EL BANQUETE DE LOS HEREDEROS
Escena única
Personajes
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FILIPO II, rey de Macedonia
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ALEJANDRO, su hijo
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ÁTALO, noble macedonio
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PAUSANIAS, guardia real
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OLIMPIA, reina
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CORTESANOS, oficiales y nobles
(Gran salón del palacio de Pella. Mesas cargadas de vino y carne. Música. FILIPO, visiblemente ebrio, ríe a carcajadas. ÁTALO bebe a su lado. PAUSANIAS permanece de pie, serio, cerca del trono. OLIMPIA está sentada aparte, en penumbra, con una serpiente enroscada en su brazo. ALEJANDRO observa.)
FILIPO
¡Bebed!¡Que Macedonia celebre su futuro!
(Risas. Copas alzadas.)
ÁTALO
Un futuro limpio, majestad.De sangre clara. De herederos nacidos sin duda alguna.
(Murmullo incómodo. ALEJANDRO tensa el gesto.)
FILIPO
(riendo, arrastrando las palabras)
¡Eso!¡Príncipes de sangre pura!Que nadie cuestione el linaje del rey de Macedonia.
(ÁTALO alza su copa hacia Cleopatra, fuera de escena.)
ÁTALO
Que los dioses concedan un hijo legítimo a nuestro señor Filipo.
(Silencio pesado. ALEJANDRO se levanta.)
ALEJANDRO
Padre.
(FILIPO lo mira, entornando los ojos.)
ALEJANDRO
Cuando hablas de sangre pura…dime, ¿qué soy yo?
(Murmullo creciente.)
ALEJANDRO
¿Un príncipe?¿O un bastardo tolerado mientras no estorba?
(FILIPO intenta levantarse, tambalea.)
FILIPO
¡Míralo! El muchacho que cree que ya es rey.
(Intenta avanzar hacia ALEJANDRO, tropieza y cae. Risas nerviosas. PAUSANIAS da un paso, se detiene.)
ALEJANDRO
(con desprecio)
¿Así cruzaste el Helesponto? ¿Así conquistaste Grecia?
FILIPO
(furioso)
¡Silencio!¡Te di un nombre, un ejército y un lugar en la historia!
ALEJANDRO
Y hoy me lo quitascon una copa de vino y la lengua suelta de tus amigos.
(ÁTALO interviene.)
ÁTALO
Respeto, muchacho. Hablas ante el rey.
ALEJANDRO
Hablas tú demasiado para alguien que no lleva corona.
(FILIPO ruge.)
FILIPO
¡Basta! ¡Fuera de mi vista!
(Señala a ALEJANDRO.)
FILIPO
Tú…y esos jóvenes que te siguen como si fueras Aquiles redivivo. Fuera de Macedonia.
Unos meses bastarán para que aprendas humildad.
(Silencio absoluto.)
ALEJANDRO
(frío)
Recuerda esta noche, padre.
Los reyes no caen por enemigos lejanos…sino por palabras dichas borrachos.
(ALEJANDRO sale. Algunos jóvenes lo siguen. FILIPO respira agitadamente. PAUSANIAS baja la mirada.)
(OLIMPIA no se ha movido. Acaricia lentamente la serpiente. No dice nada.)
ÁTALO
(incómodo)
Reina… ¿no dirás nada?
(OLIMPIA alza los ojos. Sonríe apenas.)
OLIMPIA
Las serpientes no discuten.
Esperan.
(La serpiente sisea suavemente.)
(FILIPO vuelve a beber. PAUSANIAS observa el suelo, inmóvil.)
FILIPO
(murmurando)
Demasiadas sombras… incluso en mi propia casa.
(Las antorchas parpadean. Oscuro.)
FIN
La víspera
La noche había caído sobre Egas sin solemnidad, como si también ella estuviera cansada del rey. En los corredores del palacio, las antorchas ardían con una llama inestable; el vino del banquete aún pesaba en el aire, mezclado con sudor, metal y resentimiento.
Filipo de Macedonia no dormía.
Estaba sentado solo, con la espalda encorvada, la pierna coja extendida, la corona apoyada en una mesa como un objeto cualquiera. El mayor rey de su tiempo respiraba con dificultad, no por la edad, sino por el recuerdo. Las palabras regresaban —no como voces, sino como heridas que no habían cerrado.
Sangre pura.
Príncipes legítimos.
Bastardo.
Había reído entonces. Siempre reía cuando algo le dolía.
Ahora no.
Pensó en Alejandro, en la mirada de su hijo cuando le preguntó qué era. No un grito, no una súplica: una pregunta. Las preguntas eran peores. Las preguntas sobrevivían al vino.
Filipo tomó la copa, la olió, la dejó intacta.
—Demasiadas sombras… —murmuró, sin saber a quién.
No vio a Pausanias, pero pensó en él. En su silencio. En cómo había bajado la cabeza aquella noche, no por respeto, sino por contención. Filipo había visto ese gesto antes, en hombres a los que no se les devolvió el honor. Siempre creyó que el poder bastaba para borrar esas deudas.
Nunca bastaba.
En otra ala del palacio, Olimpia estaba despierta.
La serpiente se deslizaba lentamente entre sus brazos, tibia, viva, paciente. Olimpia no pensaba en el mañana como algo incierto. Pensaba en él como en una consecuencia.
No había dado órdenes. No había enviado mensajeros. No había pronunciado un solo nombre. Y, sin embargo, todo se movía.
Recordó a Alejandro saliendo del salón, erguido, herido, destinado. Gobierna los recuerdos, le había dicho. Sabía que él lo haría. Su hijo no heredaría el reino de Filipo: heredaría su ausencia.
Olimpia cerró los ojos.
Las casas no se destruyen solas. Alguien empuja el fuego.
Pausanias caminaba.
No rápido. No furtivo. Caminaba como quien ya ha tomado la decisión más pesada y, por eso mismo, se siente extrañamente ligero. La daga estaba donde siempre había estado. No era nueva. No era especial. Solo era necesaria.
Recordó la risa. Recordó la humillación. Recordó al rey mirando a otro lado.
No pensó en Alejandro. No pensó en Olimpia. Pensó en sí mismo. En el instante exacto en que el mundo se había vuelto inhabitable.
Mañana, pensó, el mundo volverá a tener sentido.
En la cámara real, Filipo se levantó con esfuerzo. Miró la corona una última vez y sonrió, cansado.
Había unido Macedonia. Había doblegado Grecia. Había preparado un imperio para otro.
—Que los dioses se ocupen del resto —dijo al vacío.
Las sombras no respondieron.
Ya no hacía falta.
Si quieres, el siguiente texto puede ser el asesinato narrado sin nombres, como si el propio palacio lo presenciara… o el amanecer siguiente, cuando Alejandro comprende que las palabras de la noche anterior ya no son advertencias, sino herencia.
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