Hablar de Miles Davis, Chet Baker y Charlie Parker es hablar de tres tipos que ayudaron a cambiar el jazz para siempre… y que al mismo tiempo llevaron vidas bastante caóticas. Lo curioso es que sus historias personales casi parecen novelas negras: talento descomunal, noches infinitas, heroína, alcohol, peleas, romances destructivos y una fama que a veces los salvaba y otras veces los hundía más.
Miles Davis fue probablemente el más poderoso musicalmente de los tres. Tenía una personalidad durísima, orgullosa y muchas veces agresiva. En los años 50 ya era una estrella enorme y luego terminó convirtiéndose en una figura central del jazz moderno gracias a discos como Kind of Blue, que todavía hoy se considera casi una biblia del género. También reinventó varias veces su sonido: pasó del cool jazz al jazz modal, luego a la fusión eléctrica y hasta se acercó al funk y al rock. Tenía una intuición increíble para descubrir músicos jóvenes y convertirlos en leyendas.
Pero fuera del escenario era un hombre complicado. Durante años estuvo enganchado a la heroína y la cocaína. Él mismo contaba que en ciertos periodos era capaz de desaparecer días enteros consumiendo. También tenía un carácter violentísimo. Fue detenido varias veces por posesión de drogas y tuvo encontronazos constantes con la policía, especialmente por racismo. Hay una escena famosa de 1959: estaba fumando fuera del club Birdland, donde él mismo iba a tocar, y un policía blanco le ordenó que se moviera. Miles respondió mal, el policía lo golpeó y terminó arrestado ensangrentado. Ese episodio se volvió casi simbólico del racismo contra los músicos negros incluso cuando ya eran famosos.
Con las mujeres tampoco fue precisamente un santo. Estuvo casado varias veces y tuvo relaciones turbulentas. Algunas de sus parejas lo acusaron de maltrato físico y psicológico. Su matrimonio con la bailarina Frances Taylor terminó de forma terrible, marcado por violencia y celos enfermizos. Miles podía ser encantador y sofisticado, pero también cruel y autodestructivo.
Lo de Chet Baker era distinto. Si Miles parecía un boxeador peligroso, Chet tenía la imagen del chico hermoso y frágil. Tocaba la trompeta con una suavidad increíble y además cantaba con una voz casi susurrada. Su versión de “My Funny Valentine” sigue siendo una de las grabaciones más famosas del jazz vocal masculino.
En los años 50 parecía una estrella de cine: guapo, cool, rodeado de admiradoras. Pero la heroína le destrozó la vida. Fue arrestado innumerables veces en Estados Unidos y Europa por drogas y pasó temporadas en cárceles italianas y alemanas. Durante años prácticamente vivió entre hoteles baratos, clubes nocturnos y camellos.
Su decadencia física fue brutal. En una pelea —nunca quedó del todo claro si por una deuda de drogas o por problemas personales— le rompieron varios dientes. Para un trompetista eso podía significar el final. Tuvo que reaprender casi desde cero a tocar. Y aun así volvió. Esa mezcla de belleza rota y obstinación hizo que mucha gente lo viera como una figura casi romántica, aunque la realidad era bastante más triste.
Con las mujeres tenía fama de seductor compulsivo. Encadenaba relaciones, aventuras y matrimonios fallidos. Muchas mujeres se sentían fascinadas por él al principio y agotadas después. Había mucha manipulación emocional, desapariciones, mentiras relacionadas con la droga y promesas incumplidas. El mito del músico maldito le funcionaba… hasta que convivir con él se volvía insoportable.
Y luego está Charlie Parker, aunque técnicamente no era trompetista sino saxofonista alto. Aun así suele aparecer junto a Miles porque fueron compañeros en la revolución bebop. Parker era un genio absoluto. Cambió el lenguaje del jazz con una velocidad mental casi absurda. Lo apodaban “Bird”, y músicos posteriores hablaban de él como si hubiera llegado de otro planeta. Temas como “Ornithology” o “Ko-Ko” redefinieron la improvisación moderna.
Pero probablemente fue también el más destruido de los tres. Empezó muy joven con las drogas y el alcohol. Primero morfina tras un accidente de coche cuando era adolescente, luego heroína, alcohol y prácticamente cualquier cosa que encontraba. Su cuerpo envejeció rapidísimo. Cuando murió en 1955 tenía solo 34 años, pero el médico forense calculó que aparentaba más de 50.
Tenía problemas constantes con la policía por drogas, escándalos y comportamientos erráticos. En una época incluso le retiraron la licencia para tocar en clubes de Nueva York, algo devastador para un músico de jazz. Hubo episodios muy oscuros: intentos de suicidio, internamientos psiquiátricos y crisis nerviosas.
Con las mujeres su vida también fue caótica. Se casó varias veces y mantuvo relaciones llenas de tensión. La muerte de su hija pequeña lo hundió todavía más en las adicciones. Mucha gente cercana decía que Parker podía ser encantador durante unas horas y completamente destructivo al día siguiente.
Lo impresionante es que, pese a todo ese desastre personal, los tres dejaron música que sigue sonando moderna décadas después. Hay una contradicción fuerte ahí: hombres profundamente dañados que creaban belleza extraordinaria. El jazz de esa época estaba muy ligado a la vida nocturna, las giras agotadoras, el racismo, la presión psicológica y una cultura donde la heroína circulaba casi como si fuera parte del ambiente laboral. Algunos sobrevivieron; otros quedaron consumidos por el personaje que habían construido.


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