La lluvia golpeaba los cristales del cuartelillo de la Costa da Morte como si quisiera entrar también a declarar. Afuera, el Atlántico rugía negro. Dentro, olía a humedad, tabaco barato y lana mojada.
El guardia civil dejó una carpeta sobre la mesa.
El detenido, un hombre huesudo, con las manos curtidas por salitre y frío, evitaba mirarle a los ojos.
—Nombre.
—Manuel de Lema.
—¿Alias?
—“O Mouro”.
—Ya. —el guardia abrió la carpeta—. Raquero.
El hombre sonrió apenas.
—Praieiro, señor guardia.
—No me venga con cuentos. Explíqueme entonces la diferencia.
El detenido se acomodó despacio.
—Un praieiro recoge lo que trae el mar. Un raquero… bueno… el raquero ayuda al mar a traerlo.
El guardia levantó la vista.
—¿“Ayuda”? Bonita palabra para hablar de provocar naufragios.
—No siempre se provocaban. La mar ya hacía bastante sola.
Y era verdad. La costa gallega era una trampa natural: nieblas cerradas, bajos invisibles, temporales brutales. Entre finales del XIX y principios del XX, muchos barcos ingleses, franceses o alemanes acababan destrozados contra las rocas. La fama siniestra de la Costa da Morte venía de siglos atrás.
El guardia pasó una página.
—Hablemos de las luces.
El detenido calló unos segundos.
—Historias.
—¿Historias? Tenemos testimonios de marineros que hablaban de faroles movidos por acantilados para hacer creer a los barcos que estaban entrando en puerto.
—Y también hay historias de meigas y de santos que caminan sobre el agua.
—No se haga el gracioso.
El silencio volvió. Afuera sonó un trueno.
—Mire, señor guardia… —dijo por fin el detenido—. A veces algún desesperado colgaba una luz donde no debía. Pero la mayoría de los naufragios los hacía el océano. Nosotros esperábamos después.
—Como buitres.
—Como pobres.
El guardia no respondió.
Porque aquello también era cierto.
En muchas aldeas de la costa, el “derecho al naufragio” se había convertido casi en una economía paralela. Cuando corría la voz de que un vapor había embarrancado, bajaban familias enteras a la playa con carros, cuerdas y sacos.
—¿Qué mercancías buscaban?
Los ojos del detenido brillaron un poco.
—Depende del barco. Tela inglesa era oro. Café. Azúcar. Bacalao. Barriles de vino. Petróleo. Madera fina. Herramientas. Jabón. A veces tabaco. Y si había suerte… maquinaria o piezas de metal.
—¿Y leche condensada?
El hombre soltó una carcajada involuntaria.
—Ah, ya llegó esa historia.
El guardia cruzó los brazos.
—Cuéntela.
—Un vecino de Camariñas encontró latas de leche condensada de un barco inglés. Pero claro, allí nadie sabía lo que era aquello. Pensó que era barniz.
—¿Barniz?
—Barniz. Y se puso a cubrir con aquello el marco de una puerta. Decía que daba un brillo estupendo… hasta que empezaron las moscas y el olor dulce. Los perros no dejaban la casa en paz.
El guardia tuvo que contener una sonrisa.
—Idiotas.
—Hambrientos, más bien.
Pasó otra página del expediente.
—La comandancia lleva años detrás de ustedes. Hay denuncias de saqueos incluso mientras los náufragos seguían vivos.
El detenido bajó la mirada.
—Eso sí pasó algunas veces.
Y también era históricamente cierto. Aunque el mito exageró mucho la figura del “pirata de tierra”, hubo episodios documentados de pillaje brutal. Las autoridades españolas endurecieron la vigilancia costera a finales del XIX y comienzos del XX. La Guardia Civil patrullaba playas y caminos para impedir saqueos, requisar mercancías y detener a quienes ocultaban carga procedente de naufragios. También actuaban carabineros y autoridades marítimas.
—¿Sabe cuál es el problema con ustedes? —preguntó el guardia—. Que convierten una tragedia en mercado.
—¿Y qué quería que hiciéramos? ¿Morirnos de hambre mirando las cajas pasar flotando?
—La ley es la ley.
—La ley llega bien alimentada desde Madrid. Aquí llega el invierno primero.
El guardia cerró lentamente la carpeta.
No era fácil discutir aquello en una tierra donde el mar daba comida… y la quitaba.
—¿Participó usted en el saqueo del vapor inglés del año pasado?
El detenido sonrió con cansancio.
—Señor guardia… en esta costa, cuando el mar rompe un barco, hasta las piedras terminan teniendo dueño.

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