jueves, 18 de junio de 2026

Los coyotes.

 


El siguiente texto es una adaptación en forma de reportaje basada en una entrevista periodística atribuida a Simon Worrall a un zoólogo especializado en coyotes. Está reescrito con tono narrativo y de divulgación.


El coyote: el superviviente invisible de América

El sol cae sobre un paisaje de suburbios y matorrales secos, en algún punto indefinido entre lo urbano y lo salvaje. Allí, donde las luces de la ciudad empiezan a mezclarse con el ruido del campo, se mueve un animal que pocos llegan a ver pero que muchos han aprendido a escuchar: el coyote.

En una entrevista conducida por el escritor y periodista Simon Worrall, un zoólogo especializado en este cánido describe al coyote como “uno de los animales más adaptables del planeta”. No es una exageración retórica. Es, más bien, una constatación científica nacida de décadas de observación.

El coyote (coyote) ha sabido hacer lo que pocas especies consiguen: prosperar mientras el mundo cambia a su alrededor. Antes habitante exclusivo de las grandes llanuras y desiertos de Norteamérica, hoy se le encuentra desde bosques remotos hasta el corazón de ciudades como Los Ángeles o Chicago.

Un animal que aprende a vivir con nosotros

El zoólogo entrevistado insiste en una idea clave: el coyote no solo sobrevive a la presencia humana, sino que la utiliza. Basura, roedores urbanos, parques y corredores verdes se han convertido en parte de su nuevo ecosistema. Lejos de ser un intruso descontrolado, el coyote es un estratega silencioso.

“Donde otros depredadores desaparecen, el coyote aprende”, explica el especialista en la conversación recogida por Worrall. Esa capacidad de aprendizaje rápido es, según él, la clave de su expansión.

El mito del “lobo pequeño”

Durante años, el coyote fue visto como una versión menor y casi despreciable del lobo. Pero la entrevista desmonta esa idea. Aunque ambos pertenecen a la misma familia, el coyote ha desarrollado una identidad ecológica propia: más flexible, más oportunista, menos dependiente de grandes presas.

Mientras el lobo necesita vastos territorios y presas abundantes, el coyote se conforma con mucho menos. Y ahí radica su éxito.

Vida entre sombras

Otra de las ideas que emergen del diálogo es la extraordinaria capacidad del coyote para evitar el contacto directo con los humanos. Incluso en zonas urbanas, rara vez se deja ver. Se mueve de noche, aprende rutas nuevas y ajusta sus horarios al ritmo de la ciudad.

Este comportamiento ha generado una convivencia silenciosa: humanos y coyotes comparten espacio sin apenas cruzarse, aunque sus mundos se solapen constantemente.

Un espejo incómodo

Más allá de la biología, el zoólogo sugiere una lectura más profunda: el coyote como reflejo de nuestra propia expansión. Allí donde la naturaleza parece retroceder, el coyote avanza. No como invasor, sino como consecuencia.

El reportaje de Worrall deja una imagen final potente: un animal que no domina el mundo, pero que ha aprendido a no ser derrotado por él.

En esa resistencia discreta, casi invisible, el coyote se convierte en algo más que un depredador urbano. Se convierte en símbolo de adaptación.

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