El festival Woodstock Music & Art Fair había sido concebido como un gran evento musical para unas 150.000 personas. Sin embargo, las previsiones quedaron completamente desbordadas. Antes incluso de que comenzaran los conciertos, cientos de miles de jóvenes convergían hacia la granja de Max Yasgur, en Bethel, estado de Nueva York. Los organizadores se vieron superados por una afluencia que acabaría rondando las 400.000 o incluso 500.000 personas, convirtiendo el recinto en una auténtica ciudad improvisada.
El viaje ya fue una aventura en sí misma. Kilómetros y kilómetros de automóviles colapsaban las carreteras de acceso. Muchos asistentes abandonaron sus vehículos a varios kilómetros del lugar y continuaron a pie. Los atascos se convirtieron en una de las imágenes más emblemáticas del festival. Para quienes llegaban desde distintos puntos del país, el trayecto final parecía más una peregrinación que un desplazamiento a un concierto.
Una vez dentro, los visitantes descubrieron que la infraestructura prevista era insuficiente para una multitud tan inmensa. Faltaban servicios básicos, las zonas de abastecimiento quedaron rápidamente desbordadas y las condiciones higiénicas eran muy precarias. Las duchas portátiles y los puntos de agua resultaron insuficientes para atender a semejante concentración humana. La comida empezó a escasear y la lluvia convirtió buena parte de la granja en un enorme barrizal. Aun así, muchos asistentes recuerdan que predominó una sorprendente sensación de cooperación espontánea entre desconocidos.
La joven que se preparaba para ingresar en un convento contemplaba un mundo muy distinto al que estaba a punto de abrazar: miles de personas acampando al aire libre, compartiendo comida, ropa y experiencias en un ambiente marcado por la contracultura de los años sesenta. Para el grupo, aquella convivencia improvisada fue tan memorable como la propia música.
Y la música era extraordinaria. Durante aquellos días actuaron artistas que hoy forman parte de la historia del rock y de la cultura popular: Jimi Hendrix, Janis Joplin, Santana, The Who, Jefferson Airplane, Joe Cocker, Grateful Dead, Country Joe & The Fish, Richie Havens y muchos otros. Algunas actuaciones, como la interpretación final de Hendrix del himno estadounidense, acabarían convirtiéndose en símbolos de toda una generación.
Las inclemencias meteorológicas añadieron todavía más dramatismo. Varias tormentas obligaron a detener temporalmente algunas actuaciones. El barro cubría buena parte del terreno y los asistentes, empapados, improvisaban refugios con mantas, lonas o simplemente permanecían al aire libre esperando que regresara la música. Sin embargo, lejos de provocar el colapso social que muchos temían, el festival terminó desarrollándose con relativamente pocos incidentes graves para una concentración humana de semejante magnitud.
Décadas después, el testigo seguía recordando no tanto los inconvenientes como la sensación de estar viviendo algo irrepetible. Los problemas logísticos fueron enormes: carreteras bloqueadas, escasez de suministros, falta de instalaciones sanitarias adecuadas, lluvia constante y una multitud mucho mayor de la prevista. Pero precisamente esa combinación de caos organizativo, convivencia improvisada y música excepcional convirtió a Woodstock en un acontecimiento legendario.
La entrada original del festival, mostrada como imagen junto al relato, funciona hoy como un pequeño vestigio material de aquellos tres días de agosto de 1969 en los que un evento pensado para decenas de miles de personas terminó reuniendo a casi medio millón y pasó a simbolizar los ideales, las contradicciones y las esperanzas de toda una generación.

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