sábado, 17 de enero de 2026

Las primeras compresas.

La historia de cómo las mujeres han afrontado la menstruación a lo largo del tiempo es un viaje fascinante de ingenio cotidiano, creatividad cultural y adaptación a los recursos disponibles, en muchos casos marcado también por tabúes sociales muy arraigados.

Desde épocas antiguas, mucho antes de los productos industriales, las mujeres encontraban soluciones con lo que tenían a mano: en el Antiguo Egipto se usaban tampones hechos de papiro ablandado, y en otras zonas del mundo materiales naturales —como lana en la Antigua Roma, hojas, musgo o fibras vegetales— servían tanto para absorber el flujo menstrual como, en algunos casos, como métodos contraceptivos cuando se combinaban con sustancias específicas. La gestión de la regla no estaba documentada formalmente porque era una “información de mujeres”: se transmitía de madre a hija y casi nunca figuraba en textos oficiales, así que los registros son escasos y a menudo fragmentarios.

Durante siglos, prácticas como el “sangrado libre bajo capas de ropa” coexistieron con el uso de paños y trapos de tela que se doblaban y aseguraban con cinturones, lazos o imperdibles para absorber el flujo. Estos paños se lavaban y reutilizaban, y su manejo requirió —como recuerda historiografía moderna— una enorme resiliencia cotidiana, no solo física sino también social: la menstruación se vivía en gran parte en privado, con mucha discreción y silencio.

El auge de los materiales absorbentes

Un punto de inflexión fue el desarrollo de materiales industriales absorbentes durante la Primera Guerra Mundial. Las enfermeras en los hospitales de campaña observaron que las vendas realizadas con celulosa —un material derivado de la pulpa de madera y altamente absorbente— eran más eficaces que los simples trozos de tela para absorber sangre. Esto inspiró a fabricantes —como la empresa estadounidense Kimberly-Clark— a usar esos restos de material en la producción de compresas desechables en 1921 bajo la marca Kotex, facilitando una nueva forma de gestionar la menstruación fuera del ámbito doméstico y artesanal.

Este uso de celulosa (y los avances en materiales absorbentes en general) marcó un cambio real: por primera vez había productos diseñados específicamente para la menstruación y producidos en serie, lo que aumentó la disponibilidad de compresas más eficaces que los trapos de antes. Aunque las primeras compresas eran grandes y se fijaban con cinturones, su sola existencia transformó poco a poco las expectativas sociales y prácticas de las mujeres.

Tampax y los tampones modernos

Otra innovación crucial fue el desarrollo del tampón con aplicador moderno en 1931. El invento, hecho de algodón comprimido con una cuerda para extracción, fue patentado por Earle Haas y más tarde comercializado por una empresaria de Denver bajo la marca Tampax. Esto no solo introdujo un producto completamente nuevo para la gestión menstrual, sino que también coincidió con un momento en que cada vez más mujeres entraban en la fuerza laboral y necesitaban soluciones discretas y prácticas para gestionar su ciclo menstrual sin interrumpir sus actividades cotidianas.

Durante la Segunda Guerra Mundial, la disponibilidad de productos menstruales fiables también se vio influida por la economía bélica y la fuerza laboral: muchas empresas —como Tampax— incluso produjeron vendajes y algodón para el esfuerzo de guerra a la vez que fabricaban tampones, reflejando cómo la industrialización y las necesidades sociales moldearon la producción de higiene femenina.

Tabú, estigma y cambio social

A pesar de estos avances tecnológicos, la menstruación siguió siendo un tema cargado de estigma durante gran parte del siglo XX. La publicidad de productos como compresas y tampones a menudo evitaba mencionar directamente palabras como “menstruación” o “regla”, utilizando eufemismos y garantizando absoluta discreción, lo que evidencia cómo persistían el pudor y los prejuicios sociales alrededor del cuerpo femenino.

Este contexto social no solo condicionó cómo se hablaba de la menstruación, sino también cómo se vivía: muchas mujeres optaban por no salir de casa, usar ropa oscura o evitar actividades físicas para no “mostrar” su menstruación, estrategias que respondían más al miedo a la sanción social que a comodidades físicas.

Reflexión

Al final, la historia de la menstruación es también una historia de poder y autoorganización femenina: de cómo, frente al silencio y los prejuicios, las mujeres han inventado, adaptado y compartido soluciones para algo tan fundamental y natural. Desde paños de tela y materiales naturales hasta productos absorbentes industriales como las compresas de celulosa y los tampones Tampax, estos avances han ido transformando no solo la experiencia física de la menstruación, sino también las posibilidades de participación social y laboral de las mujeres.

 

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