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domingo, 15 de marzo de 2026

Lorenzo Silva nos recuerda a Miguel Campins, el oficial africanista que no se sumó al golpe nacional de 1936,

 


Escena: un despacho lleno de libros. Un historiador habla ante una pequeña audiencia en una presentación literaria.

HISTORIADOR

Señoras y señores… cuando hablamos de la Guerra Civil Española solemos caer en dos trampas: la simplificación y el ruido ideológico. Pero la historia —la de verdad— está llena de figuras incómodas, de trayectorias que no encajan del todo en ningún relato. Y precisamente ahí es donde, a mi juicio, aparece el interés de la próxima novela de Lorenzo Silva.

Porque Silva no ha elegido a un personaje evidente. No ha elegido a un gran líder político, ni a uno de los generales más conocidos del conflicto. Ha elegido a Miguel Campins. Y eso ya dice mucho.

Campins fue un militar profesional formado en el mismo mundo que muchos de los protagonistas del golpe de 1936. Un oficial que había hecho carrera en África, en la Guerra de Marruecos, ese laboratorio brutal donde se forjaron tantas lealtades y rivalidades dentro del Ejército español. Allí coincidió con muchos de los hombres que después marcarían el destino del país. Entre ellos, Franco.

No eran extraños. Pertenecían a la misma generación de oficiales africanistas, a ese grupo endurecido por campañas coloniales, por ascensos rápidos y por una cultura militar muy particular. En ese entorno se tejieron amistades, pero también jerarquías muy claras.

Cuando en 1936 Campins es destinado a Granada como gobernador militar, España ya es un país al borde del colapso. El clima político es explosivo, las conspiraciones circulan por los cuarteles, y en muchas ciudades los oficiales saben perfectamente que algo está a punto de ocurrir.

Y entonces llega julio.

El golpe militar estalla. En muchos lugares los mandos se posicionan de inmediato. Pero Campins… duda. O, mejor dicho, se niega a precipitarse.

No se suma al levantamiento con entusiasmo. Tampoco lo combate activamente. Intenta mantener el orden en la ciudad, evitar que la situación se descontrole. Y eso, en aquel momento, era casi una herejía.

Porque en Granada ocurre algo curioso en esos primeros días: pese a la tensión política, no hay un estallido inmediato de violencia civil. Campins se niega a repartir armas indiscriminadamente entre milicias. No quiere fomentar linchamientos. No quiere convertir la ciudad en un campo de batalla entre vecinos.

Su obsesión es una sola: mantener el orden público.

Pero la lógica del golpe no admite ambigüedades.

En Sevilla, el general Queipo de Llano ha tomado el control con brutal determinación. Y cuando Campins termina desplazándose allí para aclarar su posición ante las autoridades sublevadas, lo que encuentra no es comprensión, sino sospecha.

Para los conspiradores, la tibieza es traición.

Queipo lo somete a un consejo de guerra rapidísimo. La acusación es clara: no haberse sumado con decisión al movimiento.

No haber actuado.

No haber reprimido.

No haber tomado partido.

Y la sentencia llega con la velocidad con la que se estaban escribiendo muchas páginas de aquella guerra.

Fusilamiento.

Resulta trágico, si lo pensamos bien. Campins no fue ejecutado por defender activamente a la República con las armas. Tampoco por dirigir resistencia militar. Fue ejecutado, esencialmente, por intentar contener la violencia en un momento en que la violencia se había convertido en el lenguaje político dominante.

Ese tipo de destino —el de quienes quedan atrapados entre dos fuerzas que ya no admiten matices— es profundamente novelesco. Y también profundamente histórico.

Por eso tengo tanta curiosidad por la mirada de Silva. Porque Campins no es el héroe clásico ni el villano típico. Es algo más incómodo: un militar que creyó que aún era posible preservar cierto orden cuando el país ya estaba entrando en una espiral de guerra total.

Y la historia, como sabemos… no suele ser amable con quienes llegan tarde a comprender que el mundo que conocían ya ha desaparecido.

martes, 25 de noviembre de 2025

Sin insectos la economía y la biodiversidad se van al traste.


Entrevista: «Los insectos, ¿quiénes sostienen la vida… y los dólares?»

Entrevistador (E):

Hoy hablamos con un experto imaginario, “Dr. Entomólogo”, para conocer en profundidad cuánta riqueza generan los insectos — y no me refiero solo a la miel…

Dr. Entomólogo (T):

Un placer. Es fundamental visibilizar lo que los insectos hacen: sin ellos, muchos cultivos, ecosistemas y tradiciones alimentarias se vendrían abajo.


E: Empecemos por lo económico: ¿qué aportan los insectos a la economía, sobre todo en Estados Unidos y globalmente?

T:

  • En el caso de Estados Unidos, un estudio estimó que los servicios de polinización proporcionados por insectos alcanzaban unos 34 mil millones de dólares en 2012. agroempresario.com

  • Este tipo de polinización no es un lujo — es esencial: muchas granjas “rentan” colmenas para asegurar la producción. Por ejemplo, en California una sola colmena alquilada para polinizar almendros puede generar entre 200 y 250 dólares por ciclo. EL BOLETIN

  • A escala mundial, los insectos polinizadores (sobre todo abejas, otros himenópteros, etc.) prestan un servicio cuyo valor se ha estimado en alrededor de 153.000 millones de euros al año. Esa cifra equivale a cerca del 10 % del valor de toda la producción agrícola de alimentos. CORDIS+1

  • De hecho, otros estudios globales consideran que los servicios de polinización podrían tener un valor entre 200 000 y 577 000 millones de dólares si se contabiliza su papel en todos los cultivos dependientes de polinización animal. Huella-zero.org+2Cinco Días+2

En definitiva: los insectos no solo sustentan la agricultura: sostienen buena parte de la economía alimentaria mundial.


E: Pero su valor no se limita al dinero, ¿verdad? ¿Qué beneficios ecológicos hay?

T:

Exacto. Los insectos proveen múltiples servicios ecosistémicos esenciales, más allá de la polinización:

  • Participan en la descomposición de materia orgánica, lo que ayuda a reciclar nutrientes, mejorar la fertilidad del suelo y mantener saludables los ecosistemas. Frontiers+1

  • Ayudan a reducir el desperdicio de comida o residuos orgánicos — ciertos insectos procesan desechos agrícolas o de cocina, transformándolos en biomasa útil o fertilizantes. Frontiers

  • Conectan niveles de la cadena alimenticia: al ser presa de otros animales, sostienen la biodiversidad y el equilibrio natural. FAOHome+1

  • Contribuyen a la salud ambiental: polinización, fertilidad del suelo, ciclo de nutrientes, regulación de materia muerta… sin ellos, muchos ecosistemas colapsarían. Frontiers+1

Además, muchos insectos comestibles cumplen un papel doble: al mismo tiempo que sirven de alimento, ayudan en funciones ecológicas vitales. Frontiers+1


E: Cambiando de tema: hay muchos países donde los insectos se consumen — ¿cuáles, y qué platillos exóticos existen?

T:

Sí — la entomofagia (consumo de insectos) sigue siendo tradición en muchas regiones. Según un estudio reciente:

  • Se conocen alrededor de 2.205 especies de insectos comestibles consumidas en 128 países. ResearchGate+1

  • Asia concentra la mayor diversidad (≈ 932 especies), seguida por América (principalmente México) y África. ResearchGate

  • Entre los países con más especies consumidas: México (≈ 450 especies), Tailandia (≈ 272), India (≈ 262), República Democrática del Congo (≈ 255), China (≈ 235), Brasil (≈ 140), Japón (≈ 123), Camerún (≈ 100). ResearchGate+1

Algunos ejemplos de platillos y usos:

  • En Tailandia: grillos y saltamontes fritos, larvas de abeja, gusanos de seda, huevos de hormiga, termitas. También larvas de “gusano de bambú” (non mai phai), gusanos de seda y hasta grandes chinches de agua. Wikipedia+1

  • Una chinche de agua — Lethocerus indicus — se consume en el sudeste asiático; su carne se dice que sabe a vieira dulce o camarón. Wikipedia+1

  • En muchas regiones de África o zonas rurales del mundo, insectos forman parte de la dieta tradicional, ofreciendo proteínas, minerales y grasas esenciales. FAOHome+2SciSpace+2

Más allá del sabor, los insectos representan una alternativa alimentaria sostenible: alto rendimiento proteico, bajos requerimientos de tierra o agua, menor huella ecológica que la ganadería tradicional. FAOHome+1


E: Hablemos ahora de insectos sociales: por ejemplo, ¿qué sucede con las “hormigas cortadoras de hojas” o con las abejas? ¿Qué pasa si desaparecen?

T:

  • En el caso de las abejas, su declive es alarmante. Muchas colonias melíferas mueren — por enfermedades, pérdida de hábitat, pesticidas — y eso pone en riesgo la polinización. agroempresario.com+2Cinco Días+2

  • Si los polinizadores desaparecieran o se redujeran drásticamente: los cultivos que dependen de ellos (frutas, verduras, café, frutos secos, muchos más) verían caer su producción; la seguridad alimentaria estaría en jaque; la biodiversidad se desestabilizaría. CORDIS+2Wikipedia+2

  • En algunos contextos agrícolas se depende tanto de los insectos que la actividad apícola se vuelve un servicio “alquilable”: colmenas moviéndose de cultivo en cultivo. EL BOLETIN+1

  • Con respecto a las “hormigas cortadoras de hojas” — aunque no tengo datos recientes exactos que cuantifiquen su consumo global — su rol en ciertos ecosistemas es clave: muchas especies de hormigas, termitas y otros insectos sociales participan en la descomposición, aireación del suelo, reciclaje de materia orgánica, lo que mejora la fertilidad del terreno y permite que plantas y árboles crezcan sanos. Frontiers+2scienceopen.com+2

En suma: la desaparición de insectos sociales (hormigas, abejas, etc.) implicaría un colapso ecológico, con efectos negativos sobre la agricultura, la biodiversidad, el suelo, los bosques… y en última instancia, sobre nosotros mismos.


E: ¿Qué hay de insectos migratorios — como las mariposas monarca? ¿Qué amenazas enfrentan sus rutas?

T:

Este es un punto muy importante: muchas especies de insectos cumplen funciones vitales, pero también viven ciclos de migración o cambios estacionales que requieren ambientes saludables, conectados y protegidos.
En el caso de las mariposas migratorias (como la Danaus plexippus, la mariposa monarca), factores como la destrucción de hábitats, el uso intensivo de agroquímicos, el cambio climático, la fragmentación de ecosistemas, y la pérdida de las plantas hospederas (por ejemplo, algodoncillo) ponen en peligro sus rutas migratorias. Aunque no he encontrado una cifra concreta global reciente que cuantifique su “valor económico” — su papel ecológico como polinizadoras, generadoras de biodiversidad, indicadores de salud ambiental, y como parte del atractivo natural (turismo, conservación, patrimonio) es incalculable.

Si estas migraciones se interrumpen, los ecosistemas que dependen de las mariposas — y de muchos insectos similares — perderían parte de su funcionamiento natural: flora menos diversa, reducción de polinización espontánea, desequilibrios en cadenas tróficas, pérdida de biodiversidad.


E: ¿Entonces los insectos podrían ser también parte de la solución alimentaria global — con entomofagia sostenible?

T:

Absolutamente. El consumo de insectos — cuando se hace de forma sostenible, regulada y culturalmente aceptada — ofrece varias ventajas:

  • Alta eficiencia: muchos insectos convierten alimento en proteína con mucha eficiencia, requieren menos recursos que la ganadería convencional. FAOHome+2Brill+2

  • Buen perfil nutricional: proteínas, grasas healthy, fibras, minerales… en algunos casos comparable a carnes o pescado. FAOHome+2SciSpace+2

  • Menor impacto ambiental: menos suelo, agua, emisiones, menos presión sobre ecosistemas que serían degradados para agricultura intensiva. FAOHome+2Brill+2

  • Integración con ecosistemas naturales: aprovechar insectos ya presentes, sin necesidad de deforestar o cultivar pastos intensivamente. scienceopen.com+1

Por eso muchas instituciones científicas y nutricionales defienden la entomofagia como parte de un sistema alimentario sostenible para el futuro. SpringerLink+2Brill+2


E: En resumen: ¿qué tan dependientes somos de los insectos — y qué riesgos afrontamos?

T:

Dependen de ellos la agricultura, la biodiversidad, la fertilidad del suelo, la seguridad alimentaria, cultivos tradicionales, ecosistemas silvestres, turismo natural, y muchas culturas alimentarias diversas.

Si no los protegemos — si permitimos la desaparición de abejas, de insectos polinizadores, de insectos sociales, de especies migratorias — pondremos en riesgo sistemas agrícolas, ecosistemas naturales, biodiversidad, y también costumbres alimentarias milenarias.

Al mismo tiempo, reconocer su valor — económico, ecológico y cultural — y promover prácticas de conservación, agricultura sostenible, control de agroquímicos, y consumo responsable (incluso entomofagia) puede ser clave para un futuro más equilibrado, justo y sostenible.



 

Cuando los algoritmos fallan....y deciden por nosotros.

 


Entrevista: “Cuando los algoritmos fallan… y cuando simplemente hacen lo que deben”

Charlie: Hoy tenemos con nosotros al profesor Dr. Alan Serrano, experto en sistemas computacionales y ética algorítmica. Profesor, empecemos por lo más famoso: ¿cómo pudo el ordenador Deep Blue derrotar a Garry Kasparov en 1997?


🧠 1. Deep Blue vs. Kasparov (1997)

Dr. Serrano:
Mira, Charlie, Deep Blue era una máquina muy especializada. No era “inteligente” en el sentido humano; no entendía el ajedrez como un Gran Maestro. Lo que tenía era una potencia de cálculo descomunal para la época.

Charlie: ¿Qué hacía exactamente?

Dr. Serrano:
• Evaluaba más de 200 millones de posiciones por segundo.
• Tenía heurísticas y conocimiento básico sobre ajedrez programado por expertos humanos.
• Y lo más importante: no se cansaba, no dudaba, no se ponía nervioso, y no sufría presión psicológica.

Kasparov era brillante, pero humano. Deep Blue podía explorar posibles jugadas en una profundidad estratégica imposible para un ser humano. Su “inteligencia” era fuerza bruta optimizada.


⚖️ 2. El programa judicial y las sentencias desiguales

Charlie: Ahora, algo más inquietante. ¿Cómo es posible que un programa judicial determinara que un joven de 19 años que tuvo una relación consensuada con una menor recibiera 19 años de cárcel por “posibilidad de reincidencia”, mientras un hombre blanco de 36 años, culpable de una violación, recibiera una pena más leve por tratarse de “su primer delito”?

Dr. Serrano:
Esto es un ejemplo clásico —aunque trágico— de sesgo algorítmico en modelos predictivos de riesgo criminal.

Charlie: ¿Sesgo? ¿Cómo aparece un sesgo si la máquina debería ser imparcial?

Dr. Serrano:
Porque la máquina aprende de datos históricos, y los datos históricos reflejan sesgos humanos. Por ejemplo:

  • Si las bases de datos incluyen que personas jóvenes de ciertos grupos fueron históricamente etiquetadas como “más propensas a reincidir”, el programa replicará ese patrón.

  • Si el sistema judicial ha tendido a tratar con más benevolencia a ciertos perfiles —como hombres adultos blancos en algunos contextos—, los algoritmos entrenados con esos datos aprenden y amplifican esa tendencia.

En estos sistemas se usan modelos llamados “puntajes de riesgo”.
El problema es que esos puntajes no miden la peligrosidad real, sino patrones estadísticos contaminados por prejuicios.

Charlie: ¿Entonces el algoritmo no es neutral?

Dr. Serrano:
Exacto. Un algoritmo no es mejor que los datos que le das. Y si los datos son injustos, el resultado es injusto.


🩺 3. El sistema médico que confundió una luxación de codo con una ITS

Charlie: ¿Y cómo puede ocurrir que un programa de inteligencia artificial confunda una luxación de codo con una infección de transmisión sexual en los genitales? ¡Parecen cosas totalmente distintas!

Dr. Serrano:
(Ríe) Suena absurdo, pero tiene explicación técnica.

Muchos sistemas médicos actuales se basan en aprendizaje automático, especialmente redes neuronales. Son extremadamente poderosas, pero también muy “literalistas”. Sus fallos suelen venir de:

  1. Entrenamiento insuficiente o de mala calidad:
    Si las imágenes están mal etiquetadas, son pocas, o no representan bien los casos reales, la red aprende asociaciones equivocadas.

  2. Falta de contexto clínico:
    La IA solo ve píxeles, no entiende el cuerpo humano. Si la imagen está mal recortada, con mala iluminación, ángulos extraños, o acompañada de metadatos erróneos, la IA puede detectar patrones irrelevantes.

  3. Sobreajuste:
    El sistema memoriza patrones superficiales del entrenamiento, en vez de aprender conceptos médicos.

  4. Ausencia de supervisión humana adecuada:
    Muchos modelos se prueban en condiciones ideales, pero fallan cuando se enfrentan a casos reales, que son mucho más variados.

Charlie: Entonces… ¿la IA “se equivoca” porque no entiende nada realmente?

Dr. Serrano:
Exacto. No razona. Solo procesa correlaciones. Por eso, sin médicos que la supervisen, puede hacer diagnósticos desastrosos.


🧩 Reflexión final

Charlie: Profesor, viendo estos tres casos, ¿cuál es la lección general?

Dr. Serrano:
Que las máquinas no son sabias ni neutrales.
Son herramientas. Muy poderosas, sí, pero dependientes:

  • de cómo las diseñamos,

  • de los datos que les damos,

  • y de los límites que les imponemos.

Deep Blue ganó porque la tarea era perfecta para una máquina.
El sistema judicial falló porque aprendió de datos injustos.
El sistema médico se equivocó porque carecía de comprensión real.

Charlie: Y así seguimos aprendiendo dónde pueden ayudarnos los algoritmos… y dónde pueden hacernos daño.

Dr. Serrano: Así es. La clave no es temer a la IA, sino usar inteligencia humana para supervisarla.


Las aves nos interpelan en un santuario llamado Pandemonium.

 


“Las aves nos hablan, solo hay que aprender a escucharlas”

Entrevista con una voluntaria del hogar de aves exóticas Pandemonium

Simon Worrall: Usted trabaja cada día con especies muy diversas. Desde su experiencia, ¿cómo describiría la inteligencia de las aves?

Voluntaria: La mayoría de las personas no imagina lo extraordinariamente inteligentes que son. Tienen cerebros pequeños, sí, pero muy eficientes. Comprenden situaciones complejas, reconocen intenciones humanas y encuentran maneras de comunicarse con nosotros. A veces parece que literalmente nos “dicen” lo que necesitan, aunque no hablen nuestro idioma.

Worrall: ¿Ha vivido alguna situación especialmente reveladora?

Voluntaria: Una que siempre cuento es la de un pinzón de Lady Gould. Él no podía volar tan bien como los demás y se quedaba abajo cuando los otros subían al posadero para dormir. Empezó a mostrarse muy inquieto, buscaba mi atención y repetía los mismos movimientos junto a un tronco. Al principio no entendía qué intentaba comunicarme, pero su insistencia era casi como una conversación. Finalmente deduje que necesitaba una manera alternativa de subir. Le construí una pequeña escalera y, en cuanto la puse, subió inmediatamente con el resto. Fue como ver un rompecabezas resuelto entre dos especies distintas.

Worrall: Parece casi un acto colaborativo.

Voluntaria: Exacto. Y experiencias así nos hacen replantearnos nuestras ideas sobre la inteligencia animal. Las aves no solo reaccionan: planifican, piden ayuda, buscan soluciones.

Worrall: Hablemos de otro comportamiento sorprendente: la música. ¿De verdad bailan?

Voluntaria: (Ríe) Sí, y con mucho entusiasmo. Los loros grises son especialmente sensibles al ritmo. Si la canción tiene un pulso claro, empiezan a mover la cabeza, las patas y hasta las alas. Y no es un movimiento aleatorio: siguen la música. Tenemos también una cacatúa con gustos muy particulares. Le encantan las canciones de las princesas de Disney; en cuanto oye la melodía, se pone a mover todo el cuerpo. No ha ampliado su repertorio, pero con lo que tiene es feliz.

Y algo curioso: cuando se acercan las fiestas y empezamos a poner villancicos, ¡todas las aves del refugio se animan! Parece que hay algo en esas melodías que les resulta irresistible.

Worrall: Más allá del comportamiento lúdico, imagino que el cuidado cotidiano puede ser muy exigente, sobre todo con las crías.

Voluntaria: Muchísimo. Hay especies cuyos padres no saben alimentar a los polluelos, o que simplemente los rechazan. En esos casos debemos alimentarlos manualmente. Los sostenemos con mucho cuidado y les damos grano donado, frutas o pequeños insectos, dependiendo de la dieta de cada especie. Es un trabajo delicado que puede llevar horas al día, pero sin eso muchos no sobrevivirían. Cada polluelo sacado adelante a mano es casi una pequeña victoria.

Worrall: En una ocasión mencionó algo muy peculiar sobre los chochines de las hadas. ¿Qué ocurre con ellos?

Voluntaria: Es uno de los comportamientos más fascinantes que he visto. Los chochines de las hadas aprenden una especie de contraseña acústica cuando aún están dentro del huevo. Es un sonido específico, como una firma vocal. Cuando nacen, deben emitir esa contraseña para que los padres los reconozcan como propios. Si no lo hacen, los adultos pueden rechazarlos pensando que son crías de otra especie, resultado de una puesta parásita. Es un sistema de identificación sorprendente y extremadamente preciso.

Imagínese: aprender un código antes incluso de ver la luz.

Worrall: Después de escuchar todo esto, uno siente que hay un mundo de comunicación animal que aún no comprendemos del todo.

Voluntaria: Exacto. Las aves viven en un universo sensorial y social muy complejo. Cuando les damos espacio, paciencia y respeto, descubrimos que tienen mucho que decirnos. Lo único que tenemos que hacer es escuchar.

lunes, 24 de noviembre de 2025

El modo en que la Inteligencia Artificial y la robótica pueden hacer colapsar la economía capitalista y la sociedad de bienestar.

Martin Ford explica que la inteligencia artificial y los robots están alcanzando un nivel de capacidad que les permite realizar muchas tareas que antes considerábamos exclusivamente humanas, especialmente aquellas que siguen patrones, reglas o rutinas claras. Esto incluye una gran parte del trabajo de oficina: desde tareas administrativas hasta análisis de datos, atención al cliente o funciones contables. A diferencia de los robots industriales tradicionales, que se limitaban a trabajos físicos repetitivos, la nueva ola de automatización avanza hacia actividades cognitivas y de cuello blanco. Para Ford, esta es una transformación profunda porque afecta a empleos que antes se creían seguros frente a la tecnología.

Una de sus mayores preocupaciones es el impacto económico que podría tener esta sustitución masiva. Si millones de personas pierden sus trabajos o ven reducirse sus ingresos debido a la automatización, se debilita la capacidad de consumo. Y aunque las empresas pudieran producir más y más barato gracias a la robótica, terminarían enfrentándose a un mercado donde muchos no tienen dinero para comprar. Esto, dice Ford, podría generar una especie de círculo vicioso: menos ingresos llevan a menos demanda; menos demanda lleva a menos ventas; y eso aumenta aún más la presión para automatizar, agravando el desempleo. Por esa razón, propone que la sociedad debe empezar a pensar en mecanismos de compensación como la renta básica universal.

También habla del contraste cultural que existe entre Japón y Estados Unidos respecto a los robots. En Japón, la tecnología suele verse como un compañero o un ayudante. Las creencias sintoístas, donde se considera que incluso los objetos pueden tener un “espíritu”, han alimentado una visión de robots amigables y cercanos. Por eso no sorprende que los japoneses acepten sin problema mascotas robóticas como Aibo o robots de asistencia en el cuidado de ancianos. En cambio, en Estados Unidos predomina una narrativa muy distinta: allí la robótica y la IA suelen imaginarse como una amenaza. Hollywood ha construido durante décadas historias de máquinas que adquieren conciencia y se rebelan contra los humanos, como en Terminator, M3GAN o Matrix. Esta diferencia cultural influye en cómo se desarrollan y adoptan las tecnologías en cada país.

Ford también señala que los primeros robots verdaderamente “sociales” probablemente no serán cuerpos metálicos avanzados, sino inteligencias virtuales parecidas a las de la película Her: sistemas que existen principalmente como voces o programas capaces de conversar, acompañar emocionalmente y establecer vínculos con los usuarios. Con el tiempo, estas IA podrían integrarse en robots físicos, incluyendo robots de compañía y robots sexuales. Según él, la demanda por este tipo de compañía artificial aparecerá antes de que la tecnología robótica sea perfecta, porque la conexión emocional con un software puede resultar suficiente para muchas personas.

Por último, Ford insiste en una idea que sorprende a muchos: los trabajos más humildes, como limpiar baños o realizar tareas de mantenimiento básicas, no desaparecerán tan rápido. A pesar de su bajo prestigio social, son trabajos que requieren moverse en espacios impredecibles, manipular objetos distintos y resolver pequeños problemas sobre la marcha. Para un robot, estas tareas son muchísimo más difíciles y costosas de automatizar que, por ejemplo, procesar formularios, generar informes o analizar datos. Por eso, según Ford, es más probable que la tecnología reemplace primero a trabajos de oficina que a empleos físicos de baja cualificación.


 

Nacidos para correr.


Un estudio luminoso. Libros apilados, una grabadora encendida sobre la mesa. Simon Worrall, libreta en mano, mira con curiosidad al escritor Vybarr Cregan-Reid, que juguetea con sus gafas mientras sonríe con timidez.

SIMON WORRALL:
Antes de comenzar… debo preguntarlo. “Vybarr”. No es un nombre común. ¿De dónde viene?

VYBARR CREGAN-REID:
(ríe) Siempre me lo preguntan. Es una larga historia familiar hecha de migraciones, malentendidos y un toque de imaginación paterna. Mi padre quería un nombre que nadie más tuviera, algo que me obligara a cargar —o disfrutar— de cierta singularidad. Y vaya si lo logró. Crecí explicándolo en cada nuevo colegio, así que, de algún modo, entrenó mi habilidad para contar historias.

SIMON:
Un nombre creado para correr entre la multitud sin confundirse.

VYBARR:
Exactamente. Una evolución lingüística… como la evolución del propio cuerpo humano.


Sobre correr y la evolución

SIMON:
Hablemos de eso. Insistes en que correr está inscrito en nuestro ADN. ¿Qué ventajas nos dio la evolución?

VYBARR:
El cuerpo humano es un artefacto diseñado —o mejor dicho, moldeado por millones de años— para correr. Somos, literalmente, máquinas de fondo. Nuestra anatomía lo revela: tendones largos que almacenan energía como muelles, glúteos grandes que estabilizan la pelvis, arcos plantares que funcionan como resortes, la capacidad de disipar calor sudando en lugar de jadear. Y, por encima de todo, un cerebro capaz de planificar trayectorias largas y mantener el ritmo.

SIMON:
Pero seguimos sin ser tan rápidos como muchos animales.

VYBARR:
A velocidad, nos ganan todos: un perro, un caballo, incluso un gato doméstico. Pero que corran diez, veinte o cuarenta kilómetros bajo el sol sin detenerse… eso es otra cosa. El secreto humano está en la resistencia, no en la velocidad. Somos excelentes corredores de fondo porque podemos mantener un paso constante mientras otros animales se sobrecalientan.


Las ventajas de correr a dos piernas

SIMON:
¿Y qué nos aporta exactamente correr erguidos?

VYBARR:
Muchísimo. Correr sobre dos piernas reduce la superficie corporal expuesta al sol, ayuda a conservar energía y nos permite ver más lejos, algo crucial para la caza de persistencia: seguir a un animal hasta que su temperatura sube tanto que se rinde. Además, tener las manos libres mientras corríamos significó poder transportar agua, herramientas… incluso una presa pequeña. Nuestra postura bípeda es una innovación evolutiva que convirtió la distancia en una aliada.


El nacimiento del atletismo amateur

SIMON:
Pasemos a la historia cultural. ¿Cuándo aparece esto de correr por placer, como deporte?

VYBARR:
Sorprendentemente tarde. Durante la mayor parte de la historia, correr era supervivencia: escapar, perseguir, cazar, mensajear. El taletismo o atletismo no profesional surge hacia mediados del siglo XIX, en Inglaterra, con los clubes universitarios y las primeras competiciones amateurs. Antes de eso, cualquiera que corriera lo hacía por necesidad. Correr por el simple gusto de moverse —por salud, por reto personal— es casi un invento moderno.


La incomodidad de las cintas de correr

SIMON:
Lo curioso es que, en tu libro, cuentas que las cintas de correr te producen una sensación casi… inquietante.

VYBARR:
(ríe con un poco de vergüenza) Sí, totalmente. Me generan una especie de disonancia corporal. El paisaje no cambia, el suelo se mueve bajo uno, y el cuerpo siente que corre… sin correr hacia ningún lugar. Es como un simulacro de movimiento. Creo que nuestros cuerpos, por muy modernos que seamos, reconocen lo artificial.


Un origen penitenciario… y Oscar Wilde

SIMON:
Y lo más macabro: las cintas empezaron como castigo.

VYBARR:
Exacto. Las primeras treadmills eran enormes ruedas o plataformas que los prisioneros debían pisar durante horas, generando energía o moliendo grano. Un castigo monótono, agotador, y en absoluto metafórico: una tortura legalizada. Oscar Wilde sufrió una de ellas durante su encarcelamiento. Sus escritos sobre ese periodo son desgarradores; contó que destrozaban cuerpo y espíritu. Así que, cada vez que subo a una cinta moderna, no puedo evitar pensar en aquel origen penitenciario: una máquina creada para quebrar a la gente convertida hoy en símbolo de salud y bienestar. La ironía de la historia es contundente.


La grabadora emite un clic al detenerse. Simon sonríe satisfecho; Vybarr, con la mirada perdida por un instante, como si estuviera corriendo mentalmente por una llanura ancestral.

SIMON:
Quizá tu padre tenía razón con tu nombre. Vybarr suena a alguien que no deja de moverse.

VYBARR:
Tal vez. O quizá todos estamos destinados a correr un poco, aunque sea dentro de nosotros mismos.


 

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