La historia que seguramente estás buscando se hizo viral en 2008 y mucha gente la recuerda como si hubiera pasado en Argentina, pero en realidad ocurrió en Chile, en una autopista de Santiago de Chile. Las cámaras de seguridad grabaron a un perro callejero metiéndose entre los autos para arrastrar el cuerpo de otro perro que había sido atropellado. La escena impresionó muchísimo porque el animal parecía intentar “rescatar” a su compañero pese al tráfico y al peligro.
La extraña pareja
miércoles, 27 de mayo de 2026
Un perrito heroico rescata los restos mortales de otro de una autopista de Chile. (Noticia de 2008)
La historia que seguramente estás buscando se hizo viral en 2008 y mucha gente la recuerda como si hubiera pasado en Argentina, pero en realidad ocurrió en Chile, en una autopista de Santiago de Chile. Las cámaras de seguridad grabaron a un perro callejero metiéndose entre los autos para arrastrar el cuerpo de otro perro que había sido atropellado. La escena impresionó muchísimo porque el animal parecía intentar “rescatar” a su compañero pese al tráfico y al peligro.
martes, 26 de mayo de 2026
Cuba. Cuando la comida solo parece comida.
Hablar de comida en Cuba durante los periodos de escasez —sobre todo en el llamado “Período Especial” de los años 90 y en las crisis recurrentes posteriores— es hablar de una mezcla muy rara de supervivencia, ingenio y resignación. Mucha gente fuera de la isla cree que algunas historias son exageraciones o propaganda, pero hay bastantes testimonios de sustituciones alimentarias extremas y de recetas improvisadas con lo que apareciera.
Lo del “serrín como pan rallado” tiene un punto medio entre mito urbano y realidad deformada. No era que la gente estuviera echándole serrín literal de carpintería al filete empanado como si nada, pero sí hubo épocas donde se usaban fibras vegetales, harinas de muy mala calidad, restos secos triturados o mezclas extrañas para “estirar” el pan rallado y otros alimentos. En panaderías estatales y comedores colectivos se denunciaban panes hechos con mezclas de boniato, yuca o incluso residuos alimentarios muy pobres. El pan llegó a tener fama de ácido, gomoso o incomible por la falta de harina de trigo y las mezclas improvisadas.
Las mondaduras de naranja sí tienen una historia más concreta y conocida. Durante el Período Especial se hicieron famosas recetas con cáscaras de toronja y naranja cocidas muchas veces para quitarles el amargor y luego guisarlas como si fueran “carne”. Algunas personas las deshilachaban y las cocinaban con ajo, cebolla y comino para imitar ropa vieja. También se hacían dulces con cáscaras caramelizadas porque el azúcar era más fácil de conseguir que otros ingredientes. Aquello no era cocina experimental hipster; era pura necesidad.
En esa época apareció una creatividad culinaria casi obligatoria. La televisión cubana incluso promovía recetas de sustitución. La cocinera Nitza Villapol se volvió una figura simbólica porque enseñaba cómo cocinar sin aceite, sin huevos, sin harina o sin carne. Mucha gente todavía la recuerda diciendo básicamente: “si no hay esto, usa aquello”. Y “aquello” podía ser cualquier cosa.
Se usaron cáscaras de plátano fritas, bistecs hechos con cáscara de toronja, picadillos mezclados con soya hasta desaparecer la carne, croquetas cuya composición real era un misterio, pizzas con masas hechas de boniato o yuca, y hasta infusiones rarísimas para sustituir el café.
En la memoria popular cubana hay mucho humor negro sobre esto. Se hacían chistes diciendo que las croquetas ladraban, que el picadillo había visto carne “de lejos”, o que el pan servía de ladrillo. En foros y conversaciones de cubanos todavía aparecen recuerdos de meriendas ultra básicas: pan con azúcar prieta, pan con aceite y sal, agua con azúcar, o mezclas improvisadas cuando no había nada más.
Y ojo, esto no es solo historia de los 90. La escasez alimentaria sigue apareciendo cíclicamente. En años recientes se ha vuelto a hablar de pan reducido de tamaño, falta de harina y mezclas con yuca o calabaza para mantener la producción. Mucha gente dentro de Cuba dice que ciertas escenas actuales les recuerdan directamente al Período Especial.
Lo más fuerte quizá no es la rareza de las recetas, sino cómo se normaliza. Cuando una sociedad pasa mucho tiempo en escasez, la cocina deja de ser “gastronomía” y se convierte en estrategia de supervivencia. Ahí nacen platos que desde fuera parecen surrealistas, pero para quien los vivió eran simplemente la comida de ese día.
Las frutas exóticas de la Amazonía.
En muchos pueblos de la Amazonia hay frutas que para alguien de Europa parecen casi de ciencia ficción: algunas huelen rarísimo, otras tienen texturas viscosas o sabores entre dulce, ácido y terroso al mismo tiempo. Pero cuando las comparas con frutas “occidentales”, en realidad muchas juegan papeles parecidos en la dieta o recuerdan a sabores conocidos.
Por ejemplo, el açaí Açaí, que ahora en Europa aparece en bowls de gimnasio y cafeterías modernas, en la Amazonia tradicional se toma de una forma mucho menos “instagramera”. Allí suele ser una pasta espesa, casi salada, que acompaña pescado o harina de mandioca. El sabor sorprende porque no recuerda tanto a frutos rojos europeos, sino más bien a una mezcla entre aceituna negra, cacao suave y frutos del bosque. Para un europeo sería como si una mezcla de arándanos y aceitunas se hubiera convertido en crema energética.
Otra muy curiosa es el copoazú Copoazú, pariente del cacao. La pulpa blanca tiene un aroma brutal, muy tropical, entre piña, pera madura y chocolate ácido. Mucha gente dice que recuerda a un yogur de frutas exóticas natural. En la Amazonia se usa para zumos, dulces y cremas igual que aquí usaríamos melocotón o fresa.
La graviola Graviola (también llamada guanábana en muchos países) tiene una textura cremosa que a un europeo le recuerda a un batido de plátano mezclado con piña y manzana ácida. Lo gracioso es que visualmente parece una fruta alienígena: verde, llena de pinchos blandos. Pero luego sabe bastante “amable”.
El camu camu Camu camu es pequeñito y extremadamente ácido. Tiene muchísima vitamina C. Allí se usa sobre todo en bebidas. Para alguien acostumbrado a Europa sería parecido al papel que cumple el limón, pero con un toque más salvaje y afrutado, como si el limón y las grosellas hubieran tenido un hijo hiperácido.
Luego está el bacurí Bacurí, menos conocido fuera de Sudamérica. La pulpa es espesa y aromática, y recuerda un poco a crema pastelera con notas cítricas. En textura podría compararse con un mango muy cremoso, aunque el perfume es más complejo.
Y una de las más impactantes para muchos europeos es el cupuaçu (a veces escrito cupuazú) porque rompe la idea de “fruta refrescante”. Algunas frutas amazónicas son densas, grasas y nutritivas, casi comidas completas. Ahí se parecen más al aguacate que a una naranja. De hecho, en muchos pueblos amazónicos la fruta no es simplemente “postre”; es energía seria para el clima húmedo y las largas jornadas.
También hay frutas como el pequi Pequi, con olor fortísimo, que divide a la gente igual que en Europa pasa con algunos quesos muy curados. Hay europeos que lo prueban y dicen “esto sabe a gasolina con mango”, mientras otros se obsesionan con él.
Lo interesante es que, aunque desde Europa pensemos “qué frutas tan exóticas”, para muchos pueblos amazónicos nuestras manzanas, peras o uvas resultarían igual de extrañas: demasiado dulces, demasiado uniformes y poco aromáticas. La agricultura industrial europea ha seleccionado mucho la apariencia y la facilidad de transporte. En cambio, muchas frutas amazónicas siguen siendo muy intensas, impredecibles y ligadas al bosque.
Además, allí muchas veces no se comen frías ni como snack rápido. Algunas se fermentan un poco, otras se mezclan con mandioca, pescado o chile. La relación cultural con la fruta es distinta: menos “postre elegante” y más alimento vivo conectado con la selva y la temporada.
Y sí, hay un detalle divertido: bastantes frutas amazónicas tienen sabores que a los europeos nos recuerdan varias frutas a la vez. Es común escuchar cosas tipo “sabe a piña con vainilla”, “a mango con cacao”, “a pera fermentada con limón”… porque nuestros referentes vienen de supermercados muy estandarizados, mientras que en la Amazonia el espectro de sabores es muchísimo más salvaje.
El kouprey, animal nacional de Camboya, posiblemente esté extinto. (2008)
Qué es eso de que el animal oficial de Camboya jamás ha existido tal y como se muestra en las banderas locales?
Seguramente te refieres a una mezcla de dos cosas sobre Camboya que se ha vuelto medio “leyenda de internet”:
- El kouprey, el animal nacional camboyano.
- Las criaturas fantásticas que aparecen en símbolos y banderas ceremoniales.
El kouprey (un bovino salvaje del sudeste asiático) sí existió realmente; fue descrito científicamente en 1937 y declarado símbolo nacional en los años 60. El problema es que no se ha confirmado ningún avistamiento fiable desde hace décadas, así que muchos científicos creen que probablemente esté extinguido.
Por eso a veces se dice en tono exagerado que “el animal nacional de Camboya quizá ya no existe”.
Pero lo de “jamás ha existido tal y como aparece en las banderas” suele venir de otra confusión: en algunos estandartes, escudos y símbolos reales camboyanos aparecen criaturas mitológicas como el gajasingha, una especie de león con trompa de elefante, o leones rituales estilizados. Ésos sí son seres legendarios del imaginario jemer y nunca han existido biológicamente.
Además, la bandera nacional camboyana no lleva un animal: lleva el templo de Angkor Wat en blanco sobre fondo rojo y azul.
Ataque letal a una científica polar por parte de una foca leopardo. (2003)
El caso del que seguramente hablas ocurrió en 2003 en la Antártida y se hizo bastante famoso porque fue uno de los poquísimos ataques mortales de una foca leopardo contra un ser humano documentados de forma clara.
Hay un detalle curioso: mucha gente recuerda que la víctima iba en una zodiac, pero en realidad la científica estaba en el agua haciendo snorkel y trabajo de investigación cerca de una embarcación inflable tipo Zodiac. La víctima fue Kirsty Brown, una bióloga marina británica de 28 años que trabajaba para el British Antarctic Survey, el organismo científico del Reino Unido que opera bases en la Antártida.
Todo pasó cerca de la base Rothera, en plena península antártica. Brown estaba realizando una inmersión relativamente rutinaria para estudiar fauna marina y el efecto de los icebergs sobre el ecosistema costero. En un momento, una foca leopardo la agarró y la arrastró hacia abajo. Estas focas no son “focas simpáticas” tipo documental familiar: son auténticos depredadores del ecosistema antártico, capaces de cazar pingüinos, otras focas pequeñas y animales bastante grandes. Tienen una mandíbula impresionante y son rapidísimas bajo el agua.
Sus compañeros reaccionaron enseguida desde la zodiac y lograron sacarla del agua, pero había pasado demasiado tiempo sumergida y no consiguieron reanimarla pese a intentarlo durante bastante rato. El impacto fue enorme porque, según el propio BAS, no había antecedentes recientes de algo así con sus científicos en décadas.
Lo más inquietante del asunto es que las focas leopardo normalmente no ven a los humanos como presa habitual. Por eso el caso llamó tanto la atención entre biólogos y expediciones polares. Algunos especialistas creen que el animal pudo actuar por comportamiento territorial o simplemente por confusión dentro de un entorno donde todo lo que se mueve en el agua puede parecer comida.
Desde entonces, las bases científicas endurecieron bastante los protocolos de seguridad para trabajos en el mar antártico. Hoy las inmersiones y actividades desde zodiac cerca de fauna grande se hacen con mucha más vigilancia y normas más estrictas.
Y sí, aunque cuando pensamos en la Antártida solemos imaginar pingüinos adorables y hielo infinito, allí arriba la foca leopardo está literalmente en la cima de la cadena alimentaria. Bajo el agua son animales bastante intimidantes.
Aparece una tablilla de la maldición romana en Bath en 2.000. (Aquae Sulis).
La tablilla a la que te refieres encaja muy bien con las llamadas defixiones, las “tablillas de maldición” del mundo romano. En el sur de Inglaterra aparecieron muchísimas, sobre todo en lugares vinculados a santuarios y aguas termales, como Bath, la antigua Aquae Sulis. A comienzos de los 2000 volvió a hablarse bastante de una de ellas porque se estaba revisando y publicando material excavado décadas antes: una pequeña lámina de plomo donde alguien denunciaba el robo de una capa y pedía a una divinidad vengadora que castigara al ladrón de una forma brutal.
Lo interesante no es solo el texto, sino lo que revela sobre la vida cotidiana. La tablilla no la escribe un emperador ni un gran sacerdote: la encarga una persona común. Y una capa en la Britania romana no era cualquier cosa. Para mucha gente humilde podía ser una de sus pocas posesiones valiosas, algo caro de reemplazar y necesario para sobrevivir al clima húmedo y frío. Perderla equivalía a quedarse medio desprotegido. Así que cuando leemos esas maldiciones hay que quitarnos la idea moderna de “superstición pintoresca”: para aquella gente era casi una forma alternativa de justicia.
Muchas de estas tablillas decían cosas tremendas. El dueño robado ofrecía el nombre —si lo sabía— o dejaba la identidad “en manos del dios”, y pedía enfermedades, insomnio, esterilidad, locura o incluso muerte para quien hubiese robado el objeto. Algunas incluyen fórmulas del tipo “ya sea hombre o mujer, esclavo o libre”, porque el autor no sabía quién había sido. En el caso de la capa, la lógica era exactamente esa: “no sé quién me ha robado, pero tú, dios, encárgate”.
Había una especie de contrato simbólico con la divinidad. El perjudicado entregaba la tablilla al templo o la arrojaba a un manantial sagrado y transfería el asunto al dios. En Bath muchas iban dirigidas a Sulis Minerva, una mezcla entre la diosa celta Sulis y la Minerva romana. Era una religión muy práctica: “me han robado algo, tú castígalo y ayúdame a recuperarlo”.
Y ahí entra el contexto social que mencionas, el de las insulae y la vida plebeya. En las ciudades romanas, gran parte de la población vivía hacinada en edificios de alquiler, con poca privacidad y bienes muy limitados. Ropa, mantas, herramientas o pequeñas cantidades de dinero circulaban constantemente entre vecinos, esclavos, libertos, viajeros y trabajadores temporales. El robo menor debía de ser muy común. Pero el sistema judicial romano no estaba pensado para resolverle rápidamente a un pobre la desaparición de una prenda. Litigar costaba dinero, tiempo y contactos.
Las tablillas funcionaban entonces como varias cosas a la vez. Eran una descarga emocional, claro, pero también una herramienta social. Hacían público el agravio dentro de una comunidad religiosa. Incluso aunque nadie leyera físicamente la tablilla una vez depositada, existía la idea colectiva de que el dios sí la “leía”. Eso generaba miedo. Si eras sospechoso de haber robado algo y sabías que la víctima había acudido a Sulis o a otra divinidad vengadora, podías sentirte literalmente perseguido por una maldición divina. En sociedades profundamente religiosas, eso tenía peso psicológico real.
Algunos historiadores creen además que estas tablillas actuaban como una especie de presión comunitaria indirecta. En vez de acusar frontalmente a alguien —algo peligroso si no tenías pruebas ni poder social— dejabas que el dios hiciera el trabajo. Era una forma de canalizar conflictos cotidianos sin enfrentarse directamente a personas quizá más fuertes, más ricas o mejor conectadas.
Lo fascinante es el tono tan humano de los textos. No suenan solemnes como las grandes inscripciones imperiales. Suenan enfadados, resentidos, desesperados. A veces hasta mezquinos. Hay quien pide que el ladrón “no pueda dormir ni tener hijos” hasta devolver una túnica. Otro suplica que el culpable “se consuma como el plomo” de la tablilla. Son voces de gente corriente que normalmente desaparece de la historia escrita.
Y por eso estas tablillas son tan valiosas para los arqueólogos: porque permiten oír directamente a la plebe romana, algo rarísimo. No hablan los senadores; habla alguien a quien le han quitado la capa y siente que el mundo le debe justicia.
Aparece un pecio cargado de garum en la costa de España. (2000)
Uno de los hallazgos más llamativos relacionados con el garum en aguas españolas fue el del pecio romano Bou-Ferrer, descubierto frente a la costa de La Vila Joiosa, en Alicante, en el año 2000. El hallazgo fue casi accidental: unos buceadores deportivos encontraron restos del barco cuando el ancla se les enganchó en el fondo marino. Lo que apareció después dejó bastante impresionados a los arqueólogos. Era un gran mercante romano del siglo I d. C., hundido con una carga gigantesca de ánforas, muchas de ellas destinadas al transporte de salsas de pescado, entre ellas el famoso garum.
El pecio estaba extraordinariamente bien conservado, algo rarísimo en arqueología subacuática mediterránea. Se calcula que llevaba alrededor de 2.000 ánforas, además de lingotes de plomo y otros productos comerciales. Los investigadores creen que el barco había salido de la Bética —la actual Andalucía— rumbo probablemente a Roma o a puertos del sur de la Galia.
Lo interesante es que muchas de esas ánforas aún conservaban restos orgánicos adheridos al interior. Gracias a análisis químicos y microscópicos se pudo confirmar que contenían derivados de pescado fermentado. Ahí es donde entra el garum, que para los romanos era una auténtica delicatessen, aunque hoy la idea pueda sonar un poco brutal: vísceras y restos de pescado fermentados al sol durante semanas o meses.
La receta exacta variaba según la región y la calidad del producto, pero en general el garum se hacía mezclando pescado pequeño —caballas, sardinas, boquerones, anchoas— con abundante sal. A veces se usaban sobre todo las vísceras y la sangre; otras veces el pescado entero. La mezcla se dejaba fermentar en grandes piletas al sol. El líquido que iba soltando se filtraba y ése era el garum más fino y caro. La pasta sobrante, más basta, se llamaba allec y era la versión “barata”, consumida por gente humilde o soldados.
La costa sur de Hispania era famosa por esto. Lugares como Baelo Claudia, cerca de Tarifa, estaban literalmente especializados en producir salazones y salsas de pescado para exportar a todo el Imperio. De hecho, en excavaciones en Baelo aparecieron ánforas con sedimentos identificados como ingredientes del garum.
Y aquí viene una de las cosas más curiosas: los romanos hablaban muchísimo del garum. No era una rareza marginal; era un producto de prestigio. Autores como Plinio el Viejo mencionaban variedades concretas y precios altísimos. Plinio habla del garum sociorum, considerado el más refinado, que podía costar una barbaridad para la época. Lo comparaban casi con un perfume gastronómico. Decía que había pocos líquidos “tan apreciados” aparte de los ungüentos de lujo.
Marcial, que tenía bastante mala leche escribiendo epigramas, bromeaba sobre el olor tremendo del garum y sobre la gente que abusaba de él. Porque claro, aquello debía oler fuerte de verdad. Imagina una mezcla entre salsa de pescado asiática muy concentrada y una factoría de salazón al sol.
Apicio, en el famoso recetario romano De re coquinaria, mete garum en una cantidad enorme de recetas: carnes, verduras, ostras, vinos condimentados… prácticamente funcionaba como hoy la salsa de soja o el caldo concentrado. Daba umami, aunque ellos obviamente no usaban esa palabra.
También Séneca lo menciona con cierto desprecio moral, criticando el lujo excesivo y las extravagancias culinarias romanas. Para algunos intelectuales esto de pagar fortunas por jugos de pescado fermentado era un síntoma de decadencia social.
Lo gracioso es que, aunque durante siglos sonó como una extravagancia desaparecida, hoy muchos historiadores de la alimentación dicen que no era tan distinto de otras salsas fermentadas actuales. El sudeste asiático sigue usando preparados muy parecidos, como el nuoc mam vietnamita o ciertas fish sauces tailandesas.
Así que cuando los arqueólogos encontraron aquellas ánforas en el Bou-Ferrer y otros pecios españoles, no sólo estaban recuperando mercancías hundidas: estaban encontrando literalmente restos físicos de uno de los sabores más importantes del mundo romano. Un poco como si dentro de dos mil años alguien encontrara un cargamento de botellas de ketchup, salsa Worcestershire y soja y tratara de reconstruir cómo comíamos nosotros.
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