viernes, 6 de marzo de 2026

Fritz Haber, padre de la guerra química.


 La vida de Fritz Haber es una de esas historias donde la ciencia, la guerra y la tragedia personal se mezclan de una forma casi incómoda. Es un personaje lleno de contradicciones: al mismo tiempo se le considera alguien que ayudó a alimentar a la humanidad… y también uno de los padres de la guerra química moderna.

Haber nació en 1868 en Breslau (hoy Wrocław, en Polonia), dentro de una familia judía acomodada. Como muchos judíos alemanes de su época, acabó convirtiéndose al cristianismo, en parte por pura conveniencia social y profesional. Alemania en aquel momento era muy nacionalista, y él se sentía profundamente alemán. De hecho, su patriotismo marcaría muchas de sus decisiones más polémicas.

Su mayor logro científico llegó con el llamado proceso Haber-Bosch, que desarrolló junto al ingeniero Carl Bosch. Básicamente descubrieron cómo fabricar amoníaco a partir del nitrógeno del aire a escala industrial. Eso permitió producir fertilizantes sintéticos en enormes cantidades, lo que disparó la productividad agrícola. Muchísimos historiadores de la ciencia dicen que, gracias a ese proceso, la Tierra puede alimentar a miles de millones de personas más de las que podría sin fertilizantes industriales. Por ese trabajo Haber ganó el Nobel de Química en 1918.

Pero ahí aparece la “cara oscura”. Ese mismo amoníaco también servía para fabricar explosivos. Y cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Haber se lanzó de lleno a ayudar al ejército alemán. No solo desde el laboratorio: organizó el programa de guerra química y participó directamente en el desarrollo de gases venenosos.

En 1915 supervisó personalmente el primer gran ataque con gas cloro en la Segunda Batalla de Ypres, en Bélgica. Fue la primera vez que se usaron gases tóxicos a gran escala en un campo de batalla moderno: miles de soldados murieron o quedaron gravemente heridos. Haber defendía esa estrategia con una lógica brutalmente pragmática: creía que una arma tan terrorífica podría acortar la guerra.

Ese momento coincide con uno de los episodios más trágicos de su vida personal. Su esposa, Clara Immerwahr, también era química y una mujer extraordinaria para su época: fue la primera mujer en doctorarse en química en la Universidad de Breslau. Tenía ideas bastante pacifistas y estaba profundamente en desacuerdo con que la ciencia se usara para matar.

Según muchos testimonios, el conflicto moral y personal fue enorme. Poco después del primer ataque con gas, y tras una discusión con Haber, Clara se pegó un tiro en el jardín de su casa con la pistola de su marido. Su hijo de 12 años encontró el cuerpo. Las circunstancias exactas nunca se aclararon del todo, pero a menudo se interpreta como un acto de desesperación frente al rumbo que había tomado la carrera de Haber.

Y lo más inquietante: al día siguiente del suicidio, Haber se fue al frente oriental a supervisar otro ataque con gas.

Después de la guerra su figura siguió siendo muy polémica. Por un lado era un Nobel brillante; por otro, muchos científicos lo consideraban responsable de haber legitimado la guerra química.

En los años 20 también participó en el desarrollo de pesticidas basados en cianuro, entre ellos el Zyklon A. Ese tipo de productos acabaría evolucionando hacia el famoso Zyklon B. El Zyklon B se usó más tarde en las cámaras de gas de los campos de exterminio nazis durante el Holocausto. Haber no participó directamente en esa versión ni llegó a ver su uso genocida, pero la conexión histórica es imposible de ignorar.

Y aquí aparece otra de las ironías más brutales de su biografía. A pesar de haber servido con entusiasmo al Imperio alemán y sentirse profundamente patriota, cuando los nazis llegaron al poder en 1933 lo expulsaron de su cargo por ser judío. Tuvo que abandonar Alemania y acabó muriendo exiliado en Suiza en 1934.

La tragedia familiar continuó: varios de sus parientes murieron en campos de concentración, posiblemente asesinados con el mismo gas derivado de investigaciones de su propio instituto.

Por eso Haber suele describirse como una figura profundamente paradójica. El mismo científico que ayudó a crear fertilizantes capaces de sostener la población mundial también contribuyó a abrir la era de las armas químicas. Y su vida personal acabó marcada por suicidios, exilio y una ironía histórica casi cruel.

Si quieres, también puedo contarte una cosa curiosa: muchos historiadores dicen que Haber es probablemente uno de los científicos más influyentes de la historia, y al mismo tiempo uno de los más moralmente controvertidos. Su vida es casi un ejemplo perfecto del dilema eterno: hasta qué punto la ciencia es neutral… y hasta qué punto depende de cómo se use. 🧪


La discusión llevaba rato subiendo de tono. En el despacho apenas quedaba aire; entre los papeles, las fórmulas y el olor tenue de los reactivos, la tensión se podía cortar.

—Un científico —decía Fritz Haber, con la voz dura— no vive en el vacío. Vive en un país. Y en tiempos de guerra, un científico debe ser patriota ante todo. Si lo que he desarrollado puede acortar la guerra, entonces estoy haciendo lo correcto.

Clara lo miraba con una mezcla de incredulidad y rabia.

—¿Lo correcto? —repitió—. Has creado una forma de matar que ni siquiera deja a los soldados defenderse. Un gas invisible que les quema los pulmones mientras intentan respirar. Eso no es ciencia al servicio de la humanidad, Fritz. Es asesinato.

Haber apretó la mandíbula.

—Es guerra.

—No —dijo ella, cortante—. Es vanidad. Te encanta que te necesiten. Te encanta sentirte importante. Eres un egoísta petulante.

Hubo un silencio breve, cargado.

—Y ni siquiera funciona como dices —continuó Clara—. El gas no distingue uniformes. Mata soldados de ambos lados cuando el viento cambia. ¿Eso también es patriotismo?

Fritz no respondió. Sus ojos se endurecieron.

Clara lo observó unos segundos más, como si buscara al hombre que había conocido años atrás. No lo encontró.

—La ciencia debería servir para mejorar la vida —murmuró—. No para inventar maneras más eficientes de destruirla.

Se dio la vuelta.

—No pienso formar parte de esto.

Cruzó la habitación y salió. La puerta se cerró de golpe.

El despacho quedó en silencio.

Durante unos segundos solo se oyeron pasos alejándose por el jardín.

Luego, un disparo.

Fritz se quedó helado. Tardó un instante en reaccionar. Caminó hasta la ventana y miró hacia fuera.

En la oscuridad del jardín vio el cuerpo de Clara en el suelo.

El mundo pareció detenerse.

Bajó corriendo. Cuando llegó junto a ella ya sabía que era inútil. Se arrodilló, temblando, y durante unos minutos lloró sin decir una palabra.

Finalmente se quedó quieto.

Respiró hondo. Se secó las lágrimas con la manga.

Miró la noche alrededor, como si buscara algo que le diera sentido a lo ocurrido.

“Tenemos que ganar la guerra”, pensó.

La frase le sonó hueca, pero se aferró a ella.

“Tenemos que ganar la guerra… cueste lo que cueste.”

Cerró los ojos un momento.

“Todos tenemos que pagar un precio.”

Miró el cuerpo de Clara por última vez.

—Este es el mío.

Henry Molaison. Cirugía y memoria.

Henry Molaison (1926–2008), conocido durante décadas en la literatura científica simplemente como H.M., es uno de los pacientes más famosos en la historia de la neurociencia. Su caso permitió comprender cómo funciona la memoria en el cerebro humano.


1. Motivo de la operación

Desde la infancia, Molaison sufría epilepsia grave. Tras un accidente en bicicleta a los 7 años, comenzó a tener crisis cada vez más intensas. En la adolescencia y adultez temprana:

  • Tenía convulsiones frecuentes y debilitantes.

  • Los medicamentos disponibles en los años 40-50 no controlaban las crisis.

  • Sus ataques impedían llevar una vida normal y trabajar.

Ante la falta de tratamientos efectivos, los médicos decidieron intentar una cirugía experimental.


2. La operación (1953)

En 1953, cuando tenía 27 años, el neurocirujano William Beecher Scoville realizó una operación llamada lobectomía temporal medial bilateral.

Qué partes del cerebro se retiraron

Scoville extrajo tejido de ambos lóbulos temporales mediales, incluyendo:

  • gran parte del hippocampus

  • la amygdala

  • corteza entorrinal y parahipocampal

En ese momento no se sabía con precisión el papel del hipocampo en la memoria.


3. Resultado inmediato

La operación sí redujo mucho sus ataques epilépticos, pero produjo un efecto inesperado y profundo:

👉 Molaison perdió la capacidad de formar nuevos recuerdos a largo plazo.

Esta condición se llama amnesia anterógrada.


4. Cómo funcionaba su memoria después

Tras la cirugía:

Lo que podía hacer

  • Recordaba su infancia y juventud (memoria anterior a la operación).

  • Podía mantener una conversación durante unos segundos o minutos.

  • Conservaba habilidades motoras y podía aprender tareas motoras (por ejemplo, dibujar mirando un espejo), aunque no recordaba haberlas practicado.

Esto mostró que existen diferentes tipos de memoria.

Lo que no podía hacer

  • No podía crear recuerdos declarativos nuevos (personas, eventos, lugares).

  • Si alguien salía de la habitación y regresaba minutos después, podía no reconocerlo.

  • Vivía constantemente en una especie de presente permanente.


5. Descubrimientos científicos gracias a su caso

El estudio de Molaison, especialmente por la neuropsicóloga Brenda Milner, revolucionó la neurociencia.

Su caso demostró que:

  1. El hipocampo es esencial para formar nuevos recuerdos.

  2. La memoria no es un único sistema, sino varios:

    • memoria declarativa (hechos y episodios)

    • memoria procedimental (habilidades)

  3. Los recuerdos se almacenan en diferentes regiones del cerebro, no solo en el hipocampo.


6. Estudio durante toda su vida

Molaison fue estudiado durante más de 50 años. Tras su muerte en 2008:

  • su cerebro fue escaneado y cortado en miles de secciones microscópicas para estudiarlo con detalle.

Esto permitió confirmar exactamente qué estructuras se habían eliminado.


En resumen:
La operación de Henry Molaison fue un intento experimental de tratar una epilepsia grave. Aunque redujo sus convulsiones, destruyó estructuras clave del sistema de memoria, impidiéndole formar recuerdos nuevos. Su caso se convirtió en uno de los más importantes para entender cómo el cerebro crea y almacena la memoria.


Si quieres, también puedo explicarte algo muy curioso del caso de H.M.: por qué podía aprender habilidades nuevas aunque no recordara haberlas aprendido, un hallazgo que cambió la teoría de la memoria. 🧠

Dramatización. Un reportero se entrevista con Henry Molaison durante sus últimos años de vida. Su esposa dice que no recuerda nada posterior a los años 1950 y que vuelve de los paseos con perros de los vecinos o con carteras que luego no sabe de quién son. Molaison se siente a gusto con sus vecinos ante los que no siente prevención pero no recuerda ni puede explicar por qué. La esposa dice que una vez le quitó el reloj a su marido para cambiarle la correa y que se fue a dormir Molaison porque ya no podía precisar qué hora era.
Escritura

Dramatización — Entrevista a Henry Molaison en sus últimos años

La tarde entra suave por la ventana del salón. Hay fotos antiguas enmarcadas, casi todas en blanco y negro. En el sofá, Henry Molaison mira con curiosidad al visitante que acaba de sentarse frente a él. A su lado, su esposa observa con una mezcla de ternura y costumbre.

REPORTERO:
Gracias por recibirme, señor Molaison.

HENRY:
Encantado… ¿Nos conocemos?

REPORTERO (sonríe con suavidad):
No, es la primera vez que nos vemos.

HENRY:
Ah. Bien, bien.

Henry se queda mirándolo con atención, como si quisiera fijar su cara en algún lugar de su mente.

ESPOSA:
No lo recordará dentro de unos minutos. No se lo tome como algo personal.

REPORTERO:
Lo entiendo.

ESPOSA:
Henry recuerda perfectamente su infancia, sus padres, la casa donde creció… pero todo lo que vino después de los años cincuenta es como si no se quedara guardado en ningún sitio.

Henry escucha la conversación con interés, como si hablaran de otra persona.

HENRY:
¿De verdad? Vaya… eso suena incómodo.

La esposa sonríe.

ESPOSA:
Lo es un poco.

El reportero abre su libreta.

REPORTERO:
Me han contado que a veces vuelve a casa con cosas que no sabe de dónde han salido.

ESPOSA:
Oh, sí. Los vecinos ya están acostumbrados.

Henry parece divertido.

HENRY:
¿Ah, sí?

ESPOSA:
El otro día volvió paseando el perro de la señora Martínez.

Henry frunce el ceño.

HENRY:
¿Yo tengo perro?

ESPOSA:
No.

HENRY:
Entonces… ¿por qué paseaba uno?

ESPOSA:
Porque ella se lo pidió y usted dijo que sí.

Henry asiente lentamente, como si la explicación le pareciera razonable.

ESPOSA:
También ha vuelto con carteras o bolsas que algún vecino le da para que las traiga… pero luego ya no recuerda quién se las dio.

HENRY:
Eso suena peligroso.

ESPOSA:
Un poco. Pero en el barrio todos le conocen.

Henry mira hacia la ventana.

HENRY:
La gente es amable conmigo.

REPORTERO:
¿Se siente cómodo con ellos?

HENRY:
Sí… mucho.

Hace una pausa.

HENRY:
No sabría decir por qué.

La esposa responde en voz baja:

ESPOSA:
Porque lo han tratado bien durante años.

Henry la mira con curiosidad, como si acabara de oír esa información por primera vez.

REPORTERO:
¿Le preocupa no recordar cosas recientes?

Henry piensa unos segundos.

HENRY:
No sé… supongo que no puedo echar de menos algo que no recuerdo haber tenido.

El reportero guarda silencio un momento.

ESPOSA (riendo suavemente):
A veces la memoria también juega trucos curiosos.

REPORTERO:
¿Cómo cuáles?

ESPOSA:
Una noche le quité el reloj para cambiarle la correa.

Henry se toca la muñeca instintivamente.

ESPOSA:
Cuando se dio cuenta de que no lo tenía, se quedó muy confundido.

HENRY:
¿Y qué pasó?

ESPOSA:
Me preguntó qué hora era. Se lo dije.

HENRY:
Bien.

ESPOSA:
Y entonces dijo: “Si no tengo reloj, no puedo saber cuándo despertarme mañana.”

Henry se queda pensativo.

ESPOSA:
Cinco minutos después decidió irse a dormir.

REPORTERO:
¿Porque…?

ESPOSA:
Porque sin reloj ya no podía precisar qué hora era.

Henry se encoge de hombros, con una sonrisa tranquila.

HENRY:
Supongo que tenía sentido.

Los tres se quedan en silencio unos segundos.

Henry vuelve a mirar al reportero.

HENRY:
Disculpe… ¿usted quién era?

El reportero sonríe otra vez.

REPORTERO:
Un periodista que venía a conocerle.

Henry asiente, amable, como si fuera la primera vez que oye la explicación.

HENRY:
Encantado.

El trabajo infantil en la Historia de España.


 A lo largo del siglo XIX el trabajo infantil era algo muy habitual en España. En aquella época el país era bastante pobre y muchas familias dependían de que todos sus miembros aportaran algo de dinero para poder sobrevivir. Por eso no era extraño que los niños empezaran a trabajar desde muy pequeños, a veces incluso antes de los diez años. Muchos lo hacían en el campo, ayudando en tareas agrícolas o cuidando animales. Otros trabajaban en fábricas, sobre todo en la industria textil, o en minas, talleres artesanales, comercios pequeños o como sirvientes en casas de familias más ricas.

Las condiciones de trabajo para estos niños solían ser bastante duras. Las jornadas podían durar entre diez y catorce horas al día, los salarios eran muy bajos y, en muchos casos, los trabajos eran peligrosos o poco saludables. Además, al tener que trabajar desde tan pequeños, muchos niños apenas podían ir a la escuela o directamente abandonaban los estudios para ayudar a sus familias. En aquel momento el trabajo infantil no estaba bien regulado y, aunque algunas personas ya lo criticaban, durante mucho tiempo fue considerado algo normal dentro de la sociedad.

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX empezó a crecer la preocupación por la situación de los menores trabajadores. Poco a poco fueron apareciendo leyes destinadas a protegerlos. Una de las más importantes fue la Ley de 1900, que intentó poner ciertos límites al empleo de niños. Esta norma prohibía que trabajaran los menores de diez años y establecía restricciones para los que tenían entre diez y catorce. También impedía que los menores trabajaran de noche, limitaba el número de horas que podían trabajar y prohibía que fueran empleados en tareas peligrosas o insalubres. Además, los empresarios debían asegurarse de que el menor tenía permiso de sus padres y un certificado que demostrara su edad.

Con el paso del tiempo estas medidas se fueron ampliando. Se introdujeron normas sobre descanso semanal, seguridad en el trabajo y otras limitaciones destinadas a evitar abusos por parte de los empleadores. La idea era que los niños no quedaran atrapados en trabajos excesivamente duros y que pudieran seguir asistiendo a la escuela.

Hoy en día la situación en España es muy distinta. La legislación actual establece que la edad mínima para trabajar es de dieciséis años. Incluso los jóvenes entre dieciséis y dieciocho tienen ciertas protecciones especiales: no pueden realizar trabajos peligrosos, ni trabajar de noche, ni hacer jornadas excesivas. En general, el trabajo infantil prácticamente ha desaparecido en España, aunque en casos muy aislados pueden darse situaciones irregulares, por ejemplo en algunos entornos familiares o en economía informal. Aun así, la ley es bastante estricta y estas situaciones se persiguen.

En cuanto a la opinión de la pensadora española Concepción Arenal, fue una de las figuras que más se preocupó por la situación de los niños pobres durante el siglo XIX. Ella defendía que la infancia debía ser una etapa dedicada principalmente a la educación y al desarrollo personal, no al trabajo duro. Aunque entendía que muchas familias pobres necesitaban la ayuda económica de sus hijos, consideraba que la sociedad y el Estado tenían la responsabilidad de proteger a los menores. Criticaba especialmente los trabajos excesivos en fábricas y talleres, porque pensaba que dañaban tanto la salud física como el desarrollo moral de los niños.

Arenal creía que la solución no era culpar a las familias pobres por enviar a sus hijos a trabajar, sino mejorar sus condiciones de vida y ofrecer más oportunidades educativas. Para ella, la educación era la clave para romper el ciclo de la pobreza y evitar que los niños tuvieran que incorporarse demasiado pronto al mundo laboral.

En resumen, el trabajo infantil fue una realidad muy extendida en España durante el siglo XIX y parte del XX, pero con el tiempo las leyes y los cambios sociales fueron reduciéndolo hasta casi hacerlo desaparecer. Hoy se considera una práctica inaceptable, y tanto la legislación como la conciencia social buscan proteger la infancia para que los niños puedan dedicarse principalmente a estudiar y desarrollarse.

Los padres del teléfono.


 La historia del teléfono está llena de inventores que llegaron muy cerca de la misma idea casi al mismo tiempo, y por eso también está llena de peleas por patentes. El caso más famoso es el de Alexander Graham Bell y la compañía Western Union, que a finales del siglo XIX se enfrentaron en uno de los conflictos tecnológicos más importantes de la época.

Bell registró su patente del teléfono en 1876. La solicitud se convirtió en la Bell telephone patent 174,465, y fue crucial porque describía un sistema capaz de transmitir la voz humana mediante electricidad. El problema es que otras personas estaban trabajando en ideas muy parecidas. Entre ellas estaba Elisha Gray, que presentó el mismo día un documento relacionado con un transmisor de voz eléctrico. Bell llegó primero al registro formal, y eso fue decisivo.

Poco después entró en escena Western Union, que en ese momento era el gigante de las telecomunicaciones (sobre todo por el telégrafo). La empresa pensaba que el teléfono no era más que una extensión del telégrafo y decidió apoyar a inventores que competían con Bell. Uno de los más importantes era Thomas Edison, que desarrolló un transmisor de carbono que mejoraba mucho la calidad del sonido. Western Union empezó a explotar teléfonos basados en esas mejoras, desafiando la patente de Bell.

La disputa acabó en tribunales. Durante varios años, la Bell Telephone Company (la empresa creada para explotar la patente de Bell) y Western Union se enfrentaron con demandas y contrademandas. En 1879 llegaron a un acuerdo bastante histórico: Western Union reconocía las patentes de Bell y abandonaba el negocio del teléfono, mientras que la compañía de Bell pagaría a Western Union un porcentaje de los ingresos por unos años. Ese acuerdo consolidó el dominio de Bell en la naciente industria telefónica.

Más allá de la tecnología, la vida personal de Bell también influyó mucho en su trabajo. Él estaba muy implicado en la educación de personas sordas. Su madre tenía problemas de audición y su esposa, Mabel Gardiner Hubbard, era sorda desde niña por una enfermedad. Bell trabajó como profesor de lenguaje para personas sordas y desarrolló métodos para enseñarles a hablar y leer los labios. Estaba muy interesado en cómo se produce y se transmite el sonido humano; de hecho, parte de su investigación sobre la voz y la acústica surgió de ese trabajo educativo.

Ese interés por el sonido y la articulación del habla fue una de las cosas que lo llevó a experimentar con dispositivos eléctricos que pudieran transmitir voz. En otras palabras: su contacto con el mundo de la sordera no fue un detalle menor en su vida, sino un factor bastante directo en el camino que lo llevó al teléfono.

Pero Bell no fue el único precursor importante. Mucho antes, el inventor italiano Antonio Meucci ya había desarrollado un aparato para transmitir voz a distancia dentro de su casa. Él lo llamaba Telettrofono, que a veces en español se traduce como “electrófono”. Lo ideó en la década de 1850 mientras vivía en New York City. Su esposa estaba enferma y tenía movilidad reducida, así que Meucci quería un sistema para comunicarse entre habitaciones.

El aparato utilizaba cables eléctricos y un sistema de vibración que convertía la voz en señales eléctricas y luego otra vez en sonido. No era idéntico al teléfono moderno, pero la idea básica de transmitir voz por electricidad ya estaba ahí. El problema fue que Meucci tenía graves dificultades económicas. En 1871 presentó un aviso de patente provisional (lo que en Estados Unidos se llamaba caveat), pero no pudo pagar las renovaciones anuales necesarias para mantenerlo.

Cuando Bell patentó su teléfono años después, Meucci ya había perdido esa protección legal. Durante mucho tiempo hubo polémica sobre si Bell se había beneficiado indirectamente de ideas de Meucci. No se demostró judicialmente que hubiera copiado el diseño, pero el debate histórico siguió. De hecho, en 2002 la United States House of Representatives aprobó una resolución reconociendo la contribución pionera de Meucci al desarrollo del teléfono.

En resumen, el teléfono no nació de una sola mente aislada. Bell fue quien consiguió la patente decisiva y crear la industria alrededor de ella, pero otros inventores —como Meucci o Gray— habían llegado muy cerca de la misma idea. Y curiosamente, en el caso de Bell, el origen de todo está bastante ligado a su trabajo con personas sordas y a su interés casi obsesivo por entender cómo funciona la voz humana.

jueves, 5 de marzo de 2026

Qué es una curatela?

 En la legislación española, la curatela es una medida de apoyo que pone un juez para ayudar a una persona que tiene dificultades para gestionar ciertos aspectos de su vida, sobre todo temas legales o económicos. No significa que esa persona pierda toda su capacidad para decidir, sino que necesita a alguien que le eche una mano en determinadas cosas. Este sistema se reforzó con la reforma de la ley que hizo Ley 8/2021 de apoyo a las personas con discapacidad en el ejercicio de su capacidad jurídica, que cambió bastante el enfoque: antes se hablaba más de “incapacitar” a alguien, y ahora la idea es dar apoyos para que la persona pueda decidir por sí misma todo lo posible.

La curatela la establece un juez cuando ve que una persona, normalmente por una discapacidad o por problemas graves para manejarse en ciertos asuntos, necesita apoyo. El curador —que es quien presta ese apoyo— puede ser un familiar, alguien cercano o incluso una institución si no hay nadie adecuado alrededor. Su papel puede ser muy limitado (por ejemplo, solo ayudar a firmar contratos o gestionar dinero) o algo más amplio, dependiendo de lo que diga la resolución judicial.

¿Quién puede beneficiarse? Básicamente personas adultas que necesitan apoyo para ejercer su capacidad jurídica. Esto suele pasar con personas con discapacidad intelectual, problemas de salud mental graves, deterioro cognitivo como el que aparece con enfermedades tipo Alzheimer's disease, o situaciones similares en las que la persona entiende muchas cosas pero necesita ayuda para otras. No es una etiqueta automática: cada caso se estudia individualmente.

La curatela no es necesariamente para siempre. Se puede retirar o modificar cuando cambian las circunstancias. Por ejemplo, si la persona mejora, si ya no necesita ese nivel de apoyo, si el curador no está cumpliendo bien su función o si aparece una forma de apoyo más adecuada. En esos casos, se vuelve a acudir al juez y se revisa la medida. También puede terminar si fallece la persona o si el juez decide sustituir al curador por otra persona.

En resumen, la curatela en España ya no se entiende como “quitarle capacidad” a alguien, sino como poner un apoyo legal para que la persona pueda seguir tomando decisiones con ayuda cuando lo necesite. La clave está en que el apoyo sea proporcional y adaptado a la situación concreta.

La marcha japonesa.

 


La marcha japonesa es una forma de caminar para hacer ejercicio que viene de investigaciones hechas en Japón y que se hizo popular porque es sencilla pero bastante efectiva. Básicamente consiste en caminar alternando ritmos: unos minutos a paso rápido y otros minutos más suave, y repetir ese ciclo varias veces.

La idea es algo así: caminas 3 minutos rápido (a un ritmo en el que respiras más fuerte pero todavía puedes hablar entre frases) y luego 3 minutos más lento, para recuperar. Eso lo repites varias veces, normalmente durante unos 30 minutos en total. No es correr ni nada extremo; sigue siendo caminar, pero jugando con la intensidad.

Este método salió de estudios de la Shinshu University en Japón, dirigidos por el investigador Hiroshi Nose. Lo probaron sobre todo con adultos de mediana edad y mayores, y vieron que mejorar la resistencia, la presión arterial y la fuerza de las piernas era más fácil así que simplemente caminar siempre al mismo ritmo.

La gracia es que el cuerpo recibe pequeños “picos” de esfuerzo cuando vas rápido, y luego se recupera cuando bajas el ritmo. Eso hace que el entrenamiento sea más efectivo que caminar siempre suave, pero sin llegar al impacto o al esfuerzo de correr.

En la práctica es muy simple: sales a caminar, pones un temporizador o miras el reloj, haces 3 minutos con ganas, luego 3 minutos tranquilo, y repites el ciclo unas cinco veces. Mucha gente lo hace porque es fácil de encajar en el día a día y no necesitas nada especial, solo unas zapatillas cómodas.

sábado, 28 de febrero de 2026

El muralismo mexicano.

 


El muralismo mexicano nace, básicamente, como una explosión artística después de la Revolución Mexicana. Imagínate el país saliendo de años de conflicto armado, tratando de reconstruirse no solo en lo político, sino también en lo cultural. El nuevo gobierno quería unificar a la población, reforzar la identidad nacional y educar a un pueblo que en su mayoría era analfabeta. ¿La solución? Pintar la historia, las luchas y los ideales directamente en los muros de edificios públicos. Que el arte no estuviera encerrado en museos para unos cuantos, sino a la vista de todos.

Ahí es donde aparecen los “tres grandes”: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Cada uno tenía su estilo y su carácter, y vaya que lo tenían.

Diego Rivera era quizá el más famoso a nivel internacional. Tenía una visión muy clara de exaltar lo indígena, lo popular, lo obrero. Sus murales están llenos de color, de escenas históricas, de personajes que cuentan la historia de México como si fuera una gran novela visual. Además, su vida personal —incluyendo su relación con Frida Kahlo— lo convirtió en figura mediática. Rivera tenía una manera muy narrativa de pintar: te parabas frente a un muro suyo y casi podías “leerlo”.

Siqueiros, en cambio, era más experimental y más radical políticamente. Militante comunista convencido, participó activamente en movimientos políticos y eso se sentía en su obra. Técnicamente fue muy innovador: usaba nuevas perspectivas, ángulos dramáticos, incluso materiales industriales. Sus murales no solo se ven, casi se sienten; tienen dinamismo, tensión, movimiento. Él quería que el espectador se involucrara físicamente con la obra.

Orozco, por su parte, era quizá el más crítico y menos idealista. Mientras Rivera tendía a glorificar ciertos aspectos de la historia, Orozco mostraba también el dolor, la tragedia y la contradicción humana. Su visión era más cruda, más existencial.

El muralismo no solo fue un movimiento artístico, fue un proyecto cultural y político. Influyó en otros países de América Latina e incluso en Estados Unidos, donde varios de estos artistas trabajaron. Además, cambió la idea de para quién es el arte: lo volvió público, monumental y profundamente social.

Ya en la segunda mitad del siglo XX, el panorama artístico mexicano se volvió mucho más diverso. Después de los muralistas, muchos artistas quisieron romper con ese peso tan grande de lo nacionalista y lo político explícito. Por ejemplo, Rufino Tamayo tomó un camino distinto: aunque también era mexicano y trabajaba temas de identidad, su enfoque era más universal, más ligado al color y a la exploración plástica que al discurso político directo.

Más adelante aparecen figuras como Francisco Toledo, profundamente ligado a Oaxaca, con una obra que mezcla tradición, mitología, naturaleza y una sensibilidad muy personal. O Manuel Felguérez, uno de los impulsores de la abstracción en México, que rompió con el dominio del muralismo figurativo.

Y ya hacia finales del siglo XX y principios del XXI, el arte contemporáneo mexicano se vuelve todavía más global. Artistas como Gabriel Orozco trabajan con instalación, fotografía, objetos cotidianos resignificados; su obra dialoga con circuitos internacionales. Teresa Margolles aborda temas durísimos como la violencia y la muerte en México desde una perspectiva conceptual y casi forense. Y Betsabeé Romero juega con símbolos populares, como los autos y las llantas, para hablar de migración e identidad.

Si lo ves en conjunto, el muralismo fue como el gran punto de arranque moderno del arte mexicano: puso el arte en la calle, lo cargó de identidad y de postura política. Después vinieron generaciones que discutieron con ese legado: unos lo continuaron, otros lo rompieron, otros lo transformaron. Pero todos, de alguna manera, dialogan con esos muros enormes que contaron la historia de un país entero a brochazos gigantes.

Fritz Haber, padre de la guerra química.

 La vida de Fritz Haber es una de esas historias donde la ciencia, la guerra y la tragedia personal se mezclan de una forma casi incómoda. ...