas maneras.

Con el tiempo su reputación llegó a la corte francesa. La poderosa reina Catherine de' Medici se interesó por sus horóscopos y lo invitó a París. Nostradamus elaboró cartas astrales para varios miembros de la familia real y obtuvo cierta fama como consejero astrológico, aunque continuó viviendo principalmente en Salon.

Gran parte de su reputación moderna se basa en la idea de que predijo acontecimientos históricos importantes. Uno de los ejemplos más famosos es la muerte del rey Henry II of France. En 1559, durante un torneo, una lanza atravesó la visera del casco del monarca y le perforó el ojo, causándole la muerte días después. Una de las cuartetas de Nostradamus habla de un “león joven” que vence a un “león viejo” y le atraviesa el ojo en combate. Muchos interpretaron el verso como una predicción del accidente. Los escépticos señalan, sin embargo, que los torneos eran frecuentes y los accidentes también, por lo que la coincidencia puede ser más aparente que real.

Algo parecido ocurre con otros acontecimientos que se le atribuyen: el Great Fire of London, la Thirty Years' War, la French Revolution, el ascenso de Adolf Hitler o incluso los September 11 attacks. En casi todos los casos, las cuartetas son tan vagas que pueden adaptarse a muchos sucesos distintos. En el caso del 11-S, algunas de las supuestas profecías que circulan en internet ni siquiera pertenecen al texto original; fueron inventadas o modificadas después del atentado.

También se cuenta que Nostradamus predijo su propia muerte. Según una tradición posterior, la noche antes de morir dijo a su secretario que no lo encontraría vivo al amanecer. Al día siguiente fue hallado muerto junto a su cama. Sin embargo, esta historia procede de biografías escritas décadas después y no está documentada de forma segura.

Un detalle curioso de sus escritos es que en el prefacio de su obra afirmó que sus visiones se extendían hasta el año 3797. Esa fecha ha generado muchas especulaciones. Algunas personas creen que implicaría el fin del mundo, pero Nostradamus nunca dijo eso explícitamente. Lo único que afirmó es que su serie de profecías alcanzaba hasta ese año. Probablemente eligió una fecha extremadamente lejana para sugerir un horizonte profético muy amplio. Otros investigadores creen que pudo basarse en cálculos astrológicos o en ciclos históricos utilizados por algunos astrólogos del Renacimiento.

Hoy, la mayoría de los historiadores considera a Nostradamus menos como un auténtico profeta y más como una figura típica del pensamiento renacentista: un médico culto interesado en astrología, historia y simbolismo, que escribió textos deliberadamente enigmáticos. Su fama posterior se debe en gran medida a la tendencia humana a encontrar patrones y significados después de que ocurren los acontecimientos.

Aun así, su figura sigue fascinando porque combina varios mundos: la medicina de las epidemias del siglo XVI, la astrología cortesana, la literatura profética y la imaginación popular sobre el futuro. Más de cuatro siglos después de su muerte, sus versos continúan reinterpretándose cada vez que ocurre un gran acontecimiento histórico.

Dolors Aleu i Riera , la primera ginecóloga española.


Dolors Aleu i Riera (1857–1913) ocupa un lugar singular en la historia de la medicina española. Fue la primera mujer que obtuvo el título de licenciada en Medicina en España y una de las primeras en ejercer profesionalmente. Su trayectoria estuvo marcada por la resistencia social hacia las mujeres universitarias, por su compromiso con la salud femenina y por un trabajo médico especialmente atento a las condiciones de vida de las mujeres pobres.

Nacida en Barcelona en una familia relativamente acomodada, Aleu pudo acceder a la universidad en un momento en que esto era casi impensable para una mujer. Estudió en la Universidad de Barcelona, aunque durante buena parte de la carrera tuvo que asistir a clase acompañada por escoltas para evitar insultos y agresiones de estudiantes varones. Terminó los estudios en 1879 y defendió su tesis doctoral en Madrid en 1882, dedicada a la educación higiénica de la mujer, un tema que revela bien sus preocupaciones médicas y sociales.

En su práctica profesional se especializó en ginecología y salud femenina, un ámbito prácticamente monopolizado por médicos hombres. Aleu defendía que muchas enfermedades que afectaban a las mujeres no podían entenderse sin considerar su posición social, su educación y sus condiciones laborales. Por eso atendió con frecuencia a mujeres de la clase obrera, trabajadoras domésticas, obreras textiles y también prostitutas, un grupo particularmente vulnerable en la Barcelona de finales del siglo XIX.

En este contexto trató con frecuencia enfermedades venéreas, sobre todo Sífilis y Gonorrea, que eran extremadamente comunes en los barrios populares y en el mundo de la prostitución. La medicina de la época tendía a estigmatizar a estas mujeres y a tratarlas únicamente como focos de contagio. Aleu, en cambio, mostró una actitud relativamente avanzada para su tiempo: insistía en que muchas de estas pacientes eran víctimas de pobreza, explotación o falta de educación sanitaria. Su práctica médica combinaba tratamiento clínico con consejos de higiene, prevención y educación sexual básica, algo poco habitual en la medicina española del momento.

También escribió sobre la higiene femenina, la maternidad y la educación de las niñas, defendiendo que la ignorancia médica a la que se sometía a las mujeres contribuía directamente a su mala salud. En sus textos criticaba ciertos prejuicios médicos que justificaban la supuesta inferioridad física o intelectual femenina. Para Aleu, gran parte de esos problemas derivaban más de la falta de educación y de la presión social que de la biología.

Tras casarse, continuó ejerciendo durante años, algo igualmente poco común para una mujer médica de su tiempo. Sin embargo, la última etapa de su vida estuvo marcada por tragedias familiares: la muerte de uno de sus hijos afectó profundamente a Aleu y la llevó a retirarse en gran medida de la práctica médica.

Después de su muerte en 1913, el destino de muchos de sus documentos personales y profesionales fue problemático. Diversos relatos historiográficos sostienen que su marido destruyó buena parte de los papeles, manuscritos y recuerdos profesionales de Aleu, quizá por motivos personales o por desinterés hacia su legado intelectual. Esto explicaría por qué hoy se conservan relativamente pocos escritos directos de la médica y por qué gran parte de su trayectoria tuvo que reconstruirse posteriormente a partir de archivos universitarios, prensa de la época y testimonios indirectos.

Aun con ese vacío documental, la figura de Dolors Aleu ha ido recuperándose en las últimas décadas. Hoy se la reconoce no solo como pionera en la educación universitaria femenina en España, sino también como una médica que prestó atención a realidades sociales incómodas —como la salud sexual de las mujeres pobres o la situación sanitaria de las prostitutas— en una época en la que estos temas se abordaban con silencio o moralismo más que con medicina.

Lorenzo Silva nos recuerda a Miguel Campins, el oficial africanista que no se sumó al golpe nacional de 1936,

 


Escena: un despacho lleno de libros. Un historiador habla ante una pequeña audiencia en una presentación literaria.

HISTORIADOR

Señoras y señores… cuando hablamos de la Guerra Civil Española solemos caer en dos trampas: la simplificación y el ruido ideológico. Pero la historia —la de verdad— está llena de figuras incómodas, de trayectorias que no encajan del todo en ningún relato. Y precisamente ahí es donde, a mi juicio, aparece el interés de la próxima novela de Lorenzo Silva.

Porque Silva no ha elegido a un personaje evidente. No ha elegido a un gran líder político, ni a uno de los generales más conocidos del conflicto. Ha elegido a Miguel Campins. Y eso ya dice mucho.

Campins fue un militar profesional formado en el mismo mundo que muchos de los protagonistas del golpe de 1936. Un oficial que había hecho carrera en África, en la Guerra de Marruecos, ese laboratorio brutal donde se forjaron tantas lealtades y rivalidades dentro del Ejército español. Allí coincidió con muchos de los hombres que después marcarían el destino del país. Entre ellos, Franco.

No eran extraños. Pertenecían a la misma generación de oficiales africanistas, a ese grupo endurecido por campañas coloniales, por ascensos rápidos y por una cultura militar muy particular. En ese entorno se tejieron amistades, pero también jerarquías muy claras.

Cuando en 1936 Campins es destinado a Granada como gobernador militar, España ya es un país al borde del colapso. El clima político es explosivo, las conspiraciones circulan por los cuarteles, y en muchas ciudades los oficiales saben perfectamente que algo está a punto de ocurrir.

Y entonces llega julio.

El golpe militar estalla. En muchos lugares los mandos se posicionan de inmediato. Pero Campins… duda. O, mejor dicho, se niega a precipitarse.

No se suma al levantamiento con entusiasmo. Tampoco lo combate activamente. Intenta mantener el orden en la ciudad, evitar que la situación se descontrole. Y eso, en aquel momento, era casi una herejía.

Porque en Granada ocurre algo curioso en esos primeros días: pese a la tensión política, no hay un estallido inmediato de violencia civil. Campins se niega a repartir armas indiscriminadamente entre milicias. No quiere fomentar linchamientos. No quiere convertir la ciudad en un campo de batalla entre vecinos.

Su obsesión es una sola: mantener el orden público.

Pero la lógica del golpe no admite ambigüedades.

En Sevilla, el general Queipo de Llano ha tomado el control con brutal determinación. Y cuando Campins termina desplazándose allí para aclarar su posición ante las autoridades sublevadas, lo que encuentra no es comprensión, sino sospecha.

Para los conspiradores, la tibieza es traición.

Queipo lo somete a un consejo de guerra rapidísimo. La acusación es clara: no haberse sumado con decisión al movimiento.

No haber actuado.

No haber reprimido.

No haber tomado partido.

Y la sentencia llega con la velocidad con la que se estaban escribiendo muchas páginas de aquella guerra.

Fusilamiento.

Resulta trágico, si lo pensamos bien. Campins no fue ejecutado por defender activamente a la República con las armas. Tampoco por dirigir resistencia militar. Fue ejecutado, esencialmente, por intentar contener la violencia en un momento en que la violencia se había convertido en el lenguaje político dominante.

Ese tipo de destino —el de quienes quedan atrapados entre dos fuerzas que ya no admiten matices— es profundamente novelesco. Y también profundamente histórico.

Por eso tengo tanta curiosidad por la mirada de Silva. Porque Campins no es el héroe clásico ni el villano típico. Es algo más incómodo: un militar que creyó que aún era posible preservar cierto orden cuando el país ya estaba entrando en una espiral de guerra total.

Y la historia, como sabemos… no suele ser amable con quienes llegan tarde a comprender que el mundo que conocían ya ha desaparecido.

Arcimboldo.

  Alegoría del Verano. Arcimboldo (1573). Hablar de Giuseppe Arcimboldo es entrar en uno de los casos más raros y fascinantes de la pintura...