martes, 9 de junio de 2026

LOS CHICOS DEL BARRIO, de John Singleton.

 


LOS CHICOS DEL BARRIO — es una de las películas más importantes del cine afroamericano y del cine social de los años noventa. La dirigió John Singleton cuando tenía apenas veintitrés años, y eso ya de por sí era una locura para Hollywood en aquella época. Singleton creció en South Central Los Ángeles y prácticamente convirtió en película todo lo que había visto durante su adolescencia: pobreza, violencia, abandono estatal, racismo policial, drogas, pandillas y también algo que muchas veces se olvida cuando se habla de la cinta: la búsqueda desesperada de afecto y de futuro. La película salió en 1991 y terminó siendo un fenómeno cultural enorme, además de convertir a Singleton en el director más joven nominado al Oscar y el primero afroamericano en ser nominado en dirección.

Lo más interesante es que la película no intenta romantizar el barrio. No vende la violencia como algo “cool”, como harían muchas imitaciones posteriores. Singleton filma South Central casi como si fuera un ecosistema atrapado: un lugar donde el racismo estructural, la pobreza y el abandono institucional producen generaciones enteras de chicos que sienten que no van a llegar vivos a los treinta años. El barrio funciona como una especie de prisión invisible. Las armas están por todas partes, las sirenas nunca paran y los niños crecen viendo cadáveres antes incluso de entender qué significa la muerte.

En ese contexto aparecen Tre Styles y Doughboy, dos adolescentes que representan caminos distintos dentro de la misma realidad. Tre —que a veces la gente recuerda erróneamente como “True”— es probablemente el corazón moral de la película. No es un santo ni mucho menos; tiene rabia, inseguridad y también impulsos violentos. Pero la diferencia clave es que tiene una figura paterna fuerte: Furious Styles. Furious no solo le da techo y comida; le enseña disciplina, autoestima y conciencia racial. Le habla de cómo funciona el sistema, de por qué los barrios negros están abandonados y de cómo la violencia también es una herramienta que destruye comunidades desde dentro. Tre es el ejemplo de un chico que todavía cree que puede escapar del círculo.

Doughboy, interpretado por Ice Cube, es el reverso trágico. Él también es inteligente y sensible, pero nadie lo guía realmente. Su madre lo desprecia abiertamente y lo trata como si estuviera condenado desde pequeño. Esa falta de cariño termina siendo clave. Doughboy entra a las pandillas no porque “nazca criminal”, sino porque ahí encuentra pertenencia, respeto y una identidad masculina que no consigue en otro sitio. Lo devastador del personaje es que él entiende perfectamente que su vida está rota. Tiene conciencia de la tragedia. Cuando habla al final de la película, ya sabe que probablemente va a morir pronto y que al sistema no le importa en absoluto. Esa escena final donde dice que en América no saben ni quieren saber lo que pasa en el gueto es prácticamente el manifiesto político de Singleton.

Tre y Doughboy funcionan entonces como dos respuestas posibles a un mismo entorno. Singleton deja claro que la diferencia entre ambos no es simplemente “uno bueno y otro malo”. Es más complejo: uno tuvo apoyo emocional y cierta estabilidad; el otro fue abandonado emocionalmente desde niño. La película insiste muchísimo en la importancia de la figura paterna porque, para Singleton, el colapso familiar en barrios marginados estaba directamente relacionado con la violencia juvenil. Mucha gente criticó esa visión por simplificar algunos problemas sociales, pero en la película funciona de forma potentísima.

Las pandillas que aparecen en la cinta están inspiradas en grupos reales de Los Ángeles, especialmente los Bloods y los Crips, que dominaron gran parte de South Central durante los años setenta, ochenta y noventa. Singleton no convierte a las pandillas en caricaturas. Las muestra como estructuras sociales nacidas dentro de comunidades abandonadas por el Estado. En muchos barrios pobres, las pandillas actuaban como familia sustituta, sistema de protección y también mecanismo económico. El problema es que ese “poder” terminaba alimentando una espiral brutal de violencia, tráfico de drogas y venganzas constantes.

La película retrata muy bien cómo la violencia se vuelve cotidiana. Los chicos hablan de asesinatos igual que otros adolescentes hablarían de fútbol o música. Eso era parte del horror: crecer normalizando la muerte. También aparece el impacto de la epidemia del crack de los años ochenta, que destruyó muchísimas comunidades afroamericanas en Estados Unidos. Mientras el gobierno endurecía políticas policiales y llenaba cárceles, los barrios seguían sin inversiones reales en educación, salud o empleo. Singleton básicamente está diciendo: “No puedes crear miseria durante décadas y luego sorprenderte de que exista violencia”.

Por eso la película se conecta tan fuerte con los disturbios de Los Ángeles de 1992. Aunque Boyz n the Hood salió un año antes, prácticamente parecía anunciar lo que iba a pasar. Los disturbios comenzaron después de que cuatro policías blancos fueran absueltos por la brutal golpiza contra Rodney King, un hombre afroamericano cuya agresión había sido grabada en video y vista por todo Estados Unidos. La absolución provocó una explosión de rabia acumulada durante décadas contra el racismo policial y la desigualdad social.

Durante varios días, Los Ángeles ardió literalmente. Hubo saqueos, incendios, enfrentamientos armados y caos total. Murieron más de sesenta personas, miles resultaron heridas y los daños materiales fueron gigantescos. Pero reducir aquello a “simple vandalismo” sería no entender nada. Muchísima gente veía los disturbios como una rebelión social contra años de abuso policial, desempleo, segregación y abandono institucional. South Central llevaba décadas acumulando tensión. La policía de Los Ángeles, especialmente bajo el mando de Daryl Gates, tenía fama de extremadamente agresiva con las comunidades negras y latinas. Operativos como “Operation Hammer” llenaban barrios de redadas y violencia policial.

Además, los disturbios también mostraron tensiones entre comunidades afroamericanas y comerciantes coreanos en Koreatown, algo que la película apenas toca indirectamente pero que formaba parte del contexto real de Los Ángeles. Muchas tiendas coreanas fueron atacadas porque existía resentimiento económico y social acumulado.

Lo impresionante es que hoy la película sigue sintiéndose vigente. Cuando ves temas como brutalidad policial, racismo estructural o desigualdad urbana en Estados Unidos, Boyz n the Hood sigue pareciendo contemporánea. Singleton logró algo muy difícil: hacer una película profundamente local sobre South Central y, al mismo tiempo, universal sobre adolescentes creciendo en un entorno que parece diseñado para destruirlos. Por eso la cinta sigue siendo tan poderosa más de treinta años después.

PARA VER:

https://www.youtube.com/watch?v=M5WQC6yaFWE

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