domingo, 26 de julio de 2026

La Peruvian Company y los abusos de los empresarios caucheros europeos en el Putumayo.

 


Amazonas: el reino del caucho, la Casa Arana y el silencio del Putumayo

En los primeros años del siglo XX, la cuenca occidental del Amazonas dejó de ser, para Europa, una inmensidad verde apenas cartografiada y se convirtió en una inmensa fábrica de caucho. Desde los bosques del río Putumayo hasta los afluentes del Igaraparaná y el Caraparaná, una geografía de selvas inundables, barrancos rojizos y ríos interminables fue absorbida por la economía mundial. El auge de la bicicleta primero y del automóvil después multiplicó el precio del látex, y aquella riqueza convirtió la Amazonía en uno de los escenarios más violentos del capitalismo colonial.

El corazón del sistema fue la empresa de Julio César Arana, organizada finalmente como Peruvian Amazon Company, registrada en Londres y financiada por capital británico. Desde sus centros de La Chorrera, El Encanto, Matanzas, Ultimo Retiro y otras estaciones caucheras, miles de indígenas huitoto, bora, andoque, ocaina y muinane fueron obligados a internarse durante semanas en la selva para sangrar los árboles de Hevea brasiliensis.

La geografía ayudaba al aislamiento. Los ríos constituían las únicas carreteras posibles. Cada estación funcionaba como un pequeño Estado gobernado por administradores armados, capataces y cuadrillas de vigilantes. Entre los árboles gigantescos, el silencio de la selva ocultaba un sistema de terror del que apenas llegaban noticias a Lima o a Londres.

Las primeras denuncias públicas no procedieron de diplomáticos sino de periodistas peruanos. En Iquitos, Benjamín Saldaña Rocca publicó en 1907 y 1908, en los periódicos La Sanción y La Felpa, testimonios de asesinatos, mutilaciones y esclavitud. Aquellas acusaciones fueron inicialmente desacreditadas por los intereses económicos de la región, pero constituyeron la primera documentación sistemática contra la Casa Arana. Más tarde, el ingeniero estadounidense Walter Ernest Hardenburg, que había recorrido el Putumayo y sufrido cautiverio a manos de empleados de la compañía, difundió en 1909 aquellas revelaciones en la revista británica Truth, provocando un escándalo internacional.

Hardenburg describía un territorio donde el paisaje paradisíaco contrastaba con una violencia organizada. Los indígenas no eran asalariados; estaban sometidos a un régimen de endeudamiento perpetuo. Las herramientas, la sal, la ropa o los alimentos se anotaban como deuda mientras la propia empresa fijaba el valor del caucho recolectado. La deuda nunca desaparecía. Quien no alcanzaba la cuota establecida era castigado públicamente.

Los testimonios recogidos posteriormente por Roger Casement, cónsul británico, confirmaron aquellas denuncias con una precisión extraordinaria. Durante su inspección del Putumayo entrevistó a decenas de empleados barbadianos y a numerosos supervivientes indígenas. En sus informes aparecen descritos azotes con látigos de cuero de tapir, ejecuciones sumarias, hambre deliberada, incendios de malocas, secuestro de mujeres, mutilaciones y asesinatos utilizados como mecanismo habitual para aumentar la producción de caucho. Casement dejó escrito que las cicatrices del látigo no aparecían únicamente en hombres adultos, sino también en mujeres y niños, evidencia de que el terror constituía un método permanente de gobierno y no el resultado de excesos aislados.

El diplomático irlandés ya había investigado los abusos del Estado Libre del Congo bajo Leopoldo II. En el Putumayo encontró un sistema distinto en apariencia, pero semejante en su funcionamiento: una empresa privada convertía poblaciones enteras en mano de obra cautiva mediante el aislamiento geográfico, la deuda y el miedo.

Las investigaciones británicas desembocaron en el llamado Libro Azul del Putumayo, presentado al Parlamento en 1912. Su contenido representó una de las primeras investigaciones internacionales sobre violaciones masivas de derechos humanos realizadas con metodología diplomática: entrevistas, inspecciones directas, correspondencia oficial y declaraciones juradas. El informe atribuyó responsabilidades concretas a los administradores de la empresa y mostró que las atrocidades no eran hechos excepcionales sino un sistema económico organizado.

Mientras tanto, en la propia selva continuaban produciéndose actos de resistencia indígena. Diversos grupos, denominados despectivamente por muchos viajeros de la época como "aucas" —término quichua utilizado para designar a pueblos considerados hostiles o independientes—, rechazaban el avance de caucheros, comerciantes y expediciones armadas. Aquellas resistencias fueron interpretadas durante décadas por numerosos cronistas europeos como manifestaciones de barbarie. Hoy la historiografía las entiende principalmente como respuestas frente a invasiones territoriales, secuestros de mujeres, esclavitud y destrucción de comunidades.

Los enfrentamientos ocurrían en los pasos fluviales, en los senderos abiertos para el transporte del caucho y alrededor de las estaciones caucheras. Para las empresas extractivas eran "ataques salvajes"; para muchas comunidades constituían intentos desesperados por impedir el colapso de su mundo.

Las denuncias internacionales dañaron gravemente el prestigio financiero de la Peruvian Amazon Company. En Londres comenzaron investigaciones parlamentarias y procesos judiciales limitados. Sin embargo, la mayor parte de los responsables directos nunca recibió una condena proporcional a la magnitud de los crímenes denunciados. La caída del precio internacional del caucho, acelerada por el éxito de las plantaciones británicas del sudeste asiático, terminó debilitando definitivamente el sistema económico que había alimentado la violencia.

Paradójicamente, la memoria escrita de aquellos acontecimientos fue conservada por viajeros, diplomáticos y periodistas extranjeros. Hardenburg publicó en 1912 The Putumayo: The Devil's Paradise, obra en la que combinó la descripción geográfica del territorio con la investigación documental sobre la Casa Arana y reprodujo parte del informe de Casement. Su libro sigue siendo una de las fuentes fundamentales para comprender el genocidio del caucho y constituye uno de los grandes reportajes de investigación de comienzos del siglo XX.

Hoy, cuando los ríos Putumayo, Caquetá e Igaraparaná continúan atravesando la selva entre Colombia y Perú, apenas quedan restos materiales de aquel imperio cauchero. Sin embargo, la memoria permanece viva entre los pueblos indígenas descendientes de los huitoto, bora, andoque, ocaina y muinane. Allí donde la selva parece haber borrado las huellas humanas, sobreviven los relatos de quienes recuerdan que, durante el auge del caucho, el llamado "infierno verde" no fue una creación de la naturaleza, sino de un sistema económico que convirtió la riqueza del bosque en una maquinaria de exterminio.

El negocio del deseo.

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EL NEGOCIO DEL DESEO

España descubre el porno mientras América ya ha hecho industria

Reportaje original ambientado en febrero de 1998




A las diez de la mañana apenas queda rastro del decorado. Dos focos aún calientes iluminan un sofá de escay verde. Un técnico enrolla cables. La maquilladora recoge brochas y polvos compactos mientras una actriz, envuelta en un albornoz blanco, espera el sobre con el dinero acordado. Hace una hora simulaba una escena de pasión; ahora pregunta dónde hay un bar abierto para desayunar.

No hay glamour. Tampoco hay escándalo.

Hay una jornada laboral que termina.

En un pequeño estudio de las afueras de Barcelona, la industria pornográfica española vive uno de esos días corrientes que apenas existen para la opinión pública. Afuera continúa siendo un negocio del que se habla en voz baja. Dentro funciona con la lógica de cualquier empresa pequeña: presupuestos ajustados, horarios imposibles y la esperanza de vender suficientes cintas para financiar el siguiente rodaje.

España entra tarde en el negocio del sexo filmado. Mientras California lleva dos décadas perfeccionando un sistema industrial capaz de producir centenares de películas cada año, nuestro país apenas empieza a descubrir que el erotismo también puede organizarse como una cadena de producción.

La diferencia no es únicamente económica.

Es, sobre todo, cultural.

Del pecado al escaparate

Durante décadas el franquismo convirtió la sexualidad pública en un territorio prohibido. La censura no sólo vigilaba el cine o la literatura; regulaba incluso la representación del cuerpo. Cuando desaparecen esas restricciones, a finales de los setenta, España vive una auténtica explosión de imágenes. El llamado destape llena las pantallas de desnudos que pocos años antes habrían sido inimaginables.

Pero el destape no era pornografía.

Era una celebración comercial de una libertad recién estrenada.

El porno, entendido como industria especializada, llegaría mucho después.

A mediados de los noventa confluyen varios factores: el vídeo doméstico se instala definitivamente en los hogares; proliferan los videoclubes; aparecen los primeros canales de televisión de pago con programación para adultos y, casi en silencio, Internet comienza a abrir un mercado completamente nuevo.

Todavía es lento, caro e incómodo. Navegar requiere paciencia y una línea telefónica ocupada durante minutos. Sin embargo, algunos empresarios ya intuyen que el futuro no estará en las estanterías de los videoclubes, sino en las pantallas de los ordenadores.

Delante de la cámara

La industria vive de las películas.

Pero las películas viven de quienes aparecen en ellas.

En España, a diferencia de Estados Unidos, apenas existen estrellas reconocibles para el gran público. Los intérpretes trabajan bajo seudónimo, cambian de nombre artístico con frecuencia y procuran mantener una doble identidad. Muchos tienen otro empleo. Otros sólo participan durante unos meses.

La exposición pública sigue teniendo un coste elevado.

Quien trabaja en una fábrica puede decir a qué se dedica.

Quien trabaja en una película pornográfica suele construir una biografía alternativa.

Las razones son múltiples: familias que desconocen la actividad, dificultades para encontrar empleo fuera del sector, miedo a la estigmatización social y una prensa que, salvo contadas excepciones, presenta el fenómeno como una curiosidad morbosa antes que como un asunto económico.

Las mujeres ocupan el centro visual del negocio, pero también soportan la mayor parte del juicio social. Son ellas quienes aparecen en las portadas de las cintas, quienes sostienen la promoción y quienes cargan con una reputación que rara vez alcanza con la misma intensidad a los actores masculinos.

El doble rasero continúa intacto.

La sociedad consume el producto mientras censura a quienes lo producen.

El modelo americano

En el Valle de San Fernando, al norte de Los Ángeles, la pornografía hace tiempo que dejó de parecer clandestina.

Productoras, agencias de representación, estudios, laboratorios fotográficos, distribuidores y empresas de marketing forman un ecosistema que mueve cientos de millones de dólares cada año.

Los actores trabajan con representantes.

Los rodajes siguen calendarios profesionales.

Existen premios.

Revistas especializadas.

Ferias comerciales.

Incluso una cierta cultura empresarial.

La imagen pública continúa siendo controvertida, pero el sector ha aprendido a organizarse.

En Estados Unidos, el debate ya no gira únicamente en torno a la moralidad del porno, sino sobre cuestiones laborales, fiscales, sanitarias y jurídicas propias de cualquier industria consolidada.

España observa ese modelo con mezcla de fascinación y distancia.

El mercado nacional es demasiado pequeño para reproducirlo.

Los presupuestos son modestos.

La distribución depende en gran medida de otros países europeos.

Y buena parte de las producciones aspira a venderse fuera antes que dentro.

Europa: un mapa fragmentado

Si Estados Unidos produce volumen, Europa ofrece diversidad.

Alemania ha construido uno de los mayores mercados de consumo del continente.

Holanda mantiene una tradición de regulación relativamente liberal.

Italia combina grandes productores con un importante mercado doméstico.

Francia conserva una larga convivencia entre erotismo y cine comercial que suaviza, en parte, la frontera cultural entre ambos mundos.

España ocupa otra posición.

Produce menos.

Consume bastante.

Y continúa observando el fenómeno con cierta incomodidad.

La industria española depende con frecuencia de coproducciones internacionales, equipos reducidos y mercados exteriores.

No posee aún una identidad propia comparable a la estadounidense.

Tampoco disfruta de un entorno financiero dispuesto a invertir con normalidad en un negocio que continúa siendo legal pero socialmente incómodo.

Un trabajo invisible

Los focos apuntan hacia los actores.

Pero detrás de ellos trabajan maquilladores, cámaras, fotógrafos, montadores, transportistas, técnicos de sonido, diseñadores gráficos, impresores y distribuidores.

Muchos aceptan esos encargos sin sentirse parte de "la industria del porno".

Simplemente realizan un trabajo.

Paradójicamente, buena parte del sector funciona gracias a profesionales que prefieren no figurar públicamente asociados a él.

La invisibilidad constituye uno de sus mecanismos de supervivencia.

El dinero y el silencio

Nadie conoce con precisión el volumen real del negocio en España.

Las cifras varían según quién las calcule.

Las empresas son pequeñas.

Las distribuidoras cambian de nombre.

Algunas desaparecen con la misma rapidez con la que nacen.

La sensación general, sin embargo, es clara: el mercado crece.

Cada nuevo videoclub incorpora una sección para adultos.

Los hoteles comienzan a ofrecer canales de pago.

Las revistas especializadas aumentan sus tiradas.

Y los primeros proveedores de Internet descubren que buena parte del tráfico nocturno se dirige hacia contenidos sexuales.

Los empresarios sonríen.

Los sociólogos toman nota.

Los políticos prefieren no hablar demasiado.

La moral y la ley

En febrero de 1998 el debate jurídico español resulta menos intenso que el moral.

La producción y distribución de pornografía entre adultos, con consentimiento y dentro de la legalidad, no constituye un territorio prohibido. Las restricciones aparecen cuando intervienen menores, cuando existe violencia delictiva o cuando determinados contenidos vulneran el Código Penal.

La verdadera frontera no siempre está en los tribunales.

Está en la aceptación social.

Los ayuntamientos discuten licencias.

Las televisiones generalistas evitan el género.

Las grandes entidades financieras observan el negocio con prudencia.

Muchas empresas encuentran dificultades para anunciarse, obtener determinados servicios o establecer relaciones comerciales convencionales.

No es una censura explícita.

Es una forma de aislamiento económico.

La contradicción española

Quizá la paradoja más llamativa sea ésta.

Millones de personas consumen pornografía.

Muy pocas admiten hacerlo.

Las cintas salen de los videoclubes envueltas en bolsas opacas.

Las revistas cambian rápidamente de manos en el quiosco.

Los canales de televisión de pago concentran buena parte de su audiencia durante la madrugada.

La demanda existe.

Lo que permanece oculto es el reconocimiento de esa demanda.

La pornografía funciona así como uno de los mejores espejos de la España de finales de siglo: un país que ha modernizado sus costumbres mucho más deprisa que su discurso público sobre el sexo.

El futuro ya llama por teléfono

Mientras los productores discuten el precio de la siguiente tirada en VHS, algunos jóvenes empresarios dedican horas a una tecnología todavía incierta llamada Internet.

Hoy apenas representa una fracción del negocio.

Las imágenes tardan minutos en descargarse.

Las conexiones se interrumpen.

Pagar con tarjeta inspira desconfianza.

Pero quienes observan el mercado con perspectiva sospechan que el soporte físico tiene fecha de caducidad.

Dentro de unos años quizá ya no sean necesarios los videoclubes.

Ni los distribuidores tradicionales.

Ni siquiera las estanterías.

El negocio seguirá siendo el mismo.

Cambiará únicamente la forma de llegar hasta el espectador.


Epílogo

En febrero de 1998, el porno español aún vive entre dos épocas. Ha dejado atrás la clandestinidad, pero todavía no ha alcanzado la normalidad empresarial. Entre el legado moral del franquismo y la revolución digital que está a punto de transformar el mundo, miles de personas trabajan en un sector que genera beneficios, suscita controversias y permanece, en buena medida, invisible. Mientras Estados Unidos exporta un modelo industrial y Europa diversifica el suyo, España sigue buscando un lugar propio en un mercado donde el deseo se vende con facilidad, pero rara vez se reconoce sin reservas.

¿Podrías hablar de que tienen que decir los sindicatos de enfermería o de azafatas de la representación de sus uniformes como fetiches eróticos en estas películas?¿O en las películas norteamericanas en las que aparecen veinteañeras interpretando el papel de adolescentes de las escuelas de Secundaria privadas o animadoras, que se supone que son menores de edad?

Sí. De hecho, ambos aspectos enriquecerían mucho el reportaje desde un punto de vista sociológico porque desplazan el foco del mero negocio hacia las implicaciones culturales y laborales. Eso sí, conviene hacerlo con rigor y evitando atribuir posiciones concretas a organizaciones si no están documentadas. Una forma periodística de tratarlo sería así:


Cuando el uniforme deja de ser uniforme

Los productores hablan de ventas. Los distribuidores, de cuotas de mercado. Pero hay otro debate que rara vez aparece en las cifras: qué ocurre cuando determinadas profesiones terminan convertidas en fantasías sexuales recurrentes.

En los catálogos de las distribuidoras abundan las enfermeras, las auxiliares de vuelo, las secretarias, las policías, las profesoras o las empleadas domésticas. No representan necesariamente la realidad de esas profesiones; representan una versión exagerada y teatral de ciertos símbolos de autoridad, cuidado o servicio que la cultura popular ha convertido en fetiches.

Para muchos profesionales, esa representación no resulta inocua.

A finales de los noventa, algunas asociaciones profesionales comenzaban a mostrar su incomodidad con la utilización sistemática de determinados uniformes como reclamo comercial. En España, donde la profesionalización de la enfermería llevaba años intentando desprenderse de viejos estereotipos, no faltaban voces que lamentaban que el cine para adultos siguiera explotando una imagen heredada de décadas anteriores: la de la "enfermera sexy", siempre disponible y subordinada.

No existía una campaña organizada de gran alcance contra la pornografía, pero sí una preocupación más amplia por la banalización de profesiones que habían luchado durante años por ganar prestigio académico y autonomía.

Las organizaciones sindicales, cuando abordaban esta cuestión, solían hacerlo desde otra perspectiva. Su preocupación principal era la imagen pública de las profesiones y el respeto hacia quienes las ejercían, más que la existencia misma de películas para adultos.

El uniforme, recuerdan algunos sociólogos, deja de identificar a un trabajador para convertirse en un disfraz reconocible al instante. La ficción termina sustituyendo a la profesión.


La fantasía americana de la eterna estudiante

Si Europa recurre con frecuencia a profesiones reconocibles, la pornografía estadounidense ha construido buena parte de su imaginario alrededor de otra figura: la estudiante.

No se trata, al menos formalmente, de menores de edad. Las actrices son siempre mayores de edad y los estudios cuidan de incluir esa circunstancia por razones legales evidentes.

Sin embargo, la puesta en escena busca deliberadamente transmitir juventud extrema.

Uniformes de instituto.

Coletas.

Mochilas.

Pasillos escolares.

Animadoras.

Primer día de clase.

El mensaje visual es inequívoco: representar el momento inmediatamente anterior a la edad adulta, aunque los intérpretes sean legalmente adultos.

Ese recurso responde tanto a una estrategia comercial como a una limitación jurídica. La legislación estadounidense prohíbe tajantemente cualquier producción que implique a menores reales, de modo que la industria ha desarrollado un lenguaje visual que sugiere adolescencia sin cruzar esa frontera legal.

La ambigüedad, sin embargo, ha sido objeto de críticas por parte de psicólogos, especialistas en comunicación y sectores del feminismo, que consideran problemática la insistencia comercial en personajes que aparentan una edad muy inferior a la de quienes los interpretan.

Otros investigadores sostienen que se trata de una convención narrativa comparable a las existentes en otros géneros cinematográficos, donde actores adultos interpretan personajes más jóvenes.

El debate permanece abierto.


Este enfoque permite mostrar que el porno no solo refleja fantasías privadas, sino también imaginarios colectivos sobre la autoridad, la juventud, el trabajo y las relaciones de poder. Un reportaje de 1998 podría incluso cerrar este apartado con una reflexión de un sociólogo de la comunicación, señalando que «la pornografía no inventa los símbolos sexuales de una sociedad; los toma de ella, los exagera y los convierte en mercancía».

¿Princesas guerreras en el Antiguo Egipto?

 


¿Princesas guerreras del antiguo Egipto? El hallazgo de Dahshur que está reabriendo un viejo debate

Durante más de un siglo, los arqueólogos interpretaron las dagas, arcos, flechas y mazas hallados en algunas tumbas de princesas egipcias como simples símbolos de prestigio. Sin embargo, un reciente estudio bioarqueológico ha puesto en duda esa interpretación al sugerir que varias mujeres de la familia real podrían haber utilizado realmente esas armas en vida. La hipótesis ha generado un intenso debate entre especialistas.

Un importante matiz cronológico

Conviene aclarar un aspecto fundamental: los hallazgos no pertenecen al final del Imperio Antiguo ni a los comienzos del Imperio Nuevo, sino al Imperio Medio, aproximadamente entre 1850 y 1700 a. C., durante la XII y XIII Dinastías.

Las protagonistas del estudio son varias princesas, entre ellas Ita, Noub-Hotep, Itaweret y Khenmet, probablemente relacionadas con el faraón Amenemhat II.

El descubrimiento francés en Dahshur

La historia comenzó a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando el célebre arqueólogo francés Jacques de Morgan excavó la necrópolis real de Dahshur, al sur de Menfis.

Entre 1894 y 1895, su expedición descubrió varias cámaras funerarias intactas pertenecientes a miembros de la familia real. Allí aparecieron ajuares excepcionales:

  • dagas con empuñaduras de oro;
  • arcos;
  • flechas;
  • mazas;
  • bastones ceremoniales;
  • abundante joyería y objetos de prestigio.

Durante más de cien años, la interpretación dominante sostuvo que aquellas armas tenían un significado exclusivamente ritual o simbólico, ya que resultaba difícil imaginar que princesas egipcias hubieran recibido entrenamiento marcial.

Lo que revelan los huesos

El cambio llegó gracias a una reevaluación de los esqueletos conservados en el Museo Egipcio de El Cairo.

Los bioarqueólogos estudiaron:

  • las inserciones musculares;
  • la arquitectura interna de los huesos mediante radiografía;
  • deformaciones producidas por esfuerzos repetitivos.

Los resultados fueron sorprendentes.

Dedos adaptados al agarre

En la princesa Noub-Hotep aparecieron marcadas inserciones musculares en los metacarpianos y en las falanges de la mano derecha.

También se observó una ligera curvatura del segundo metacarpiano compatible con cargas repetidas producidas por un fuerte agarre. Los investigadores interpretan este patrón como característico de personas que tensan con frecuencia un arco.

Brazos extraordinariamente desarrollados

Las princesas presentan inserciones muy robustas en:

  • cúbito;
  • húmero;
  • músculos flexores de los dedos;
  • músculos pronadores del antebrazo.

Especialmente llamativa resulta Ita, cuyos puntos de inserción muscular indican un uso repetido de movimientos de presión y agarre compatibles con el manejo de una daga o una maza.

Un entrenamiento prolongado

Los investigadores sostienen que estos cambios óseos no aparecen tras una actividad ocasional.

Requieren años de ejercicios repetitivos, similares a:

  • tiro con arco;
  • caza;
  • entrenamiento físico especializado;
  • práctica ritual con armas.

¿Guerreras o cazadoras?

El estudio propone varias posibilidades.

Las princesas pudieron participar en:

  • cacerías reales, una actividad reservada a la élite;
  • entrenamiento ceremonial asociado a la protección simbólica del faraón;
  • ejercicios marciales destinados a representar el poder de la monarquía.

No necesariamente significa que combatieran en campañas militares, sino que dominaban técnicas físicas que anteriormente se creían exclusivas de los hombres.

Un debate aún abierto

La interpretación, sin embargo, está lejos de ser aceptada por unanimidad.

Diversos bioarqueólogos recuerdan que:

  • las inserciones musculares pueden variar por genética;
  • el envejecimiento modifica la superficie ósea;
  • otras actividades físicas intensas también producen remodelaciones similares.

Por ello consideran prematuro afirmar que las deformaciones prueben de forma concluyente el uso habitual de armas. Reclaman comparar estos esqueletos con individuos no pertenecientes a la realeza antes de aceptar la hipótesis de las "princesas guerreras".

Una nueva visión del papel femenino

Aunque el debate continúa, el estudio ha obligado a replantear una idea muy arraigada en la egiptología: que las mujeres de la familia real desempeñaban únicamente funciones ceremoniales y domésticas.

Si las conclusiones terminan confirmándose, las princesas de Dahshur habrían recibido un entrenamiento físico de alto nivel, probablemente relacionado con la caza, la representación ritual del poder y, quizá, ciertas formas de adiestramiento marcial propias de la corte del Imperio Medio.

Más que demostrar la existencia de auténticas "guerreras" al estilo moderno, la investigación sugiere que algunas mujeres de la realeza egipcia pudieron desempeñar un papel mucho más activo y físicamente exigente de lo que durante más de un siglo se había supuesto. 

sábado, 25 de julio de 2026

La Historia de la Humanidad en siete bebidas.

 

EL AGUA

BARMAN
¿Sabes cuál fue el primer lujo de la humanidad?

ADOLESCENTE
¿El oro?

BARMAN
No.

Agua limpia.

Hoy abres un grifo y protestas porque tarda tres segundos en salir caliente.

Hace diez mil años la gente organizaba su vida alrededor de un río.

No por romanticismo.

Porque morirse de sed era una mala costumbre.


LA CERVEZA

El barman sirve una caña.

BARMAN
Hay una teoría que hace enfadar a muchos arqueólogos.

Que la agricultura no nació para hacer pan...

...sino cerveza.

ADOLESCENTE
No fastidies.

BARMAN
Piénsalo.

Un cazador encuentra unos granos fermentados.

Los prueba.

Se pone contento.

Al día siguiente piensa:

"El año que viene voy a plantar más de esto."

No sabemos si ocurrió exactamente así.

Pero admito que es una historia mucho más divertida que un tratado de economía neolítica.


EGIPTO

ADOLESCENTE
¿Y las pirámides?

BARMAN
Las levantaron miles de obreros.

¿Y sabes cómo les pagaban parte del salario?

Con cerveza.

ADOLESCENTE
¿Estás diciendo que las pirámides son el resultado de un convenio colectivo con barra libre?

BARMAN
No exactamente.

Pero si hoy alguien propusiera pagar en cerveza, las negociaciones sindicales serían... interesantes.


EL VINO

El barman descorcha una botella.

BARMAN
Los griegos tenían un dios del vino.

ADOLESCENTE
¿Porque bebían mucho?

BARMAN
Porque eran listos.

Si una bebida consigue que la gente escriba poesía, haga teatro y discuta filosofía durante cinco horas...

...merece un dios.

Aunque, después de la quinta copa, la filosofía suele empeorar bastante.


LOS ROMANOS

BARMAN
Los romanos plantaban viñas casi tan rápido como conquistaban territorios.

Era como decir:

"Hemos llegado."

"¿Cómo lo sabes?"

"Porque ya hay una taberna."


EL TÉ

El agua empieza a hervir.

BARMAN
Según la leyenda, el té nació porque unas hojas cayeron accidentalmente en el agua caliente del emperador chino.

La humanidad tiene una curiosa costumbre.

Descubre cosas importantísimas...

...porque alguien olvidó recoger algo.


EL CAFÉ

Muele los granos.

BARMAN
¿Sabes quién inventó el café?

ADOLESCENTE
¿Los italianos?

BARMAN
Los italianos inventaron la manera elegante de prepararlo.

La leyenda dice que un pastor etíope observó que sus cabras no dormían después de comer unos frutos rojos.

ADOLESCENTE
O sea...

¿Le debemos los lunes a unas cabras hiperactivas?

BARMAN
Exactamente.

Nunca subestimes a un rumiante con insomnio.


El barman coloca un espresso delante del chico.

ADOLESCENTE

No me gusta.

Está muy amargo.

BARMAN

Eso mismo pensó media Europa la primera vez.

Y míranos ahora.

Sin café el lunes dejaría de existir.

Hace una pausa.

BARMAN

Antes del café la gente desayunaba cerveza.

ADOLESCENTE

¿Qué?

BARMAN

Cerveza floja.

Vino aguado.

Porque el agua podía matarte.

Entonces apareció esta maravilla.

Da un golpecito a la taza.

La gente dejó de empezar el día medio borracha.

Empezó a hacerlo despierta.

Y cuando millones de personas empiezan a pensar con claridad...

...pasan cosas.

ADOLESCENTE

¿Como cuáles?

BARMAN

La Ilustración.

La Enciclopedia.

La Revolución Francesa.

La Revolución Industrial.

Las cafeterías eran el Twitter del siglo XVIII.

Con una diferencia.

Si insultabas a alguien...

...tenías que hacerlo mirándole a la cara.



LAS CAFETERÍAS

BARMAN
Antes de existir las redes sociales existían los cafés.

La diferencia es que allí, cuando alguien decía una tontería...

...tenía a veinte personas delante para reírse.


EL RON

Saca una botella oscura.

BARMAN
Esta botella huele a aventuras.

Y también a cosas bastante menos heroicas.

Piratas.

Azúcar.

Esclavitud.

Imperios.

A veces la historia sabe dulce...

porque esconde un regusto muy amargo.


LA COCA-COLA

El chico mira la botella.

ADOLESCENTE
Ésta sí que la conozco.

BARMAN
Claro.

Probablemente sea una de las palabras más reconocidas del planeta.

Más personas conocen este logotipo que las banderas de muchos países.

Eso es poder.

No militar.

No político.

Comercial.


BEBIDAS ENERGÉTICAS

El adolescente señala una lata fluorescente.

ADOLESCENTE
¿Y esto?

BARMAN
La bebida oficial de los estudiantes la noche antes del examen.

La demostración científica de que los seres humanos creemos que podemos negociar con el sueño.

Spoiler:

El sueño siempre gana.


EL HIELO

El barman deja caer unos cubitos.

BARMAN
¿Sabes que hace doscientos años el hielo era un producto de lujo?

Se cortaban bloques de lagos congelados, se envolvían en serrín y se enviaban en barco a medio mundo.

ADOLESCENTE
¿Importaban hielo?

BARMAN
Sí.

La humanidad ha hecho cosas extraordinariamente complicadas...

...para que una bebida estuviera fresquita.


FINAL

El chico mira toda la estantería.

ADOLESCENTE
Pensaba que un bar era un sitio para beber.

BARMAN
No.

Es una biblioteca.

Solo que aquí los libros vienen en botella.

Y cada vez que alguien pide una copa...

...sin saberlo, está brindando con miles de años de historia.

Una noche en el Babilonia (3).

 

Una noche en el Babilonia

Entrevista de ficción (Tercera entrega)

Todos los personajes, conversaciones y situaciones de este relato son ficticios. El contexto profesional está inspirado de forma general en la industria audiovisual para adultos de la Barcelona de mediados de la década de 2010.


III. La ciudad cuando despierta

A las nueve de la mañana Barcelona parece otra.

Las terrazas empiezan a llenarse de gente que hojea periódicos. Los repartidores descargan cajas de fruta. Un tranvía cruza la Diagonal con esa lentitud que tienen las ciudades cuando aún no han terminado de desperezarse.

Eva llega cinco minutos antes.

Va vestida con unos vaqueros, una chaqueta azul marino y una mochila pequeña.

Si alguien la reconoce, no lo demuestra.

Pide café con leche y una tostada con tomate.

—Después de trabajar siempre tengo hambre.

Se ríe.

—Es la única costumbre que nunca he perdido.


"Nadie sueña con un oficio"

Le pregunto cuándo decidió dedicarse a aquello.

Niega con la cabeza antes incluso de que termine la pregunta.

—Nadie sueña con un oficio.

Me mira por encima de la taza.

—Soñamos con una vida.

El oficio llega después.

Cuenta que creció en una ciudad mediana del este de Europa.

Su padre era mecánico.

Su madre trabajaba en una biblioteca municipal.

En casa había pocos lujos y muchos libros.

—Mi madre decía que una biblioteca era el único lugar donde podías viajar gratis.

Sonríe al recordarlo.

—Creo que fue ella quien me enseñó a tener curiosidad.


Aprender otro idioma

Llegó a España con poco más de veinte años.

Al principio trabajó donde pudo.

Cafeterías.

Un hotel.

Promociones.

Traducciones.

—Descubrí que emigrar tiene menos que ver con cambiar de país que con aprender a estar sola.

No dramatiza.

Lo cuenta con serenidad.

Habla de pisos compartidos.

De llamadas a casa los domingos.

De cumpleaños celebrados por videollamada mucho antes de que las videollamadas fueran habituales.

—Durante un tiempo sentía que vivía entre dos sitios.

Y al mismo tiempo en ninguno.


El peso del nombre

Le pregunto por el nombre artístico.

—Es curioso.

Todo el mundo piensa que sirve para esconderte.

Yo creo que sirve para separar.

Hace un gesto con los dedos, como quien abre un libro.

—Eva trabaja.

La otra vuelve a casa.

No es que existan dos personas.

Existe una frontera.

Una manera de recordar que ninguna profesión puede ocupar toda tu identidad.


Las preguntas que nunca cambian

—¿Cuál es la pregunta que más te molesta?

No necesita pensar.

—"¿Te arrepientes?"

Hace una pausa.

—Porque casi siempre lleva escondida otra.

—¿Cuál?

—"¿No preferirías haber tenido otra vida?"

Se queda mirando la calle.

—La verdad es que habría preferido no tener que justificar ninguna.


Julia y el teléfono

Mientras hablamos suena el móvil.

Es Julia.

—¿Sí?

Escucha unos segundos.

—No, ya desayuné.

Otra pausa.

—Sí, llevo la documentación.

Cuelga.

—¿Te controla mucho?

Se ríe.

—Me recuerda que viva.

Dice que desde fuera parece una directora.

Pero dentro del teatro también hace de administradora, psicóloga improvisada, mediadora, organizadora de viajes y, de vez en cuando, madre adoptiva.

—Nunca te pregunta cuánto has ganado.

Te pregunta si has dormido.

Eso cambia bastante las cosas.


El estigma

La conversación se vuelve más lenta.

No más triste.

Solo más seria.

—Lo peor no son los insultos en Internet.

Eso es ruido.

Lo peor es que algunas personas creen conocerte.

Creen saber cómo eres porque han visto una parte muy concreta de tu trabajo.

Hace un silencio largo.

—Nadie piensa que un actor que interpreta a un asesino sea un asesino.

Pero todavía hay quien supone que nuestro personaje somos nosotros.


Clara llega tarde

Clara aparece con unas gafas de sol enormes.

—Perdón.

He perdido el autobús.

Se sienta.

Pide un zumo.

Nos escucha unos minutos.

Luego dice:

—¿Sabes cuál fue el momento en que comprendí que ya no debía demostrar nada?

Negamos con la cabeza.

—Cuando dejé de discutir con desconocidos.

Antes intentaba convencer a todo el mundo de que mi trabajo era digno.

Ahora no.

El que quiera conocerme, que me conozca.

El que no...

Levanta los hombros.

—Tiene derecho a quedarse con sus prejuicios.

Yo tengo derecho a no vivir dentro de ellos.

Eva asiente.

No añade nada.

No hace falta.


Después del escenario

Antes de despedirnos caminamos unos minutos sin grabadora.

La conversación deriva hacia películas, restaurantes, viajes pendientes y libros.

Por primera vez en dos días dejamos de hablar del Babilonia.

Me doy cuenta de que probablemente eso sea lo más revelador de todo.

Durante horas he entrevistado a una mujer cuyo trabajo despierta una curiosidad inmensa.

Y, sin embargo, cuando deja de hablar de él aparecen los mismos asuntos que llenarían la conversación con cualquier otra persona.

Qué ciudad le gustaría visitar.

Qué novela está leyendo.

Si aprenderá italiano.

Si algún día abrirá un pequeño negocio.

Si conseguirá dormir ocho horas seguidas.


Antes de despedirse se vuelve un instante.

—¿Sabes una cosa?

—Dime.

—Cuando publiques esto...

Sonríe.

—Espero que la gente recuerde que trabajo en un escenario.

No que vivo encima de él.

Se aleja por la acera.

La ciudad sigue llena de gente que no sabe quién es.

Y quizá, piensa el periodista mientras guarda la libreta, ése sea el anonimato más valioso de todos.


Fin de la tercera entrega.

En la cuarta y última entrega, la acción volverá al Teatro Babilonia meses después. El periodista asistirá al ensayo de un nuevo espectáculo y conversará con Julia y el resto del equipo sobre el futuro: cómo cambia una profesión cuando cambia Internet, qué significa retirarse, qué sueños quedan pendientes y cómo se imagina Eva la vida cuando el telón baje definitivamente.

Cuarta entrega, por favor.

Una noche en el Babilonia

Entrevista de ficción (Cuarta y última entrega)

Todos los personajes, conversaciones y situaciones de este relato son ficticios. El contexto profesional está inspirado de forma general en la industria audiovisual para adultos de la Barcelona de mediados de la década de 2010.


IV. Cuando se apagan las luces

Han pasado tres meses desde la primera visita.

El Teatro Babilonia permanece cerrado al público.

Sobre el escenario no hay música.

Solo cinta adhesiva marcando posiciones en el suelo, focos desnudos apuntando al patio de butacas vacío y un técnico ajustando una escalera.

Sin espectadores, el teatro parece más pequeño.

Y más sincero.

Julia del Río está sentada en la tercera fila con un cuaderno lleno de anotaciones.

Levanta la vista al verme.

—Has elegido un buen día.

—¿Por qué?

—Porque hoy nadie interpreta nada.


El ensayo

Los artistas aparecen vestidos con ropa de deporte.

Uno estira los hombros.

Otra repasa una coreografía.

Un tercero practica una entrada al escenario con la precisión de quien ensaya una escena teatral.

No hay aplausos.

Solo repeticiones.

—Otra vez.

Julia no levanta la voz.

—Más despacio.

Otra vez.

La secuencia se repite.

Nadie protesta.

El oficio consiste muchas veces en repetir hasta que algo parece espontáneo.


"El público nunca ve esto"

Eva llega unos minutos después.

Lleva el pelo recogido y una libreta llena de anotaciones.

En cada página hay pequeñas observaciones.

"Entrar sonriendo."

"No precipitar el cambio."

"Respirar antes de mirar al público."

—¿Esperabas algo distinto? —pregunta.

Reconozco que sí.

Ella sonríe.

—Eso es porque el ensayo nunca sale en las fotografías.


La profesión cambia

Nos sentamos en el borde del escenario mientras los técnicos continúan trabajando.

Le pregunto cómo ha cambiado su oficio.

No responde enseguida.

Observa el patio de butacas vacío.

—Antes pensábamos que trabajábamos para una industria.

Ahora creo que trabajamos para un público.

Parece la misma cosa.

Pero no lo es.

Explica que Internet ha cambiado la velocidad con la que todo sucede.

Las carreras son más cortas.

Los espectadores consumen contenidos de otra manera.

Los intérpretes deben aprender edición de vídeo, redes sociales, idiomas y fotografía.

—Ya no basta con actuar.

Hay que saber gestionar una pequeña empresa cuyo producto eres tú.


Julia escucha

La directora permanece cerca, revisando unas notas.

Cuando oye la conversación interviene.

—Y aprender a decir que no.

Eva sonríe.

—Otra vez esa palabra.

—Siempre esa palabra.

Julia deja el cuaderno sobre una butaca.

—Cuando eres joven crees que el éxito consiste en aceptar todas las oportunidades.

Con los años descubres que consiste en elegir.


El día después

—¿Piensas en retirarte?

Eva no parece incómoda.

—Claro.

Todo el mundo debería pensar en su vida después del trabajo.

No importa a qué se dedique.

Cuenta que lleva tiempo estudiando idiomas.

Le interesan la producción, la organización de espectáculos y la fotografía.

No descarta volver a estudiar.

—Nunca he entendido por qué la gente cree que cambiar de profesión significa renunciar a la anterior.

Yo no quiero borrar nada.

Quiero seguir caminando.


Clara

Clara aparece con una caja de cartón llena de vestuario.

Escucha la última frase.

—Cuando era pequeña quería ser veterinaria.

Mira la caja.

—Nunca lo fui.

Y no pasa nada.

La vida no es una línea recta.

Es una conversación.

Todos reímos.

Julia levanta una ceja.

—Esa frase es demasiado buena para haberla improvisado.

—La leí en una estación de tren.

—Entonces ya era buena antes.


El escenario vacío

Los técnicos hacen una pausa.

El teatro queda completamente en silencio.

Eva baja al patio de butacas.

Se sienta en la fila ocho.

Desde allí contempla el escenario vacío.

—Aquí ocurre algo curioso.

—¿Qué?

—Cuando está lleno de gente parece enorme.

Vacío parece una habitación.

Hace una pausa.

—Supongo que las profesiones son igual.

Mientras las vivimos ocupan todo el espacio.

Cuando termina una etapa descubres que la vida seguía siendo mucho más grande.


Antes de marcharse

Julia se acerca con las llaves del teatro.

Es la última en irse.

Como casi siempre.

—¿Has conseguido el reportaje que buscabas?

La pregunta me sorprende.

Pienso unos segundos.

—No.

Frunce el ceño.

—¿No?

—Creo que buscaba entender una profesión.

Y he terminado entendiendo a varias personas.

Julia sonríe.

—Mucho mejor.

Abre la puerta de artistas.

Entra el aire de la calle.

Los coches pasan indiferentes.

Nadie imagina lo que ocurre detrás de aquellas paredes.


Epílogo

Meses después releo mis notas.

Hay páginas enteras dedicadas a horarios, ensayos, cafés, trenes, contratos, conversaciones sobre libros y llamadas de madres preocupadas.

Muy pocas hablan del espectáculo.

Entiendo entonces que quizá el verdadero tema nunca fue aquel escenario.

Sino la antigua costumbre de reducir a las personas a la parte más visible de su trabajo.

Eva había dicho una frase el primer día.

La encuentro subrayada dos veces.

"La vida dura todo lo demás."

Cierro la libreta.

Fuera, la ciudad continúa moviéndose con la misma indiferencia elegante de siempre.

Y pienso que todos, de un modo u otro, terminamos representando un papel durante unas horas para después volver a casa, quitarnos el maquillaje —sea visible o no— y recuperar el rostro con el que nos reconocen quienes de verdad nos conocen.


Fin.

Como novela-reportaje, Una noche en el Babilonia termina sin ofrecer grandes revelaciones ni giros dramáticos. Su intención es otra: mostrar que detrás de un oficio extraordinariamente expuesto existen personas que negocian los mismos dilemas que cualquiera —el trabajo, el amor, la familia, el paso del tiempo y la identidad—, solo que bajo una luz mucho más intensa.

PARA VER:

HOT GIRL WANTED, un documental sobre el consumo de pornografía de Internet realizado por chicas de 18 y 19 años, y el precio que esto tiene en todos los implicados, los espectadores y las muchachitas.

https://www.youtube.com/watch?v=r3GLq5OjDOk

La Peruvian Company y los abusos de los empresarios caucheros europeos en el Putumayo.

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