lunes, 25 de mayo de 2026

Elogio de la mediocridad.

 —Papá, suenas derrotista.

—No. Sueno cansado. Que no es lo mismo.

El padre dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Había pasado diez minutos mirando vídeos de gente de veinte años levantándose a las cinco de la mañana para “dominar el día”, correr ultramaratones y facturar seis cifras antes del desayuno.

—Mira, cuando yo tenía tu edad me dijeron algo muy sencillo: estudia, trabaja duro, sé responsable… y te irá bien. Y durante un tiempo parecía verdad. Había grietas, claro, pero el suelo parecía firme. Luego vino 2008 y descubrimos que podías hacer todo “correcto” y aun así perder el trabajo, la casa o los ahorros porque unos tipos en traje habían apostado el planeta al blackjack.

El hijo removió el café sin mirarlo.

—Y luego llegó el Covid —continuó el padre—. Ahí ya se rompió la última ilusión. Empresas cerrando, gente impecable despedida por Zoom, autónomos arruinados, médicos destrozados, chavales encerrados dos años aprendiendo a vivir a través de una pantalla. Y mientras tanto, los más ricos duplicando su fortuna. ¿Qué lección se suponía que sacarais vosotros de eso? ¿Que el esfuerzo siempre tiene recompensa?

—Bueno, pero algo habrá que hacer.

—Claro que hay que hacer cosas. Pero no mentir. Ese es el problema. A vosotros os vendieron una meritocracia y luego os dejaron vivir en un casino.

El hijo levantó la vista.

—¿Entonces qué? ¿No merece la pena esforzarse?

—Sí merece la pena. Pero no porque el mundo vaya a darte lo que mereces. Eso es lo cruel de la historia que os contamos. Confundimos “esfuérzate” con “el universo será justo contigo”. Y el universo no firma contratos.

Hubo silencio. El padre sonrió con amargura.

—Antes uno corría porque era sano. Salías media hora, despejabas la cabeza, volvías sudado y feliz. Ahora parece que si no corres una maratón no existes. Y no basta con correrla: tienes que grabarla, subirla, monetizarla y poner un vídeo llorando al cruzar la meta con música épica. Si no está en redes, parece que no ha ocurrido.

—Eso es un poco exagerado.

—¿Seguro? Mira a tu alrededor. La gente ya no vive; documenta. Todo se convirtió en una competición invisible. Quién trabaja más. Quién duerme menos. Quién viaja más. Quién tiene mejor cuerpo. Quién optimiza mejor su ansiedad. Y todos agotados intentando subir un peldaño en una jerarquía que nadie entiende y que nadie disfruta.

El hijo soltó una risa seca.

—Optimizar la ansiedad… eso ha sonado muy LinkedIn.

—Porque es verdad. El estrés ya no es una consecuencia; es una identidad. Si dices que estás tranquilo, parece que eres un fracasado. Y encima os hicieron creer que vuestra vida también es vuestra marca personal. Que cada error puede hacerse viral. Que vuestra reputación social depende de un algoritmo.

El padre se inclinó hacia delante.

—Y luego está lo otro.

—¿OnlyFans?

—OnlyFans, sí. O cualquier cosa parecida. No voy a fingir escándalo moral, porque bastante hipócrita sería. Pero me impresiona que tanta gente joven haya interiorizado que incluso su intimidad es un recurso económico más. Como si el mercado hubiese entrado ya hasta el último rincón de la persona. Tu cuerpo, tu tiempo, tu personalidad, tus relaciones… todo convertible en contenido si hace falta pagar el alquiler.

—Suena bastante oscuro cuando lo dices así.

—Porque lo es un poco. Y aun así os exigen optimismo. “Mentalidad ganadora”. “Manifestar abundancia”. “Si no triunfas es porque no lo deseas suficiente”. Qué casualidad que un sistema roto siempre encuentre la forma de convertir el fracaso en culpa individual.

El hijo bajó la mirada.

—Entonces… ¿qué le dirías a un hijo?

El padre tardó en responder.

—La verdad. Le diría: trabaja, sí. Aprende cosas. Intenta construir una vida digna. Cuida a la gente que quieres. Pero no confundas esfuerzo con garantía. No sacrifiques tu salud pensando que el dolor siempre será recompensado. Y no bases tu valor en la mirada de miles de desconocidos.

Se quedó callado un momento.

—Porque prometerle a alguien que el mundo le dará exactamente lo que merece si se esfuerza… eso no es esperanza. Es crueldad.

La astenia primaveral;¿Cómo prevenirla?

 LOCUTOR:

Los "círculos" de la cosecha.

 


Los llamados “círculos de la cosecha” —también conocidos por el anglicismo crop circles— son figuras geométricas realizadas sobre campos de cultivo mediante el doblado deliberado de las plantas, especialmente trigo, cebada o maíz. Aunque desde finales del siglo XX han sido asociados por ciertos sectores ufológicos con visitas extraterrestres, la evidencia histórica, técnica y testimonial muestra que se trata de obras humanas.

Origen contemporáneo del fenómeno

El fenómeno moderno de los círculos de la cosecha comenzó a popularizarse en el sur de Inglaterra durante las décadas de 1970 y 1980, especialmente en el condado de Wiltshire, cerca de monumentos megalíticos como Stonehenge y Avebury. Estas localizaciones favorecieron la aparición de interpretaciones esotéricas vinculadas a “líneas telúricas”, energías misteriosas y visitantes extraterrestres.

Sin embargo, los responsables originales más conocidos fueron dos británicos: Doug Bower y Dave Chorley. Ambos confesaron públicamente en 1991 haber realizado numerosos círculos desde finales de los años setenta utilizando métodos simples: cuerdas, estacas, tablones de madera y mediciones geométricas básicas.

Su intención inicial era una mezcla de broma, desafío artístico y experimentación social. Inspirados parcialmente por relatos australianos sobre supuestos “nidos de ovnis”, comenzaron creando figuras sencillas de noche para alimentar el misterio. Con el tiempo, otros grupos imitaron y perfeccionaron la práctica, dando lugar a diseños extremadamente complejos.

Técnica y elaboración

Los círculos de la cosecha se realizan generalmente aplastando o doblando los tallos sin romperlos completamente. Esto permite crear patrones visibles desde cierta altura. A partir de los años noventa, las composiciones evolucionaron hacia:

  • fractales,
  • espirales,
  • figuras matemáticas,
  • símbolos pseudoarqueológicos,
  • diseños inspirados en geometría sagrada.

Muchos equipos contemporáneos trabajan de manera organizada y consideran sus creaciones una forma de intervención artística efímera en el paisaje.

Relación con el Land Art

Sí es razonable encuadrar buena parte de los círculos de la cosecha dentro del ámbito del Land Art, aunque con matices.

El Land Art surgió a finales de los años sesenta como una corriente artística que utiliza el paisaje natural como soporte y materia de la obra. Artistas como Robert Smithson, creador de Spiral Jetty, o Andy Goldsworthy desarrollaron obras efímeras integradas en la naturaleza.

Los círculos de la cosecha comparten varios rasgos con el Land Art:

  • intervención directa sobre el territorio,
  • carácter efímero,
  • importancia de la percepción aérea,
  • uso de geometría y escala,
  • interacción entre naturaleza y acción humana.

No obstante, existe una diferencia importante: el Land Art institucional suele presentarse explícitamente como arte, mientras que muchos creadores de crop circles fomentaron deliberadamente el misterio o el anonimato. En algunos casos, el componente performativo y mediático era tan importante como la figura misma.

Por ello, algunos historiadores del arte consideran los círculos de la cosecha una forma híbrida entre:

  • arte ambiental,
  • performance colectiva,
  • cultura popular contemporánea,
  • engaño artístico deliberado (art hoax).

Por qué no son obra extraterrestre

Las hipótesis extraterrestres carecen de evidencia científica verificable. Los argumentos principales contra esa interpretación son numerosos.

1. Existencia de autores confesos

Numerosos artistas y colectivos han mostrado públicamente cómo realizan estas figuras. Existen grabaciones, fotografías en proceso y demostraciones en tiempo real.

2. Métodos técnicamente suficientes

No se requieren tecnologías desconocidas. Con herramientas simples y planificación geométrica es posible producir diseños complejos en pocas horas, especialmente trabajando en equipo y utilizando GPS, cintas métricas y puntos de referencia.

3. Ausencia de pruebas físicas extraordinarias

Los estudios científicos no han encontrado:

  • radiación anómala,
  • alteraciones biológicas inexplicables,
  • materiales desconocidos,
  • rastros tecnológicos no humanos.

Las supuestas “evidencias” suelen deberse a:

  • errores de interpretación,
  • fraude,
  • sesgos de confirmación,
  • fenómenos naturales comunes.

4. Evolución cultural del fenómeno

Los diseños evolucionan siguiendo tendencias artísticas humanas y referencias culturales contemporáneas. Algunas figuras incluso contienen:

  • códigos binarios,
  • iconografía digital,
  • alusiones matemáticas modernas,
  • mensajes deliberadamente irónicos.

Eso resulta mucho más coherente con autores humanos insertos en una cultura concreta que con inteligencias extraterrestres.

5. Incentivos económicos y mediáticos

Durante los años noventa y principios de los dos mil, el fenómeno generó:

  • turismo,
  • documentales,
  • venta de libros,
  • conferencias ufológicas,
  • explotación mediática.

Ello incentivó tanto la producción artística como la amplificación pseudocientífica del misterio.

La persistencia del mito ufológico

Pese a la abundancia de explicaciones racionales, el vínculo con extraterrestres persiste por varias razones:

  • atractivo psicológico del misterio,
  • fascinación contemporánea por los ovnis,
  • dificultad intuitiva para imaginar el trabajo geométrico nocturno,
  • difusión mediática sensacionalista,
  • sesgo cognitivo hacia explicaciones extraordinarias.

El fenómeno constituye un ejemplo clásico de cómo una intervención artística y lúdica puede transformarse en mito moderno mediante la interacción entre medios de comunicación, creencias esotéricas y cultura popular.

En consecuencia, el consenso histórico y científico considera los círculos de la cosecha una creación humana, relacionada en muchos casos con prácticas cercanas al arte ambiental y al Land Art, no con actividad extraterrestre.

Los testigos molestos de las atrocidades de los hombres del rey Leopoldo II en el Congo. Casement, Sheppard y los demás.

 


A finales del siglo XIX el Congo no era todavía una colonia belga “normal”, sino prácticamente la propiedad privada del rey Leopold II. Él había convencido a media Europa de que estaba llevando “civilización” y lucha contra la esclavitud al África central, pero en la práctica montó un sistema brutal de extracción de caucho y marfil. Las empresas concesionarias y la administración del llamado Estado Libre del Congo obligaban a aldeas enteras a cumplir cuotas imposibles. Si no llegaban, venían los castigos: rehenes, incendios, mutilaciones y asesinatos. Durante años en Europa mucha gente prefirió no mirar demasiado de cerca porque el negocio daba dinero y porque la propaganda colonial funcionaba bastante bien.

Ahí aparece una figura decisiva: Roger Casement. Casement era cónsul británico y viajó al Congo a comienzos del siglo XX. No era un revolucionario romántico desde el principio; más bien era un funcionario imperial británico bastante clásico. Pero lo que vio allí le cambió profundamente. Recorrió pueblos, habló con supervivientes, recogió testimonios directos y fue comprobando que las historias de terror no eran exageraciones de misioneros o rivales políticos de Bélgica. Había un sistema entero construido sobre el miedo.

En 1904 publicó el famoso “Informe Casement”, un documento demoledor que describía cómo funcionaba realmente el régimen de Leopoldo. El informe tuvo un impacto enorme porque no venía de un panfleto militante sino de un diplomático oficial británico. De pronto, las denuncias adquirían una credibilidad imposible de ignorar. Casement detallaba el uso de la Force Publique —el ejército colonial— para aterrorizar a la población, las amputaciones de manos como prueba de que las balas no se habían desperdiciado y la destrucción sistemática de comunidades enteras. El escándalo internacional empezó a crecer de verdad a partir de ahí.

Y junto a Casement fue muy importante el trabajo de misioneros protestantes y activistas europeos que llevaban años denunciando lo mismo. Entre ellos destacó especialmente E. D. Morel, aunque técnicamente no era misionero sino periodista y organizador político. Morel descubrió algo muy revelador trabajando para una naviera: hacia el Congo salían armas y soldados, y de vuelta llegaban toneladas de caucho y marfil, pero casi no había comercio “normal”. Aquello no cuadraba con la idea de una economía libre; parecía más bien un sistema de saqueo armado. Él y Casement acabaron colaborando estrechamente en la Congo Reform Association, una de las primeras grandes campañas internacionales de derechos humanos del siglo XX.

Sobre “Sephard”, probablemente te refieres al misionero William Henry Sheppard, cuyo apellido a veces aparece deformado en textos o traducciones. Sheppard fue una figura fascinante porque era un misionero presbiteriano afroamericano que trabajó muchos años en el Congo. Tenía una cercanía con la población local que muchos europeos coloniales no tenían, y documentó atrocidades cometidas especialmente por compañías caucheras como la Kasai Rubber Company. Recogió pruebas, testimonios y observaciones directas sobre matanzas y abusos. En un momento bastante increíble para la época, la empresa intentó demandarlo por difamación, pero el juicio terminó convirtiéndose en un escaparate público de las propias atrocidades coloniales.

Los misioneros tuvieron un papel clave porque eran de los pocos europeos que vivían durante largos periodos entre la población congoleña y podían contar lo que pasaba fuera del control oficial. Además, empezaron a circular fotografías tomadas por algunos de ellos, imágenes de personas mutiladas o aldeas devastadas. Hoy estamos acostumbrados a las imágenes impactantes en prensa, pero entonces aquello fue un shock brutal para la opinión pública europea y estadounidense. Las fotos ayudaron muchísimo a romper la imagen paternalista que Leopoldo había construido.

Toda esta presión internacional terminó obligando a Bélgica a intervenir. En 1908 el Estado Libre del Congo dejó de ser propiedad personal de Leopoldo II y pasó oficialmente al control del Estado belga, convirtiéndose en el Congo Belga. Eso no significó el final del colonialismo ni mucho menos, pero sí el final de uno de los regímenes coloniales más escandalosos y violentos de la época.

La historia de Casement tiene además un giro muy llamativo. Después de convertirse en una figura internacional por su denuncia del Congo y también de abusos en la Amazonía peruana, acabó implicándose en el nacionalismo irlandés. Durante la Easter Rising fue acusado de traición por los británicos y ejecutado en 1916. Es una de esas vidas históricas llenas de contradicciones: un funcionario del Imperio británico que terminó denunciando atrocidades imperiales y acabó muriendo enfrentado al propio Reino Unido.

Los orígenes mitológicos y las referencias históricas de EL SEÑOR DE LOS ANILLOS.

 


Hablar de The Lord of the Rings sin hablar de filología es casi imposible, porque J. R. R. Tolkien no empezó imaginando un mundo y luego inventándole idiomas: hizo justo lo contrario. Era filólogo obsesionado con cómo evolucionan las palabras, los sonidos, los nombres antiguos, y de ahí acabó apareciendo toda una mitología alrededor. La Tierra Media, en el fondo, nace de una mezcla muy rara entre lingüística histórica, nostalgia cultural europea y trauma del siglo XX.

La influencia germánica está por todas partes. Tolkien era especialista en inglés antiguo y en literatura anglosajona, especialmente en Beowulf, que para él no era solo una historia de monstruos sino una ventana a una mentalidad heroica ya desaparecida. Esa idea del héroe que sabe que va a perder pero aun así combate con dignidad atraviesa toda la obra. Los Rohirrim, por ejemplo, hablan y se comportan casi como anglosajones idealizados: sus nombres, su poesía, su estructura social, incluso su sentido del honor recuerdan muchísimo a los pueblos germánicos altomedievales. Meduseld parece sacado de un salón de hidromiel de una saga nórdica.

Y luego está la mitología escandinava directamente. Gandalf ya desde el nombre viene del catálogo de enanos de la Poetic Edda. De hecho muchos nombres de enanos en The Hobbit salen casi literalmente de ahí. La figura del viajero anciano con sombrero y bastón recuerda muchísimo a Odín disfrazado de caminante. También el tono fatalista del norte europeo está muy presente: el mundo está en decadencia, la magia desaparece, los grandes pueblos antiguos se extinguen lentamente. Los elfos de Tolkien tienen mucho de los ljósálfar nórdicos, pero mezclados con una melancolía muy personal.

Lo fascinante es que Tolkien no copiaba mitos como quien recicla personajes; lo que absorbía era la atmósfera cultural profunda. Él sentía que Inglaterra había perdido una gran mitología propia tras la conquista normanda y soñaba con crear una especie de “mitología inglesa”. Por eso su legendarium parece antiguo de verdad: porque está construido con capas lingüísticas e históricas como si hubiese evolucionado durante siglos.

La influencia finesa es todavía más curiosa. Cuando Tolkien descubrió el Kalevala quedó completamente obsesionado. Llegó a decir que leerlo fue como descubrir “una bodega llena de vino increíble”. El finés le parecía bellísimo, extraño, musical, y a partir de ahí construyó el quenya, una de las lenguas élficas más importantes. Si uno escucha nombres como “Fëanor”, “Eärendil” o “Lúthien”, hay una musicalidad que no suena germánica sino más exótica y vocálica, claramente influida por el finés.

Pero no solo tomó sonidos. Muchas ideas narrativas vienen del Kalevala. La historia de Túrin Turambar tiene muchísimo del personaje finés Kullervo: un héroe trágico, maldito, violento, condenado por el destino. Tolkien prácticamente reescribió partes enteras del mito de Kullervo en clave propia. También el concepto de objetos cargados de poder y corrupción espiritual tiene ecos del sampo del Kalevala, aunque Tolkien lo transforma completamente.

Y ahí entra el tema del Anillo. Mucha gente interpreta el Anillo Único solo como una alegoría del poder político moderno o incluso de la bomba atómica, pero Tolkien siempre negó las alegorías directas. Aun así, el símbolo funciona porque toca algo muy viejo y muy universal: el deseo de dominar. El anillo concentra una idea antiquísima presente en mitos germánicos como el Andvaranaut de la Völsunga saga o el ciclo del Nibelungo. Un objeto precioso que otorga poder pero destruye moralmente a quien lo posee. Ahí también está Der Ring des Nibelungen, aunque Tolkien detestaba que lo comparasen demasiado con Wagner. Su famosa frase venía a decir: “los dos anillos son redondos y ahí acaba el parecido”.

La gran diferencia es que en Tolkien el mal no es solo codicia material. El Anillo seduce porque promete eficacia absoluta. Permite imponer la voluntad propia sobre los demás. Incluso los personajes nobles caen en la tentación porque creen que podrían usarlo “para el bien”. Esa es la clave moral cristiana de Tolkien: el mal aparece muchas veces disfrazado de buenas intenciones y deseo de orden.

También hay una dimensión casi adictiva en el Anillo. Gollum no es simplemente malvado; está consumido. El objeto altera la personalidad, el lenguaje, la percepción del tiempo. Y eso conecta con otra obsesión tolkieniana: cómo el poder deshumaniza lentamente. Boromir no cae de golpe; se convence poco a poco de que él sí sabría controlarlo. Saruman empieza buscando conocimiento y termina queriendo maquinaria, control industrial y dominación total.

La Primera Guerra Mundial atraviesa todo esto de una manera más profunda de lo que a veces se cuenta. Tolkien combatió en la batalla del Somme, una de las carnicerías más brutales de la historia moderna. Vio morir a casi todos sus amigos más íntimos. Las trincheras, el barro, la sensación de destrucción mecanizada dejaron una marca clarísima en su imaginación.

Mordor tiene mucho de paisaje industrial devastado por la guerra moderna: humo permanente, tierra estéril, maquinaria infernal, desolación absoluta. Las Marismas de los Muertos recuerdan muchísimo a los campos anegados llenos de cadáveres de la guerra de trincheras. Y Frodo, después de regresar, ya no puede volver realmente a casa. Ese detalle suele pasar desapercibido, pero probablemente es una de las cosas más autobiográficas de toda la obra. Muchos veteranos volvieron físicamente vivos pero emocionalmente incapaces de reintegrarse del todo en la vida anterior.

Sam, además, refleja bastante al soldado raso británico que Tolkien admiraba enormemente. Tolkien decía que los auténticos héroes de la guerra eran los batmen y soldados ordinarios, no los grandes oficiales. Sam representa lealtad humilde, resistencia cotidiana, capacidad de seguir adelante aunque todo parezca perdido. Muy poca épica romántica y mucho aguante humano básico.

Lo interesante es que Tolkien odiaba la lectura simplista de “Sauron = Hitler” o “el Anillo = bomba nuclear”. Él insistía en que no escribía alegorías políticas cerradas. Pero eso no significa que la guerra no estuviera dentro de la obra. Lo estaba, solo que transformada en mito. La experiencia emocional de una civilización al borde del colapso, la industrialización de la muerte, la pérdida irreversible de un mundo antiguo… todo eso sí está en cada página.

Por eso la Tierra Media se siente tan extraña: parece medieval, pero emocionalmente habla mucho del siglo XX.

En las costas de Trípoli. Primera intervención naval de la Marina estadounidenses en aguas internacionales.

 La captura de la fragata estadounidense USS Philadelphia fue uno de esos episodios que marcaron la conciencia militar y política de los primeros Estados Unidos mucho más profundamente de lo que sugeriría el tamaño relativamente modesto de la guerra. La llamada Primera Guerra Berberisca enfrentó a la joven república norteamericana con los estados corsarios del norte de África —especialmente Trípoli— en un momento en que el país todavía estaba definiendo qué significaba tener marina, comercio global y dignidad internacional.

Durante décadas, las potencias europeas habían preferido pagar tributos a los gobernantes berberiscos para garantizar la seguridad de sus mercantes en el Mediterráneo. Los estadounidenses, tras independizarse de Reino Unido, dejaron de beneficiarse de la protección británica y comenzaron a sufrir ataques y secuestros. El problema no era simplemente económico: en la imaginación política estadounidense de comienzos del siglo XIX, aquellos ataques simbolizaban la humillación de una nación todavía frágil, vulnerable y quizá incapaz de defenderse más allá del Atlántico.

El pachá de Trípoli, Yusuf Karamanli, exigía mayores pagos y acabó declarando la guerra a Estados Unidos en 1801 mediante un gesto teatral típicamente diplomático en el Magreb otomano: mandar cortar el asta de la bandera frente al consulado estadounidense. El presidente Thomas Jefferson respondió enviando una escuadra al Mediterráneo. Aquello ya era significativo. Estados Unidos apenas llevaba unos años construyendo una marina permanente, y muchos republicanos jeffersonianos desconfiaban profundamente de los grandes ejércitos y flotas permanentes, a los que asociaban con corrupción monárquica y ambiciones imperiales.

La guerra parecía manejable hasta el desastre del Philadelphia. En octubre de 1803, la fragata, al mando del comodoro William Bainbridge, perseguía un corsario tripolitano cerca del puerto enemigo cuando encalló en un arrecife mal cartografiado. La situación degeneró rápidamente en catástrofe. Incapaz de liberar el barco y sometido al fuego enemigo, Bainbridge terminó rindiéndose. Más de trescientos marinos estadounidenses fueron capturados.

Para la opinión pública estadounidense fue una humillación enorme. No sólo se había perdido una fragata moderna; el enemigo podía reutilizarla contra la propia marina norteamericana. La captura evocaba fantasmas muy sensibles para la época: cautiverio, esclavitud, impotencia y descrédito nacional. La joven marina estadounidense necesitaba una respuesta espectacular.

Y la tuvo gracias a una de las operaciones más audaces de la historia naval: la incursión dirigida por Stephen Decatur. En febrero de 1804, Decatur y un pequeño grupo de voluntarios penetraron de noche en el puerto de Trípoli a bordo de un ketch capturado, el Intrepid, disfrazados de marinos malteses. Subieron al Philadelphia, redujeron a la guardia tripolitana y prendieron fuego a la fragata antes de retirarse bajo el fuego enemigo. La operación causó sensación internacional. Incluso Horatio Nelson la consideró una de las acciones navales más atrevidas de la época.

Sin embargo, la dimensión más extraña y novelesca de la guerra no ocurrió en el mar, sino tierra adentro, y ahí aparece la figura casi delirante de William Eaton.

Eaton era un personaje profundamente inestable y fascinante. Ex oficial del ejército, aventurero, diplomático frustrado y hombre de temperamento volcánico, reunía varias características típicas de ciertos estadounidenses tempranos: ambición feroz, desprecio por las jerarquías tradicionales, patriotismo exaltado y una notable tendencia al caos personal. Había servido como cónsul en Túnez y desarrolló un odio obsesivo hacia los gobernantes berberiscos, a quienes veía simultáneamente como tiranos decadentes y como adversarios dignos de una cruzada republicana.

Pero Eaton no era simplemente un fanático patriótico. También era egocéntrico, teatral y peligrosamente impulsivo. Se imaginaba a sí mismo como una mezcla de conquistador clásico, agente secreto y libertador revolucionario. Tenía además una tendencia constante a exagerar sus propios logros y a enemistarse con superiores y aliados. Muchos contemporáneos lo consideraban brillante; otros, directamente desequilibrado.

Su gran idea fue convertir la guerra contra Trípoli en un cambio de régimen. Eaton convenció parcialmente a Washington de apoyar al hermano destronado del pachá, Hamet Karamanli, como pretendiente alternativo al trono. El plan parecía salido de una novela de aventuras orientalista: reunir un pequeño ejército mercenario, cruzar el desierto desde Egipto y provocar una insurrección interna contra Yusuf.

La expedición de Eaton en 1805 fue una mezcla improbable de marines estadounidenses, mercenarios griegos, árabes, aventureros europeos y beduinos reclutados sobre la marcha. Había rivalidades internas, motines, hambre y amenazas constantes de deserción. Eaton sobrevivía gracias a pura obstinación y a una capacidad extraordinaria para intimidar, improvisar y seducir a quienes le rodeaban. Era exactamente el tipo de hombre capaz de arrastrar una expedición imposible a través del desierto… y también el tipo de hombre capaz de destruirla con su propia personalidad.

La marcha culminó con la toma de Derna en abril de 1805, considerada la primera victoria terrestre estadounidense en el Viejo Mundo. De ahí procede la célebre referencia “to the shores of Tripoli” del himno de los Marines. La operación tenía un aire casi protoimperial: una pequeña fuerza estadounidense interviniendo en una disputa dinástica local para imponer un gobierno favorable. Resulta llamativo porque anticipa patrones de política exterior que Estados Unidos repetiría muchas veces en siglos posteriores.

Eaton soñaba con avanzar hasta Trípoli y colocar a Hamet en el poder. Pero Washington nunca estuvo dispuesto a comprometerse del todo con aquella aventura. La administración Jefferson quería terminar la guerra de forma barata y rápida, no embarcarse en una conquista norteafricana dirigida por un cónsul semimístico con delirios de grandeza. Mientras Eaton avanzaba penosamente por el desierto creyéndose el arquitecto de una nueva política mediterránea, los diplomáticos estadounidenses negociaban ya la paz.

Cuando se firmó el acuerdo con Yusuf Karamanli, Eaton sintió que lo habían traicionado. Y en cierto modo tenía razón. Hamet fue abandonado, la gran ofensiva quedó cancelada y Eaton regresó a Estados Unidos resentido y convencido de que políticos cobardes habían desperdiciado una victoria histórica.

Su vida posterior mantuvo el mismo tono autodestructivo. Se involucró en polémicas políticas, conspiraciones y escándalos personales. Participó en ataques verbales contra figuras públicas, alimentó enemistades y acabó deteriorándose física y mentalmente. Murió relativamente joven, agotado por el alcohol, las tensiones y una existencia vivida siempre al límite.

Lo fascinante de Eaton es que encarna una contradicción muy temprana de Estados Unidos: una república que oficialmente desconfiaba del imperialismo, pero que ya producía hombres obsesionados con la gloria militar, la expansión de influencia y la idea de remodelar gobiernos extranjeros en nombre de la libertad y del interés nacional. Eaton parecía un personaje anacrónico incluso para su tiempo: mitad idealista republicano, mitad condotiero renacentista.

La campaña contra Trípoli, vista desde hoy, fue militarmente pequeña pero simbólicamente enorme. Ayudó a consolidar la reputación de la marina estadounidense, creó héroes nacionales, alimentó el mito de los Marines y ofreció uno de los primeros ensayos de intervención exterior de Estados Unidos. Y todo ello nació, paradójicamente, de una derrota humillante: una fragata encallada frente a una costa hostil y convertida en trofeo por unos corsarios norteafricanos.

Los campos de concentración de la Guerra de Secesión. Andersonville y los demás.

 


Durante la Guerra de Secesión, tanto la Unión como la Confederación improvisaron sistemas de prisiones para los soldados capturados. Aunque hoy se suele hablar de “campos de concentración”, en realidad eran sobre todo campos de prisioneros de guerra. No existía todavía el modelo industrializado del siglo XX, pero las condiciones llegaron a ser tan brutales que algunos lugares adquirieron fama legendaria por el hambre, las epidemias y la mortandad.

El caso más famoso del Sur fue Camp Sumter, conocido simplemente como Andersonville, en Georgia. Allí llegaron a hacinarse más de 30.000 soldados unionistas en un recinto pensado para muchos menos. No había barracones suficientes; miles dormían a la intemperie bajo lluvia y calor extremo. El agua procedía de un arroyo que pronto quedó contaminado por excrementos y cadáveres de animales. La disentería, el escorbuto y el tifus causaban estragos. Muchos presos parecían esqueletos vivientes cuando eran liberados. Aproximadamente 13.000 murieron allí.

Pero el Norte también tuvo prisiones terribles. Camp Douglas, cerca de Chicago, o Elmira Prison, en Nueva York, alcanzaron tasas de mortalidad enormes entre los confederados cautivos. Elmira recibió el apodo de “el Andersonville del Norte”. Los inviernos eran devastadores para soldados sureños mal vestidos y mal alimentados; las enfermedades respiratorias y la viruela se propagaban con rapidez.

El problema de los víveres fue central. Al comienzo de la guerra existía cierto intercambio relativamente civilizado de prisioneros. Ambos bandos firmaron en 1862 el llamado cartel Dix-Hill, un sistema formal de canje. Un soldado podía ser intercambiado por otro de rango equivalente y así evitar largas estancias en prisión. Pero el sistema colapsó cuando la Confederación se negó a tratar igual a los soldados negros de la Unión. El gobierno de Abraham Lincoln decidió suspender los intercambios masivos, y a partir de entonces los campos se llenaron de miles de hombres imposibles de mantener adecuadamente.

El Sur sufrió especialmente la escasez. La Confederación tenía una economía mucho más débil y bloqueada por la marina unionista. A menudo ni siquiera podía alimentar bien a sus propios ejércitos, así que los prisioneros recibían raciones miserables: harina de maíz, algo de tocino salado y, muchas veces, casi nada más. En algunos relatos aparecen hombres cazando ratas o disputándose mondas de verduras. En el Norte había más recursos, pero la corrupción y la incompetencia hicieron que también hubiese hambre y abandono en ciertos campos.

La vida cotidiana de los presos mezclaba aburrimiento extremo con supervivencia. Algunos organizaban representaciones teatrales, partidos improvisados, juegos de cartas o periódicos manuscritos. Había músicos y pequeños mercados clandestinos. En Andersonville existió incluso una banda criminal interna llamada los “Raiders”, presos que robaban violentamente a otros cautivos hasta que los propios prisioneros organizaron un tribunal improvisado y varios fueron ahorcados dentro del campo.

Las fugas eran frecuentes. Algunos cavaban túneles; otros falsificaban permisos o sobornaban guardias. En ciertos campos del Norte, los oficiales confederados tenían más libertad de movimiento y podían recibir paquetes. En los peores momentos, sin embargo, la prioridad absoluta era simplemente seguir vivo un día más.

Respecto a guardias sádicos o responsables castigados tras la guerra, el caso más conocido fue el del comandante de Andersonville, Henry Wirz. Era un oficial confederado suizo-alemán acusado de permitir deliberadamente condiciones inhumanas y abusos contra los presos. Tras la guerra fue juzgado por una comisión militar de la Unión y ahorcado en 1865. Su ejecución sigue siendo polémica entre historiadores: algunos creen que fue un auténtico criminal de guerra; otros sostienen que se convirtió en chivo expiatorio de un sistema colapsado que superaba cualquier capacidad logística real del Sur.

En cambio, casi ningún responsable unionista sufrió castigos comparables por las muertes en prisiones del Norte. Esto alimentó durante décadas la narrativa sureña de que la justicia de posguerra fue parcial y vengativa.

La mortalidad total en los campos de prisioneros de ambos bandos fue enorme. De unos 400.000 soldados capturados durante la guerra, murieron aproximadamente 56.000 en cautiverio. Las enfermedades fueron mucho más letales que la violencia directa de los guardias. El hacinamiento, la falta de saneamiento y la ruptura del sistema de intercambios transformaron muchos campos en lugares cercanos al infierno.

Elogio de la mediocridad.

 —Papá, suenas derrotista. —No. Sueno cansado. Que no es lo mismo. El padre dejó el móvil boca abajo sobre la mesa. Había pasado diez minuto...