lunes, 29 de junio de 2026

El extraordinario olfato de los perros Beagle.


 Los beagles son mucho más que perros de compañía. Gracias a un olfato extraordinariamente sensible —capaz de detectar concentraciones de olor de apenas unas pocas partes por billón en condiciones ideales— y a su gran motivación por trabajar a cambio de recompensas, se han convertido en una de las razas favoritas para tareas de detección.

El discurso del rey. El trabajo del logopeda Logue.

 El rey Jorge VI logró controlar su tartamudez gracias a una combinación de ejercicios físicos y un fuerte vínculo de confianza psicológica con el terapeuta australiano Lionel Logue. Aunque la creencia popular dictaba que el problema era incorregible, Logue aplicó métodos heterodoxos para la época que transformaron el habla del monarca a partir de 1926. 

1. Reeducación física y respiratoria
Logue diagnosticó que el rey sufría de una coordinación deficiente entre la laringe y el diafragma, lo que provocaba espasmos musculares severos en la mandíbula al intentar hablar. El tratamiento físico incluyó: 
  • Respiración diafragmática: Jorge VI practicaba diariamente una hora de ejercicios respiratorios para aprender a utilizar el diafragma en lugar de la respiración torácica superficial. 
  • Control de la columna de aire: El terapeuta le enseñaba a inclinarse hacia adelante colocando una mano en el estómago, asegurándose de generar un flujo continuo de aire en la tráquea antes de emitir sonido. []
  • Relajación muscular: Rutinas específicas para destensar el cuello, los hombros y la mandíbula, evitando el agarrotamiento que detonaba los bloqueos del habla. 
  • Vocalización y entonación: Ejercicios continuos de dicción y canto para flexibilizar las cuerdas vocales y asimilar cómo se articulaban las letras con menor esfuerzo mecánico. 

El modo en que Jorge VI preparó sus discursos de la Segunda Guerra Mundial junto al logopeda Lionel Logue combinó técnica vocal, entrenamiento emocional y una relación de confianza poco convencional. La evidencia disponible procede sobre todo de biografías y de los cuadernos de Logue incorporados al guion de El discurso del rey.

🗣️ Cómo trabajaban juntos rey y logopeda

  • Royal Family news: George VI letter thanking speech coach from ‘The ...
  • King s speech – Artofit

  • lionel logue | ... Lionel Logue, the speech therapist who cured the ...
  • Entrenamiento vocal intensivo — Logue aplicaba ejercicios de respiración diafragmática, control del ritmo y articulación. Su método, desarrollado tras trabajar con veteranos con problemas de voz, buscaba liberar tensión muscular y mejorar la fluidez.

  • Práctica estructurada de discursos — Para la declaración de guerra de 1939, Logue ayudó al rey a preparar el texto, marcar pausas y ensayar repetidamente la lectura para evitar bloqueos. El entrenamiento incluía lectura en voz alta, repetición de frases difíciles y control del tempo.

  • Apoyo emocional — Logue no solo corregía la dicción: escuchaba al rey, lo animaba y trabajaba su confianza. La relación personal fue clave para que Jorge VI pudiera hablar ante millones de oyentes en un momento crítico.

  • Métodos no convencionales — Logue empleaba técnicas poco ortodoxas para la época: ejercicios físicos, vocalizaciones exageradas, lectura con música para reducir la ansiedad y romper patrones de bloqueo. Estas prácticas se basaban en su experiencia previa con oratoria y teatro.

  • Preparación contextual — Logue adaptaba el entrenamiento al peso emocional del mensaje: discursos destinados a unir al país, transmitir calma y mostrar liderazgo en tiempos de crisis. La preparación incluía trabajar el tono y la intención comunicativa.

🎙️ El discurso de la declaración de guerra (1939)

El momento más emblemático de su colaboración fue la transmisión radiofónica del 3 de septiembre de 1939, cuando Jorge VI anunció la entrada del Reino Unido en la guerra. Logue estuvo presente en la sala durante la emisión, guiando al rey con señales discretas y recordatorios de respiración.

📌 Por qué funcionó su método

  • Combinaba técnica y psicología.

  • Transformó la tartamudez en una dificultad manejable.

  • Permitió al rey proyectar autoridad en un momento histórico decisivo.

Arqueología forense en Herculano.

 

Plinio el Viejo y la erupción del Vesubio.

 


HERCULANO: LA CIUDAD QUE DESPERTÓ BAJO LA TIERRA

Cuarta parte

La erupción del año 79 d. C.: Plinio el Viejo, el nacimiento de la vulcanología y las últimas horas de Herculano

Existen muy pocos acontecimientos de la Antigüedad que podamos reconstruir casi minuto a minuto. La destrucción de Herculano y Pompeya constituye una de esas excepciones. Sabemos lo que ocurrió gracias a la arqueología, a la geología moderna y, sobre todo, al testimonio excepcional de Plinio el Joven, que años después relató los hechos en dos famosas cartas dirigidas al historiador Tácito.

Aquellas cartas no solo describen una tragedia. Constituyen el primer gran relato científico de una erupción volcánica de la historia. Tanto es así que hoy las grandes erupciones explosivas reciben el nombre de erupciones plinianas, en honor al hombre que intentó comprenderlas y perdió la vida observándolas: Plinio el Viejo.


Un hombre extraordinario

Plinio el Viejo tenía alrededor de cincuenta y seis años cuando el Vesubio despertó.

Era una de las personas más cultas del Imperio romano.

Militar.

Administrador.

Naturalista.

Geógrafo.

Escritor.

Ingeniero.

Había dedicado buena parte de su vida a observar la naturaleza con una curiosidad casi insaciable.

Su obra más conocida, la Historia Natural, constituye una auténtica enciclopedia del conocimiento romano. En sus treinta y siete libros reunió información sobre astronomía, geografía, botánica, zoología, medicina, minería, metalurgia, agricultura y arte.

No era un filósofo encerrado en una biblioteca.

Era un hombre de acción.

Dormía muy poco.

Leía constantemente.

Tomaba notas durante los viajes.

Pedía a sus esclavos que le leyeran mientras comía o se desplazaba.

Según su sobrino, consideraba perdido cualquier momento que no estuviera dedicado al estudio.


El almirante de Miseno

En el verano del año 79 d. C., Plinio ejercía como comandante de la flota imperial estacionada en el cabo Miseno.

Desde allí controlaba una de las bases navales más importantes del Mediterráneo occidental.

La distancia hasta el Vesubio era de unos treinta kilómetros en línea recta.

Desde la bahía podía contemplarse perfectamente la montaña.

Aquella mañana nada hacía presagiar una catástrofe.

El día había comenzado con normalidad.

El mar estaba relativamente tranquilo.

La actividad cotidiana seguía su curso.


Una nube imposible

Fue entonces cuando apareció.

Plinio el Joven escribiría años después que su tío observó una nube cuya forma no se parecía a ninguna otra.

Buscando una comparación, recurrió al árbol más conocido por los romanos.

La describió como un enorme pino.

Un tronco vertical ascendía hacia el cielo.

En lo alto se abría una gigantesca copa formada por cenizas y gases.

La comparación resulta extraordinariamente precisa.

Hoy sabemos que describía la columna eruptiva, una inmensa chimenea de gases sobrecalentados que ascendía decenas de kilómetros antes de expandirse en forma de paraguas.

Ningún romano había contemplado jamás algo semejante.


El científico entra en acción

Mientras la mayoría de las personas contemplaban la nube con miedo, Plinio reaccionó de otra manera.

Sintió curiosidad.

No una curiosidad superficial.

Quería comprender el fenómeno.

Quería observarlo desde cerca.

Era el comportamiento propio de un naturalista.

En lugar de alejarse del peligro, decidió acercarse.

Ordenó preparar una embarcación.

Su intención inicial era aproximarse al volcán para estudiar mejor aquella extraña nube.

Sin saberlo, estaba a punto de protagonizar una de las decisiones más célebres de la historia de la ciencia.


Un mensaje desesperado

Mientras organizaba la expedición llegó una noticia inesperada.

Una mujer llamada Rectina, cuya villa se encontraba al pie del Vesubio, envió un mensaje pidiendo ayuda.

Las rutas terrestres ya estaban bloqueadas.

Solo era posible escapar por mar.

Aquella petición transformó una misión científica en una operación de rescate.

Plinio ordenó preparar varios barcos de guerra.

No zarparía únicamente para observar.

Intentaría salvar a cuantos pudiera.


Navegar hacia un volcán

La mayoría de las personas habría elegido la dirección contraria.

Plinio hizo exactamente lo opuesto.

Mientras miles de habitantes trataban de alejarse de la montaña, la flota romana avanzaba directamente hacia ella.

A medida que se aproximaban comenzaron a caer fragmentos de piedra pómez sobre las cubiertas.

Después llegaron cenizas cada vez más densas.

El aire se volvió irrespirable.

El cielo empezó a oscurecerse.

Los marineros dudaban.

Algunos querían regresar.

Plinio mantuvo el rumbo.

Su célebre respuesta resumía perfectamente su carácter:

"La fortuna favorece a los valientes."

No era una frase pronunciada por temeridad.

Era la convicción de un comandante acostumbrado a tomar decisiones bajo presión.


Una costa que desaparecía

Las condiciones cambiaban continuamente.

Las explosiones expulsaban enormes cantidades de material.

El viento arrastraba las cenizas.

El mar comenzaba a llenarse de piedra pómez flotante.

En algunos lugares la navegación se hacía extremadamente difícil.

Además, la propia costa estaba modificándose.

Los terremotos provocaban desprendimientos.

Algunas zonas quedaban bloqueadas por materiales volcánicos.

Los puertos dejaban de ser accesibles.

La naturaleza estaba transformando el paisaje hora tras hora.


La llegada a Estabia

Plinio no consiguió desembarcar donde inicialmente pretendía.

Finalmente dirigió sus barcos hacia Estabia, situada al sur del Vesubio.

Allí se encontraba su amigo Pomponiano.

La situación era angustiosa.

Los terremotos sacudían continuamente las casas.

Las cenizas caían sin descanso.

El cielo adquiría un color oscuro.

Sin embargo, Plinio intentó mantener la calma.

Se bañó.

Cenó con aparente tranquilidad.

Conversó con sus acompañantes.

Según el relato de su sobrino, trató deliberadamente de transmitir serenidad para evitar el pánico.

Resulta difícil saber cuánto había de auténtica tranquilidad y cuánto de liderazgo consciente.


Una noche sin precedentes

Con el paso de las horas la situación empeoró.

Las explosiones se sucedían una tras otra.

La lluvia de cenizas aumentaba.

Los terremotos hacían oscilar los edificios.

Dormir era prácticamente imposible.

Los habitantes discutían constantemente si permanecer dentro de las casas o salir al exterior.

Dentro podían morir aplastados por un derrumbe.

Fuera podían ser alcanzados por piedras volcánicas.

No existía una opción realmente segura.

Muchos protegían sus cabezas con almohadas sujetas mediante telas o cinturones.

Era una solución desesperada frente a la lluvia de fragmentos de roca.


La muerte de Plinio el Viejo

Al amanecer parecía abrirse una posibilidad de huida.

El grupo se dirigió hacia la costa.

Pero el mar continuaba demasiado agitado.

Las embarcaciones no podían maniobrar con seguridad.

Fue entonces cuando Plinio comenzó a encontrarse mal.

Las fuentes antiguas indican que sufría problemas respiratorios previos, posiblemente asma o alguna enfermedad pulmonar crónica.

Los gases volcánicos agravaron su situación.

Se sentó sobre un paño extendido en el suelo.

Pidió agua.

Intentó incorporarse.

No pudo hacerlo.

Poco después murió.

Su cuerpo sería encontrado más tarde sin heridas visibles.

Plinio el Joven afirma que parecía simplemente una persona dormida.

Hoy los especialistas consideran probable que la causa fuera una combinación de gases tóxicos, agotamiento físico y una enfermedad cardiovascular o respiratoria preexistente. Durante mucho tiempo se pensó que había muerto por asfixia, pero las investigaciones actuales sugieren un cuadro más complejo y no permiten una certeza absoluta.


Mientras tanto, en Miseno…

Mientras su tío se acercaba al peligro, Plinio el Joven permanecía en Miseno junto a su madre.

Tenía apenas dieciocho años.

Su relato constituye uno de los testimonios personales más impresionantes conservados de la Antigüedad.

Cuenta que los terremotos comenzaron a hacerse cada vez más intensos.

Los muebles se desplazaban solos.

Las paredes crujían.

El mar parecía retirarse.

El cielo se volvió completamente negro.

No una oscuridad semejante a la de una noche sin luna.

Algo mucho peor.

Escribe que era una oscuridad como la de una habitación cerrada cuando se apaga la lámpara.

La única luz procedía de los relámpagos producidos dentro de la propia nube volcánica, un fenómeno que hoy conocemos como tormenta volcánica, generado por las cargas eléctricas acumuladas entre partículas de ceniza.


El pánico de la población

Miles de personas abandonaban sus casas.

Algunos gritaban los nombres de sus familiares.

Otros lloraban.

Muchos rezaban.

Algunos pensaban que había llegado el fin del mundo.

Plinio describe escenas profundamente humanas.

Personas incapaces de decidir qué camino tomar.

Padres llevando a sus hijos.

Ancianos ayudados por esclavos.

Esclavos sosteniendo a sus amos.

Familias enteras caminando sin saber exactamente hacia dónde dirigirse.

En medio de aquella confusión desaparecían momentáneamente las diferencias sociales.

Todos compartían el mismo miedo.


La destrucción de Herculano

Durante las primeras fases de la erupción, Herculano recibió relativamente poca caída de piedra pómez en comparación con Pompeya. Esa circunstancia llevó durante mucho tiempo a pensar que muchos de sus habitantes habían logrado escapar antes de que llegara lo peor.

Sin embargo, horas después la situación cambió de manera radical.

La columna eruptiva comenzó a colapsar.

En lugar de ascender, enormes masas de gases, cenizas y fragmentos de roca descendieron por las laderas del volcán a velocidades enormes.

Eran las corrientes piroclásticas.

La primera alcanzó Herculano en cuestión de segundos.

No dejaba prácticamente ninguna posibilidad de supervivencia para quienes permanecían en su trayectoria.

La ciudad quedó envuelta por una nube sobrecalentada que penetró en calles, viviendas, almacenes y edificios públicos.

Las siguientes oleadas fueron enterrándolo todo bajo metros de depósitos volcánicos.

En pocas horas, Herculano había desaparecido del mundo.


Cómo era la vida de un actor o un mimo en Herculano.

 

HERCULANO: LA CIUDAD QUE DESPERTÓ BAJO LA TIERRA

Tercera parte


El teatro de Herculano: actores, mimos y el espectáculo en una ciudad romana

Cuando pensamos en un teatro romano solemos imaginar a actores solemnes interpretando tragedias de inspiración griega. Sin embargo, esa imagen corresponde solo a una parte de la realidad.

En la Herculano del siglo I d. C., el teatro era un espacio extraordinariamente vivo, donde convivían la alta literatura con la sátira política, la música con la danza, las representaciones mitológicas con las bromas obscenas y los espectáculos refinados con actuaciones destinadas simplemente a provocar la risa del público.

Durante buena parte del año, el teatro era el corazón cultural de la ciudad.

No era un lugar silencioso.

Era un lugar lleno de voces, risas, música y aplausos.


Un teatro para toda la ciudad

A diferencia de los teatros modernos, el teatro romano no era únicamente un edificio destinado al entretenimiento.

También cumplía funciones políticas y religiosas.

Las autoridades municipales organizaban espectáculos durante determinadas festividades.

Los ciudadanos más ricos financiaban representaciones para ganar prestigio social.

Los candidatos a ocupar cargos públicos patrocinaban funciones para atraer simpatías.

Asistir al teatro era una experiencia colectiva.

No existía la idea moderna de acudir únicamente para disfrutar de una obra.

Ir al teatro significaba también dejarse ver.

Encontrarse con amigos.

Hablar de política.

Cerrar negocios.

Mostrar la posición social mediante la calidad del asiento ocupado.


¿Quiénes eran los actores?

La profesión de actor tenía una posición social ambigua.

Paradójicamente, podían ser famosos y admirados por miles de espectadores, pero legalmente pertenecían a una categoría social considerada infamis, es decir, desprovista de parte del prestigio cívico del ciudadano romano respetable.

Muchos actores eran esclavos.

Otros eran libertos.

Algunos nacían dentro de familias dedicadas al espectáculo.

Pocos pertenecían a la aristocracia.

Sin embargo, los mejores intérpretes podían llegar a ganar fortunas.

Algunas estrellas teatrales eran conocidas en todo el Imperio.

Recorrían ciudades actuando durante festivales importantes.

Los empresarios competían por contratarlos.

El público recordaba sus nombres.

Existían auténticos admiradores que seguían sus carreras.


Una preparación muy exigente

Convertirse en actor requería años de aprendizaje.

Había que memorizar enormes cantidades de texto.

Controlar perfectamente la respiración.

Proyectar la voz hasta la última fila del teatro.

Aprender canto.

Aprender danza.

Conocer la gestualidad codificada del teatro clásico.

En una época sin micrófonos, la voz debía llegar a varios miles de personas.

Los teatros romanos estaban magníficamente diseñados desde el punto de vista acústico.

Aun así, el intérprete necesitaba una técnica extraordinaria.

Los ejercicios respiratorios ocupaban buena parte del entrenamiento diario.


El poder de las máscaras

Uno de los elementos más característicos del teatro romano eran las máscaras.

No se utilizaban únicamente para ocultar el rostro.

Permitían identificar inmediatamente al personaje.

El anciano.

El joven enamorado.

El esclavo astuto.

El soldado fanfarrón.

La cortesana.

La anciana.

Cada máscara poseía rasgos exagerados.

Bocas abiertas.

Cejas muy marcadas.

Expresiones fácilmente reconocibles incluso desde los últimos asientos.

Las máscaras también ayudaban ligeramente a proyectar la voz, aunque durante mucho tiempo se exageró este efecto.

Su función principal era visual y simbólica.


El vestuario

El vestuario variaba según el tipo de representación.

En las tragedias predominaban largas túnicas inspiradas en modelos griegos.

Los reyes llevaban mantos ricamente decorados.

Los héroes aparecían con coturnos, un tipo de calzado de elevada plataforma que aumentaba su estatura.

En las comedias, por el contrario, la ropa era mucho más cotidiana.

Los esclavos vestían túnicas cortas.

Los comerciantes aparecían con atuendos reconocibles.

Los soldados lucían armaduras caricaturizadas.

El público identificaba inmediatamente el papel de cada personaje.


La música nunca desaparecía

Una representación romana rara vez transcurría completamente en silencio.

La música acompañaba continuamente la acción.

El instrumento más habitual era el tibia, una especie de doble flauta capaz de producir melodías muy expresivas.

También se utilizaban liras.

Cítaras.

Pequeños tambores.

Platillos.

En determinadas escenas la música aumentaba la tensión.

En otras marcaba el ritmo de la danza.

En los momentos cómicos acompañaba las caídas y los gestos exagerados de los actores.


La comedia: el espectáculo favorito

Aunque las tragedias gozaban de gran prestigio intelectual, la mayoría del público prefería la comedia.

Las obras heredaban la tradición de autores como Plauto y Terencio.

Los argumentos eran rápidos.

Confusiones de identidad.

Enamorados.

Padres autoritarios.

Esclavos ingeniosos.

Criados tramposos.

Mercaderes avaros.

Soldados ridículos.

El público conocía perfectamente estos personajes y esperaba precisamente ver cómo se repetían las situaciones cómicas una y otra vez con nuevas variantes.


Los mimos: el verdadero fenómeno popular

Si hubiera que escoger el género teatral más querido por los habitantes de Herculano, probablemente sería el mimo.

No debemos imaginar el mimo moderno que actúa en silencio.

El mimo romano hablaba.

Cantaba.

Bailaba.

Improvisaba.

Contaba historias.

Realizaba acrobacias.

Parodiaba personajes conocidos.

El humor era frecuentemente obsceno.

Se hacían bromas sexuales.

Se ridiculizaba a maridos engañados.

Se imitaba a jueces corruptos.

Médicos incompetentes.

Profesores severos.

Mercaderes tramposos.

El público estallaba en carcajadas.

Las autoridades toleraban muchas críticas que jamás habrían aceptado en un discurso político.


Una novedad extraordinaria: las mujeres en escena

Mientras en la tragedia tradicional los personajes femeninos seguían siendo interpretados habitualmente por hombres, en el mimo romano actuaban auténticas mujeres.

Aquello constituía una auténtica revolución para la época.

Algunas alcanzaron enorme popularidad.

Cantaban.

Bailaban.

Recitaban.

Improvisaban.

Su presencia incrementaba enormemente el éxito de las funciones.

No obstante, la sociedad romana mantenía prejuicios hacia ellas y muchas fueron objeto de críticas morales.


El pantomimo: el arte más refinado

Junto al mimo existía otra forma de espectáculo completamente distinta.

La pantomima.

En este caso casi no había diálogo.

Un único bailarín interpretaba numerosos personajes mediante movimientos extraordinariamente complejos.

Cada gesto tenía significado.

Una inclinación de cabeza.

La posición de una mano.

La dirección de la mirada.

La velocidad del giro.

Todo estaba cuidadosamente codificado.

Mientras tanto, un coro narraba la historia acompañado por músicos.

Era un espectáculo de enorme sofisticación técnica.

Los mejores pantomimos eran celebridades internacionales.


Los ensayos

Contrariamente a la idea de que el teatro antiguo era improvisado, los ensayos eran numerosos.

Las compañías repasaban durante semanas la coordinación entre actores y músicos.

La entrada de cada personaje.

Los cambios de vestuario.

Los movimientos sobre el escenario.

La sincronización con la música.

Los errores podían arruinar una representación ante varios miles de espectadores.


El público de Herculano

Los habitantes de Herculano eran espectadores apasionados.

Aplaudían.

Silbaban.

Gritaban.

Comentaban en voz alta.

No existía el silencio casi religioso que hoy asociamos al teatro.

Si un actor olvidaba el texto, el público reaccionaba inmediatamente.

Si una broma funcionaba, las carcajadas podían detener momentáneamente la representación.

Si un intérprete famoso aparecía en escena, recibía ovaciones incluso antes de pronunciar una sola palabra.

Los niños también acudían.

Los vendedores ambulantes recorrían los pasillos ofreciendo comida y bebida.

Era una auténtica fiesta popular.


Detrás del escenario

Mientras el público disfrutaba del espectáculo, detrás del escenario reinaba un caos perfectamente organizado.

Actores cambiándose de máscara.

Esclavos preparando vestuario.

Maquilladores aplicando pigmentos.

Utileros trasladando muebles.

Músicos afinando instrumentos.

Mensajeros comunicando cambios de última hora.

Todo debía funcionar con precisión.

No existía margen para largos descansos entre escenas.


El teatro pocas semanas antes de la erupción

Resulta muy probable que durante el verano del año 79 d. C. el teatro siguiera funcionando con normalidad.

Quizá algunos espectadores comentaban los pequeños terremotos que desde hacía meses sacudían la región.

Muchos ya estaban acostumbrados.

Desde el gran terremoto del año 62, los movimientos sísmicos eran frecuentes.

Algunas casas seguían reparándose.

Nadie interpretaba aquellos temblores como el anuncio de una catástrofe.

Es posible que pocos días antes de la erupción actores, músicos y mimos continuaran representando comedias exactamente sobre el mismo escenario que dieciséis siglos más tarde encontrarían los excavadores borbónicos.

La historia posee a veces una ironía extraordinaria.

Las risas del público resonaban en el teatro mientras, bajo el Vesubio, una enorme cámara magmática acumulaba presión desde hacía siglos.

Los intérpretes saludaban al finalizar la función.

Los espectadores regresaban a sus casas.

Los comerciantes cerraban sus tiendas.

Los esclavos apagaban las lámparas.

Nadie podía imaginar que aquel escenario, construido para celebrar la vida de una ciudad romana, iba a convertirse en uno de los primeros monumentos rescatados de una de las mayores tragedias de la Antigüedad.


El extraordinario olfato de los perros Beagle.

 Los beagles son mucho más que perros de compañía. Gracias a un olfato extraordinariamente sensible —capaz de detectar concentraciones de ol...