Afganistán después de 2021: el fin de una cleptocracia, el regreso del Emirato y las hijas que sus dirigentes sí quieren educar
La respuesta corta es sí, hay pruebas de que algunos dirigentes talibanes han permitido que sus propias hijas reciban una educación que niegan a las demás niñas afganas. Pero conviene distinguir tres fenómenos: las hijas de altos cargos que estudiaron en el extranjero, las posibles excepciones educativas dentro de las familias de los dirigentes y los funcionarios locales que toleran escuelas clandestinas. No son exactamente la misma historia.
La cuestión abre una ventana a las contradicciones de un régimen que, desde agosto de 2021, ha sustituido a la República afgana respaldada por Estados Unidos, ha consolidado su control del territorio y ha restringido drásticamente los derechos de las mujeres. También obliga a revisar una idea demasiado sencilla: que la caída del Gobierno anterior acabó con la corrupción, o que todos los talibanes comparten idéntica visión sobre la educación femenina.
1. ¿Quiénes envían a sus hijas a estudiar?
Sher Mohammad Abbas Stanikzai, uno de los altos cargos talibanes que ha cuestionado públicamente la prohibición educativa.
La investigación más reveladora sobre este asunto la publicó en 2022 la red independiente afgana Afghanistan Analysts Network. Se basaba en 30 entrevistas, nueve de ellas con altos funcionarios talibanes. En febrero de 2023, EL PAÍS amplió la información y documentó varios casos concretos.
Entre ellos figuraban:
Sher Mohammad Abbas Stanikzai, alto responsable talibán cuya hija se había graduado en Medicina en Catar.
Qalandar Ebad, ministro de Sanidad, cuya hija también era médica.
Suhail Shaheen, representante talibán destinado en Catar, cuyas dos hijas estudiaban en centros escolares de Doha. Según la información publicada, la mayor jugaba además al fútbol en el equipo de su colegio.
El dato más interesante no es solo que algunas de sus hijas estudiaran fuera, sino que sus familias habían optado por centros modernos, con asignaturas académicas y enseñanza en inglés, en vez de limitarse a las madrasas tradicionales.
El informe de Afghanistan Analysts Network recogía también testimonios de dirigentes residentes en Catar cuyas familias escolarizaban tanto a niños como a niñas en centros modernos. No se trataba, por tanto, de una anécdota aislada, aunque tampoco de una muestra que permita calcular qué proporción de todos los dirigentes actuaba así.
¿Y los líderes provinciales que envían a sus hijas a estudiar a escondidas?
Aquí hace falta una precisión. Hay información que respalda la existencia de excepciones privadas y de funcionarios que toleran la educación clandestina. Pero los casos mejor documentados de hijas de altos dirigentes estudiando en centros modernos corresponden, sobre todo, a familias vinculadas a Catar y Pakistán. Eso no demuestra por sí solo que exista una práctica generalizada de gobernadores provinciales enviando secretamente a sus hijas a escuelas dentro de Afganistán.
La historia, sin embargo, tiene una segunda parte: la fractura entre lo que algunos talibanes hacen en sus familias y lo que el régimen impone al resto del país.
2. No todos los talibanes piensan igual sobre las niñas
En enero de 2025, Stanikzai criticó abiertamente la prohibición de la educación femenina. Argumentó que impedir estudiar a las niñas no era compatible con la ley islámica. Su intervención fue significativa porque no procedía de un opositor exiliado, sino de un alto cargo del propio Emirato.
Un análisis publicado en abril de 2025 por el Instituto de Estudios del Sur de Asia de la Universidad Nacional de Singapur examinó estas tensiones y concluyó que el veto educativo revela desacuerdos dentro de la dirección talibana. Otros funcionarios también habían expresado en privado su oposición a mantener las restricciones.
La disputa enfrenta, de forma simplificada, dos orientaciones:
El núcleo de Kandahar, alrededor del líder supremo, Hibatullah Akhundzada, que concentra la autoridad decisiva y mantiene la prohibición.
Sectores de la dirección política y diplomática, algunos de cuyos integrantes han vivido durante años en Catar o Pakistán y han mostrado mayor disposición a aceptar la educación moderna, incluida la femenina.
Esta división no equivale a que exista una oposición organizada capaz de cambiar la política. Los desacuerdos son reales, pero también lo es la obediencia al líder supremo. Stanikzai pudo criticar el veto; no consiguió revertirlo.
Tampoco conviene interpretar automáticamente estas discrepancias como una evolución hacia la igualdad de derechos. Un dirigente puede considerar conveniente educar a su hija y seguir respaldando un sistema que impide hacerlo a millones de otras mujeres.
La contradicción se vuelve especialmente visible cuando la educación deja de ser un asunto familiar y pasa a convertirse en una decisión de poder: quién tiene derecho a aprender, quién decide y quién queda excluido.
3. Las escuelas clandestinas: desobediencia, supervivencia y silencios oficiales
La historia de las hijas de los dirigentes se cruza con otra mucho más amplia: la de las familias que intentan impedir que sus propias hijas pierdan toda posibilidad de formación.
Desde que los talibanes cerraron la educación secundaria a las niñas en 2022 y posteriormente prohibieron el acceso femenino a la universidad, han surgido redes clandestinas de enseñanza. Algunas funcionan en domicilios particulares; otras, en espacios que se presentan como centros educativos o religiosos.
Un reportaje publicado por The Irish Times en septiembre de 2026, elaborado a partir de entrevistas con más de 50 estudiantes, docentes, terapeutas y familiares, documentó escuelas secretas que seguían funcionando pese al riesgo de inspecciones, clausuras y represalias. El reportaje también describió cómo algunos funcionarios locales toleran estas actividades, aunque no puedan garantizar que continúen abiertas.
Esto ayuda a entender el comentario que te han hecho sobre los líderes provinciales. Puede haber funcionarios que permitan discretamente que sus hijas o las de otras familias estudien, o que miren hacia otro lado cuando operan escuelas clandestinas. Pero tolerar una escuela no es lo mismo que enviar personalmente a una hija a estudiar en secreto, y no he encontrado pruebas suficientes para presentar esto último como una práctica extendida entre los gobernadores provinciales.
El dato social más importante es otro: el acceso a la educación depende cada vez más de los recursos familiares, los contactos, el lugar de residencia y la posibilidad de asumir riesgos. Una familia con dinero puede buscar alternativas privadas o en el extranjero; una familia pobre de una zona rural tiene muchas menos opciones.
La UNESCO estimó en su revisión de 2025 que alrededor de 1,5 millones de niñas y jóvenes seguían excluidas de la educación por las restricciones impuestas desde la llegada de los talibanes. La cifra se refiere a la situación examinada en ese informe y no debe confundirse con el total acumulado de niñas privadas de educación secundaria.
4. ¿Acabó el regreso talibán con la cleptocracia financiada por Estados Unidos?
Esta es la otra gran cuestión, y merece una respuesta sin idealizar ni el régimen anterior ni el actual.
Durante los veinte años de presencia estadounidense y de sus aliados, Afganistán recibió enormes cantidades de dinero para financiar sus fuerzas armadas, sus instituciones, sus infraestructuras y sus programas de desarrollo. Sin embargo, una parte de aquel sistema quedó atrapada en redes de patronazgo, corrupción administrativa y apropiación de recursos.
El inspector general especial estadounidense para la reconstrucción de Afganistán, SIGAR, analizó durante años cómo la corrupción debilitó al Gobierno de la República. En su informe de 2022 sobre el colapso del Estado, identificó varios factores que contribuyeron a su caída, entre ellos la gestión concentrada en un círculo reducido de Ashraf Ghani y las debilidades políticas e institucionales del sistema.
La corrupción no fue una anomalía marginal de aquella etapa: afectó a la credibilidad de las instituciones, al funcionamiento de las fuerzas de seguridad y a la relación entre el Estado y buena parte de la población.
Pero hay que introducir una distinción importante. Que el sistema anterior fuera profundamente corrupto no significa que los talibanes hayan construido un Estado libre de corrupción.
La República respaldada por Estados Unidos (2001-2021)
La ayuda internacional alimentó una economía dependiente del gasto exterior. La corrupción, el clientelismo, las redes de intermediarios y la apropiación de fondos contribuyeron a erosionar el Estado. No todo el dinero desapareció: también financió escuelas, hospitales, carreteras y servicios reales.
El Emirato talibán (desde 2021)
El nuevo régimen ha modificado los mecanismos de recaudación, el control administrativo y las redes de poder. Algunos análisis han señalado menos sobornos cotidianos en determinados trámites y puestos de control. Pero eso no demuestra que haya desaparecido la corrupción: la opacidad institucional, la concentración de poder y el control de los recursos siguen siendo problemas importantes.
Un documento de SIGAR de abril de 2024 examinó precisamente las acusaciones de que el nuevo régimen estaba utilizando su control del Estado para favorecer intereses particulares. El informe recogía las conclusiones de una serie de estudios del George W. Bush Institute que describían el sistema talibán como una cleptocracia. SIGAR dejó expresamente claro que no había verificado las pruebas que respaldaban o refutaban aquellas acusaciones. Por tanto, hay que distinguir entre las denuncias documentadas por los investigadores y una conclusión independiente que no se había establecido de manera definitiva.
¿Qué cambió realmente?
La transformación puede entenderse en tres niveles:
Menos dependencia de las estructuras del antiguo Estado. El régimen ha desmantelado buena parte del sistema político anterior y ha sustituido sus redes de autoridad por otras propias.
Mayor concentración de poder. La toma de decisiones se ha desplazado hacia la dirección talibana, con escasos mecanismos independientes de control público.
Persistencia del problema de la rendición de cuentas. La desaparición de ciertas redes de corrupción no garantiza que los ingresos públicos se distribuyan de manera transparente, que los funcionarios respondan ante la ciudadanía o que los recursos se destinen a los servicios que más necesita la población.
Por eso, la expresión «fin de la cleptocracia» sería engañosa si se entiende como una victoria definitiva sobre la corrupción. Lo que terminó en 2021 fue un sistema concreto de poder, financiación y patronazgo. El sistema que lo sustituyó tiene estructuras distintas, pero también suscita acusaciones de apropiación de recursos y falta de transparencia.
Y hay una paradoja adicional: un Gobierno puede reducir determinadas formas de corrupción cotidiana y, al mismo tiempo, concentrar más poder económico y político en una élite que no está sometida a controles independientes.
5. Una sociedad más segura en algunos aspectos, pero mucho más cerrada para las mujeres
El balance social desde 2021 tampoco puede reducirse a una única dimensión.
La guerra a gran escala y muchos de los enfrentamientos que caracterizaron las décadas anteriores han disminuido. Para algunas comunidades, el fin de los combates y de los controles ejercidos por múltiples grupos armados ha supuesto una mejora tangible de la seguridad cotidiana.
Pero esa evolución coexiste con restricciones muy severas a las libertades personales, a la participación política y, especialmente, a los derechos de las mujeres.
Las consecuencias van más allá de las aulas:
Trabajo: las prohibiciones y restricciones impuestas a las mujeres han reducido sus posibilidades de empleo y autonomía económica.
Salud: la exclusión educativa amenaza con reducir el número futuro de profesionales sanitarias, en un país donde la atención femenina ya afronta barreras específicas.
Familia: la dependencia económica y la reducción de alternativas vitales pueden aumentar la vulnerabilidad de las mujeres ante matrimonios impuestos o situaciones de abuso.
Vida pública: las restricciones de movimiento, vestimenta y participación social limitan la capacidad de las mujeres para intervenir en la sociedad fuera del ámbito familiar.
La ONU y diversos organismos internacionales han advertido de que la exclusión sistemática de las mujeres perjudica no solo sus derechos individuales, sino también la economía y la capacidad del país para desarrollar sus servicios públicos.
No todas las familias afganas viven esta situación de la misma manera. Hay diferencias regionales, económicas, étnicas y generacionales, y también discrepancias entre los propios talibanes. Las mujeres afganas no constituyen un grupo pasivo ni uniforme: muchas siguen buscando vías para estudiar, trabajar, organizarse y mantener sus redes sociales, aun cuando hacerlo entraña riesgos.
6. El verdadero significado de las hijas de los dirigentes
Volvamos a la pregunta inicial. ¿Qué nos dice que un dirigente talibán quiera que su hija sea médica, aprenda inglés o estudie en una universidad extranjera mientras se mantiene la prohibición para las demás?
Hay al menos tres interpretaciones posibles, que pueden coexistir.
La primera es el privilegio. Los recursos y contactos de una élite permiten eludir las restricciones que recaen sobre la población general. No es una particularidad afgana, pero en este caso la desigualdad afecta a un derecho que el propio régimen restringe por razón de sexo.
La segunda es el desacuerdo ideológico. Las entrevistas recogidas por Afghanistan Analysts Network indican que algunos dirigentes han estado expuestos a sociedades donde la educación femenina es habitual y han terminado aceptándola para sus propias familias. Eso sugiere que el movimiento no es ideológicamente monolítico. No demuestra, sin embargo, que todos esos dirigentes estén dispuestos a desafiar al líder supremo para cambiar la política pública.
La tercera es la distancia entre gobernar y resistir. Un movimiento insurgente puede mantener su cohesión en torno a una identidad compartida y a una lucha contra un adversario externo. Gobernar un país exige decidir sobre educación, economía, salud y administración. Las necesidades prácticas de las familias pueden entrar entonces en conflicto con las convicciones de quienes dirigen el Estado.
La educación femenina es uno de los lugares donde esa contradicción se hace más visible.
Conclusión: sí, pero la historia es más compleja que una hipocresía individual
La información publicada permite afirmar que varios altos cargos talibanes han enviado a sus hijas a estudiar en el extranjero, incluso a centros modernos y universidades, mientras el régimen mantiene prohibida la educación secundaria y universitaria para las mujeres afganas. También hay indicios de desacuerdos internos y de funcionarios que toleran iniciativas educativas clandestinas.
Lo que no está suficientemente demostrado es que los gobernadores provinciales envíen de manera generalizada y secreta a sus hijas a estudiar dentro de Afganistán. Esa afirmación requiere casos identificables y testimonios contrastados, no solo rumores.
En cuanto a la corrupción, la caída de la República terminó con una estructura política y económica que había sido gravemente dañada por la corrupción y el clientelismo, pese al enorme apoyo estadounidense. No permite concluir que la cleptocracia haya desaparecido: bajo los talibanes, el poder está más concentrado y persisten serias dudas sobre la transparencia y el destino de los recursos públicos.
La contradicción de fondo es esta: un sistema puede defender restricciones para toda una sociedad y permitir que los miembros de su propia élite se protejan de sus consecuencias. En Afganistán, la educación de las hijas de algunos dirigentes constituye una evidencia concreta de esa desigualdad. Pero también revela que dentro del propio régimen existen tensiones sobre cómo debe ser el país que están gobernando.
Y mientras esas tensiones no se traduzcan en cambios efectivos, las niñas afganas seguirán dependiendo de la valentía de sus familias, de la solidaridad de sus docentes y de la posibilidad de encontrar un aula en la que estudiar sin ser descubiertas.
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