sábado, 6 de junio de 2026

Gabriel García Márquez.

 


La vida de Gabriel García Márquez está tan mezclada con la política, los traumas familiares y la leyenda que a veces parece uno de sus propios personajes. Y lo curioso es que casi todo eso terminó filtrándose en sus novelas, sobre todo en Cien años de soledad, El otoño del patriarca y El amor en los tiempos del cólera.

viernes, 5 de junio de 2026

Nigel Richards, el campeón mundial de Scrabble.


 Hablar de Nigel Richards es hablar de una de esas personas que parecen salidas de una novela rara sobre genios obsesivos. En el mundillo del Scrabble competitivo lo consideran, sin demasiada discusión, el mejor jugador de todos los tiempos. Y no solo porque haya ganado muchísimo, sino por la manera casi absurda en la que lo hace.

Lo primero que deja a todo el mundo con la cabeza torcida: Richards ha ganado campeonatos mundiales en idiomas que no habla. Literalmente. Ganó el campeonato mundial de Scrabble en francés en 2015 tras memorizar el diccionario francés en unas nueve semanas, y volvió a ganarlo después. Luego hizo algo parecido en español: en 2024 ganó el Mundial de Scrabble en español en Granada sin hablar castellano con fluidez.

Y aquí está la clave: él no aprende el idioma “normalmente”. No aprende conversación, gramática ni significado. Memoriza patrones de letras. Para él las palabras son casi objetos geométricos. Gente cercana dice que puede mirar páginas llenas de palabras y absorberlas visualmente.

Eso es lo que hace tan fascinante su caso. El Scrabble competitivo de élite no funciona como una partida familiar de sobremesa donde alguien pone “CASA” y otro “PERRO”. En el nivel profesional el juego es casi matemática aplicada. Los jugadores memorizan listas gigantescas de palabras válidas, estudian probabilidades de letras, aperturas, cierres de tablero y combinaciones óptimas. Hay programas de ordenador que analizan partidas, y aun así Richards a veces hace jugadas que parecen malas… hasta que el motor termina concluyendo horas después que eran correctas.

La imagen típica de Nigel Richards es casi legendaria: un tipo callado, desaliñado, muchas veces con camisetas de heavy metal, moviéndose en bici, hablando poco y jugando como si estuviera viendo el tablero en otra dimensión. Muchísimos periodistas han comentado que es extremadamente reservado y da muy pocas entrevistas.

Nació en Christchurch, Nueva Zelanda, en 1967. Lo curioso es que, según cuenta su madre, de joven ni siquiera destacaba especialmente en lengua o ortografía. Ella le enseñó Scrabble porque estaba cansada de que les ganara contando cartas en otros juegos. Y el monstruo despertó.

En cuanto a títulos, la lista es demencial. Ha ganado cinco veces el World Scrabble Championship, algo récord: 2007, 2011, 2013, 2018 y 2019.

Además:

  • fue campeón nacional de Estados Unidos varias veces seguidas;
  • ganó infinidad de Opens británicos;
  • dominó durante años el King’s Cup de Bangkok, considerado uno de los torneos más duros del mundo;
  • ganó campeonatos mundiales en francés;
  • y luego añadió el mundial en español.

Hay gente en la comunidad que directamente lo llama “el Tiger Woods del Scrabble”.

Ahora, sobre el juego en sí, el Scrabble tiene una historia bastante curiosa. Nació durante la Gran Depresión en Estados Unidos. Su creador fue Alfred Mosher Butts, un arquitecto desempleado que en los años 30 empezó a experimentar con juegos de palabras y probabilidades. Mezcló ideas de crucigramas y juegos de fichas, analizando incluso la frecuencia de letras en periódicos para asignar valores: por eso la Q y la Z valen tanto y la E vale poco.

El juego originalmente se llamaba “Lexiko”, luego “Criss-Crosswords”, y finalmente acabó como Scrabble en los años 40 gracias a James Brunot, que ayudó a comercializarlo. El boom real llegó en los 50, cuando un ejecutivo estadounidense lo descubrió de vacaciones y decidió venderlo masivamente. Desde ahí explotó. Hoy pertenece a Mattel fuera de Norteamérica y a Hasbro en Estados Unidos y Canadá.

La dinámica básica parece sencilla: cada jugador roba letras y forma palabras sobre un tablero con casillas de bonificación. Pero debajo de eso hay una profundidad tremenda. Porque no gana quien “sabe más vocabulario” solamente. También influye:

  • la gestión de probabilidades;
  • bloquear zonas del tablero;
  • dejar combinaciones útiles;
  • controlar letras peligrosas;
  • calcular el “rack” rival;
  • y aprovechar los llamados “bingos”, que son palabras largas usando todas las fichas de la mano.

El Scrabble competitivo además tiene algo muy peculiar: mezcla azar y cálculo. Las letras que robas son aleatorias, así que incluso el mejor del mundo puede perder. Por eso impresiona tanto lo de Nigel Richards: su porcentaje de victorias es monstruoso para un juego donde siempre existe suerte.

Y otra cosa interesante: el Scrabble profesional ha generado casi una subcultura propia. Hay torneos internacionales, rankings Elo, retransmisiones, análisis con software y diccionarios oficiales gigantescos. Existen variantes en inglés, francés, español y otros idiomas, cada una con distribuciones de letras distintas. En español, por ejemplo, ciertas vocales son muchísimo más importantes y letras como la Q no funcionan igual que en inglés. Richards tuvo que memorizar no solo palabras españolas, sino también toda la lógica estadística del idioma dentro del juego.

Lo más increíble de todo es quizá esto: mucha gente brillante juega al Scrabble. Matemáticos, lingüistas, programadores, memoriones espectaculares. Pero aun así Richards parece jugar otro deporte distinto. Hay jugadores profesionales que cuentan que cuando lo ven mover fichas sienten que está viendo el tablero “más profundo” que cualquier otra persona. Y eso, en un juego basado solo en letras, es bastante salvaje.

Las razones por las que es una mala idea atentar contra Putin.


 El organismo clave que protege a Vladimir Putin es el FSO, el Servicio Federal de Protección de Rusia. En ruso, Federalnaya Sluzhba Okhrany. Es una especie de mezcla entre escolta presidencial, inteligencia interna y guardia pretoriana heredera directa de la Novena Dirección del KGB soviético. No solo cuidan al presidente: también blindan el Kremlin, residencias oficiales, comunicaciones estratégicas y a otros altos cargos del Estado ruso. Pero el núcleo duro que rodea físicamente a Putin pertenece al llamado Servicio de Seguridad Presidencial (SBP), integrado dentro del FSO.

¿Ha aparecido el barco del capitán pirata Avery en las aguas de Nassau?


 La historia del posible hallazgo del Fancy está poniendo bastante nerviosos —en el buen sentido— a arqueólogos e historiadores de la piratería, porque hablamos de uno de los barcos más legendarios de toda la Edad de Oro pirata. El Fancy fue el navío asociado a Henry Avery, también conocido como Henry Every o “Long Ben”, un personaje medio histórico y medio fantasma. A diferencia de Barbanegra o Calico Jack, Avery desapareció prácticamente sin dejar rastro después de uno de los golpes más brutales de la historia marítima.

Lo interesante es que en 2025 y 2026 un equipo dirigido por el arqueólogo marino Sean Kingsley y el historiador bahameño Michael Pateman empezó a localizar varios pecios en el puerto de Nassau, en la isla de New Providence, en las Bahamas, que fue uno de los grandes refugios piratas del Caribe. Entre esos restos hay uno que podría corresponder precisamente al Fancy.

Y aquí entra la parte casi novelesca. Avery no empezó como “rey pirata”. Era un marino inglés que acabó amotinándose en 1694 y tomando el control de un barco llamado originalmente Charles II. Lo rebautizó Fancy y se lanzó hacia el Índico, que en aquella época era el equivalente marítimo de asaltar convoyes bancarios internacionales. Allí operaban los barcos de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, comerciantes árabes, persas y, sobre todo, las enormes flotas del Imperio mogol.

En 1695 Avery y una pequeña flotilla piratearon el convoy del Gran Mogol cerca de la India. El gran premio fue el Ganj-i-Sawai, un monstruo flotante cargado de oro, plata, seda, piedras preciosas y peregrinos musulmanes ricos que regresaban de La Meca. El botín fue tan gigantesco que algunos historiadores lo consideran el mayor golpe pirata individual jamás realizado. El saqueo provocó una crisis diplomática enorme porque el emperador mogol amenazó con expulsar a los ingleses de la India si no castigaban a los culpables.

Avery se convirtió entonces en el pirata más buscado del mundo. Y aquí es donde Nassau entra en escena.

Según documentos históricos, Avery llegó a Nassau en 1696 cargado de riqueza. La teoría más aceptada es que desmontó el Fancy, repartió parte del botín, sobornó al gobernador corrupto de las Bahamas y desapareció. Lo fascinante es que el nuevo pecio encontrado encaja bastante bien con lo que describen los registros: un barco del tamaño adecuado, de finales del XVII, aparentemente desmantelado y sin artillería ni objetos valiosos, como si hubiese sido “desnudado” antes de hundirse deliberadamente.

Eso sí: los propios arqueólogos son prudentes. Nassau está llena de restos navales de tres siglos distintos. Encontrar “el” Fancy de forma definitiva exigiría alguna evidencia muy clara: campanas con nombres, piezas identificables, marcas de astillero o algo parecido. De momento hablan más bien de “candidato plausible”.

Lo bonito de estas excavaciones es que desmontan bastante la imagen romántica de Hollywood. Los hallazgos reales hablan de barcos incendiados para borrar pruebas, armas pequeñas, balas de mosquete, cañones giratorios, pipas de arcilla, herramientas para afilar espadas y restos de cocinas improvisadas. Nada glamuroso. Más bien violencia, suciedad y supervivencia flotante.

Y Nassau fue precisamente eso durante unos años: un agujero semianárquico donde convivían piratas, comerciantes, desertores, traficantes y gobernadores corruptos. Entre 1713 y 1718 llegó a convertirse casi en una “república pirata” informal. Allí coincidieron personajes como Edward Teach, Anne Bonny o John Rackham.

Pero antes de Nassau, el gran nido pirata caribeño había sido Port Royal, en Jamaica. Y ahí la arqueología subacuática ha sido todavía más espectacular.

Port Royal era probablemente el lugar más rico y más salvaje del Caribe inglés del siglo XVII. Los ingleses habían tomado Jamaica a España y usaban corsarios y piratas para atacar barcos españoles. Durante décadas aquello funcionó casi como una alianza tácita: los piratas traían botín y dinero; las autoridades miraban hacia otro lado. La ciudad creció a una velocidad absurda, llena de tabernas, burdeles, almacenes y comerciantes. Algunos contemporáneos la llamaban “la ciudad más perversa de la Tierra”.

Lo increíble es cómo terminó.

El 7 de junio de 1692 un terremoto brutal provocó licuefacción del terreno. Literalmente el suelo arenoso empezó a comportarse como líquido. Grandes zonas de Port Royal se hundieron en el mar en cuestión de minutos. Luego llegó un tsunami. Murieron miles de personas.

Y eso, paradójicamente, convirtió el lugar en un tesoro arqueológico extraordinario.

Como parte de la ciudad quedó sumergida de golpe y cubierta por sedimentos pobres en oxígeno, muchos objetos quedaron preservados como una cápsula del tiempo. Desde los años 80, equipos del Institute of Nautical Archaeology y de universidades jamaicanas y estadounidenses han excavado calles enteras, edificios, utensilios domésticos, botellas, monedas, armas y estructuras urbanas intactas bajo el agua.

Para los historiadores, Port Royal es oro puro porque permite estudiar cómo era realmente una ciudad portuaria pirata y corsaria, no la versión literaria. Los restos muestran una mezcla brutal de riqueza comercial y vida cotidiana caótica. Había comerciantes respetables viviendo pared con pared con traficantes, marineros violentos y aventureros. También se ha visto que muchos “piratas” eran en realidad corsarios semioficiales, una línea muy difusa en aquella época.

Los arqueólogos suelen insistir mucho en eso: la piratería caribeña no fue simplemente romanticismo con ron y loros. Era parte del sistema imperial europeo. Inglaterra, Francia, España y Holanda utilizaban piratas y corsarios cuando les convenía, y luego los perseguían cuando dejaban de ser útiles.

Y Avery encaja perfectamente en esa transición. Su golpe en el Índico fue tan enorme que ayudó a desencadenar la gran caza internacional contra la piratería. Después de él, las potencias europeas empezaron a tomarse mucho más en serio el problema porque el comercio global ya movía cantidades gigantescas de dinero.

Lo más curioso es que nadie sabe con certeza cómo terminó Avery. Hay leyendas que dicen que murió riquísimo en Madagascar, otras que acabó mendigando en Inglaterra tras ser estafado. Históricamente, la segunda opción parece más probable. Y eso también desmonta un poco el mito romántico: la mayoría de piratas acabaron ahorcados, arruinados, enfermos o desaparecidos. Avery simplemente tuvo la suerte —o la habilidad— de desvanecerse antes que los demás.

Virginia Woolf (1882-1941).

 


Hablar de Virginia Woolf es hablar de una de las voces más brillantes, sensibles y heridas de la literatura del siglo XX. Su figura sigue fascinando porque en ella convivían una inteligencia deslumbrante, una enorme fragilidad emocional y una manera radicalmente nueva de entender la escritura. Woolf no solo revolucionó la novela; también abrió caminos para el pensamiento feminista moderno mucho antes de que el término estuviera tan extendido como hoy.

Nació en Londres en 1882, en una familia culta y acomodada. Su padre, Leslie Stephen, era crítico literario e historiador; su casa estaba llena de libros y de intelectuales. Pero aquella infancia aparentemente privilegiada estuvo marcada por pérdidas tempranas y por experiencias traumáticas que la perseguirían toda su vida. Virginia sufrió abusos sexuales por parte de sus hermanastros, George y Gerald Duckworth, algo que ella misma dejó entrever en sus diarios y memorias. Aquellos episodios ocurrieron cuando era apenas una niña y muchos estudiosos consideran que dejaron una huella profunda en su relación con el cuerpo, la intimidad y la estabilidad emocional.

A eso se sumó una cadena de muertes devastadoras: primero su madre, luego una hermana y más tarde su padre. Cada golpe parecía empujarla hacia nuevas crisis nerviosas. Hoy muchos especialistas creen que Virginia Woolf padecía un trastorno bipolar, aunque en su época no existía un diagnóstico claro ni tratamientos adecuados. Pasaba por períodos de euforia creativa e hiperactividad mental seguidos de depresiones oscurísimas, acompañadas de insomnio, voces y agotamiento extremo. La salud mental de Woolf fue siempre frágil, y la presión intelectual que se imponía a sí misma tampoco ayudaba.

Sin embargo, de ese caos interior surgió una obra monumental. Novelas como Mrs Dalloway, Al faro o Las olas cambiaron la narrativa contemporánea. Woolf dejó de lado la novela tradicional y se obsesionó con capturar el flujo de la conciencia: pensamientos, recuerdos, asociaciones, pequeños destellos mentales que conforman la vida interior. Sus libros no se leen solo por lo que cuentan, sino por cómo consiguen entrar en la mente de los personajes.

En paralelo, escribió uno de los textos fundamentales del feminismo moderno: Una habitación propia. Allí lanzó una frase que todavía resuena: “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir ficción”. Más que una consigna, era un diagnóstico histórico. Woolf entendía que durante siglos las mujeres habían sido apartadas de la independencia económica, del acceso al conocimiento y del tiempo necesario para crear.

Gran parte de su vida adulta estuvo ligada al llamado Grupo de Bloomsbury, un círculo de artistas, escritores e intelectuales londinenses que defendían ideas muy avanzadas para la época: libertad sexual, pacifismo, feminismo, rechazo a la moral victoriana y experimentación artística. Entre sus amigos estaban el economista John Maynard Keynes, el crítico de arte Clive Bell, la pintora Vanessa Bell —que además era su hermana— y el novelista E. M. Forster. Las relaciones dentro del grupo eran complejas, cruzadas y muy intensas emocionalmente. Virginia también mantuvo una relación especialmente profunda con la escritora aristócrata Vita Sackville-West, que inspiraría la novela Orlando, probablemente la obra más juguetona y libre de toda su carrera.

En medio de toda esa efervescencia intelectual apareció una figura decisiva: Leonard Woolf, su marido. Se casaron en 1912 y, aunque el matrimonio fue singular y estuvo marcado por las dificultades psicológicas de Virginia, Leonard fue probablemente la persona que más la cuidó y comprendió. Él supervisaba sus descansos, intentaba protegerla de las recaídas y se convirtió en su principal sostén emocional. Juntos fundaron la editorial Hogarth Press, desde donde publicaron no solo las obras de Virginia sino también textos de autores fundamentales como T. S. Eliot o Sigmund Freud.

Los años en Monk’s House, la casa de campo que tenían en Sussex, fueron para Virginia una mezcla de refugio y aislamiento. Allí escribía, caminaba entre jardines, observaba el paisaje y encontraba cierta calma lejos del ruido londinense. Muchas fotografías la muestran en ese entorno rural, aparentemente serena, aunque bajo la superficie seguía luchando contra sus demonios interiores. Monk’s House era un espacio de creación y también una especie de retiro terapéutico.

Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos sobre Londres y el miedo a una invasión nazi, la ansiedad de Woolf empeoró. Temía perder definitivamente la razón. Sentía que estaba entrando otra vez en uno de esos episodios mentales de los que quizá ya no podría regresar. El 28 de marzo de 1941 salió de Monk’s House, caminó hasta el río Ouse y se suicidó llenándose los bolsillos de piedras antes de entrar en el agua.

Antes dejó una carta para Leonard que sigue siendo uno de los documentos más conmovedores de la literatura del siglo XX. En ella escribió:

“Siento con certeza que me estoy volviendo loca otra vez. Y no creo que podamos pasar por otro de esos terribles períodos. Esta vez no me recuperaré.”

Y más adelante:

“No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que nosotros hemos sido.”

Esa mezcla de lucidez, amor y desesperación resume quizá toda la vida de Virginia Woolf. Una mujer extraordinariamente adelantada a su tiempo, capaz de escribir páginas de una belleza inmensa mientras combatía una oscuridad interior que nunca terminó de abandonarla.

Un juego a la medida de los nobles medievales: el ajedrez.

 


El ajedrez nació muy lejos de Europa, en un mundo donde la guerra, la jerarquía y la cosmología estaban profundamente unidas. Su antecedente más aceptado fue el chaturanga de la India, documentado hacia los siglos V y VI. El propio nombre significaba “las cuatro divisiones del ejército”: infantería, caballería, elefantes y carros de guerra. No era un simple entretenimiento; representaba un modelo idealizado del combate y del orden político. Desde la India pasó al Imperio persa sasánida, donde se transformó en el shatranj. Allí adquirió parte de la terminología que aún sobrevive: el “sha” era el rey, y de la expresión persa shah mat —el rey está derrotado o sin salida— surgió nuestro “jaque mate”.

La expansión islámica fue decisiva para la difusión del juego. Los árabes adoptaron el shatranj con entusiasmo y lo llevaron desde Persia hasta el norte de África y la península ibérica. Durante siglos, el mundo islámico fue el gran centro intelectual del ajedrez: se escribieron tratados, se analizaron aperturas y aparecieron los primeros maestros conocidos. Cuando el juego llegó a Europa entre los siglos IX y XI, sobre todo a través de Al-Ándalus y Sicilia, no entró en una sociedad semejante a la oriental que lo había visto nacer, sino en el universo feudal de castillos, vasallaje y caballería cristiana. Esa transformación social acabó reflejándose directamente en el tablero.

Las piezas comenzaron a cambiar de nombre porque los europeos reinterpretaron aquello que veían según sus propias estructuras sociales. El elefante oriental, una figura comprensible en India o Persia, resultaba extraño en Occidente. En muchos lugares se convirtió en el “alfil”, palabra derivada del árabe al-fil, que precisamente significaba elefante, aunque los jugadores europeos ya no reconocieran su origen. A veces se imaginó como un obispo por la forma de la pieza; de ahí el bishop inglés. El carro de guerra terminó convirtiéndose en la torre, más acorde con la arquitectura militar medieval. La caballería conservó su esencia en el caballo, y el consejero del rey —el firzán persa— acabó transformándose en la reina. Este último cambio fue especialmente significativo porque reflejaba el crecimiento del poder simbólico y político de las monarquías europeas y, probablemente, la influencia de figuras femeninas poderosas de la Baja Edad Media, como Leonor de Aquitania o Isabel I de Castilla.

También cambiaron los movimientos. El shatranj era mucho más lento que el ajedrez moderno. El consejero apenas podía moverse una casilla en diagonal; el alfil saltaba dos casillas; los peones avanzaban lentamente y no existían ni el enroque ni la captura al paso. Las partidas podían prolongarse durante horas o incluso días. A finales del siglo XV, especialmente en Italia y España, aparecieron reformas decisivas: la reina adquirió el movimiento poderoso que hoy conocemos y el alfil comenzó a desplazarse libremente en diagonal. El juego ganó velocidad, agresividad y espectacularidad. Muchos historiadores consideran que ese “nuevo ajedrez” reflejaba la Europa del Renacimiento: más dinámica, centralizada y orientada hacia la ofensiva política y militar.

En la sociedad medieval europea, el ajedrez tuvo una función cultural mucho más amplia que la de un mero pasatiempo. Era considerado un ejercicio de inteligencia y de disciplina moral. Los tratados sobre el juego lo presentaban como una imagen del buen gobierno y de la correcta organización social. Cada pieza simbolizaba un estamento: el rey, la nobleza, el clero, los guerreros y los campesinos. Aprender ajedrez formaba parte de la educación cortesana de muchos nobles y caballeros, junto con la caza, la poesía o la música.

Durante las largas noches de invierno en castillos y fortalezas, el ajedrez ofrecía algo muy valioso: una forma de combate sin sangre. Para una aristocracia entrenada para la guerra, el tablero permitía continuar ejercitando capacidades esenciales —paciencia, cálculo, estrategia, anticipación del enemigo— en un entorno seguro y ritualizado. Además, proporcionaba conversación, competición y prestigio intelectual. Un caballero hábil en el ajedrez demostraba no solo valentía física, sino también prudencia y capacidad táctica. En cierto modo, el juego convertía la guerra en una actividad mental refinada.

Sin embargo, a partir de los siglos XIV y XV el ajedrez comenzó a perder terreno frente a los primeros juegos de naipes. Las razones fueron sociales y culturales. El ajedrez exigía concentración, tiempo y aprendizaje. Los naipes, en cambio, eran baratos, portátiles y mucho más rápidos. Permitían jugar en grupo, introducir azar y apostar dinero, algo muy atractivo en tabernas, ciudades comerciales y ambientes populares. Mientras el ajedrez seguía asociado a la nobleza y a las élites cultas, los juegos de cartas podían practicarse prácticamente en cualquier lugar y por personas de distintas clases sociales.

Además, los naipes encajaban mejor con una sociedad europea que empezaba a urbanizarse y mercantilizarse. El comerciante, el artesano o el soldado itinerante podían sacar una baraja y jugar inmediatamente. El ajedrez, en cambio, conservaba un aire ceremonioso y aristocrático. Nunca desapareció, pero dejó de ser el gran juego dominante de la cultura cortesana medieval. Curiosamente, esa pérdida de centralidad fue también lo que le permitió sobrevivir como un símbolo de prestigio intelectual, hasta convertirse siglos después en el juego estratégico por excelencia.

jueves, 4 de junio de 2026

LOGORAMA, el corto comercial de animación sobre la sociedad de consumo.

 


El corto se llamaba Logorama, y fue una auténtica ida de olla visual para la época. Ganó el Oscar al mejor corto animado en 2010 y básicamente convertía Los Ángeles en un mundo hecho enteramente de logos y mascotas corporativas: policías Michelin, un Ronald McDonald psicópata, señales de tráfico de marcas, edificios convertidos en anuncios… todo.

Gabriel García Márquez.

  La vida de Gabriel García Márquez está tan mezclada con la política, los traumas familiares y la leyenda que a veces parece uno de sus pr...