El Gran Cañón del Colorado: la batalla por conservar la gran maravilla de América
A comienzos del siglo XX, el Gran Cañón del Colorado era ya uno de los paisajes más admirados de Estados Unidos. Sin embargo, también estaba amenazado por la minería, la tala de bosques, el pastoreo y la explotación privada de sus recursos. Fue entonces cuando un presidente, un explorador, varias expediciones históricas y, décadas después, una organización ecologista protagonizaron una larga historia de descubrimiento, conservación y conflicto que terminó convirtiendo al Gran Cañón en uno de los parques nacionales más protegidos del mundo.
Theodore Roosevelt, el presidente que quiso salvar el Gran Cañón
Cuando Theodore Roosevelt visitó el Gran Cañón el 6 de mayo de 1903 quedó profundamente impresionado. Gran aficionado a la naturaleza y defensor de la conservación de la fauna y de los grandes espacios salvajes, pronunció allí un discurso que se convertiría en uno de los manifiestos más famosos del movimiento conservacionista estadounidense.
Ante miles de personas pidió algo muy sencillo: «Dejadlo tal como está. No podéis mejorarlo. Las edades han trabajado sobre él y el hombre solo puede estropearlo». Aquellas palabras reflejaban su idea de que ciertos paisajes debían preservarse intactos para las generaciones futuras.
Roosevelt intentó que el Congreso declarara el Gran Cañón Parque Nacional, pero encontró una fuerte oposición de empresarios mineros, ganaderos y políticos de Arizona, que temían perder derechos de explotación. Ante ese bloqueo, utilizó la Ley de Antigüedades de 1906 para declarar el Gran Cañón Monumento Nacional el 11 de enero de 1908, una decisión muy polémica en su época pero que permitió proteger más de 800.000 acres de territorio.
Aunque Roosevelt fue el gran impulsor de la protección, el Parque Nacional no nació oficialmente hasta el 26 de febrero de 1919, cuando el presidente Woodrow Wilson firmó la ley aprobada por el Congreso. Desde entonces quedó bajo la administración del Servicio de Parques Nacionales (National Park Service).
García López de Cárdenas: el primer europeo que contempló el Gran Cañón
Mucho antes de Roosevelt, el primer europeo que vio el Gran Cañón fue el capitán español García López de Cárdenas, integrante de la expedición de Francisco Vázquez de Coronado.
En septiembre de 1540, mientras buscaban las legendarias Siete Ciudades de Cíbola, varios guías indígenas condujeron a Cárdenas hasta el borde sur del cañón. Los españoles quedaron desconcertados por las dimensiones del paisaje. Desde arriba calcularon erróneamente que el río Colorado tenía apenas dos metros de anchura cuando en realidad superaba los cien en algunos tramos. También pensaron que las paredes eran mucho más bajas de lo que realmente eran.
Tres soldados intentaron descender hasta el río en busca de agua, pero tuvieron que regresar tras varias horas de escalada al comprobar que las paredes eran prácticamente infranqueables. Aquella expedición no consiguió explorar el interior del cañón y el hallazgo quedó reflejado en las crónicas españolas sin despertar demasiado interés estratégico. Durante más de tres siglos el Gran Cañón permaneció prácticamente desconocido para los europeos.
John Wesley Powell: el hombre que conquistó el río Colorado
La verdadera exploración científica llegó en 1869 de la mano de John Wesley Powell, geólogo, veterano de la Guerra Civil estadounidense y profesor universitario.
Powell reunió a nueve hombres y cuatro embarcaciones de madera para recorrer el río Colorado desde Green River, en Wyoming, hasta el final del Gran Cañón. La expedición se enfrentó a rápidos desconocidos, paredes verticales de más de mil metros y una cartografía inexistente.
Durante casi tres meses navegaron más de 1.500 kilómetros. Perdieron alimentos, instrumentos científicos y dos embarcaciones quedaron destruidas por los rápidos. A pocos días del final, tres miembros abandonaron la expedición convencidos de que morirían en el río. Paradójicamente, fueron asesinados poco después por un grupo indígena, mientras Powell y los demás completaban con éxito el recorrido.
La expedición de Powell fue la primera en elaborar mapas fiables del Gran Cañón y estudiar su geología. Sus libros y conferencias despertaron el interés del país por aquella maravilla natural y fueron decisivos para impulsar décadas después su protección oficial.
Del aislamiento al turismo de masas
La llegada del ferrocarril en 1901 cambió por completo la historia del Gran Cañón. Los hoteles comenzaron a levantarse en el borde sur y miles de visitantes llegaron atraídos por las pinturas del artista Thomas Moran y los relatos de Powell.
En 1919, año de creación del parque, apenas 38.000 personas lo visitaron. Cinco años más tarde ya eran más de 100.000. Con la expansión del automóvil tras la Segunda Guerra Mundial el crecimiento fue espectacular, hasta superar actualmente los cuatro millones de visitantes anuales.
El turismo generó riqueza económica, pero también enormes problemas ambientales: carreteras, aparcamientos, hoteles, contaminación acústica producida por helicópteros turísticos, acumulación de residuos, erosión de senderos y una presión creciente sobre el río Colorado y la fauna del parque. El Gran Cañón se convirtió en un ejemplo clásico del conflicto entre conservación y uso recreativo.
La demanda del Sierra Club y las restricciones de 1978
A finales de los años setenta la organización ecologista Sierra Club denunció que la Administración del Parque Nacional no estaba cumpliendo su obligación legal de proteger el ecosistema del Gran Cañón frente a la gestión del agua realizada desde la presa de Glen Canyon.
La demanda, presentada en 1978 contra el secretario del Interior y la Administración del Parque, sostenía que las liberaciones de agua desde la presa podían alterar gravemente el paisaje, los hábitats naturales y la vida del río Colorado. El caso judicial, conocido como Sierra Club contra Andrus, reforzó la interpretación de que el Servicio de Parques Nacionales tiene un deber absoluto de proteger los valores naturales e históricos del parque.
A partir de entonces comenzaron a imponerse restricciones mucho más estrictas:
limitación de determinadas actividades turísticas dentro del cañón;
mayor control de las concesiones comerciales;
regulación de los vuelos panorámicos;
estudios científicos obligatorios sobre el caudal del río Colorado;
protección prioritaria de especies y ecosistemas frente al uso recreativo.
Aquella batalla judicial marcó un cambio importante en la gestión del parque, que pasó de favorecer principalmente el acceso de visitantes a priorizar la conservación ecológica.
Un río transformado por las truchas invasoras
El río Colorado albergaba originalmente ocho especies principales de peces autóctonos, adaptadas a un agua cálida, turbia y con fuertes variaciones de caudal. Entre ellas destacaban el pez jorobado (Humpback Chub), el Colorado Pikeminnow, el Razorback Sucker y el Bonytail.
Todo cambió con la construcción de la presa de Glen Canyon en 1963. El agua comenzó a salir desde el fondo del embalse de Lake Powell, mucho más fría y transparente. Ese nuevo ambiente favoreció la introducción de la trucha arcoíris y de otras especies de salmónidos utilizadas para la pesca deportiva.
Las truchas encontraron un hábitat ideal y comenzaron a competir con los peces nativos por el alimento y el espacio, además de depredar sobre sus crías. Algunas poblaciones autóctonas desaparecieron de amplias zonas del río y otras quedaron al borde de la extinción.
Durante las últimas décadas el Servicio de Parques Nacionales ha desarrollado programas de recuperación que incluyen la eliminación selectiva de truchas invasoras en determinados afluentes, modificaciones experimentales del caudal del río y la reproducción en cautividad de especies autóctonas antes de liberarlas nuevamente en el Colorado.
La ardilla Abert y la ardilla autóctona del Gran Cañón
Uno de los animales más llamativos del parque es la ardilla de Abert (Sciurus aberti), muy abundante en el borde sur del Gran Cañón.
Su rasgo más característico son las largas orejas rematadas por pinceles negros y su pelaje gris oscuro con una cola muy poblada. Vive principalmente en los bosques de pino ponderosa y se alimenta de piñas, semillas, corteza y hongos.
En cambio, en el borde norte habita la ardilla del Kaibab, considerada la auténtica ardilla autóctona del norte del parque y durante mucho tiempo conocida como “ardilla de Kaibab”. Es una subespecie aislada de la ardilla de Abert que evolucionó separada por la barrera geográfica del Gran Cañón.
Las diferencias son muy visibles:
Ardilla de Abert | Ardilla del Kaibab |
| Vive en el borde sur. | Exclusiva del borde norte del Gran Cañón. |
| Pelaje gris y vientre claro. | Vientre negro intenso y cola completamente blanca. |
| Distribución amplia en Arizona. | Solo existe en la meseta de Kaibab. |
| No está amenazada. | Es una población muy limitada y objeto de programas de conservación. |
El aislamiento geográfico durante miles de años permitió que la población del norte desarrollara características propias, convirtiéndose en uno de los símbolos biológicos del parque.
Los yacimientos arqueológicos de los anasazi
Mucho antes de la llegada de españoles y estadounidenses, el Gran Cañón estaba habitado por pueblos indígenas conocidos hoy como ancestrales puebloanos o anasazi, aunque este último nombre ha caído en desuso porque muchas comunidades indígenas lo consideran despectivo.
Entre los siglos IX y XIII construyeron viviendas de piedra, graneros, terrazas agrícolas y almacenes aprovechando cuevas naturales y cornisas del cañón. También dejaron cerámicas decoradas, herramientas de piedra y petroglifos.
Los arqueólogos han localizado miles de yacimientos dentro del parque, muchos todavía sin excavar para evitar su deterioro. Algunos de los más conocidos son las ruinas de Tusayan Pueblo, cerca del borde sur, y numerosos asentamientos escondidos en las paredes interiores del cañón.
Las investigaciones indican que muchas comunidades abandonaron progresivamente la región entre los años 1200 y 1300, probablemente debido a largos periodos de sequía y cambios climáticos.
La relación de los anasazi y los pueblos indígenas con la Administración del Parque
La política del parque respecto al patrimonio indígena ha cambiado profundamente.
Durante gran parte del siglo XX, muchos restos arqueológicos fueron excavados y trasladados a museos sin consultar a las comunidades descendientes. Además, varios pueblos indígenas fueron expulsados de zonas donde vivían o realizaban actividades tradicionales cuando se creó el parque.
Hoy la Administración del Parque Nacional mantiene una relación de cooperación con once tribus vinculadas históricamente al Gran Cañón, entre ellas los Hopi, Havasupai, Hualapai, Navajo, Zuni y varias comunidades paiute. Estas tribus participan en la gestión de lugares sagrados, en proyectos arqueológicos y en la conservación de objetos culturales.
El Servicio de Parques Nacionales reconoce que muchos yacimientos anasazi no son simples restos históricos, sino espacios sagrados que mantienen un significado espiritual para sus descendientes. Por ese motivo existen zonas cerradas al público, restricciones para la investigación arqueológica y programas de consulta obligatoria con las tribus antes de realizar excavaciones o actuaciones sobre el patrimonio cultural.
Un equilibrio permanente entre naturaleza y visitantes
Más de un siglo después de la intervención de Theodore Roosevelt, el Gran Cañón continúa siendo un escenario donde conviven millones de turistas, especies únicas, restos arqueológicos milenarios y comunidades indígenas que consideran este lugar parte de su identidad. La historia del parque demuestra que su conservación no ha sido un proceso espontáneo, sino el resultado de exploraciones, decisiones políticas, conflictos judiciales y un esfuerzo constante por preservar uno de los paisajes naturales más extraordinarios del planeta para las generaciones futuras.
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