martes, 9 de junio de 2026

Rondallas (2025).

 


La película Rondallas es un drama con bastante retranca gallega y mucho componente coral, dirigido por Daniel Sánchez Arévalo. Dura unos 112 minutos y está protagonizada por Javier Gutiérrez, María Vázquez, Tamar Novas, Carlos Blanco y Xosé A. Touriñán, entre otros. Se rodó en varias localidades de Pontevedra —sobre todo A Guarda, Tui, Baiona y Vigo— y toda la producción está muy pegada al paisaje y al habla de la costa gallega.

El argumento gira alrededor de un pequeño pueblo marinero de Galicia que intenta recomponerse dos años después del naufragio de un pesquero en el que murieron siete vecinos. El pueblo sigue congelado emocionalmente: hay culpa, silencios, peleas enquistadas y gente incapaz de pasar página. Entonces surge la idea de recuperar la rondalla local —que llevaba parada desde la tragedia— para volver a tocar y competir con otros pueblos. La música acaba funcionando como excusa para reconstruir vínculos, sacar el duelo hacia fuera y volver a sentirse comunidad.


La parte que parece más inspirada en hechos reales no es tanto el naufragio concreto —no está basada oficialmente en un accidente específico— como el universo social y cultural que retrata. Sánchez Arévalo contó que descubrió las rondallas en Mos y que aquello le fascinó. De hecho, varias entrevistas explican que la película se inspiró en agrupaciones reales del sur de Pontevedra, especialmente en la Rondalla de Santa Eulalia de Mos y en vídeos virales donde estas bandas mezclaban tradición gallega con canciones modernas, incluso temas de AC/DC.

Y ahí está seguramente la clave de por qué mucha gente dice que “parece real”: el ambiente sí lo es muchísimo. En Galicia marítima ha habido bastantes tragedias pesqueras reales a lo largo de décadas, y la película recoge muy bien esa sensación de duelo colectivo que existe en muchos pueblos de mar. No funciona como “basado en hechos reales” al estilo documental, pero sí como una ficción construida con materiales muy reconocibles para cualquiera que conozca las Rías Baixas.

Sobre qué son exactamente las rondallas en la Galicia marítima: son agrupaciones musicales populares, muy típicas sobre todo del sur de Pontevedra. Participa gente de todas las edades y mezclan instrumentos tradicionales —gaitas, tambores, bombos, panderetas— con instrumentos de cuerda y mucha percusión. Suelen salir en fiestas, certámenes y celebraciones navideñas o patronales. Pero más que una banda “profesional”, funcionan como una institución vecinal. Ensayan durante meses, cosen trajes, preparan repertorios y movilizan pueblos enteros. En muchos sitios, pertenecer a la rondalla es casi una identidad colectiva.

Lo curioso es que fuera de Galicia muchísima gente no sabía ni que existían. Incluso actores gallegos de la película comentaban que para muchos gallegos del norte también era un descubrimiento, porque esta tradición está muy concentrada en determinadas zonas de Pontevedra. 

Para ver:

https://www.youtube.com/watch?v=0GU0DXYcjJk

lunes, 8 de junio de 2026

Las probables razones de la temprana muerte de Napoleón en 1821.

 


La muerte de Napoleón Bonaparte sigue dando pie a teorías porque alrededor de él siempre hubo una mezcla de política, leyenda y cotilleo. Pero, si uno se queda con lo que hoy acepta la mayoría de los historiadores y médicos, lo más probable es que muriera de un cáncer de estómago, seguramente agravado por su estado físico y las condiciones de sus últimos años en la isla de Santa Elena.

Lo interesante es que casi todas las teorías que mencionas tienen un pequeño trozo de verdad… pero ninguna, por sí sola, explica del todo su muerte.

Napoleón llevaba años con problemas digestivos. Hay testimonios de dolores de estómago, náuseas, vómitos y pérdida de apetito bastante antes de morir. Además, su padre también murió de algo muy parecido, así que existe la sospecha de una predisposición familiar al cáncer gástrico. La autopsia realizada en 1821 describió una enorme lesión ulcerada en el estómago, compatible con un cáncer avanzado. Eso es lo que sigue teniendo más peso.

Ahora bien: el confinamiento en Santa Elena probablemente lo remató antes de tiempo. No era una prisión húmeda y pestilente como a veces se pinta en novelas, pero sí un lugar deprimente, aislado y con un clima desagradable: mucha humedad, viento, lluvia y una sensación constante de encierro. La casa de Longwood tenía problemas reales de moho y mala ventilación. Un hombre que había pasado media vida moviéndose entre campañas militares, rodeado de actividad y poder, terminó encerrado en una isla perdida mirando el horizonte. Aquello afectó muchísimo a su salud física y mental.

Sobre la alimentación, ahí hay bastante exageración romántica. En campaña militar sí pasó épocas de estrés, cansancio y comidas horribles —como casi todos los oficiales de la época—, pero Napoleón no fue precisamente alguien consumido por el hambre. De hecho, en sus últimos años estaba bastante corpulento. En Santa Elena tenía cocina propia, vino, carne y productos importados cuando llegaban barcos. Otra cosa es que la calidad variara y que una dieta poco fresca empeorara sus problemas digestivos. Pero no parece que muriera de desnutrición ni de falta de verduras.

La teoría del envenenamiento con arsénico es la más famosa. Surgió porque en análisis modernos encontraron niveles altos de arsénico en mechones de su pelo. Durante un tiempo se habló incluso de un complot: un miembro de su séquito habría ido envenenándolo lentamente, quizá por celos o intrigas políticas. Suena muy novelesco, y por eso tuvo tanto éxito. El problema es que en el siglo XIX el arsénico estaba por todas partes: tintes, papeles pintados, medicamentos, conservantes, cosméticos… Mucha gente tenía niveles altos en el cuerpo sin haber sido asesinada. Además, cabellos de Napoleón de distintas épocas —incluso anteriores a Santa Elena— muestran concentraciones parecidas. Hoy la mayoría de especialistas cree que no hay pruebas sólidas de un asesinato deliberado.

Y lo de la aventura con la esposa de un oficial entra más en el terreno del rumor histórico sabroso que en el de la evidencia seria. Napoleón tenía fama de mujeriego y en Santa Elena convivía con un grupo pequeño lleno de tensiones, egos y resentimientos, así que las habladurías crecieron muchísimo. Pero no hay documentos fiables que sostengan una venganza por adulterio como causa real de su muerte.

En resumen: lo más probable es que Napoleón muriera de cáncer de estómago, agravado por el deterioro físico, la depresión, el sedentarismo y las malas condiciones ambientales de Santa Elena. El clima húmedo y el aislamiento pudieron acelerar el declive, pero no parecen la causa principal. Y las teorías del envenenamiento siguen fascinando porque encajan muy bien con el personaje: cuesta imaginar que alguien como Napoleón acabara muriendo simplemente enfermo y derrotado en una isla perdida.

Viajar en tren de vapor por la India.

 La legendaria Fairy Queen —en hindi muchas veces llamada “la Reina de las Hadas”— es una de esas máquinas que parecen sacadas de una novela victoriana. Fue construida en 1855 en Leeds, Inglaterra, por la firma Kitson, Thompson & Hewitson, para la East Indian Railway. Lo asombroso es que sigue funcionando: durante décadas fue considerada por Guinness World Records como la locomotora de vapor operativa más antigua del planeta.


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La locomotora empezó transportando correo y pasajeros entre Howrah y Raniganj, en el este de la India colonial. Incluso arrastró trenes militares durante la rebelión india de 1857, un detalle histórico bastante potente: esta máquina literalmente atravesó el siglo XIX en activo. Después quedó apartada y preservada, pasando años como pieza estática hasta que Indian Railways la restauró en los años noventa. Desde 1997 volvió a circular en servicios turísticos patrimoniales.

Lo bonito de la Fairy Queen no es la velocidad —apenas ronda los 40 km/h— sino la experiencia: humo de carbón, silbato agudo, olor metálico y ese ritmo pausado que convierte el trayecto en una cápsula del tiempo. Mucha gente que la ha visto en funcionamiento habla del sonido como algo hipnótico. En comunidades ferroviarias de Reddit hay auténtica devoción por ella; varios aficionados comentan que verla en marcha es “un viaje al siglo XIX”.

Hoy la locomotora suele estar vinculada al depósito histórico de Rewari, cerca de Delhi, y aparece en servicios especiales y eventos patrimoniales más que en una línea turística regular fija.

Si quieres vivir algo parecido en India, hay varias experiencias ferroviarias espectaculares, y sinceramente el país es probablemente uno de los mejores lugares del mundo para el turismo de trenes históricos.

El más famoso es el ferrocarril de montaña de Darjeeling, el mítico Darjeeling Himalayan Railway, declarado Patrimonio de la Humanidad. Sus pequeñas locomotoras de vapor B-Class suben entre plantaciones de té y niebla himalaya. Es menos “lujo” y más sensación de aventura antigua. Hay momentos en que el tren pasa literalmente rozando casas y mercados.

Otro imprescindible es el Nilgiri Mountain Railway, en el sur. Aquí las locomotoras funcionan con sistema de cremallera para subir pendientes brutales hacia Ooty. El paisaje cambia de jungla tropical a colinas cubiertas de eucaliptos y té. Mucha gente considera este trayecto el más cinematográfico de India.

El Kalka-Shimla Railway es distinto: menos vapor clásico hoy en día, pero una maravilla de ingeniería colonial con puentes, túneles y estaciones diminutas perdidas entre montañas.

Y si quieres algo más elegante, existe el famoso Palace on Wheels, un tren turístico de lujo inspirado en los vagones de antiguos maharajás. No tiene la autenticidad industrial romántica de la Fairy Queen, pero sí una experiencia muy cómoda para recorrer Rajastán.

Para alguien realmente aficionado al vapor, yo haría una combinación muy concreta: Delhi + museo ferroviario + Rewari Steam Shed + alguna salida patrimonial si coincide en fechas, y después enlazaría con Darjeeling o Nilgiri. Ahí ya no es solo transporte; es cultura ferroviaria viva.

Además, India conserva algo que en Europa casi ha desaparecido: la relación emocional con el tren. Allí las locomotoras históricas no se sienten como piezas muertas de museo, sino como máquinas todavía queridas por trabajadores, aficionados y viajeros. Eso se nota muchísimo en los recorridos patrimoniales y en el entusiasmo de la gente alrededor de estas locomotoras.



Un vándalo rompe con un martillo un dedo del pie del David de Miguel Ángel.(1991)

 El autor del ataque más famoso contra el David fue un italiano llamado Piero Cannata, aunque mucha gente recuerda erróneamente el año como 2002. El incidente ocurrió realmente el 14 de septiembre de 1991 en la Galleria dell'Accademia, donde se conserva la estatua desde el siglo XIX.

Cannata, de 47 años y desempleado, ocultó un pequeño martillo bajo la chaqueta y golpeó el pie izquierdo del David. Rompió parte del segundo dedo del pie antes de que los visitantes y los guardias lograran reducirlo. Según declaró después, actuó porque “un modelo del pintor Veronese” le había ordenado hacerlo en sueños.

El daño fue reparado utilizando fragmentos originales recogidos inmediatamente del suelo. A raíz del ataque se reforzaron mucho las medidas de seguridad alrededor de la escultura.

Visualmente, el dedo afectado es este:



Pero ese no ha sido ni mucho menos el único problema sufrido por el David a lo largo de sus más de 500 años de historia. Gran parte de los desperfectos vienen precisamente de la acción humana.

Principales daños y agresiones sufridas por el David

1. Exposición al aire libre durante siglos

El David estuvo más de 300 años en la Piazza della Signoria, expuesto a lluvia, cambios de temperatura y contaminación. Esa exposición deterioró lentamente el mármol y favoreció grietas microscópicas.

2. Grietas estructurales en piernas y tobillos

La estatua ya nació con un problema: Miguel Ángel trabajó sobre un bloque de mármol considerado defectuoso y difícil de usar. El peso de las 5,5 toneladas del David recae de forma muy desigual sobre las piernas y el tronco de apoyo. Con el tiempo aparecieron grietas en tobillos, piernas y el tronco de mármol que sirve de soporte.

Los estudios modernos detectaron microfracturas preocupantes, y algunos expertos incluso han advertido del riesgo de colapso ante un terremoto fuerte.

3. Inclinación y deformación en el siglo XIX

En el siglo XIX la estatua llegó a inclinarse ligeramente hacia delante, probablemente debido al terreno y a inundaciones históricas de Florencia. Esa inclinación agravó las grietas de las piernas. Cuando fue trasladada a la Accademia en 1873 se corrigió parcialmente la verticalidad.

4. Moldes de yeso y manipulaciones humanas

En 1847 se realizó un molde de yeso del David añadiendo materiales y sometiendo la obra a tensiones mecánicas. Algunos investigadores creen que estas operaciones contribuyeron también al deterioro estructural.

5. Vibraciones de turistas y tráfico

Los millones de visitantes y el tráfico urbano generaron vibraciones continuas durante décadas. Estudios recientes concluyeron que esas microvibraciones pueden haber empeorado las fracturas internas del mármol.

6. Riesgos durante guerras

Durante la Segunda Guerra Mundial, el David fue protegido con ladrillos y arena para evitar daños por bombardeos. Aun así, existía temor real a que la obra pudiera destruirse.

Así se protegió durante la guerra:


7. Problemas actuales de conservación

Hoy la preocupación principal ya no son los vándalos con martillo, sino la conservación preventiva: polvo, humedad, vibraciones, turismo masivo y actividad sísmica. El museo realiza limpiezas y controles periódicos para vigilar cualquier cambio microscópico en la estructura.

La ironía es que el David sobrevivió a siglos de intemperie, disturbios políticos y guerras, pero sigue siendo extremadamente vulnerable porque el mármol elegido por Miguel Ángel era imperfecto desde el principio. Precisamente esa dificultad técnica es una de las razones por las que la escultura se considera todavía más extraordinaria.

Los piratas actuales.


 —¿Sabe cuál es el error más común de la gente cuando oye la palabra “pirata”? —preguntó el comandante Miller mientras dejaba una carpeta sobre la mesa del club marítimo de Londres—. Pensar en loros, patas de palo y ron barato.

El asegurador levantó una ceja sin apartar la vista del vaso de whisky.

—Y usted viene a decirme que hoy llevan GPS y fusiles de asalto.

—AK-47, motores fuera borda Yamaha de 200 caballos y teléfonos satelitales —corrigió Miller—. Algunos incluso usan drones comerciales. Bienvenido a la piratería del siglo XXI.

Fuera, la lluvia golpeaba los ventanales del viejo edificio de Lloyd’s. Dentro, el olor a cuero y tabaco parecía congelado en otra época. Pero el tema de conversación era completamente moderno.

—Explíqueme algo —dijo el asegurador—. ¿Quiénes son exactamente esos piratas actuales? Porque no todos son iguales.

Miller asintió.

—No. Hay varios tipos. Los más famosos fueron los somalíes del Cuerno de África. Entre 2005 y 2012 secuestraban cargueros enteros para pedir rescates multimillonarios. Operaban desde Somalia porque el Estado prácticamente había colapsado. Sin guardacostas, sin policía marítima, sin nada.

—¿Y ahora?

—Ahora siguen existiendo, aunque mucho menos activos. La presión naval internacional les golpeó fuerte. Pero el gran foco actual está en el Golfo de Guinea, frente a Nigeria, Benín o Camerún. Ahí el objetivo no siempre es secuestrar el barco: muchas veces quieren robar combustible, mercancía o capturar tripulantes para rescate rápido.

—¿Y en Asia?

—Indonesia, estrecho de Malaca, Filipinas… allí abundan ataques rápidos. Suben, roban dinero, equipos, a veces secuestran al capitán o a un oficial y desaparecen en menos de veinte minutos.

El asegurador tomó notas lentamente.

—¿Cómo asaltan un mercante? Siempre imaginé que un petrolero es demasiado grande.

Miller soltó una risa seca.

—Grande, sí. Rápido, no. Muchos mercantes navegan a quince nudos. Un esquife pirata puede alcanzar cuarenta. Se acercan por popa, donde el radar tiene peor cobertura visual. De noche mejor. Usan escaleras de garfio o ganchos con cuerdas. En menos de un minuto tienen hombres armados en cubierta.

—¿Y la tripulación?

—Los mercantes modernos tienen poca gente. Quince, veinte marinos para barcos de doscientos metros. Los piratas lo saben.

El asegurador entrecerró los ojos.

—Entonces, ¿cómo se defienden?

—Primero, velocidad y maniobras evasivas. Un barco haciendo zigzag crea oleaje y dificulta subir a bordo. Luego están las mangueras de alta presión, alambradas, barreras eléctricas improvisadas y refugios blindados llamados “citadels”.

—¿Citadels?

—Habitaciones seguras. La tripulación se encierra dentro con comunicaciones satelitales y control de motores. Si los piratas no pueden manejar el barco, el secuestro fracasa.

—Ingenioso.

—También usan vigilancia permanente, reflectores nocturnos y, en rutas peligrosas, equipos de seguridad armados.

El asegurador sonrió.

—Y aun así hay historias absurdas.

—Oh, sí —dijo Miller—. ¿Conoce la del carguero que repelió piratas usando una grabación de ametralladora?

—He oído rumores.

—Océano Índico, años duros de Somalia. Un oficial mercante tuvo la idea de conectar por megafonía una grabación de una M2 Browning disparando ráfagas largas. Cuando los esquifes se acercaron, desde el puente sonó aquello como si hubiese marines apostados en cubierta. Los piratas creyeron que el barco llevaba seguridad armada pesada y se retiraron.

El asegurador soltó una carcajada.

—¿Funcionó de verdad?

—Los piratas preferían blancos fáciles. Un mercante armado podía convertirse en una trampa mortal. El engaño bastaba muchas veces.

La lluvia arreció.

—Hábleme del Alakrana —dijo el asegurador después de un silencio.

El comandante se puso serio.

—El atunero español Alakrana. Octubre de 2009. Estaba faenando cerca de Somalia. Piratas armados lo capturaron con treinta y seis tripulantes a bordo.

—Recuerdo el escándalo.

—España desplegó medios militares, hubo negociaciones larguísimas y tensión política enorme. Incluso capturaron a dos piratas y eso complicó el rescate. Los secuestradores amenazaron con ejecutar rehenes si no los liberaban.

—¿Cómo terminó?

—Con rescate económico. Tras cuarenta y siete días soltaron el barco. Fue uno de los episodios que más impactaron a la opinión pública española porque mostró que incluso atuneros bien preparados podían caer.

El asegurador permaneció callado unos segundos.

—Y lo del estadounidense muerto frente a Brasil…

Miller apoyó los codos sobre la mesa.

—No fue exactamente un ataque pirata clásico, pero sí un episodio marítimo violento que marcó mucho a navegantes estadounidenses. Habla del caso de Tom and Jackie Hawks o quizá de otro incidente menos conocido cerca de Brasil. En aquellos años hubo varios ataques armados a veleros y balandros en Sudamérica. Algunos ladrones abordaban embarcaciones de recreo creyendo que transportaban dinero o equipos caros.

—Recuerdo leer algo sobre un balandrista asesinado.

—Hubo casos de navegantes estadounidenses muertos en aguas brasileñas y caribeñas durante robos marítimos entre 2002 y 2003, aunque muchos quedaron difusos en la prensa internacional. Los ataques a yates son distintos del secuestro de mercantes: suelen ser más improvisados y mucho más violentos.

El asegurador terminó su whisky.

—Así que la piratería nunca desapareció.

—Nunca —respondió Miller—. Cambian las banderas, cambian las armas y cambian las costas. Pero mientras exista una ruta marítima rentable y un Estado incapaz de vigilarla… siempre habrá alguien dispuesto a subir por la borda con un fusil y una escalera.

El reloj del salón dio las once.

—¿Y sabe qué es lo más inquietante? —añadió Miller mientras se levantaba.

—¿Qué?

—Que el noventa por ciento del comercio mundial viaja por mar. Y la mayoría de la gente jamás piensa en ello… hasta que un pirata aparece en las noticias.

La saga PIRATAS DEL CARIBE y la piratería real.


 La saga de Pirates of the Caribbean hace una mezcla muy divertida entre historia real, mitología marinera, fantasía sobrenatural y la imagen romántica del pirata que viene más de novelas del siglo XIX que de los piratas auténticos del Caribe. Y claro, cuando la comparas con la Edad de Oro real de la piratería —más o menos entre 1650 y 1730— empiezan a aparecer agujeros históricos y cosas rarísimas por todas partes.

Por ejemplo, Jack Sparrow parece moverse por el Caribe como si fuese un mundo pequeño donde tardas dos tardes en ir de Jamaica a Tortuga o a Singapur. En la realidad, cruzar ciertas rutas podía llevar semanas o meses dependiendo del viento, corrientes, tormentas y del estado del barco. La saga trata el Caribe como si fuese un mapa de videojuego con viaje rápido desbloqueado.

Y luego está el tema de la Royal Navy. En las películas da la impresión de que el Imperio Británico tenía una presencia militar constante e inmensa en cada rincón del Caribe, casi como si hubiese destructores modernos patrullando. La realidad era bastante más caótica. Había corrupción, puertos aislados, gobernadores que colaboraban con piratas cuando les convenía y enormes zonas donde la ley llegaba tardísimo o directamente no llegaba. Muchos piratas sobrevivieron años precisamente porque las potencias europeas no podían controlar el mar de forma efectiva.

También es gracioso cómo Jack Sparrow sobrevive siendo… Jack Sparrow. Un capitán real que se comportara así probablemente habría acabado apuñalado por su propia tripulación al segundo motín. Los piratas reales eran brutales, sí, pero muy pragmáticos. Elegían capitanes por utilidad, no por carisma excéntrico. De hecho, muchas tripulaciones piratas funcionaban casi como democracias flotantes: votaban decisiones importantes, repartían botines según reglas escritas y podían destituir al capitán. Eso aparece un poquito en la saga con el Código Pirata y el Brethren Court, pero muy romantizado.

El Código Pirata de las películas parece una mezcla de masonería, Naciones Unidas y religión vudú. En realidad, los “artículos” piratas existían, pero eran contratos prácticos: cuánto cobraba cada uno, castigos por robar dentro del barco, compensaciones por perder un ojo o una pierna, prohibiciones de pelear entre compañeros, etc. Mucho menos místico y mucho más “cooperativa criminal armada”.

Otra cosa curiosa es la obsesión de la saga con enormes batallas navales espectaculares entre barcos piratas. Los piratas reales evitaban eso siempre que podían. No querían peleas épicas: querían botín rápido y riesgo mínimo. Lo típico era intimidar mercantes, usar banderas falsas, atacar barcos debilitados o aprovechar la sorpresa. Una batalla como la del Maelstrom en Pirates of the Caribbean: At World's End habría parecido una locura suicida para la mayoría de capitanes reales.

Y el vestuario… ahí la saga entra totalmente en modo fantasía barroca. Muchísimos piratas reales iban vestidos como marineros pobres o exsoldados. Nada de eternas capas de cuero impecables, rastas perfectamente decoradas ni toneladas de abalorios teatrales. Jack parece más una estrella de rock maldita que un pirata del XVIII. Que funciona increíblemente bien en pantalla, pero históricamente no hay por dónde cogerlo.

Luego está la cronología, que es un caos delicioso. La saga mezcla elementos de distintas décadas y hasta siglos enteros. La East India Company aparece con un poder casi imperial absoluto bajo Cutler Beckett, muy inspirado en su auge posterior, mientras que la estética pirata parece a veces de 1680, otras de 1720 y otras directamente victoriana. Tortuga cambia según conviene al guion. Y Singapur aparece casi como una ciudad cyberpunk marítima clandestina.

La figura de Davy Jones es otro ejemplo brutal de mezcla cultural. El “Davy Jones’ Locker” sí existe en la tradición marinera anglosajona como metáfora del fondo del mar y la muerte, pero convertirlo en un capitán tentacular condenado por amor ya es pura fantasía gótica. Igual que el Kraken, que viene más del folclore escandinavo que de historias reales caribeñas.

Y hay una contradicción muy divertida: las películas venden a los piratas como espíritus libres antisistema, casi rebeldes románticos contra imperios opresores. En la realidad, muchos piratas habían sido corsarios, traficantes de esclavos o marineros explotados brutalmente que acabaron fuera de la ley por supervivencia, codicia o resentimiento. Algunos incluso participaban en el mismo sistema colonial que la saga pinta como enemigo absoluto. La línea entre comerciante, corsario y pirata era muchísimo más borrosa.

Aun así, la saga sí captura algo sorprendentemente auténtico: la sensación de que el Caribe de aquella época era un mundo salvaje, globalizado y lleno de gente desesperada intentando hacerse rica rápido. Ahí sí acierta bastante. Había marineros ingleses, españoles, franceses, africanos, esclavos liberados, mercenarios, comerciantes, desertores y aventureros mezclándose constantemente. Ese ambiente de frontera caótica sí tiene bastante verdad histórica debajo de toda la fantasía sobrenatural.

Y quizá el mayor “agujero” respecto a la realidad es este: la vida pirata real era muchísimo menos glamourosa y muchísimo más corta. Enfermedades, escorbuto, ejecuciones públicas, heridas infectadas, huracanes, hambre y alcoholismo. Muchos piratas duraban muy poco. La Edad de Oro de la piratería fue intensa, pero también breve. Hollywood la convierte en una epopeya casi mitológica porque, siendo sinceros, ver a Jack Sparrow morir de disentería en una playa de Nassau no habría dado exactamente el mismo taquillazo.

Es raro que el general Barbossa se arriesgue a aceptar como pasajera a una mujer que va seguramente a provocar trifulcas entre sus hombre. O que los marineros del siglo XVIII sepan nadar.

Sí, totalmente. Y además son dos detalles donde la saga mete mentalidad moderna sin darse mucha cuenta.

Lo de Hector Barbossa aceptando a Elizabeth en la tripulación es bastante raro si lo miras desde lógica histórica real. Un barco pirata del Caribe del XVIII era un entorno ultramasculino, violento, hacinado y paranoico. Meter a una mujer joven en medio de decenas de marineros armados llevaba a problemas casi garantizados: peleas, celos, agresiones, disputas de autoridad o supersticiones.

Porque encima está el factor superstición marinera. En la tradición naval europea había una relación contradictoria con las mujeres a bordo. A veces se decía que daban mala suerte; otras, que una mujer desnuda calmaba las tormentas; pero en general la presencia femenina en barcos militares o mercantes se veía como fuente potencial de desorden. Los capitanes reales intentaban evitar cualquier cosa que rompiera la disciplina.

Y Barbossa, que en teoría es un capitán práctico y brutal, debería pensarlo como un riesgo absurdo. Más todavía en barcos piratas reales, donde la autoridad del capitán dependía mucho de mantener cohesionada a la tripulación. Un conflicto interno podía acabar en motín rapidísimo.

La película lo resuelve porque Elizabeth Swann acaba integrándose como personaje “excepcional”, casi protegida por la narrativa. Pero históricamente la reacción más probable habría sido:
“Ni de broma sube a bordo”
o
“La dejamos en el primer puerto”.

Las excepciones históricas existieron, claro. Anne Bonny y Mary Read son los ejemplos clásicos. Pero precisamente son famosas porque eran extremadamente raras. Y muchas veces ocultaban parcialmente su identidad o funcionaban en circunstancias muy particulares. No era algo normalizado.

Y lo de saber nadar es todavía más gracioso porque ahí sí que la saga se aleja muchísimo de la realidad marítima de la época.

Muchísimos marineros europeos de los siglos XVII y XVIII NO sabían nadar. Ni siquiera marineros profesionales. Hoy suena absurdo, pero tiene lógica dentro de aquella cultura naval.

Había varias razones:

— Aprender a nadar no era común entre clases trabajadoras europeas.
— Mucha gente veía el mar con terror casi religioso.
— Si caías por la borda en medio del océano, saber nadar normalmente no cambiaba nada: el barco tardaba muchísimo en maniobrar y probablemente desaparecías igual.
— La ropa pesada te hundía.
— El agua fría, las corrientes y el oleaje te mataban rápido.

Así que muchos marineros asumían que “caer al mar = muerte” y ni se planteaban entrenar natación.

De hecho, algunos historiadores navales mencionan que había marineros veteranos que evitaban incluso bañarse. Y en ciertas armadas europeas del XVIII era relativamente raro encontrar tripulaciones donde la mayoría supiera nadar bien.

En Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl todos parecen anfibios profesionales. Saltan entre barcos, bucean, sobreviven naufragios, hacen persecuciones acuáticas nocturnas… muy siglo XXI todo.

Jack Sparrow además tiene una habilidad física sospechosamente moderna para alguien que vive permanentemente borracho, deshidratado y alimentándose probablemente fatal. Un pirata real con ese estilo de vida tendría las articulaciones destruidas, infecciones medio curadas y varios dientes menos antes de los cuarenta.

Pero claro, el cine de aventuras necesita héroes físicamente competentes. Si los marineros reales se comportaran como muchos auténticos marineros del XVIII, media película sería gente vomitando, cagándose de escorbuto y rezando para no caer al agua porque ninguno sabe volver nadando al bote.

También me dice un divulgador histórico que es sospechoso el modo en que el comodoro Norrington consigue el cargo. ¿Quién se supone que lo ha nombrado?

Sí, y ahí el divulgador tiene bastante razón. El ascenso de James Norrington funciona muy bien dramáticamente… pero históricamente es raro cómo está presentado.

En Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl parece que lo “ascienden” oficialmente a comodoro en una ceremonia pública casi como si fuera un general romano recibiendo laureles delante del gobernador. Pero en la Royal Navy real de finales del XVII y principios del XVIII el cargo de commodore no era exactamente un rango permanente como hoy. Era más bien un nombramiento funcional y temporal para un capitán que pasaba a dirigir un pequeño escuadrón de varios barcos.

O sea: técnicamente Norrington ya era un “post-captain” importante. Lo que habría ocurrido históricamente es algo tipo:
“el Almirantazgo le asigna mando sobre esta estación naval del Caribe y por tanto actúa como commodore”.

Y ahí viene la pregunta clave:
¿quién demonios lo nombra?

En la realidad tendría que venir del Royal Navy y, más concretamente, del Almirantazgo en Londres o de autoridades navales superiores actuando en nombre de la Corona. No era una cosa que el gobernador colonial decidiera porque sí durante una fiesta elegante en Port Royal.

El gobernador Weatherby Swann parece casi actuar como si pudiera repartir cargos navales personalmente, y eso es bastante sospechoso históricamente. Un gobernador colonial tenía influencia política y podía recomendar oficiales, pero no funcionaba como “jefe supremo de la marina”.

Además, la película mezcla mucho protocolos civiles y militares. El ascenso parece:
— socialmente enorme,
— casi aristocrático,
— tratado como si Norrington hubiera entrado en la élite imperial definitiva.

Pero en realidad un commodore muchas veces seguía siendo esencialmente un capitán con responsabilidades ampliadas. Incluso algunos historiadores navales remarcan que ni siquiera era un rango fijo en aquella época, sino una designación temporal.

La película también exagera muchísimo el poder personal de Norrington. A veces parece gobernador militar absoluto del Caribe entero con dos barcos y cuarenta marines.

Y hay otra cosa rara: su juventud relativa.

En la Royal Navy real, llegar tan joven a una posición equivalente habría requerido conexiones brutales, familia aristocrática potentísima o una carrera extraordinaria en guerra grande. No imposible, pero sí muy “protagonista de película”.

Porque la Royal Navy del XVIII era lentísima promocionando gente. Había oficiales que se pasaban media vida esperando ascensos por antigüedad, patronazgo político o enchufes familiares. Era un sistema obsesionado con la jerarquía y el estatus social.

De hecho, si la saga fuera históricamente estricta, probablemente Norrington necesitaría:
— padrinos políticos fuertes en Londres,
— una familia naval importante,
— o una gran victoria militar documentada contra franceses o españoles.

Pero la película básicamente te dice:
“captura piratas + uniforme bonito + vibra de oficial británico competente = comodoro”.

Y el detalle más gracioso es que toda su carrera se hunde casi inmediatamente. En términos históricos reales, perder barcos importantes persiguiendo obsesivamente a un pirata como hace Norrington sí podía destrozarte la carrera para siempre. Ahí la saga curiosamente sí toca algo bastante auténtico: la Royal Navy podía ser despiadada con oficiales que fracasaban o perdían navíos caros de la Corona. 

Los piratas de tierra de la Costa de la Muerte (Galicia).

 


La lluvia golpeaba los cristales del cuartelillo de la Costa da Morte como si quisiera entrar también a declarar. Afuera, el Atlántico rugía negro. Dentro, olía a humedad, tabaco barato y lana mojada.

El guardia civil dejó una carpeta sobre la mesa.
El detenido, un hombre huesudo, con las manos curtidas por salitre y frío, evitaba mirarle a los ojos.

—Nombre.

—Manuel de Lema.

—¿Alias?

—“O Mouro”.

—Ya. —el guardia abrió la carpeta—. Raquero.

El hombre sonrió apenas.

—Praieiro, señor guardia.

—No me venga con cuentos. Explíqueme entonces la diferencia.

El detenido se acomodó despacio.

—Un praieiro recoge lo que trae el mar. Un raquero… bueno… el raquero ayuda al mar a traerlo.

El guardia levantó la vista.

—¿“Ayuda”? Bonita palabra para hablar de provocar naufragios.

—No siempre se provocaban. La mar ya hacía bastante sola.

Y era verdad. La costa gallega era una trampa natural: nieblas cerradas, bajos invisibles, temporales brutales. Entre finales del XIX y principios del XX, muchos barcos ingleses, franceses o alemanes acababan destrozados contra las rocas. La fama siniestra de la Costa da Morte venía de siglos atrás.

El guardia pasó una página.

—Hablemos de las luces.

El detenido calló unos segundos.

—Historias.

—¿Historias? Tenemos testimonios de marineros que hablaban de faroles movidos por acantilados para hacer creer a los barcos que estaban entrando en puerto.

—Y también hay historias de meigas y de santos que caminan sobre el agua.

—No se haga el gracioso.

El silencio volvió. Afuera sonó un trueno.

—Mire, señor guardia… —dijo por fin el detenido—. A veces algún desesperado colgaba una luz donde no debía. Pero la mayoría de los naufragios los hacía el océano. Nosotros esperábamos después.

—Como buitres.

—Como pobres.

El guardia no respondió.

Porque aquello también era cierto.

En muchas aldeas de la costa, el “derecho al naufragio” se había convertido casi en una economía paralela. Cuando corría la voz de que un vapor había embarrancado, bajaban familias enteras a la playa con carros, cuerdas y sacos.

—¿Qué mercancías buscaban?

Los ojos del detenido brillaron un poco.

—Depende del barco. Tela inglesa era oro. Café. Azúcar. Bacalao. Barriles de vino. Petróleo. Madera fina. Herramientas. Jabón. A veces tabaco. Y si había suerte… maquinaria o piezas de metal.

—¿Y leche condensada?

El hombre soltó una carcajada involuntaria.

—Ah, ya llegó esa historia.

El guardia cruzó los brazos.

—Cuéntela.

—Un vecino de Camariñas encontró latas de leche condensada de un barco inglés. Pero claro, allí nadie sabía lo que era aquello. Pensó que era barniz.

—¿Barniz?

—Barniz. Y se puso a cubrir con aquello el marco de una puerta. Decía que daba un brillo estupendo… hasta que empezaron las moscas y el olor dulce. Los perros no dejaban la casa en paz.

El guardia tuvo que contener una sonrisa.

—Idiotas.

—Hambrientos, más bien.

Pasó otra página del expediente.

—La comandancia lleva años detrás de ustedes. Hay denuncias de saqueos incluso mientras los náufragos seguían vivos.

El detenido bajó la mirada.

—Eso sí pasó algunas veces.

Y también era históricamente cierto. Aunque el mito exageró mucho la figura del “pirata de tierra”, hubo episodios documentados de pillaje brutal. Las autoridades españolas endurecieron la vigilancia costera a finales del XIX y comienzos del XX. La Guardia Civil patrullaba playas y caminos para impedir saqueos, requisar mercancías y detener a quienes ocultaban carga procedente de naufragios. También actuaban carabineros y autoridades marítimas.

—¿Sabe cuál es el problema con ustedes? —preguntó el guardia—. Que convierten una tragedia en mercado.

—¿Y qué quería que hiciéramos? ¿Morirnos de hambre mirando las cajas pasar flotando?

—La ley es la ley.

—La ley llega bien alimentada desde Madrid. Aquí llega el invierno primero.

El guardia cerró lentamente la carpeta.

No era fácil discutir aquello en una tierra donde el mar daba comida… y la quitaba.

—¿Participó usted en el saqueo del vapor inglés del año pasado?

El detenido sonrió con cansancio.

—Señor guardia… en esta costa, cuando el mar rompe un barco, hasta las piedras terminan teniendo dueño.

Afuera, el océano siguió golpeando la noche gallega como si quisiera borrar cualquier confesión.

Rondallas (2025).

  La película Rondallas es un drama con bastante retranca gallega y mucho componente coral, dirigido por Daniel Sánchez Arévalo . Dura unos...