El río de la vida es una de esas películas que parecen tranquilas, casi contemplativas, pero que te dejan un poso bastante melancólico cuando terminan. La dirigió Robert Redford en 1992, basándose en la novela autobiográfica de Norman Maclean. Los protagonistas son Brad Pitt, Craig Sheffer y Tom Skerritt. Dura unas dos horas y ganó el Oscar a la mejor fotografía gracias al trabajo de Philippe Rousselot, y la verdad es que se nota: hay planos de los ríos de Montana que parecen cuadros en movimiento.
La historia se sitúa en la Montana de entre guerras, sobre todo en los años 20 y principios de los 30. Sigue a dos hermanos, Norman y Paul Maclean, hijos de un pastor presbiteriano muy estricto. Norman es más reflexivo, académico, ordenado; Paul, en cambio, es puro talento y puro caos al mismo tiempo: periodista brillante, bebedor, jugador y buscavidas. Entre ellos hay una mezcla rara de admiración, amor fraternal y distancia emocional. Y en medio de todo está el río, la pesca y esa idea de que hay gente a la que amas profundamente pero no puedes salvar.
Lo interesante del filme es cómo retrata el ocaso de una frontera estadounidense que ya está desapareciendo. No es el western clásico de pistoleros y expansión; aquí la frontera ya está domesticándose. Los personajes viven todavía con valores muy duros —autosuficiencia, masculinidad silenciosa, religión, honor— pero el mundo moderno ya ha llegado: universidades, periodismo urbano, alcohol clandestino, deudas, crimen organizado, jazz, coches… Paul representa casi al último hombre salvaje de ese mundo viejo, alguien incapaz de adaptarse a la normalidad burguesa que viene detrás. Por eso la película tiene ese tono nostálgico: parece estar diciendo que cierta forma de vivir en contacto brutal con la naturaleza y con una libertad casi salvaje estaba condenada a extinguirse.
Y luego está la pesca con mosca, que prácticamente funciona como religión familiar. La película muestra sobre todo pesca de trucha en río usando mosca seca. El padre enseña a sus hijos que lanzar la línea tiene algo de disciplina moral y de arte. Hay escenas muy famosas donde Brad Pitt ejecuta el “shadow casting”, ese lance rapidísimo y elegante que parece una coreografía. De hecho, muchos pescadores reales siguen hablando de esa película porque popularizó muchísimo la pesca con mosca en Estados Unidos durante los 90.
Cuando mencionas “truchas degolladas”, seguramente te refieres a la cutthroat trout, la trucha degollada típica de las Rocosas. Se llama así por las marcas rojas bajo la mandíbula, como si tuviera la garganta cortada. La película se ambienta en aguas donde históricamente abundaban esas truchas, sobre todo en Montana. Aunque en pantalla aparecen varias especies y no siempre se identifica claramente cada captura, el imaginario de la pesca del filme está totalmente asociado a las cutthroat y a las rainbow trout de la región.
La técnica que aparece es bastante fiel a la pesca con mosca clásica: cañas largas y flexibles, línea pesada para cargar el lance y moscas artificiales imitadoras de insectos. Lo importante no es tanto “arrastrar” el señuelo como presentarlo suavemente sobre la corriente para engañar a la trucha. La película insiste mucho en el ritmo y la precisión del lanzamiento, casi como si fuera caligrafía. De hecho, el padre llega a relacionar directamente escribir bien y pescar bien.
También tiene gracia que mucha gente empezó a interesarse por la pesca con mosca gracias a esta película. Hubo un auténtico boom después del estreno. Algunos veteranos incluso se quejaban de que los ríos se llenaron de nuevos pescadores intentando lanzar como Brad Pitt.
Y el final… bueno, ahí es donde la película deja de ser “una peli de pesca” para convertirse en algo mucho más triste y humano. El río termina funcionando como metáfora del tiempo y de la memoria: las personas desaparecen, el paisaje permanece y ciertos momentos quedan suspendidos para siempre en la cabeza de quien los recuerda.
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