lunes, 15 de junio de 2026

Un viajero de 1929 explica a un estadounidenses sus impresiones acerca de la ciudad de Barcelona.

15 de junio de 1929. Barcelona.



 —¡Amigo mío, Barcelona me ha dejado absolutamente maravillado!

Confieso que partí hacia España esperando encontrar una ciudad antigua y pintoresca, pero lo que encontré fue algo mucho más sorprendente: una urbe moderna, industriosa y llena de una personalidad propia que no he visto en ninguna otra parte de Europa.

Lo primero que me impresionó fue su arquitectura modernista. Hay edificios que parecen salidos de un sueño. Las fachadas ondulan como si estuvieran vivas, cubiertas de mosaicos de colores y adornos fantásticos. El nombre que más se repite es el del arquitecto Antonio Gaudí, un genio excéntrico cuyas obras parecen desafiar todas las reglas conocidas de la construcción.

Y hablando de Gaudí, debes saber que visité la gran iglesia de la Sagrada Familia. Aunque todavía está lejos de completarse, las obras avanzan con una ambición extraordinaria. Sus torres se elevan ya sobre la ciudad como agujas gigantescas, y los barceloneses están convencidos de que algún día será una de las maravillas del mundo. Después de verla, no me atrevería a contradecirlos.

La vida cotidiana también me resultó fascinante. Probé el turrón, un dulce elaborado con miel y almendras que los españoles consumen especialmente en Navidad. Asimismo degusté una bebida llamada horchata de chufas. Se sirve fría y posee un sabor delicado y refrescante que resulta perfecto para los calurosos días mediterráneos.

Por las calles y en algunas fiestas vi hombres llevando una curiosa prenda roja de lana terminada en una especie de borla. La llaman barretina y constituye uno de los símbolos tradicionales de Cataluña.

También tuve ocasión de presenciar una sardana, la danza más característica de aquella región. Hombres y mujeres forman un círculo, se toman de las manos y ejecutan pasos cuidadosamente medidos mientras una pequeña orquesta interpreta melodías muy particulares. Algunos eruditos locales sostienen que sus orígenes podrían remontarse a antiguas danzas griegas llegadas al Mediterráneo occidental hace siglos. No sé si tal teoría es cierta, pero la danza posee ciertamente algo de antiguo ritual.

Barcelona, además, parece vivir rodeada de historia. Allí escuché una hipótesis sumamente interesante. Siempre nos han enseñado que la ciudad fue fundada por los romanos, pero algunos aficionados a la historia especulan con que su origen podría ser aún más antiguo y estar relacionado con los cartagineses. Según esa tradición, la familia de Aníbal Barca habría establecido un asentamiento en la zona antes de la llegada de Roma. No existen pruebas definitivas, desde luego, pero resulta tentador imaginar que el nombre de Barcelona pudiera derivar precisamente del apellido Barca.

La ciudad siente un gran orgullo por su pasado cultural. Me hablaron de las primeras imprentas establecidas allí en el siglo XV. Ya en 1478 se publicaban libros impresos, cuando aquella técnica revolucionaria apenas comenzaba a difundirse por Europa. Barcelona figuró entre los primeros centros editoriales de la Península, contribuyendo a la circulación del saber en una época de profundos cambios.

Sin embargo, los catalanes recuerdan también algunos agravios históricos. Muchos me explicaron que, tras el descubrimiento de América, la Corona reservó inicialmente el comercio con el Nuevo Mundo a determinados puertos castellanos. Como consecuencia, los mercaderes catalanes quedaron excluidos durante largo tiempo de aquellas oportunidades comerciales. Lo consideran una de las razones por las que su antigua tradición marítima no pudo beneficiarse inmediatamente de las riquezas americanas.

Y es que los catalanes poseen una larga memoria de sus aventuras mediterráneas. Durante la expansión de la Corona de Aragón, sus navegantes y comerciantes alcanzaron Sicilia, Cerdeña, Nápoles e incluso territorios más lejanos del Mediterráneo oriental. Todavía hablan con orgullo de aquella época en la que sus barcos surcaban prácticamente todo el mar interior europeo.

En definitiva, amigo mío, Barcelona es una ciudad extraordinaria: moderna y antigua al mismo tiempo, orgullosa de sus tradiciones pero abierta al progreso. He visitado muchas ciudades durante mis viajes, pero pocas me han dejado una impresión tan profunda como aquella gran capital catalana junto al Mediterráneo.

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