La llamada “Generación X”, más o menos la gente nacida entre mediados de los 60 y principios de los 80, creció en una especie de resaca histórica. Sus padres, los boomers, venían de las utopías, de “vamos a cambiar el mundo”, del mayo del 68, del desarrollismo y de la idea de que cada generación viviría mejor que la anterior. Los X, en cambio, se encontraron paro, precariedad, heroína, divorcios, reconversiones industriales, desencanto político y la sensación de que el futuro ya no venía con instrucciones. Por eso suelen tener esa mezcla tan curiosa de ironía, escepticismo y autosuficiencia. Son menos idealistas que los boomers y menos hiperconectados y emocionalmente expuestos que los millennials.
Los boomers todavía creían bastante en las instituciones: el trabajo fijo, el sindicato, el partido político, la carrera “para toda la vida”. La Generación X empezó a sospechar que todo eso igual era humo. Ahí nace mucho del famoso sarcasmo generacional: “vale, sí, muy bonito todo, pero luego la hipoteca y el ERE te los comes tú”. Tampoco tenían aún el exhibicionismo digital posterior; aprendieron a aburrirse, a pasar tardes enteras viendo videoclips, leyendo cómics, grabando cintas de casete o quedando sin mandar ubicación en tiempo real.
Y luego llegan los millennials, que crecieron ya con internet, más supervisados por los padres y con una educación emocional bastante distinta. El millennial tiende más a verbalizar ansiedad, identidad, bienestar, autoestima o burnout. El X muchas veces hace exactamente lo mismo… pero lo disfraza de cinismo o de humor negro. El millennial cree todavía que el sistema puede reformarse; el X a menudo sospecha que el sistema es una chapuza estructural pero intenta sobrevivir sin hacer demasiado ruido.
En España todo eso tuvo además un sabor muy específico. La generación X española absorbió muchísimo de La Bola de Cristal. Aquel programa era una rareza maravillosa: infantil y adultísimo a la vez, punk sin decir “punk”, culto y gamberro. Te enseñaba a desconfiar de la publicidad, de los políticos y de la tele… desde la propia tele. Frases como “solo no puedes, con amigos sí” o “si no quieres ser como estos, lee” se quedaron tatuadas en mucha gente. Había humor absurdo, referencias culturales que un niño no entendía del todo y una sensación permanente de que pensar por ti mismo molaba más que obedecer. Eso marcó muchísimo la sensibilidad X española: ironía, pensamiento lateral y alergia a lo solemne.
Luego está Movida madrileña, que fue el gran estallido posfranquista. La sensación de “por fin podemos hacer lo que nos dé la gana”. Música, estética, libertad sexual, exceso, noches infinitas y creatividad sin filtro. Ahí aparecen figuras como Alaska, Pedro Almodóvar o grupos como Radio Futura. La Movida dejó una huella enorme en la Generación X porque convirtió la cultura pop en identidad vital. Ya no era solo música: era una manera de mirar el mundo, de vestir, de hablar y de reírse de lo serio.
En el País Vasco el impacto fue distinto y muchísimo más crudo con el Punk radikal vasco. Ahí la Generación X mamó rabia social de verdad: paro juvenil, conflicto político, heroína, violencia, antimilitarismo y sensación de no futuro. Grupos como Kortatu, La Polla Records o Eskorbuto no iban de pose estética solamente; había una hostilidad frontal contra el sistema y una necesidad brutal de identidad propia. Ese “hazlo tú mismo”, esa desconfianza hacia el poder y ese humor corrosivo son muy ADN X también.
Y luego está Reality Bites, probablemente una de las películas que mejor encapsula el imaginario generacional X. No porque toda la generación fuese exactamente así, sino porque capturó perfectamente esa mezcla de apatía, miedo al futuro, cultura pop y relaciones emocionales medio rotas.
Ficha técnica rápida: dirigida por Ben Stiller, escrita por Helen Childress, estrenada en 1994, con música de Karl Wallinger y fotografía del luego legendario Emmanuel Lubezki. Dura unos 99 minutos y está protagonizada por Winona Ryder, Ethan Hawke, Ben Stiller, Janeane Garofalo y Steve Zahn.
El argumento gira alrededor de Lelaina, una chica recién salida de la universidad que intenta abrirse camino grabando un documental sobre sus amigos y sobre lo perdidos que están todos. Troy, el personaje de Ethan Hawke, es casi un tótem generacional: inteligente, encantador, brillantemente cínico y completamente incapaz de encajar en el mundo corporativo. La película habla de trabajos basura, miedo a venderse, romances confusos y de la sensación de que la adultez no se parece en nada a lo que prometían.
Además tenía una banda sonora que era puro ADN noventero alternativo. Y Winona Ryder y Ethan Hawke parecían literalmente la materialización humana de la palabra “indie” antes de que “indie” acabara vendiendo cafés a 5 euros.
La Generación X, al final, quedó un poco atrapada entre dos mundos: demasiado jóvenes para heredar el optimismo boomer y demasiado mayores para crecer dentro del ecosistema digital millennial. Por eso muchas veces se la recuerda como una generación escéptica, culturalmente muy rica y con tendencia a mirar el mundo diciendo: “sí, sí… pero no me vendas motos”.

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