La cámara entra en un plató sobrio. Pantallas LED proyectan bustos romanos, columnas derruidas y el flujo infinito de vídeos cortos de redes sociales. Música tenue. El periodista mira a cámara.
—Buenas noches. Hoy hablaremos de una filosofía nacida hace más de dos mil años… y que, sin embargo, parece diseñada para sobrevivir a TikTok, al burnout y a las notificaciones del móvil. ¿Por qué el estoicismo vuelve a estar de moda? Para responder, nos acompaña el filósofo Adrián Salvatierra.
El filósofo asiente con una media sonrisa.
—Gracias por invitarme.
—Empiezo por la pregunta más evidente. ¿Cómo puede una filosofía tan antigua conectar con gente del siglo XXI?
—Porque el siglo XXI está agotado —responde el filósofo—. Vivimos rodeados de estímulos, ansiedad, comparaciones constantes y una sensación de fragilidad permanente. El estoicismo aparece como una especie de refugio mental. Los estoicos decían: “No controlas lo que sucede; controlas cómo reaccionas”. Y eso, hoy, suena casi revolucionario.
—Aunque también se les acusa de resignados.
—Claro. Porque solemos confundir resignación con lucidez. El estoico no se tira al suelo llorando ante el destino, pero tampoco cree que pueda domesticar el universo con frases motivacionales. Aceptar la muerte, la enfermedad o la pérdida no significa desearlas. Significa entender que forman parte del contrato de estar vivo.
El periodista se inclina hacia delante.
—¿Entonces por eso triunfan frases de Séneca o Epicteto en redes sociales?
—Exactamente. Porque prometen algo que la sociedad contemporánea no sabe ofrecer: serenidad. La cultura digital te exige ser visible, exitoso, deseable, productivo y feliz al mismo tiempo. El estoicismo te dice algo incómodo: quizá no seas famoso, quizá fracases, quizá envejezcas y mueras… y aun así puedes vivir con dignidad.
—Eso no encaja muy bien con los influencers.
El filósofo ríe.
—No demasiado. Imagino a Marco Aurelio entrando en Instagram y cerrando la aplicación en treinta segundos. Él escribió sus meditaciones para recordarse que el aplauso es efímero. Los estoicos desconfiaban profundamente de la fama. Pensaban que depender de la opinión ajena te convertía en esclavo emocional.
—¿Qué dirían hoy de los influencers?
—Probablemente que son el síntoma perfecto de una civilización obsesionada con la mirada de los demás. Séneca se horrorizaría viendo a alguien convertir cada comida, cada emoción y cada tragedia personal en contenido. Epicteto diría que quien necesita aprobación constante ha entregado su libertad interior. Y Marco Aurelio repetiría aquello de que “la fama póstuma es humo”.
—Pero también hay influencers que hablan precisamente de estoicismo.
—Y eso es fascinante —dice el filósofo—. Porque el estoicismo se ha convertido, paradójicamente, en un producto de consumo. Hay cursos, podcasts, tazas con frases de Séneca, vídeos titulados “Cómo ser imparable como un emperador romano”. Los viejos estoicos probablemente encontrarían muy irónico monetizar el desapego material.
—O sea que hemos convertido una filosofía austera en merchandising.
—Exacto. El capitalismo tiene una habilidad extraordinaria para vender incluso ideas que pretendían liberarte de él.
El periodista sonríe.
—Hablemos de la muerte. Los estoicos parecían obsesionados con ella.
—Porque la consideraban la gran maestra. Recordar que vas a morir obliga a ordenar prioridades. Hoy vivimos como si la muerte fuese un error técnico del sistema. La escondemos en hospitales, filtros y cirugías. Los estoicos hacían lo contrario: mirarla de frente para perderle el miedo.
—Y ahí aparece la figura de Séneca.
La pantalla muestra una pintura del filósofo romano abriéndose las venas.
—Sí. La muerte de Séneca es casi una escena teatral del estoicismo —dice el filósofo—. Aunque también está llena de contradicciones humanas. Había sido tutor y consejero de Nerón, uno de los emperadores más paranoicos y violentos de Roma. Cuando fue acusado de participar en una conspiración contra él —quizá culpable, quizá no—, Nerón le ordenó suicidarse.
—Y aceptó.
—Aceptó porque en Roma no aceptar significaba una ejecución humillante y la destrucción de tu familia. Pero la forma en que afrontó la muerte fue profundamente estoica. Según cuentan las crónicas, abrió sus venas con calma, habló con sus amigos, intentó consolarlos e incluso siguió razonando filosóficamente mientras se desangraba. Hay algo casi insoportable en esa serenidad.
—Como si quisiera demostrar que la filosofía no era teoría.
—Exactamente. El estoicismo siempre sostuvo que las ideas sólo valen si resisten el dolor, el miedo y la muerte. Séneca murió intentando encarnar aquello que había escrito toda su vida: que el sabio no controla cuándo llega la muerte, pero sí cómo la recibe.
El periodista guarda silencio unos segundos.
—¿Y cree que por eso vuelve a interesarnos hoy?
El filósofo mira a cámara.
—Sí. Porque vivimos en una época que promete control absoluto y, sin embargo, la gente siente que no controla nada. Pandemias, guerras, precariedad, algoritmos, ansiedad… El estoicismo no ofrece felicidad permanente. Ofrece algo más humilde y quizá más útil: aprender a no derrumbarse cuando el mundo hace exactamente lo que el mundo siempre ha hecho.
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