A mediados del siglo XIX, dar a luz era peligrosísimo. Muchísimas mujeres morían de “fiebre puerperal”, una infección brutal que aparecía después del parto. En algunos hospitales europeos morían tantas madres que había mujeres que preferían parir en la calle antes que entrar en una maternidad. Nadie entendía bien por qué pasaba. La teoría dominante era que las enfermedades venían de “miasmas”, o sea, malos olores y aires corruptos.
Semmelweis trabajaba en el Hospital General de Viena, donde había dos salas de maternidad. En una atendían médicos y estudiantes; en la otra, comadronas. Y vio algo inquietante: en la sala de los médicos morían muchas más mujeres.
El detalle clave era escalofriante. Los estudiantes y médicos pasaban directamente de hacer autopsias a atender partos… sin lavarse las manos. Hoy parece absurdo, pero entonces ni siquiera existía todavía la teoría microbiana de las enfermedades. No sabían que había bacterias.
La pista definitiva le llegó cuando un colega suyo murió tras cortarse durante una autopsia y desarrolló síntomas muy parecidos a los de las mujeres con fiebre puerperal. Semmelweis empezó a sospechar que los médicos llevaban “partículas cadavéricas” de los cadáveres a las pacientes.
Así que impuso una medida sencilla: lavado de manos con una solución de cal clorada antes de tocar a las parturientas.
Y pasó algo brutal.
Las muertes se desplomaron. En algunos periodos la mortalidad cayó del 10–15% a cerca del 1% o incluso menos. Era una diferencia tan enorme que hoy cuesta creer que alguien pudiera discutirlo.
Pero ahí entra una de las partes más frustrantes de la historia: muchísimos colegas no aceptaron sus conclusiones.
¿Por qué? Varias razones mezcladas:
- Porque Semmelweis no podía explicar científicamente qué eran esas “partículas”. Pasteur todavía no había desarrollado la teoría de los gérmenes.
- Porque aceptar su idea implicaba admitir algo insoportable: que los propios médicos estaban matando pacientes.
- Porque el ambiente académico era tremendamente arrogante y jerárquico.
- Y también porque Semmelweis tenía un carácter difícil y fue volviéndose cada vez más agresivo con quienes lo criticaban.
Al principio intentó convencerlos con datos, pero acabó desesperado. Llegó a escribir cartas llamando asesinos a otros médicos por negarse a lavarse las manos. Imagina el choque: un médico relativamente joven diciéndoles a las grandes autoridades de Viena que eran responsables directos de la muerte de miles de mujeres.
Eso no terminó bien para él.
Perdió apoyo, fue apartado y regresó a Hungría. Aunque en algunos hospitales sus métodos funcionaban otra vez, seguía siendo tratado como un excéntrico. Con los años su salud mental empeoró mucho; todavía hoy se discute si sufría depresión, demencia, agotamiento nervioso o incluso alguna enfermedad neurológica.
El final fue especialmente cruel. En 1865 lo engañaron para internarlo en un manicomio. Allí intentó resistirse, los guardias lo golpearon y terminó con heridas infectadas. Murió pocas semanas después, con apenas 47 años.
Y aquí está la ironía terrible: probablemente murió de septicemia, una infección muy parecida a aquellas contra las que había luchado toda su vida.
Años después, cuando Louis Pasteur demostró la teoría microbiana y Joseph Lister impulsó la antisepsia en cirugía, el trabajo de Semmelweis quedó reivindicado. Hoy se le considera uno de los padres del control de infecciones y de la medicina moderna.
De hecho, existe algo llamado “reflejo Semmelweis”: la tendencia a rechazar ideas nuevas simplemente porque contradicen las creencias establecidas. Su historia se usa muchísimo como ejemplo de cómo incluso la evidencia clara puede ser ignorada por orgullo, costumbre o poder institucional.





