Herodes el Grande fue un personaje tan poderoso como inquietante, de esos que parecen sacados de una serie histórica cargada de intrigas. Gobernó Judea a finales del siglo I a. C. bajo el paraguas del Imperio romano, que lo sostuvo en el trono porque sabía mantener el orden… aunque fuera a base de mano durísima. Herodes no era judío “puro” según muchos de sus contemporáneos, y eso marcó toda su vida: siempre tuvo una especie de complejo de legitimidad que intentó compensar con grandes obras y demostraciones de poder.
Una de esas obras fue, nada menos, la gran reconstrucción del Templo de Jerusalén. El templo ya existía, claro, pero Herodes lo transformó en un complejo monumental impresionante, enorme y riquísimo, que dejó boquiabiertos incluso a sus enemigos. Quería ganarse al pueblo judío y pasar a la historia como un gran rey piadoso. Paradójicamente, el templo fue una joya arquitectónica y religiosa, pero construido por un hombre que muchos veían como tiránico y poco respetuoso con la ley judía. El resultado fue un edificio majestuoso… y una relación con su pueblo que nunca terminó de sanar.
Donde Herodes realmente se ganó su fama negra fue en su obsesión con las conspiraciones. Vivía convencido de que todo el mundo quería quitarle el trono, y eso lo volvió extremadamente violento. Mandó ejecutar a enemigos reales, pero también a muchos imaginarios. Lo más brutal es que no se detuvo ni siquiera ante su propia familia: hizo matar a varios de sus hijos y a una de sus esposas, Mariamna, a la que, según las fuentes, amaba obsesivamente. Hay una frase atribuida al emperador Augusto que resume bien la situación: decía que era mejor ser cerdo de Herodes que hijo suyo. Con eso está todo dicho.
En el ámbito del cristianismo, Herodes aparece asociado a la famosa matanza de los inocentes de Belén, el episodio del Evangelio de Mateo en el que, al enterarse del nacimiento de un “rey de los judíos”, ordena matar a todos los niños pequeños de la zona para eliminar al posible rival. Históricamente, no hay pruebas externas claras de que esta matanza ocurriera tal cual se relata, pero encaja bastante bien con la personalidad de Herodes. Viendo lo que sí sabemos que hizo, no suena nada descabellado que fuera capaz de algo así.
Su muerte tampoco fue tranquila ni digna de un gran monarca. Las fuentes antiguas describen una enfermedad espantosa: dolores intensos, fiebre, problemas intestinales, una gangrena en los genitales y un deterioro físico y mental terrible. Algunos historiadores modernos han intentado ponerle nombre médico —insuficiencia renal, infecciones, quizá algo parecido a la gangrena de Fournier—, pero lo cierto es que nadie lo sabe con seguridad. Murió solo, odiado y aterrorizado, hasta el punto de que, según se cuenta, ordenó que se ejecutara a notables del reino tras su muerte para asegurarse de que hubiera llanto el día de su entierro (orden que, por suerte, no se cumplió).
Así que Herodes el Grande fue eso: un constructor brillante, un político astuto y, al mismo tiempo, un gobernante paranoico y cruel, cuya vida estuvo marcada por el miedo, la violencia y una búsqueda desesperada de grandeza que nunca logró darle paz.

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