La carrera de Robin Williams es una de esas historias que parecen demasiado intensas para haber cabido en una sola vida. Tenía una velocidad mental absurda. Mucha gente recuerda sus películas familiares o sus monólogos salvajes, pero detrás había un actor técnicamente finísimo, formado en interpretación clásica, capaz de pasar de la hiperactividad cómica al drama más devastador en segundos. Y eso no era un truco: directores y compañeros decían que en persona era exactamente igual, alguien incapaz de dejar de improvisar porque el humor era casi un mecanismo fisiológico.
Antes de Hollywood, salió de la escuela de arte dramático Juilliard, donde coincidió con Christopher Reeve, el Superman clásico. Se hicieron íntimos. Reeve contaba que Robin ya entonces era una especie de tornado humano. Años después, cuando Reeve quedó tetrapléjico tras el accidente de caballo, Williams apareció disfrazado de médico ruso, improvisando un acento ridículo y diciendo que iba a hacerle una colonoscopia experimental. Reeve dijo que fue la primera vez que volvió a reír de verdad después del accidente.
Su explosión llegó con la serie Mork & Mindy, donde hacía de extraterrestre. Pero Hollywood tardó un poco en entender qué hacer con él, porque era demasiado caótico para los moldes normales. Cuando encontró directores que sabían canalizar esa energía —como Barry Levinson, Peter Weir o Gus Van Sant— apareció el Robin Williams actor serio.
En Good Morning, Vietnam prácticamente reinventó la figura del cómico dramático moderno. La radio en la película parece improvisada porque gran parte sí lo estaba. Los técnicos grababan durante horas porque nunca repetía un gag igual. Luego vino Dead Poets Society, donde mucha gente descubrió que podía emocionar sin necesidad de hacer locuras. Y después alternó papeles familiares con interpretaciones oscurísimas, como en One Hour Photo o Insomnia.
La historia con Steven Spielberg durante el rodaje de Schindler's List es muy famosa porque resume bastante bien quién era Robin. Spielberg estaba emocionalmente destrozado rodando una película sobre el Holocausto; el ambiente era brutalmente deprimente. Williams lo llamaba por teléfono y le dejaba mensajes absurdos improvisando personajes y chistes durante varios minutos seguidos solo para hacerle reír un poco. Spielberg dijo que aquellas llamadas le ayudaron psicológicamente a aguantar el rodaje. Hay algo muy Robin Williams en eso: usar el humor casi como asistencia de emergencia.
También era legendario en los sets porque nunca dejaba quieto al equipo. En Aladdin grabó tantísimas improvisaciones para el Genio que los animadores tuvieron que redibujar escenas enteras adaptándose a él y no al revés. Disney acabó teniendo material suficiente para horas de versiones alternativas. Y en Mrs. Doubtfire el director dejó cámaras rodando continuamente porque Robin entraba y salía del personaje inventando líneas completamente nuevas. Muchas reacciones del reparto son reales porque no sabían qué demonios iba a decir.
Su relación con Susan Schneider, su última esposa, fue mucho más tranquila que el caos mediático de sus años anteriores. Se conocieron a finales de los 2000 a través de amigos comunes en California. Ella trabajaba en diseño gráfico y él estaba ya en una etapa más cansada, menos frenética. Varias personas cercanas dijeron que Susan aportaba una calma muy distinta a la vida hiperactiva de Robin. Se casaron en 2011. Después de su muerte, ella fue clave para explicar públicamente algo importantísimo: Robin no estaba simplemente “deprimido” de manera convencional.
Y ahí entra la parte más dura de su historia.
Durante sus últimos años empezó a sufrir un deterioro neurológico progresivo que nadie comprendía del todo mientras él estaba vivo. Tenía ansiedad extrema, insomnio salvaje, ataques de pánico, pérdida de memoria, problemas motores y una sensación constante de que su mente se estaba rompiendo. Los médicos inicialmente hablaron de depresión o Parkinson porque tenía síntomas compatibles. Pero la autopsia reveló otra cosa: padecía Lewy body dementia, una de las enfermedades neurodegenerativas más crueles que existen.
Forense y neurológicamente, el caso fue impactante porque el cerebro de Williams mostraba una acumulación masiva de cuerpos de Lewy —depósitos anormales de alfa-sinucleína— distribuidos por amplias regiones cerebrales. Eso afecta cognición, emociones, percepción y control motor al mismo tiempo. La enfermedad puede provocar paranoia, alucinaciones, depresión severa, despersonalización, pérdida de identidad y oscilaciones brutales del estado mental. Susan Schneider llegó a describirlo como “un terror químico” dentro del cerebro. Muchos especialistas dijeron después que probablemente Robin sentía cómo su mente se desintegraba sin entender por qué.
Eso hace que algunas de sus películas sobre salud mental o fragilidad humana se vean hoy de otra manera.
Awakenings —titulada Despertares en español— está basada en el neurólogo Oliver Sacks y en pacientes reales afectados por encefalitis letárgica. Robin interpreta al doctor Malcolm Sayer, un médico tímido y extremadamente humano que prueba un tratamiento experimental para “despertar” a pacientes catatónicos desde hace décadas. La película habla de identidad, tiempo perdido, dignidad y del miedo a quedar atrapado dentro de uno mismo. Su compañero principal era Robert De Niro.
Ficha técnica rápida: dirigida por Barry Levinson, estrenada en 1990, música de Randy Newman, fotografía de Miroslav Ondříček. Fue nominada al Oscar a mejor película. Y el tono es curioso porque Williams hace justo lo contrario de lo que el público esperaba de él: contención absoluta.
Luego está Patch Adams, basada en el médico real Patch Adams. Aquí Robin interpreta a un hombre que entra en una institución psiquiátrica tras una crisis existencial y descubre que el humor puede ser terapéutico. Decide estudiar medicina para humanizar la relación con los pacientes. La película mezcla comedia sentimental y crítica al sistema sanitario deshumanizado. Mucha gente la considera cursi; otra mucha la adora precisamente porque Robin consigue vender emocionalmente cosas que en otro actor sonarían insoportables.
La dirigió Tom Shadyac, se estrenó en 1998 y la música era de Marc Shaiman. Curiosamente, el verdadero Patch Adams criticó la película porque decía que Hollywood convirtió una filosofía social mucho más radical en una historia sentimental convencional.
También hay otra película muy relacionada con salud mental y culpa emocional: Good Will Hunting. Ahí Robin interpreta al terapeuta Sean Maguire. La famosa escena del “no es tu culpa” con Matt Damon funciona porque Williams transmitía algo muy raro: parecía un hombre gracioso que había conocido muchísimo dolor real. Ganó el Oscar por ese papel.
Y quizá eso es lo que hace que siga generando tanta fascinación. Robin Williams podía ser agotador, caótico y excesivo, pero muchísima gente cercana decía que tenía una necesidad casi desesperada de aliviar el sufrimiento ajeno. A veces con humor absurdo, a veces escuchando, a veces simplemente apareciendo cuando alguien estaba roto. Viendo hoy su trayectoria completa, hay algo casi trágico en que un hombre capaz de encender emocionalmente a tanta gente acabara atrapado en una enfermedad que iba apagándole desde dentro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario