domingo, 10 de mayo de 2026

Las abejas mineras.


 Las “abejas mineras” del cementerio no viven en Manhattan, sino en East Lawn Cemetery, una ciudad del estado de Nueva York donde está Cornell University y sus famosos huertos experimentales de manzanas. Allí los científicos descubrieron una concentración gigantesca de unas 5,6 millones de abejas de la especie Andrena regularis, probablemente una de las mayores agregaciones de abejas silvestres registradas.

Lo fascinante es que no forman una “colmena” como las abejas melíferas. Son abejas solitarias. Cada hembra cava su propio túnel y cría sola a sus larvas, aunque millones de ellas aniden unas junto a otras, como si fuese una inmensa urbanización subterránea.

¿Por qué se llaman “mineras”?
Porque excavan galerías bajo tierra, literalmente como pequeñas mineras. La hembra usa sus mandíbulas y patas para abrir un pozo vertical de unos 15 a 25 centímetros. Desde ese túnel principal excava cámaras laterales donde deposita:

  • una bola de polen y néctar,
  • un solo huevo,
  • y luego sella la cámara.

El nombre inglés “mining bee” viene justamente de ese comportamiento excavador.

Sobre sus “costumbres sexuales”: son bastante frenéticas y breves. Los machos emergen primero en primavera y esperan a las hembras cerca de las salidas de los túneles. Cuando aparecen, se produce un auténtico caos aéreo: los machos persiguen y se abalanzan sobre las hembras para aparearse. Un investigador de Cornell describió la escena como “una nube de abejas” y un “frenesí de actividad”.

Tras el apareamiento:

  • el macho suele morir relativamente pronto;
  • la hembra pasa semanas excavando y abasteciendo las cámaras para sus futuras crías.

El desarrollo de las larvas es muy curioso:

  1. el huevo eclosiona bajo tierra;
  2. la larva se alimenta de la reserva de polen y néctar;
  3. muda varias veces;
  4. se transforma en pupa;
  5. y en otoño ya es una abeja adulta… pero permanece enterrada durante el invierno en una especie de hibernación llamada diapausa.

Luego, en primavera, millones emergen casi sincronizadamente cuando sube la temperatura y florecen los manzanos. Ahí aparece la conexión con los huertos de Cornell: estas abejas son polinizadoras extraordinariamente eficaces para los manzanos y otras flores tempranas. Durante años los científicos sabían que había muchísimas en los huertos, pero no entendían de dónde venían. El cementerio resolvió el misterio.

Y el cementerio les encanta por varias razones:

  • suelo arenoso y blando, fácil de excavar;
  • pocas perturbaciones humanas;
  • pocos pesticidas;
  • vegetación relativamente diversa;
  • y décadas de estabilidad ecológica.

Hay además un lado bastante macabro: estas abejas también sufren “parasitismo”. Algunas “abejas cuco” ponen huevos dentro de las cámaras ajenas. La larva invasora mata a la larva legítima y se come toda su comida. También hay escarabajos y moscas parasitoides que usan a las abejas como incubadora viviente.

Lo más llamativo del hallazgo es que millones de abejas llevaban probablemente décadas —quizá desde los años 30— viviendo bajo las tumbas sin que nadie se diera cuenta.

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