La llamada “ola de ataques de tiburón de Nueva Jersey de 1916” ocurrió entre el 1 y el 12 de julio de aquel verano y marcó un antes y un después en la percepción pública de los tiburones en Estados Unidos. Cuatro personas murieron y una sobrevivió gravemente herida en una cadena de ataques que comenzó en playas del Atlántico y terminó, de forma todavía más perturbadora, tierra adentro, en las aguas del río Matawan. Hasta entonces, gran parte de la opinión pública y varios científicos estadounidenses consideraban muy improbable que un tiburón atacara deliberadamente a seres humanos. Los sucesos de 1916 destruyeron esa idea y sembraron el miedo moderno al “tiburón asesino”.
Los primeros ataques ocurrieron en la costa de Jersey Shore. Charles Vansant murió el 1 de julio en Beach Haven, y pocos días después Charles Bruder fue mutilado mortalmente mientras nadaba frente a Spring Lake. Pero lo que convirtió el caso en una auténtica leyenda fue lo sucedido en Matawan Creek, un brazo de agua conectado al océano pero situado bastante hacia el interior. Allí casi nadie imaginaba que pudiera aparecer un gran depredador marino. El 12 de julio, el niño Lester Stilwell desapareció bajo el agua ante otros chicos que jugaban en el río. Cuando Stanley Fisher intentó recuperar el cuerpo, también fue atacado y murió horas después. Poco más tarde, Joseph Dunn sobrevivió por muy poco a un nuevo ataque en el mismo lugar.
La reacción de las autoridades y de la población fue casi histérica. Las playas comenzaron a vaciarse en plena temporada turística, se instalaron redes metálicas en algunas zonas costeras y se organizaron auténticas partidas de caza de tiburones. En Matawan se ofrecieron recompensas por matar al animal y grupos armados recorrieron el río disparando e incluso lanzando dinamita al agua. El presidente Woodrow Wilson llegó a autorizar ayuda federal para combatir a los tiburones de la costa de Nueva Jersey. Durante días, cientos de ejemplares fueron capturados y abiertos públicamente para buscar restos humanos en sus estómagos.
Durante décadas se consideró culpable principal al gran tiburón blanco. Dos días después de los ataques de Matawan, el taxidermista Michael Schleisser capturó un ejemplar joven de tiburón blanco en la bahía de Raritan. En el interior del animal aparecieron restos humanos, y la prensa dio prácticamente por cerrado el caso. Esa versión se convirtió en la narrativa dominante durante gran parte del siglo XX: un único gran blanco habría sido responsable de todos los ataques.
Sin embargo, con el tiempo surgieron dudas importantes. Muchos investigadores señalaron que el agua del río Matawan tenía una salinidad demasiado baja para que un gran tiburón blanco permaneciera allí durante mucho tiempo. Ahí entró en juego la hipótesis del tiburón sarda o bull shark, una especie célebre por remontar ríos y tolerar perfectamente el agua dulce. A finales del siglo XX y comienzos del XXI, varios expertos empezaron a sostener que probablemente hubo más de un animal implicado: ataques marinos cometidos por tiburones blancos y los ataques fluviales perpetrados por tiburones sarda.
Entre quienes impulsaron esa reinterpretación destacó Fabien Cousteau, nieto de Jacques Cousteau. En 2002 participó en investigaciones financiadas por National Geographic centradas en la salinidad y las condiciones ecológicas del Matawan Creek. Cousteau defendió que un gran blanco difícilmente habría sobrevivido río arriba en esas condiciones y concluyó que los ataques de Matawan eran mucho más compatibles con el comportamiento de un tiburón sarda. Según esa teoría, los ataques de la costa y los del río podrían haber sido obra de especies distintas.
Toda esta historia terminó filtrándose profundamente en la cultura popular estadounidense y sirvió de inspiración parcial para Jaws, publicada por Peter Benchley en 1974. Benchley tomó elementos muy reconocibles de los sucesos de 1916: una comunidad costera aterrorizada, autoridades preocupadas por el turismo, ataques repetidos en poco tiempo y la idea de un gran tiburón blanco convertido en amenaza casi mítica. Un año después, Steven Spielberg adaptó la novela en Jaws, una película que redefinió el blockbuster moderno y consolidó para siempre la imagen del tiburón blanco como monstruo devorador de hombres.
Paradójicamente, tanto Benchley como muchos biólogos marinos acabarían lamentando el efecto cultural de la película, porque contribuyó a demonizar a los tiburones durante décadas. El propio Benchley pasó buena parte de sus últimos años promoviendo la conservación marina y explicando que los ataques reales son extremadamente raros y que los tiburones no son asesinos deliberados de seres humanos.
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