La figura de Eric Freymond se ha convertido en uno de los escándalos financieros más turbios ligados a las élites europeas recientes. Durante años fue visto como un gestor patrimonial refinado, bien conectado en la alta sociedad suiza, mecenas cultural y asesor de fortunas multimillonarias. Pero tras su muerte en 2025 empezaron a emerger acusaciones que dibujan el perfil de un presunto manipulador extremadamente hábil, capaz de ganarse la confianza absoluta de clientes ricos, mayores y muy reservados, para luego mover enormes cantidades de dinero en operaciones opacas.
El caso más espectacular es el de Nicolas Puech, descendiente de la familia fundadora de Hermès. Puech llegó a poseer cerca del 5,7 % de Hermès, una participación valorada en unos 14.000 o 15.000 millones de euros. Según las denuncias presentadas en Suiza y Francia, esas acciones “desaparecieron” o fueron transferidas mediante estructuras financieras que el propio Puech afirmaba no controlar ya. Freymond había sido su gestor durante más de dos décadas.
La historia parece sacada de una novela financiera: aislamiento progresivo del cliente, control de documentos, entramados societarios, inversiones difíciles de rastrear y una relación personal que, según declaraciones judiciales filtradas al Wall Street Journal, habría sido muchísimo más íntima y psicológicamente compleja de lo que parecía desde fuera. Freymond incluso declaró ante magistrados franceses que él y Puech habían sido amantes, algo que introdujo todavía más confusión sobre el grado de influencia emocional que ejercía sobre el heredero.
Puech acabó describiéndolo como “un estafador” y “un gánster”. El núcleo del caso sigue siendo un misterio: nadie ha explicado de forma convincente dónde acabaron exactamente las acciones o el dinero derivado de ellas.
A partir de ahí empezaron a aparecer otras posibles víctimas. La más famosa es Ursula Andress, icono absoluto del cine de los años sesenta por su aparición en Dr. No. Andress denunció que Freymond habría desviado unos 18 millones de francos suizos —prácticamente gran parte de su patrimonio— mediante transferencias no autorizadas, compras de arte sospechosas y colocación del dinero en activos de dudoso valor.
Lo más inquietante del relato de Andress es el componente psicológico. Ella afirmó que fue “cortejada y seducida” durante años para generar dependencia y confianza total. Dijo literalmente que se aprovecharon de su edad, de su buena fe y de su vulnerabilidad emocional. Sus abogados hablaron de “un sistema fraudulento de excepcional complejidad” con múltiples actores implicados.
Las investigaciones posteriores señalaron posibles operaciones de blanqueo en Italia, incluyendo inversiones inmobiliarias, viñedos y obras de arte relacionadas presuntamente con el entorno familiar de Freymond. Parte del dinero habría terminado en activos registrados a nombre de terceros.
Además de Puech y Andress, distintas publicaciones mencionan otros litigios o sospechas previas alrededor de Freymond. El Wall Street Journal recordó que ya había tenido problemas por uso de información privilegiada y que otros antiguos clientes lo acusaron de abusos financieros o administración desleal. Incluso se menciona la reclamación de una herencia empresarial ligada a un préstamo millonario organizado por él.
Su muerte añadió todavía más misterio. En julio de 2025 apareció muerto cerca de su chalet en Saanen, en el cantón suizo de Berna. La versión aceptada por la policía es el suicidio. Varias fuentes afirman que se arrojó a las vías y fue atropellado por un tren. Ocurrió apenas semanas después de ser interrogado en París por el caso Hermès y, según algunos medios, después de admitir parcialmente ciertas irregularidades.
Ese momento disparó todo tipo de especulaciones porque murió justo cuando las investigaciones parecían estrecharse sobre él. Sin embargo, hasta ahora no hay pruebas públicas sólidas que indiquen asesinato o conspiración. Lo que sí existe es un enorme vacío documental y financiero: miles de millones desaparecidos, estructuras opacas, clientes ancianos extremadamente ricos y un gestor que ya no puede declarar ni ser juzgado.
La impresión general que dejan los distintos testimonios es la de alguien con una capacidad extraordinaria para la persuasión personal. No encajaría en el estafador clásico agresivo o vulgar, sino en un perfil sofisticado: cultivado, elegante, paciente y emocionalmente invasivo. Varias víctimas describen un proceso largo de captación psicológica más que simples engaños financieros rápidos.
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