Dramatización: "Lo que escribí... y lo que callé"
Monólogo en primera persona de Laura Ingalls Wilder.
Dicen que escribí una infancia feliz.
Y no voy a negar que hubo felicidad. La hubo. El olor del pan de maíz saliendo del horno. El violín de Pa al caer la tarde. Ma remendando vestidos junto al fuego. Carrie dormida. Mary leyendo en voz alta antes de que la oscuridad nos obligara a apagar la lámpara.
Todo eso fue verdad.
Pero no fue toda la verdad.
Cuando decidí contar nuestra historia, ya no era una niña. Era una mujer que había visto guerras, crisis económicas y un país empeñado en convencerse de que el pasado había sido más noble de lo que realmente fue.
¿Quién iba a comprar un libro para sus hijos si les decía que la frontera también era miedo?
Porque lo era.
En el Oeste había hombres buenos... y hombres terribles.
Recuerdo una noche en la que un vecino, enloquecido por la bebida y los celos, quiso prender fuego a la casa con su esposa dentro. No era una escena para una novela infantil. Mi padre intervino antes de que aquella mujer acabara convertida en una antorcha humana. Yo vi el terror en sus ojos.
Eso no aparece en La casa de la pradera.
No porque no ocurriera.
Porque comprendí que algunas verdades expulsan al lector antes de que llegue al final.
Y también recuerdo otra noche.
Era ya una muchacha. Cuidaba de una vecina enferma mientras su marido rondaba la casa. Bastó una mirada para comprender que no estaba segura allí.
No necesitó consumarse ninguna agresión para que el miedo fuese real.
Busqué una excusa, salí de aquella casa y jamás olvidé la sensación de que, en la frontera, una mujer podía quedarse completamente sola en cuestión de segundos.
Eso tampoco lo escribí.
Mis libros hablan del esfuerzo.
Y el esfuerzo existía.
Pero la precariedad era mucho más feroz de lo que permití mostrar.
Había cosechas perdidas.
Inviernos capaces de matar.
Niños enterrados demasiado pronto.
Mujeres agotadas por embarazos continuos.
Hombres destruidos por las deudas.
La ley llegaba tarde... cuando llegaba.
No siempre vencían los buenos.
No siempre Dios respondía.
No siempre la familia bastaba.
Pero necesitábamos creer que sí.
Comprendan también mi tiempo.
Escribía durante la Gran Depresión.
Los lectores buscaban esperanza, no desesperación.
Querían recordar una América donde el trabajo honrado recibía recompensa, donde la fe sostenía a las familias y donde el carácter podía imponerse al caos.
Yo conocía otra América.
La que sobrevivía por pura obstinación.
La que dependía muchas veces del azar.
La que obligaba a las mujeres a callar demasiado.
Edulcoré mi infancia.
Sí.
La convertí en una novela para jóvenes.
No inventé a Pa tocando el violín.
No inventé el amor de Ma.
No inventé las praderas interminables ni los inviernos imposibles.
Pero elegí cuidadosamente aquello que dejaba fuera.
Porque una escritora no solo escribe con palabras.
También escribe con silencios.
Y los míos protegieron a mis lectores... y quizá también a la niña que una vez fui.
Hoy los historiadores pueden reconstruir la otra historia, la más áspera, la que vivía entre líneas.
No me molesta.
Al contrario.
Mis libros cuentan cómo queríamos recordar el Oeste.
La Historia intenta explicar cómo fue realmente.
Las dos versiones, cada una a su manera, contienen una parte de la verdad.
Para ver:






