sábado, 30 de enero de 2010

Los legionarios de Roma.


"Les advirtió que combatiesen hombro con hombro y que, tras lanzar los venablos, continuasen la matanza y el degüello, cubriéndose con los escudos, sin acordarse del botín, pues ganada la victoria habría todo de ser suyo. Seguía a las palabras del capitán tal ardor en la gente, y estaban tan apercibidos y dispuestos a disparar los venablos aquellos soldados veteranos de tanta experiencia militar, que Suetonio, seguro de tener buen éxito, dio la señal de la batalla".
El escritor romano que nos cuenta esto es Tácito. La escena era frecuente porque Roma era una potencia militar, bastante agresiva, por cierto, y el ejército ocupaba un lugar preponderante en su política.
El elemento principal era la legión, una unidad de infantería que ya está presente en el siglo IV a de C. Empezaron con tácticas muy similares a la alange griega, pero posteriormente fueron sustituidas por el sistema de los manípulos, que permitían mayor flexibilidad y movilidad en los campos de batalla.
A comienzos del siglo I, Cayo Mario - sí; es el enemigo del dictador Sila y el mentor de Julio César- introduce una nueva unidad de combate: la cohorte. Tras sus reformas, cada legión contaba con 4800 soldados de infantería, divididos en 10 cohortes y 6 manípulos. A la hora de entablar combate la línea del frente estaba compuesta de un grosor de tres líneas de hombres, divididos según su experiencia de combate.
Antes de las reformas de Mario, los legionarios eran propietarios. A los proletarios - ciudadanos pobres, que sólo podían ofrecer a la República romana su prole, sus hijos- no se les llamaba a filas, salvo en caso de extrema necesidad. Cayo Mario dispuso que fueran estos proletarios, entre los 17 y los 60 años, los que se alistasen.
En el sentido negativo, estas reformas logísticas. El patriotismo, que hacía las legiones de la República romana casi invencibles, fue sustituido por la lealtad al comandante de la unidad o al legado de turno. Esto condujo a que generales éxitosos como César, Craso o Pompeyo, conspirasen para hacerse con una cuota de poder al margen de un Senado, al que se suponía que tenían que rendir cuentas por cada una de sus decisiones.
"No hay duda de que los campesinos son los más capacitados para empuñar las armas. Desde su infancia han estado expuestos a toda clase de climas y han sido criados para el trabajo más duro. Están acostumbrados a toda clase de fatigas y preparados, en cierta medida, para la vida militar por su continuo empleo en labores agrícolas, en manejar la azada, cavando zanjas y llevando cargas, soportando el sol y el polvo. Sus comidas suelen ser rústicas y moderadas; deben estar acostumbrados a descansar, ora al aire libre, ora en tiendas"
Vegecio.
El joven legionario se enrolaba por un periodo de 25 años, y lo normal era que se reenganchase hasta la edad de la jubilación ( a los 60 años). Si sobrevivía, recibía tierras o una cantidad en metálico. La paga era escasa, pero la venta como esclavos de los prisioneros y los botines eran un incentivo bastante interesante.
Cada dos semanas, si el joven legionario, no había dado un disgusto a su centurión, recibía una ración de trigo. Debía molerla para hacer gachas o tortas. También se les proporcionaba tocino, queso, huevos, pescado, carne y vino... No podían contraer matrimonio, al igual que muchos funcionarios como las vestales y los sacerdotes de Cibeles, pero los legados y los centuriones no decían nada si los reclutas trataban con las mujeres locales y tenían descendencia con ellas.
Eran recompensados por sus hazañas, como ser los primeros en escalar una muralla o por salvar la vida de un compañero, con brazaletes, collares, medallas y coronas. También podían obtenerse ascensos hasta el grado de centurión.
Se esperaba que los legionarios recorrieran 30 kilómetros diarios, el doble si eran marchas forzadas. Julio César basó su estrategia en la celeridad de movimientos. Llegó a cubrir 75 kilómetros en menos de 24 horas.
Las marchas se hacían cargados con 40 kilos de material diverso, como la ración quinquenal de trigo, una pala, un pico, un hacha, una hoz, un cazo, un cesto y estacas para construir las empalizadas del campamento. Uno de los más pintorescos y eufemísticos motes que recibían los legionarios por parte de los civiles era el de los mulos de Mario.
La instrucción militar ocupaba todo el tiempo en los campamentos de invierno. Era diaria en plena campaña militar.

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