jueves, 9 de julio de 2026

Kurt Wentzel, fotógrafo de National Geographic documenta el Berlín de la Guerra Fría (1961).

 


Entrevista a Kurt Wentzel: Berlín, una ciudad dividida

Entrevistador: Señor Wentzel, usted visitó Berlín poco después de la construcción del Muro en 1961. ¿Cuál fue la primera impresión que le produjo?

Kurt Wentzel: La sensación era la de una ciudad amputada de la noche a la mañana. Calles interrumpidas por alambradas y bloques de hormigón, familias separadas y una tensión permanente. No era únicamente una frontera: era una barrera que dividía barrios, viviendas e incluso vidas enteras.

Entrevistador: En aquellos primeros días hubo intentos desesperados de escapar.

Kurt Wentzel: Sí. Uno de los casos más impactantes fue el de un hombre que, atrapado en un edificio cuya fachada daba hacia Berlín Occidental, decidió saltar desde un segundo piso para alcanzar la libertad. La caída le rompió las dos piernas, pero consiguió llegar al sector occidental. Fue atendido por los servicios de emergencia y, pese a las graves lesiones, pudo considerarse libre. Aquellas escenas reflejaban hasta qué punto muchas personas estaban dispuestas a arriesgarlo todo con tal de abandonar la República Democrática Alemana.

Entrevistador: ¿Cómo reaccionaron las autoridades de Berlín Oriental ante ese tipo de fugas?

Kurt Wentzel: Actuaron con rapidez. Las ventanas y accesos de las plantas bajas y de los primeros y segundos pisos de los edificios situados junto a la frontera fueron tapiados. El objetivo oficial era impedir nuevas evasiones y evitar que la influencia de Berlín Occidental llegara al Este. Edificios que durante décadas habían formado parte de una misma ciudad quedaron convertidos en auténticas fortalezas.

Entrevistador: En ese contexto, ¿qué papel desempeñó la emisora RIAS?

Kurt Wentzel: La emisora RIAS, que transmitía desde Berlín Occidental, era una importante fuente de información para muchos habitantes del Este. Sus emisiones ofrecían noticias y programas alternativos a la información oficial del régimen comunista. Precisamente por ello, las autoridades de la RDA la consideraban un instrumento de propaganda occidental e intentaban dificultar que su señal llegara a la población.

Entrevistador: Usted también tuvo problemas con las autoridades de Berlín Oriental.

Kurt Wentzel: Durante mi trabajo periodístico fui detenido e interrogado por los llamados Volkspolizisten, los "vopos", la policía popular de la RDA. Aquella experiencia me hizo percibir un sistema basado en el control constante, la vigilancia y la intimidación. En mi relato expresé la impresión personal de que algunos de sus métodos me recordaban a los empleados por los antiguos nazis, una comparación nacida de lo que presencié durante aquellos días de enorme tensión política.Entrevistador: Usted mismo llegó a ser detenido mientras realizaba el reportaje. ¿Qué ocurrió exactamente?

Kurt Wentzel: Me encontraba fotografiando el recién levantado Muro de Berlín y las fortificaciones que comenzaban a transformar la ciudad. Como periodista y fotógrafo, mi intención era documentar aquellos acontecimientos para que los lectores pudieran comprender la magnitud de lo que estaba sucediendo. Sin embargo, apenas había tomado unas cuantas imágenes cuando varios miembros de la Volkspolizei, los conocidos "vopos", se acercaron con rapidez y me exigieron la documentación.

Entrevistador: ¿Le explicaron el motivo?

Kurt Wentzel: Fotografiar instalaciones fronterizas era considerado una actividad sospechosa por las autoridades de la República Democrática Alemana. Los agentes afirmaron que estaba obteniendo imágenes de una zona militarmente sensible. Fui separado del resto de personas que se encontraban allí y conducido para ser interrogado.

Entrevistador: ¿Intervino también la Stasi?

Kurt Wentzel: Sí. Poco después aparecieron funcionarios del Ministerio para la Seguridad del Estado, la Stasi. Su forma de actuar era meticulosa y fría. Querían saber quién era, para quién trabajaba, qué fotografías había tomado, qué pretendía publicar y con quién había hablado durante mi estancia en Berlín. Cada respuesta parecía dar lugar a nuevas preguntas. Revisaron cuidadosamente mi equipo fotográfico y examinaron los carretes como si cada imagen pudiera contener información de valor estratégico.

Entrevistador: ¿Cómo recuerda aquel interrogatorio?

Kurt Wentzel: Lo que más impresionaba no eran los gritos ni la violencia física, sino la atmósfera. Todo estaba diseñado para hacer sentir al detenido que se encontraba completamente a merced del Estado. Las preguntas se repetían una y otra vez, buscando cualquier contradicción. La sensación era que cualquier explicación podía interpretarse como una prueba de espionaje o de colaboración con Occidente.

Entrevistador: ¿Qué impresión le dejaron los agentes?

Kurt Wentzel: En mi reportaje escribí que algunos de los métodos empleados por los vopos y los hombres de la Stasi me recordaban a los utilizados por los organismos represivos del régimen nazi. No me refería necesariamente a las personas, sino a la forma en que un Estado policial convierte la vigilancia, el miedo y la obediencia absoluta en instrumentos cotidianos de control. Para alguien que había conocido la Alemania del Tercer Reich, aquella semejanza resultaba inquietante.

Entrevistador: ¿Pudo conservar las fotografías?

Kurt Wentzel: Algunas imágenes fueron revisadas detenidamente antes de que me permitieran marcharme. Durante todo el proceso tuve la impresión de que el verdadero objetivo no era únicamente impedir determinadas fotografías, sino enviar un mensaje muy claro a cualquier periodista extranjero: en Berlín Oriental cada movimiento era observado y cualquier intento de documentar la realidad podía convertirse, de un momento a otro, en motivo de detención. Esa experiencia me permitió comprender que el Muro no era solo una barrera de hormigón y alambradas; también representaba un sistema basado en la vigilancia permanente y el control de la información

Entrevistador: En sus crónicas también aparecen escenas cotidianas en los puestos fronterizos.

Kurt Wentzel: Eran controles exhaustivos. Se registraban embarcaciones que navegaban por las aguas divididas de Berlín, se inspeccionaban vehículos y peatones y se examinaba cualquier objeto susceptible de ser introducido clandestinamente en uno u otro sector. Resultaba llamativo comprobar que entre el contrabando figuraban artículos tan corrientes como pastillas de jabón o prendas íntimas femeninas, bienes muy apreciados debido a la escasez existente en el Este.

Entrevistador: Incluso los lugares de recreo parecían afectados por la Guerra Fría.

Kurt Wentzel: Así era. En el lago Wannsee, muy frecuentado por los berlineses occidentales, podían verse aviones militares del bloque comunista realizando vuelos a baja altura cerca de la frontera. Aquellas pasadas eran interpretadas por muchos como maniobras destinadas a intimidar y recordar que el conflicto entre los dos bloques estaba presente incluso en los momentos de ocio.

Entrevistador: Después de todo lo que vio, ¿con qué imagen se quedó de Berlín?

Kurt Wentzel: Con la de una ciudad donde la vida cotidiana se había convertido en un escenario de la Guerra Fría. Cada ventana tapiada, cada control fronterizo y cada intento de fuga hablaban del coste humano que suponía la división de Alemania. El Muro no solo separó dos sistemas políticos; también separó familias, vecinos y proyectos de vida.

Tom Abercrombie escribe desde el Afganistán de 1968.

Afganistán. 1968. 

Queridísimos todos:

Os escribo desde un rincón del mundo que parece haber escapado al paso de los siglos. Afganistán no se parece a ningún otro país que haya visitado. Hay días en que avanzo por carreteras de grava conduciendo un Land Rover, y al siguiente me encuentro montado en un yak, cruzando un puerto nevado donde el viento parece querer arrancarle a uno el alma.

No os preocupéis demasiado por mí. He tenido mis buenos sustos, pero hasta ahora la fortuna me acompaña. Creo que nunca he conocido gente más hospitalaria. En las aldeas me reciben con té, pan caliente y una curiosidad inmensa por ese americano que insiste en recorrer sus montañas con una cámara colgada del cuello.

Aquí la historia parece estar siempre al alcance de la mano. En las conversaciones de té, entre una taza y otra, salen a relucir viejas guerras, rutas de invasión y nombres que todavía pesan en la memoria. Más de una vez me han hablado del Gran Juego, aquella época en que rusos e ingleses se disputaban estas tierras como si fueran una pieza más de su tablero imperial. Los afganos recuerdan bien a los británicos, y no precisamente con cariño: me han contado, con una mezcla de ironía y orgullo, cómo tantas expediciones inglesas entraron convencidas de que podían mandar aquí y acabaron aprendiendo, a fuerza de derrotas y retiradas, que estas montañas no se dejan dominar tan fácilmente.

Hace unos días cometí una locura de la que probablemente os reiréis cuando vuelva. Me convencieron para participar en un partido de buzkashi. Imaginad a decenas de jinetes lanzados al galope, peleando por el cuerpo sin cabeza de una cabra mientras los caballos chocan unos contra otros como si fueran navíos en plena tormenta. Me prestaron un caballo y pensé que bastaría con seguir al grupo. Qué ingenuo fui. En cuestión de segundos me encontré empujado desde todos los lados, intentando no caer mientras hombres acostumbrados a esa brutalidad desde niños luchaban con una fuerza increíble. Durante un instante conseguí sujetar la cabra y sentí que todo el tropel venía directamente hacia mí. Apenas pude conservar el equilibrio antes de que otro jinete me la arrebatara. Nunca había terminado tan cansado ni tan lleno de polvo, pero tampoco había disfrutado tanto.

También he visto otro deporte ecuestre en el que los jinetes, al galope, deben arrancar una pequeña estaca clavada en el suelo con la punta de la lanza. Dicen que nació como ejercicio militar para entrenar la precisión de la caballería. Si las tiendas de los ejércitos invasores se caían sobre los desprevenidos guerreros eran más fáciles de matar en medio del caos.  Después de contemplarlo, no me cuesta creerlo.

Mi viaje me ha llevado hasta el remoto corredor de Wakhan, una estrecha franja de tierra encerrada entre montañas gigantescas. Allí acompañé a un cazador pastún que conocía cada valle y cada risco como si hubiera nacido de la roca. Buscábamos el legendario carnero de Marco Polo, cuyas enormes espirales de cuernos parecen imposibles en un animal vivo. Durante días caminamos entre glaciares y praderas tan altas que apenas crece la hierba. También vimos, a gran distancia, algunos chirus, esos antílopes de las grandes altiplanicies cuya lana es tan fina que aquí la consideran un tesoro.

Hay momentos en los que el silencio es absoluto. Solo se oye el viento y el silbido de las marmotas. En esos instantes uno comprende por qué tantos conquistadores atravesaron estas montañas y, al mismo tiempo, por qué tan pocos lograron dominarlas.

Uno de los lugares que más me ha impresionado ha sido Bamiyán. Allí se levantan dos Budas gigantes excavados en la pared del acantilado. Son tan altos que las personas parecen hormigas a sus pies. Resulta difícil creer que hayan permanecido allí durante más de mil años, contemplando el paso de caravanas, imperios y religiones sin moverse un solo centímetro.

En Bamiyán también conocí a un anciano que me contó, junto al fuego y con una paciencia casi ceremonial, la historia de Lala Khatun, a quien algunos pronuncian Lla Khatum. No la relató como quien repite una anécdota, sino como quien transmite una advertencia antigua. Hablaba despacio, mirando de vez en cuando las llamas, y parecía medir cada palabra para que pesara lo justo. Según él, cuando llegaron los sitiadores de Gengis Khan, Lala Khatun reveló el secreto más terrible de la ciudad: les indicó cómo se abastecía de agua, y con ello condenó a sus vecinos a una elección imposible, morir de sed o caer bajo las armas del invasor. El viejo añadió que los mongoles no se limitaron a arrasar las casas; mataron también a los animales de granja, como si quisieran borrar hasta el último resto de vida del lugar. Y, para rematar la traición, dijo que Lala Khatun fue lapidada por orden de Gengis Khan, castigada como traidora a su pueblo y a su clan. No alzó nunca la voz. Bastaba su tono grave, el silencio de los que escuchaban y el resplandor del fuego para que la historia pareciera ocurrir de nuevo delante de nosotros.

Los hazaras que viven en ese valle me recibieron con enorme cortesía. Son distintos de los pastunes del sur tanto en el aspecto como en las costumbres, y hablan con orgullo de sus pueblos y de sus campos. En sus casas siempre hay un sitio para el viajero, aunque la comida sea sencilla y el invierno muy duro.

Lo que más me impresiona de Afganistán no son únicamente sus montañas, sino sus gentes. Cada valle parece pertenecer a un mundo diferente. Cambian las lenguas, las ropas, las tradiciones y hasta el modo de montar a caballo. Sin embargo, todos comparten un profundo sentido del honor y una independencia feroz. Creo que esa es la verdadera explicación de su historia: nadie consigue decirles durante mucho tiempo cómo deben vivir.

Cuando regrese tendré cientos de fotografías que enseñaros, aunque sospecho que ninguna conseguirá transmitir el olor del humo de las hogueras, el frío de las cumbres ni el estruendo de un buzkashi visto desde dentro.

Espero volver pronto con muchas historias más que contar alrededor de la mesa.

Con todo mi cariño,

Tom.

Apertura de la tumba de Tutankamón en el Valle de los Reyes (1922).

 


El tesoro del joven faraón asombra al mundo

Enviado especial al Valle de los Reyes (Egipto), noviembre de 1922

Valle de los Reyes, Luxor. La arqueología ha escrito hoy una de las páginas más memorables de su historia. Tras años de paciente búsqueda, el arqueólogo británico Howard Carter ha confirmado el hallazgo de la tumba prácticamente intacta del faraón Tutankamón, un descubrimiento que ya despierta la admiración de científicos, coleccionistas y amantes de las antigüedades de ambos lados del Atlántico.

A primera hora de la mañana, una reducida comitiva formada por Carter, Lord Carnarvon y Lady Evelyn Herbert descendió por la escalera recientemente despejada que conduce a la entrada sellada desde hace más de tres mil años. La expectación entre los corresponsales extranjeros, los representantes de instituciones científicas y las personalidades invitadas era extraordinaria. Entre ellas figuraban la reina de Bélgica, miembros de la aristocracia europea, diplomáticos británicos y estadounidenses, y otras figuras distinguidas de la alta sociedad internacional.

Cuando se le preguntó qué sintió al contemplar el interior de la tumba por primera vez, Howard Carter respondió:

"Es un privilegio difícil de expresar con palabras. Cada objeto parece haber permanecido esperando pacientemente el regreso de la luz."

Lord Carnarvon, principal patrocinador de la expedición, manifestó:

"La perseverancia ha recibido hoy su recompensa. Este hallazgo pertenece a la historia y al conocimiento de toda la humanidad."

Lady Evelyn Herbert, una de las primeras personas en contemplar el interior, declaró con emoción:

"Nunca olvidaré el silencio de aquellas cámaras. Todo parecía conservar la presencia del antiguo Egipto."

Un espectáculo de oro y esplendor

Los primeros recintos revelan un conjunto extraordinario de objetos cuidadosamente depositados para acompañar al joven faraón en la otra vida.

Entre los tesoros que más impresionan destacan los grandes lechos ceremoniales con forma de animales sagrados, carros desmontados de delicada factura, cofres ricamente decorados, vasos de alabastro translúcido, estatuas negras con detalles dorados que parecen custodiar el paso a las cámaras interiores y una profusión de joyas, cetros, arcos y objetos rituales.

También llaman poderosamente la atención el trono ceremonial, adornado con escenas de refinada belleza, los santuarios de madera recubiertos de oro y las figuras guardianas que flanquean los accesos, como si aún cumplieran su antigua misión de protección. Las superficies doradas reflejan la luz de las lámparas con una intensidad casi sobrenatural, produciendo una impresión que ningún visitante parece olvidar.

Los especialistas consideran que la excepcional conservación del conjunto permitirá comprender como nunca antes el arte, las creencias religiosas y la vida cotidiana del Imperio Nuevo.

Impresiones entre los invitados

Entre los asistentes pertenecientes a la aristocracia europea, la realeza visitante, diplomáticos y mecenas de la arqueología, podían escucharse comentarios como estos:

"Jamás imaginé que pudiera sobrevivir intacto un tesoro semejante."

"Cada objeto parece una obra maestra digna del mejor orfebre moderno."

"No contemplamos únicamente riquezas; contemplamos tres milenios de historia."

"Este descubrimiento cambiará para siempre el estudio del antiguo Egipto."

La reina de Bélgica, según relataron los cronistas presentes, se mostró profundamente impresionada ante la magnificencia del hallazgo, mientras otros invitados de alto rango permanecieron largos minutos en absoluto silencio. Algunos tomaban notas apresuradas; otros realizaban bocetos de los objetos visibles desde la entrada de la cámara, conscientes de que asistían a un momento irrepetible.

Un descubrimiento destinado a perdurar

Los expertos coinciden en que el hallazgo constituye uno de los acontecimientos arqueológicos más importantes de la época moderna. La riqueza artística del ajuar funerario y el excelente estado de conservación de la tumba prometen años de estudio y numerosas revelaciones sobre la civilización faraónica.

Mientras el sol desaparecía tras las montañas tebana, los corresponsales enviaban sus crónicas a Londres, Nueva York y París. Todo indica que el nombre de Tutankamón, casi olvidado durante siglos, volverá desde hoy a ocupar un lugar permanente en la memoria del mundo.

Nota histórica: esta pieza es una recreación literaria. Los hechos principales (el descubrimiento de 1922 y la participación de Howard Carter, Lord Carnarvon y Lady Evelyn Herbert) son históricos, pero las declaraciones, los comentarios del público y la mención de algunas personalidades invitadas han sido recreados para reflejar el estilo periodístico de la época y no constituyen transcripciones literales de documentos originales.

miércoles, 8 de julio de 2026

Cómo se entrenaban los astronautas del Proyecto Géminis en 1965.

 


Julio de 1965

Los hombres que desafían el espacio: así se preparan los astronautas del Programa Gemini para conquistar el camino hacia la Luna

Reportaje especial

Houston, Texas. Mientras el mundo observa con asombro los éxitos del Programa Gemini, una silenciosa batalla se libra muy lejos de las cámaras. No ocurre en el vacío del espacio, sino en laboratorios, cámaras de presión, centrifugadoras gigantes y simuladores donde los astronautas estadounidenses entrenan durante meses para soportar condiciones que ningún ser humano había experimentado hasta hace pocos años.

Los hombres elegidos por la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) no son únicamente pilotos excepcionales. También deben convertirse en auténticos laboratorios vivientes, capaces de resistir aceleraciones brutales, temperaturas extremas y un aislamiento que pondría a prueba la fortaleza mental de cualquiera.

Después del éxito de los vuelos Mercury, el Programa Gemini representa el siguiente paso antes del gran objetivo nacional: llevar un hombre a la Luna antes de que termine esta década.

La lucha contra las fuerzas G

Uno de los mayores enemigos del astronauta aparece incluso antes del lanzamiento.

Durante el ascenso del cohete Titan II y la reentrada en la atmósfera terrestre, el cuerpo humano puede verse sometido a aceleraciones de varias veces la fuerza de la gravedad, conocidas como fuerzas G.

Para preparar a las tripulaciones, la NASA utiliza enormes centrifugadoras. En ellas, una cabina gira a gran velocidad alrededor de un brazo metálico hasta reproducir exactamente las aceleraciones previstas durante el vuelo espacial.

Cuando las fuerzas G aumentan, la sangre tiende a abandonar el cerebro y desplazarse hacia las piernas. La visión comienza a estrecharse y puede producirse el desmayo si el organismo no responde adecuadamente.

Los astronautas aprenden técnicas especiales de respiración y tensión muscular para mantener el riego sanguíneo al cerebro mientras los médicos observan constantemente el comportamiento del corazón, la respiración y la presión arterial.

Cada sesión permite conocer mejor los límites del cuerpo humano.

Del calor abrasador al frío del espacio

Otra parte del entrenamiento consiste en acostumbrarse a condiciones térmicas muy diferentes.

Aunque el espacio es extraordinariamente frío, una nave expuesta directamente a la luz solar puede alcanzar temperaturas muy elevadas.

Los ingenieros han diseñado complejos sistemas de aislamiento y control térmico, pero los astronautas también entrenan dentro de cámaras ambientales donde se reproducen temperaturas extremas.

En cámaras de vacío se comprueba además el funcionamiento de los trajes espaciales, cuya misión consiste en mantener una atmósfera respirable y una temperatura adecuada incluso si el astronauta abandona la cápsula para realizar actividades extravehiculares.

La reciente caminata espacial demuestra que trabajar fuera de una nave exige un enorme esfuerzo físico. Cada movimiento requiere vencer la rigidez del traje presurizado y controlar cuidadosamente el consumo de oxígeno.

Simuladores donde está prohibido cometer errores

Antes de cada misión, los astronautas repiten miles de veces cada una de las operaciones previstas.

Los simuladores del Programa Gemini reproducen con extraordinaria fidelidad el interior de la nave, sus instrumentos, sistemas eléctricos y controles de maniobra.

Nada queda al azar.

Los instructores provocan averías inesperadas: fallos eléctricos, pérdidas de presión, problemas de orientación o interrupciones de comunicaciones.

El astronauta nunca conoce de antemano qué incidente aparecerá durante la sesión.

El objetivo es que, llegado el momento, cualquier emergencia pueda resolverse casi de forma automática.

En ocasiones, una sola maniobra es repetida cientos de veces hasta eliminar el menor margen de error.

¿Qué encontrarán los primeros hombres en la Luna?

Aunque el alunizaje todavía pertenece al futuro, científicos y geólogos trabajan intensamente para responder una pregunta fundamental: ¿cómo será realmente la superficie lunar?

La mayoría considera probable que el suelo esté formado por una mezcla de roca pulverizada durante millones de años por el impacto constante de meteoritos.

Existen, sin embargo, distintas opiniones acerca del espesor de esa capa de polvo.

Algunos investigadores creen que bastará unos pocos centímetros para cubrir la roca sólida.

Otros no descartan que ciertas regiones puedan contener depósitos mucho más profundos capaces de dificultar el desplazamiento de un vehículo o incluso el apoyo de las patas del módulo de descenso.

Las fotografías obtenidas por telescopios muestran montañas, llanuras y grandes cráteres, pero únicamente una exploración directa permitirá conocer su verdadera naturaleza.

También se supone que la Luna carece prácticamente de atmósfera y que su superficie está expuesta directamente a una intensa radiación solar y cósmica.

Durante el día lunar podrían alcanzarse temperaturas extremadamente elevadas, mientras que la noche sería extraordinariamente fría.

Nadie sabe todavía con absoluta certeza cómo responderán los equipos y los hombres en semejante entorno.

La carrera con la Unión Soviética

Al otro lado del Telón de Acero, el programa espacial soviético continúa envuelto en el mayor secreto.

Tras los históricos vuelos de Yuri Gagarin y de los cosmonautas que le sucedieron, los especialistas occidentales consideran probable que la Unión Soviética esté desarrollando nuevas cápsulas capaces de transportar varios tripulantes y efectuar maniobras de encuentro entre naves en órbita.

Muchos observadores creen asimismo que los ingenieros soviéticos trabajan en poderosos cohetes de nueva generación destinados a futuras expediciones lunares.

Sin información oficial suficiente, gran parte de estas estimaciones procede del análisis de lanzamientos observados, comunicaciones por radio y fotografías obtenidas desde el extranjero.

En Washington existe la convicción de que la competencia tecnológica entre ambas superpotencias continuará acelerándose durante los próximos años.

Cada éxito estadounidense parece encontrar una respuesta soviética, y viceversa.

Un entrenamiento que nunca termina

La vida del astronauta dista mucho de la imagen romántica del explorador espacial.

Entre clases de navegación celeste, mecánica orbital, ingeniería, medicina, supervivencia en desiertos, selvas y océanos, vuelos en reactores y constantes ejercicios físicos, apenas queda tiempo libre.

Los médicos examinan regularmente el menor cambio fisiológico, mientras psicólogos y especialistas estudian cómo reaccionan los hombres cuando permanecen aislados durante largos periodos.

Todo ello persigue un único propósito.

Cuando llegue el momento de abandonar la Tierra rumbo a la Luna, el éxito dependerá menos de la improvisación que de miles de horas de preparación silenciosa.

Porque en el espacio, donde un simple error puede resultar irreparable, cada movimiento debe haber sido ensayado mucho antes de que el cohete abandone la plataforma de lanzamiento. 

Un soldado estadounidense de la Primera Guerra Mundial explica cómo celebró su batallón la Navidad de 1918.

 


Querido padre:

Espero que al recibir esta carta todos en casa gocen de buena salud. Hace apenas unas semanas habría sido difícil imaginar que pudiera escribirte sobre una Navidad tranquila, sin el silbido de los obuses ni el estruendo de las ametralladoras. Sin embargo, gracias a Dios, así ha sido.

La guerra terminó el 11 de noviembre y nuestro batallón permanece todavía en Francia mientras se organizan las cosas para regresar a casa. Nadie sabe exactamente cuándo embarcaremos, pero al menos ya no dormimos esperando un ataque antes del amanecer.

Los oficiales decidieron que, por un solo día, debíamos olvidar todo lo que habíamos visto. Querían que celebráramos la Navidad como hombres que habían sobrevivido, no como soldados destinados a morir en la siguiente ofensiva. Nuestro batallón, que había pasado por Baccarat, por el Vesle, por Saint-Mihiel y finalmente por el Argonne, merecía al menos una jornada de descanso y de alegría.

Nuestro árbol de Navidad fue probablemente el más extraño que jamás hayas visto. No había bosques cercanos intactos, pues casi todos habían quedado destrozados por la artillería. Un grupo encontró un joven abeto que había sobrevivido entre los cráteres y lo trajimos al campamento. El carpintero del batallón construyó una base con tablones rescatados de una granja derruida y enderezó el árbol para que pareciera digno. Después fabricó una estrella de madera para la punta y algunos muchachos la cubrieron con papel de aluminio arrancado de envoltorios de raciones.

Las guirnaldas nacieron de donde menos cabría esperar. Cortamos tiras de vendas limpias, cintas de embalaje y papel de colores procedente de cajas de suministros. Vaciamos casquillos de fusil y los colgamos como si fueran adornos dorados. Uno de los muchachos colocó en una rama un casco alemán agujereado por una bala y todos nos reímos diciendo que era el adorno más caro del árbol.

Como la guerra había terminado, los oficiales organizaron juegos. Nunca pensé que vería a soldados que habían combatido en el Argonne correr riendo como niños. Hicimos carreras de sacos y carreras de tres piernas en la tierra de nadie. Resultaba extraño recorrer aquel terreno donde semanas antes nadie podía levantar la cabeza sin exponerse a un disparo.

Todavía quedaban alambradas retorcidas, cascos abandonados, cajas de munición vacías y carretillas destrozadas. También había montones de equipo que los alemanes dejaron atrás al retirarse con tanta rapidez después del armisticio: mochilas, mantas, herramientas y hasta cocinas de campaña medio desmontadas. Los ingenieros habían marcado las zonas peligrosas por las minas sin explotar, de modo que corríamos únicamente por los lugares considerados seguros. Nunca imaginé que un campo de batalla pudiera convertirse, aunque solo fuera durante una tarde, en una pista para carreras y risas.

La mayor sorpresa llegó a la hora de la cena. Las viandas de Navidad habían salido de París en una camioneta de Intendencia que recorrió toda la línea del frente. Venía cargada con pavos, harina, patatas, manzanas, café y todo lo necesario para que ningún hombre pasara la Nochebuena comiendo únicamente carne enlatada y galletas militares. La camioneta había tomado primero la ruta hacia el Argonne, avanzando por carreteras rotas y pueblos medio derruidos, y desde allí siguió bordeando la línea del frente, deteniéndose en los distintos puestos hasta llegar a nuestro batallón. No sé cómo lograron hacer llegar todo aquello a través de caminos tan malos y tan llenos de barro, pero fue un verdadero milagro de la Intendencia.

Los cocineros trabajaron desde antes del amanecer. Consiguieron preparar pavos para toda la unidad, enormes cazuelas de puré de patatas con abundante mantequilla y, para rematar, tarta de manzana. No sé cómo lograron encontrar tantos ingredientes en un país que ha sufrido tanto, pero hicieron maravillas.

Los cocineros estaban cubiertos de harina hasta los codos y parecían más orgullosos de aquella cena que muchos generales de sus victorias. Creo que nunca he probado un pavo tan bueno, aunque quizá fuera simplemente porque lo compartíamos entre amigos que seguían vivos. Después de tantos meses de raciones frías, aquella comida nos supo como un auténtico banquete.

Hubo café caliente para todos y algunos incluso recibieron paquetes enviados desde América con dulces, calcetines y tabaco. Más de un hombre lloró al leer las cartas de su familia. No fueron lágrimas de tristeza solamente, sino de alivio por haber llegado hasta este día.

A pesar de todo, basta alejarse un poco del campamento para recordar el precio de la guerra. Hemos recorrido varios pueblos franceses cercanos a la antigua línea del frente y es difícil describir lo que queda de ellos. Calles enteras son montones de ladrillos. Muchas casas han perdido los tejados y otras conservan únicamente una pared en pie. Los árboles aparecen partidos como cerillas gigantes.

Las iglesias son quizá lo que más impresiona. Algunas mantienen todavía el campanario, pero el techo ha desaparecido y la lluvia cae directamente sobre los bancos. En otras, las vidrieras se hicieron añicos hace mucho tiempo y las campanas yacen entre los escombros. He visto altares cubiertos de polvo de ladrillo y estatuas con los brazos arrancados por la metralla. Cuesta creer que aquellos lugares fueran, hace apenas unos años, el corazón de pequeñas comunidades tranquilas.

Sin embargo, los franceses poseen una determinación admirable. Aun entre las ruinas se ve a hombres reparando puertas, mujeres limpiando piedras para reconstruir sus hogares y niños jugando donde antes hubo trincheras. Parecen convencidos de que todo volverá a levantarse algún día.

Eso me hace pensar mucho en casa. Después de contemplar tanta destrucción, uno aprende a valorar cosas tan sencillas como una mesa familiar, una iglesia sin agujeros en el tejado o un camino que no esté lleno de cráteres. Nunca volveré a dar esas cosas por sentadas.

Espero que la próxima Navidad pueda celebrarla sentado contigo, junto al fuego, sin uniforme y sin tener que mirar por encima del hombro. Hasta entonces, no te preocupes demasiado por mí. Estoy sano, tengo buenos amigos a mi alrededor y, por primera vez en mucho tiempo, el futuro parece traer más esperanza que miedo.

Da un fuerte abrazo a mamá y a todos los de casa de mi parte.

Con todo mi cariño,

Tu hijo.

Cómo era la vida de un forajido del Oeste hacia 1890.

 


Periodista: Buenos días, señor. Me han dicho que usted conoció de cerca los viejos tiempos del Oeste. Quisiera que me hablara de un lugar llamado Hole in the Wall. ¿Era realmente el gran refugio de los forajidos?

Viejo ranchero: Siéntese, muchacho, porque esa historia no se cuenta en dos minutos. Hole in the Wall era una enorme hendidura entre los acantilados de las montañas de Wyoming. El acceso era estrecho y fácil de defender, pero una vez dentro se abría un amplio valle con agua, pastos y escondites. Desde allí los jinetes podían desaparecer durante semanas sin que nadie los encontrara.

No era solo una cueva, como muchos creen. Aquel refugio estaba conectado con una inmensa región de praderas y montañas que se extendía por buena parte del centro-norte de Wyoming y permitía alcanzar con rapidez Montana, South Dakota, Colorado y Utah. Aquellos hombres conocían cada arroyo, cada cañón y cada paso de montaña. Cuando los perseguían los alguaciles o los detectives, bastaba con internarse en aquel laberinto para desvanecerse como el humo.

Periodista: ¿Y a qué se dedicaban exactamente esos forajidos?

Viejo ranchero: A casi todo lo que pudiera dar dinero rápido. Robaban bancos, diligencias y trenes, falsificaban marcas de ganado, escondían caballos robados y, cuando era necesario, actuaban como pistoleros a sueldo. Algunos vivían permanentemente fuera de la ley; otros alternaban temporadas como vaqueros con golpes bien preparados. El Oeste era inmenso y las autoridades no siempre podían seguirles el rastro.

Periodista: Hoy parece que robar un tren era el delito más grave.

Viejo ranchero: Eso diría cualquiera que solo hubiera visto películas. Para un ranchero de entonces, robar ganado o caballos era mucho peor. El ganado era la riqueza de una familia y el caballo era su medio de transporte, su herramienta de trabajo y, muchas veces, la diferencia entre vivir o morir en aquellas llanuras. Sin caballo podías quedar aislado durante días.

Cuando unos bandidos asaltaban la caja fuerte de un ferrocarril, la pérdida la sufría una gran compañía que podía recuperarse. Pero cuando desaparecía un rebaño o un buen caballo, el perjudicado era un hombre corriente que podía perder todos sus ahorros y quedarse sin futuro. Por eso, entre muchos vaqueros existía la idea de que el robo de ganado y de caballos era una traición mucho más despreciable que un atraco a una empresa ferroviaria.

Y le diré otra cosa: los pequeños propietarios de la zona no delataban a Butch Cassidy porque él siempre les compensaba por las molestias o incluso les vendía a ellos los caballos robados. Si alguno abría la boca, sabía que estaba muerto. Cassidy tenía fama de ser duro con los hombres que lo traicionaban, pero también de no robar ni violentar jamás a una mujer. De hecho, su compañera Etta Place, su amante, era tan hábil con las armas como él y lo acompañó en más de una de sus andanzas.

Periodista: Entre aquellos hombres siempre aparecen dos nombres famosos: Sundance y Cassidy.

Viejo ranchero: Claro. Sundance era Harry Alonzo Longabaugh, un tirador extraordinario y uno de los miembros más peligrosos de la banda conocida como Wild Bunch. Cassidy era Robert LeRoy Parker, el cerebro del grupo. Tenía fama de planificar los golpes con cuidado y de evitar la violencia cuando era posible.

Durante años asaltaron bancos y trenes por varios estados del Oeste. La presión de la agencia Pinkerton National Detective Agency terminó obligándolos a abandonar el país. Huyeron a Argentina y más tarde a Bolivia. La versión más aceptada sostiene que murieron allí en 1908 tras un enfrentamiento con soldados bolivianos, aunque durante décadas circularon leyendas que aseguraban que habían regresado en secreto a los Estados Unidos.

Periodista: También he oído hablar de Tom Horn. Unos dicen que era un héroe y otros un asesino.

Viejo ranchero: Las dos cosas, según quién lo contara. Tom Horn había sido explorador del ejército, intérprete, detective y rastreador. Con el tiempo trabajó para grandes ganaderos como pistolero contratado. Su misión consistía en intimidar o eliminar a quienes consideraban ladrones de ganado o invasores de sus tierras.

Su caída llegó cuando fue acusado del asesinato del joven Willie Nickell en 1901. Muchos creyeron que el juicio estuvo lleno de dudas y que las pruebas eran insuficientes, pero fue declarado culpable. No fue encarcelado durante mucho tiempo: permaneció preso mientras esperaba la sentencia y finalmente fue ejecutado en la horca en 1903. Desde entonces, su culpabilidad sigue siendo motivo de discusión entre los historiadores.

Periodista: Todo aquello desembocó en la famosa Guerra del Ganado del Condado de Johnson, ¿verdad?

Viejo ranchero: Así es. La llamada Johnson County War estalló porque los grandes propietarios de ganado acusaban a pequeños rancheros, colonos e inmigrantes de robar reses y alterar las marcas del ganado. Los grandes ganaderos controlaban buena parte del poder económico y político y estaban convencidos de que solo una acción armada resolvería el problema.

En 1892 organizaron una expedición de hombres armados para capturar o eliminar a quienes figuraban en una lista de supuestos cuatreros. Pero los habitantes del condado se movilizaron, rodearon a los invasores y estuvieron a punto de acabar con ellos. Solo la intervención del ejército federal evitó una auténtica masacre.

Las consecuencias fueron profundas. El conflicto desacreditó a los grandes barones del ganado, fortaleció la autoridad del gobierno y simbolizó el final del viejo Oeste dominado por los grandes ranchos abiertos. Poco a poco llegaron más cercas, más leyes y un mayor control del territorio. Aquellos tiempos en los que un hombre podía esconderse durante meses en Hole in the Wall empezaban a desaparecer para siempre.

Periodista: Entonces, ¿podría decirse que con aquella guerra terminó una época?

Viejo ranchero: Exactamente, hijo. Después de aquello el Oeste siguió existiendo, pero ya no era la tierra sin dueño de los viejos forajidos. Las praderas se llenaron de alambradas, los trenes trajeron más población y la ley fue ocupando el lugar que antes pertenecía al revólver.

Matar a un ruiseñor, un alegato contra la segregación racial en los Estados del Sur.

 


Matar a un ruiseñor: la novela que despertó la conciencia de Estados Unidos

Sesenta años después de su publicación, la obra de Harper Lee sigue siendo un símbolo de la lucha contra el racismo, la defensa de la justicia y el poder transformador de la literatura.

Por la Redacción de Cultura

Maycomb, Alabama: un pequeño pueblo que reflejaba un gran problema

En 1960, cuando Estados Unidos comenzaba a cuestionar seriamente la segregación racial que dividía al país, una joven escritora prácticamente desconocida sorprendió al mundo con una novela que cambiaría para siempre la literatura norteamericana. Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, se convirtió en un éxito inmediato gracias a una combinación poco frecuente: una historia narrada desde la mirada inocente de una niña y una crítica profunda a los prejuicios raciales que marcaban la vida en el sur de Estados Unidos.

Lo que parecía una sencilla novela sobre la infancia terminó convirtiéndose en uno de los alegatos más poderosos en favor de la igualdad, la dignidad humana y la justicia.


Una historia sobre la inocencia… y el prejuicio

La acción se desarrolla durante la Gran Depresión, en el ficticio pueblo de Maycomb, Alabama. La narradora es Jean Louise Finch, conocida por todos como Scout, una niña curiosa que vive junto a su hermano Jem y su padre, Atticus Finch, un abogado respetado por su integridad.

La vida de la familia cambia cuando Atticus acepta defender a Tom Robinson, un trabajador afroamericano acusado de violar a una mujer blanca. A pesar de que las pruebas apuntan claramente a su inocencia, el racismo profundamente arraigado en la comunidad condiciona el desarrollo del juicio.

Mientras Scout observa cómo funcionan el miedo, la intolerancia y la discriminación, también descubre el verdadero significado del valor, la compasión y la empatía.

En paralelo, la figura del enigmático vecino Arthur "Boo" Radley enseña otra de las grandes lecciones de la novela: las apariencias suelen engañar y solo comprendemos a los demás cuando somos capaces de mirar el mundo desde su perspectiva.


Harper Lee: una autora de una sola gran novela

Nacida en 1926 en Monroeville, Alabama, Harper Lee creció en un ambiente muy parecido al que recreó en su obra. Su padre ejercía como abogado y sirvió de inspiración para construir el personaje de Atticus Finch, considerado por muchos uno de los modelos éticos más admirados de la literatura universal.

Aunque estudió Derecho, abandonó la carrera para dedicarse a escribir. Instalándose en Nueva York comenzó la redacción de la novela que la haría famosa.

El reconocimiento fue inmediato. En 1961 recibió el Premio Pulitzer de Ficción y su obra comenzó a traducirse a decenas de idiomas.

Sin embargo, Harper Lee nunca buscó el protagonismo. Rechazó la exposición mediática, concedió muy pocas entrevistas y pasó la mayor parte de su vida alejada de los focos. Durante más de medio siglo no publicó otra novela. Solo en 2015 apareció Ve y pon un centinela, manuscrito anterior a Matar a un ruiseñor, cuya publicación despertó una intensa polémica entre críticos y lectores.


La amistad que unió a Harper Lee y Truman Capote

Mucho antes de convertirse en escritores famosos, Harper Lee y Truman Capote eran vecinos y compañeros de juegos en Monroeville.

Aquella amistad infantil dejó una huella visible en la novela: el personaje de Dill está inspirado en el propio Capote, cuya imaginación desbordante fascinaba a Harper Lee.

Años después, ambos volverían a colaborar cuando Capote investigó el asesinato de la familia Clutter en Kansas. Lee lo acompañó durante numerosas entrevistas y desempeñó un papel decisivo para ganarse la confianza de los habitantes del lugar. Ese trabajo desembocó en la publicación de A sangre fría, considerada una de las grandes obras del periodismo narrativo del siglo XX.

Con el paso de los años, la amistad entre ambos se fue debilitando, aunque la historia literaria los recuerda como dos de las voces más importantes de su generación.


El Sur segregado: una realidad que la novela denunció sin discursos

Cuando Matar a un ruiseñor llegó a las librerías, la segregación racial seguía siendo una realidad cotidiana en numerosos estados del sur de Estados Unidos.

Las llamadas leyes Jim Crow mantenían separados a ciudadanos blancos y negros en escuelas, hospitales, transportes, restaurantes, parques e incluso fuentes públicas. En ese contexto, la defensa de Tom Robinson representaba mucho más que un simple caso judicial: simbolizaba el enfrentamiento entre la igualdad ante la ley y un sistema construido sobre la discriminación.

La novela no ofrecía grandes discursos políticos. Su fuerza residía precisamente en mostrar cómo el racismo impregnaba la vida diaria y condicionaba las decisiones de personas aparentemente respetables.


Un libro que acompañó el nacimiento de una nueva conciencia

La publicación coincidió con los primeros años del movimiento moderno por los derechos civiles, impulsado por figuras como Martin Luther King Jr. y Rosa Parks.

Aunque la novela no provocó directamente los cambios sociales que transformaron el país, sí ayudó a millones de lectores a comprender las consecuencias humanas del racismo. En muchas escuelas estadounidenses comenzó a utilizarse como una herramienta para debatir sobre la igualdad, la justicia y la responsabilidad individual.

No obstante, décadas después algunos especialistas han señalado que la historia está contada desde la perspectiva de una familia blanca y que concede un protagonismo limitado a la experiencia de los personajes afroamericanos. Ese debate forma parte hoy de la lectura crítica de la obra y demuestra que los clásicos siguen generando nuevas interpretaciones.


Del papel a la gran pantalla

El enorme éxito de la novela propició su adaptación cinematográfica en 1962. La interpretación de Gregory Peck como Atticus Finch fue recibida con entusiasmo por la crítica y le valió el Premio Óscar al Mejor Actor.

Desde entonces, tanto el libro como la película han pasado a formar parte del patrimonio cultural de Estados Unidos y continúan siendo objeto de estudio en colegios, universidades y clubes de lectura de todo el mundo.


Una obra que sigue interpelando al lector

Más de sesenta años después de su publicación, Matar a un ruiseñor conserva intacta su capacidad para emocionar y hacer reflexionar. La historia de Scout, Atticus y Tom Robinson sigue recordando que la justicia no siempre coincide con la ley, que los prejuicios pueden destruir vidas y que la empatía es una de las mayores virtudes del ser humano.

Harper Lee escribió una sola gran novela, pero esa única obra bastó para ocupar un lugar permanente entre los grandes clásicos de la literatura universal. Su mensaje continúa vigente: una sociedad solo puede considerarse verdaderamente justa cuando es capaz de reconocer la dignidad de todas las personas, sin importar el color de su piel, su origen o su condición.

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