Salón de una casa acomodada en Londres, 1885.
La señora Whitmore cose junto a la ventana. El señor Whitmore lee el periódico, aunque lleva rato sin pasar página.
Señora Whitmore:
¿Sucede algo, Henry? Hace minutos que suspira como si cargara con el peso del Imperio.
Señor Whitmore:
Perdóname, Eleanor. No pretendía inquietarte. Es… una cuestión que me incomoda, y quizá por eso mismo debería ser dicha.
Señora Whitmore:
(Deja la costura) No estoy acostumbrada a que mi esposo me hable de lo que le incomoda. En general, esas cosas se resuelven… fuera de casa.
Señor Whitmore:
(Con cierta rigidez) Justamente de eso hablo. He oído comentarios —en el club— sobre la sífilis. Se extiende con alarmante facilidad. Incluso entre hombres respetables.
Señora Whitmore:
(Con un hilo de voz) He oído el término, pero nadie se ha tomado la molestia de explicarme en qué consiste. Las esposas no solemos ser instruidas en esas materias. Se espera de nosotras ignorancia y silencio.
Señor Whitmore:
Y pasividad —añade con culpa—. Como si el matrimonio fuera un deber que se cumple sin preguntas ni deseos propios.
Señora Whitmore:
A menudo me he preguntado si mis temores eran impropios. Si debía aceptar sin más lo que se espera de mí, aun sin comprenderlo. No compartimos intereses, Henry. Ni siquiera espacios. Usted tiene el club, yo la casa. Usted el mundo, yo la reputación.
Señor Whitmore:
No puedo negar que muchos hombres buscan distracción con mujeres de vida alegre. Se habla de preservativos hechos con tripas de cordero, pero todos saben que son inseguros, poco fiables… casi una ilusión de protección.
Señora Whitmore:
(Y con firmeza contenida) Y aun así, somos las esposas quienes cargamos con las consecuencias. Con el miedo, con la vergüenza, con enfermedades que ni siquiera se nos permite nombrar.
Señor Whitmore:
(Se levanta, inquieto) No había pensado en ello de ese modo. Nuestro matrimonio fue… conveniente. Para ambas familias. Pero no debería ser una condena al mutuo desconocimiento.
Señora Whitmore:
No aspiro a grandes pasiones, Henry. Solo a ser considerada. A que mis necesidades —aunque no sepa aún cómo nombrarlas— importen tanto como las suyas.
Señor Whitmore:
(Tras una pausa) He sido injusto. Distante. Prometo escucharte, Eleanor. Y cuidar de ti como mereces, no solo por deber, sino por respeto.
Señora Whitmore:
Entonces yo prometo no esconder mis inquietudes tras el silencio. Quizá aún estemos a tiempo de aprender a hablarnos.
Señor Whitmore:
Quizá —dice con una leve sonrisa— el verdadero escándalo no sea romper las normas, sino vivir sin afecto dentro de ellas.
Ella asiente. Por primera vez en años, el silencio entre ambos no resulta incómodo.
Si quieres, puedo hacerla más crítica, más íntima, o adaptarla a un uso académico o literario (por ejemplo, para un comentario histórico o un relato más largo).
De acuerdo. Aquí va una versión más íntima, con mayor cercanía emocional y tuteo, manteniendo un tono contenido y verosímil para la época:
Dormitorio conyugal, ya de noche.
La lámpara de aceite proyecta sombras suaves. Eleanor está sentada en el borde de la cama. Henry permanece de pie, inseguro, como un invitado en su propia casa.
Eleanor:
Puedes sentarte, Henry. No muerdo… aunque a veces me traten como si no existiera.
Henry:
(Se sienta despacio) No sabes lo difícil que es para mí empezar esta conversación. Nunca nos enseñaron a hablar así con nuestras esposas.
Eleanor:
A nosotras tampoco nos enseñaron nada. Ni a preguntar, ni a desear, ni siquiera a entender qué se espera exactamente de nosotras. Solo a obedecer y a no incomodar.
Henry:
Siempre creí que el silencio era decoro. Ahora empiezo a sospechar que era cobardía.
Eleanor:
(Lo mira por primera vez con franqueza) Me sentí muy sola, Henry. Compartimos un apellido, una casa… pero no una vida. Cuando te ibas, no sabía dónde estabas ni si debía preocuparme.
Henry:
Iba donde van muchos hombres. Lugares que no deberían existir, y sin embargo prosperan. Se habla allí de enfermedades —la sífilis, sobre todo— como si fueran un inconveniente menor.
Eleanor:
¿Y yo? ¿También soy un inconveniente menor? Nadie me explicó nunca los riesgos. Solo oí rumores sobre esos preservativos grotescos, hechos de tripas de animales, como si bastaran para protegernos de todo… incluso de la falta de cuidado.
Henry:
No bastan. Lo sé. Y aun así, muchos fingen que sí. Nunca pensé en el peligro al que te exponía. Pensé que cumplir con el matrimonio era suficiente.
Eleanor:
Para mí no lo fue. No porque te reproche el deseo, sino porque jamás me preguntaste si yo tenía alguno. Se nos exige ser pasivas, casi invisibles. Como si no tuviéramos cuerpo, ni temor, ni necesidad de ternura.
Henry:
(Mezcla de vergüenza y sinceridad) Yo tampoco supe cómo acercarme. Me educaron para el deber, no para el afecto. Nuestro matrimonio fue un acuerdo… pero no debería ser una condena a la indiferencia.
Eleanor:
(Apenas un susurro) Yo no quiero seguir viviendo con miedo, Henry. Ni a las enfermedades, ni a tu distancia.
Henry:
(Toma su mano con cautela) Prometo cuidarte. No solo evitarte peligros, sino escucharte. Preguntarte. Aprender contigo lo que nunca nos enseñaron.
Eleanor:
Entonces prométeme algo más: que no volveremos a ser extraños bajo el mismo techo.
Henry:
Te lo prometo. Y prometo prestar atención a lo que necesitas, aunque tenga que desaprenderlo todo.
Eleanor aprieta su mano. El gesto es sencillo, pero nuevo. Por primera vez, no sienten que el matrimonio sea solo un deber cumplido en silencio.
Si quieres, puedo aumentar aún más la carga emocional, añadir conflicto previo, o escribir una escena posterior donde se vea cómo intentan construir esa nueva intimidad.
Entiendo el tono que buscas. Mantengo la intimidad emocional, pero trato el aspecto sexual de forma elíptica y pudorosa, como correspondería a la época y para no volverlo explícito.
Al amanecer, la misma habitación.
La luz gris entra tímidamente por las cortinas. Eleanor está despierta; Henry respira a su lado.
Eleanor:
Henry… ¿estás despierto?
Henry:
Ahora sí. ¿He hecho algo mal?
Eleanor:
No. Justamente eso me inquieta. Anoche… sentí cosas que no sé si debía mostrar. Me pregunté si era decoroso que lo notaras. Si una esposa puede permitirse parecer satisfecha sin perder el respeto de su marido.
Henry:
(Se gira hacia ella) Nunca pensé que eso pudiera ser una falta. Me pareció… humano. Cercano.
Eleanor:
Nadie nos dice cómo debemos colocarnos, cómo movernos, ni siquiera si es correcto buscar comodidad o placer. He oído insinuaciones —en susurros— sobre si es mejor estar de pie, o inclinarse, o no moverse en absoluto. Todo parece lleno de reglas no escritas.
Henry:
Reglas inventadas para que nadie haga preguntas. Yo mismo no sabría a quién acudir si tuviera dudas. En el club solo hay bromas vulgares o silencios cómplices.
Eleanor:
(Acaricia la sábana, nerviosa) También me asusta el futuro. Si tenemos un hijo… sobre todo si es varón. He visto a otras mujeres desaparecer cuando nace el heredero. El marido se vuelca en su educación, en su formación, en convertirlo en un hombre… y la esposa queda reducida a haber cumplido su función.
Henry:
No quiero que eso nos ocurra. No quiero que seas solo el medio para un fin.
Eleanor:
Pero la sociedad lo espera. No hay manuales, ni conversaciones honestas, ni una mujer mayor que aconseje sin juzgar. Todo se aprende a solas, con miedo a equivocarse.
Henry:
(Con sinceridad) Yo también temo perderte… o perder el interés sin darme cuenta, como si fuera lo natural. Por eso quiero que sigamos hablando. Aunque nos equivoquemos. Aunque no sepamos los gestos correctos.
Eleanor:
Entonces prometamos algo más: no fingir ignorancia para parecer respetables. Si siento algo, intentaré no esconderlo. Y si dudo, te lo diré.
Henry:
Y yo no confundiré tu silencio con conformidad. Ni tu entrega con obligación.
Permanecen unos instantes en calma. No han resuelto sus dudas, pero al menos ya no están solos frente a ellas.
Si quieres, puedo escribir una escena de conflicto (por ejemplo, tras un embarazo real o un rumor social), o introducir la figura de otra mujer victoriana que sirva de contraste —una viuda, una institutriz, una amiga menos convencional— para ampliar el retrato social.
Gracias por la confianza. Mantengo un tono narrativo serio y crítico, dejando claro el juicio moral y el impacto social, sin describir actos ni normalizarlos.
Tarde lluviosa. El salón está en penumbra.
Henry ha regresado antes de lo habitual. Se quita los guantes con torpeza. Eleanor percibe enseguida que algo grave ha ocurrido.
Eleanor:
No es una simple incomodidad, ¿verdad? Te conozco demasiado bien.
Henry:
Ha sucedido algo en el club. Dos cosas, en realidad. Y ninguna puede decirse en voz alta… pero no quiero volver a ocultártelas.
Eleanor:
(Débil sonrisa) Empieza. El silencio es peor.
Henry:
Arnold —el que se casó el año pasado— ha enfermado. Una de esas dolencias que todos temen y nadie nombra. Su esposa también. Desde entonces, no lo reciben en ningún salón. Nadie lo invita. En el club, su silla permanece vacía como si nunca hubiera existido.
Eleanor:
¿Y ella?
Henry:
Pagó el precio sin haber elegido el riesgo. Eso es lo que más me atormenta.
Eleanor:
(Asiente lentamente) La sociedad castiga el escándalo, no la causa.
Henry:
El otro caso es peor. Mucho peor. Un hombre del club frecuentaba locales en Whitechapel. No mujeres adultas… niños, Eleanor. Scotland Yard hizo una redada. Fue arrestado.
Eleanor:
(Cierra los ojos) Dios mío.
Henry:
No lo han expulsado oficialmente. Pero nadie se sienta con él. Nadie lo defiende. Es como si el desprecio bastara para limpiar las manos de todos.
Eleanor:
¿Y él? ¿Se arrepiente?
Henry:
No lo parece. Ni él ni Arnold han dejado sus hábitos. Han aceptado el castigo social como si fuera el precio inevitable de un placer al que no piensan renunciar.
Eleanor:
(Con una mezcla de tristeza y amargura) Eso es lo que tienen muchos hombres, Henry. Esas pulsiones… y la convicción de que siempre habrá alguien más débil que cargue con las consecuencias.
Henry:
No quiero ser uno de ellos. Pero mentiría si dijera que el entorno no empuja. Que no normaliza lo intolerable mientras se finge decoro.
Eleanor:
La sociedad victoriana es experta en eso: mirar hacia otro lado, siempre que el escándalo no cruce el umbral del salón.
Henry:
Y mientras tanto, no hay a quién acudir. No hay médico que hable claro, ni clérigo que escuche sin condenar, ni amistad que tolere la verdad.
Eleanor:
Por eso me aterra más el silencio que el pecado. Porque el silencio protege a los culpables y deja solas a las víctimas.
Henry:
(Toma aire) Prométeme algo, Eleanor. Si alguna vez sientes miedo, sospecha, o incluso repulsión… dímelo. Prefiero la verdad incómoda a convertirme en otro hombre respetado en público y despreciable en privado.
Eleanor:
Te lo prometo. Pero recuerda: no basta con no ser como ellos. También hay que oponerse, aunque cueste.
Henry asiente. Afuera, la lluvia sigue cayendo, lavando las calles sin purificar del todo la conciencia de la ciudad.
Si quieres, el siguiente paso podría ser una crisis interna de Henry (tentación, culpa, ruptura con el club), o una mirada desde Eleanor observando cómo la sociedad protege a los hombres y abandona a las mujeres afectadas.
Aquí tienes el monólogo de Eleanor, íntimo y contenido, con un tono reflexivo propio de la época y dejando claro el doble rasero moral:
Eleanor, sola.
La casa está en silencio. La lluvia golpea los cristales con una insistencia casi razonable, como si pidiera ser escuchada.
Dicen que los hombres tienen impulsos, y que es natural que los sigan.
Como si el deseo fuera una excusa suficiente cuando nace en un cuerpo masculino, y una falta imperdonable cuando lo hace en el de una mujer.
A ellos se les permite errar, siempre que lo hagan discretamente. Se les perdona el exceso, la visita nocturna, incluso la enfermedad, mientras no la nombren en público. A nosotras no se nos permite ni el tropiezo, ni la ignorancia, ni la violencia sufrida.
Pienso en Clara.
Clara, que reía demasiado alto y confiaba demasiado. Que quedó encinta de un amigo de su marido. No por voluntad, no por ligereza, sino porque nadie creyó necesario escuchar su negativa. Fue repudiada con una rapidez feroz. Nadie quiso oír la palabra violación. Era más cómodo llamarla caída que admitir la brutalidad de un hombre respetable.
Ella perdió su hogar, su nombre, su lugar en el mundo.
Él conservó el suyo.
Y luego está la Reina.
Nuestra Reina. Viuda, severa, erigida como modelo de rectitud. Se murmura —siempre en voz baja— sobre su cercanía con aquel Munshi hindú, su ayuda de cámara. La relación incomoda, despierta cuchicheos, pero no trae consecuencias. Porque incluso cuando una mujer poderosa transgrede, su poder la protege. Y porque nadie osa castigar a quien encarna al Imperio.
Qué ironía tan cruel: la moral no es una ley, sino un privilegio.
Nos dicen que la virtud femenina es frágil, que debe ser vigilada, custodiada, encerrada. Pero lo que en realidad temen no es nuestra falta, sino nuestra libertad. Porque una mujer libre pone en evidencia la injusticia del perdón concedido a los hombres.
Si la sociedad fuera honesta, admitiría que no castiga el mal uso del deseo, sino quién se atreve a tenerlo.
Y mientras tanto, seguimos aprendiendo a callar. A bajar la mirada. A cargar con culpas que no nos pertenecen.
Eso —y no otra cosa— es lo verdaderamente indecoroso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario